David Stoll, ¿América Latina se vuelve protestante? Las políticas del crecimiento evangélico
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Iglesia, Ejército y Guerrilla en el Triángulo Ixil

FUNDAPI proporcionó a los visitantes un «verdadero» cuadro de la guerra en su teatro principal, la región Maya Ixil al norte del Departamento de El Quiché. Los municipios Ixil de Nebaj, Cotzal, y Chajul eran un fuerte duramente disputado del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). El camino hacia el Triángulo Ixil sube en zigzag la cordillera de los Cuchumatanes, envuelve un lomo de montaña, y desaparece entre las nubes. A medida que el camino desciende hacia el valle, las paredes blancas y los techos rojos de Nebaj parecen en la distancia tan remotos como Shangri La. Ese, desafortunadamente, no es el caso. A principios de siglo, comerciantes blancos empezaron a llegar. A través de una atractiva combinación de licor y crédito, atraparon a los ixiles en [234] deudas, tomaron sus mejores tierras, y los forzaron a trabajar en las plantaciones de la costa.{23}

En 1955, una nueva orden católica se hizo cargo del Departamento de Quiché. Los misioneros del Sagrado Corazón llegaron un año después de que la jerarquía católica apoyara una invasión de exiliados derechistas ayudados por la CIA, para derrocar al gobierno izquierdista del Presidente Jacobo Arbenz. Habría sido difícil predecir el destino de estos sacerdotes españoles, asesinados o expulsados como presuntos subversivos; al principio, su trabajo era defender a Quiché de las misiones evangélicas y del comunismo. Pero se horrorizaron por la forma cómo los finqueros y comerciantes trataban a los indígenas. Como garantía por los préstamos, no era raro que los patrones tomaran a chicas ixiles, y que luego hicieran alarde del número de hijos que habían procreado.

Armados con la doctrina social católica, los sacerdotes españoles emprendieron proyectos de desarrollo que afectaron el equilibrio de la opresión en Quiché. Los nuevos comités de la comunidad organizaron cooperativas. Los indígenas empezaron a comprar nuevamente la tierra. Los primeros mayas profesionales se graduaron de institutos y universidades. Parte de la población empezó a organizarse, primero en el movimiento de Acción Católica y luego en el Partido Demócrata Cristiano, y empezó a demandar mejores salarios.{24}

No pasó mucho tiempo hasta que los caciques locales atacaran a dichos movimientos como comunistas.{25} Cuando las fuerzas de seguridad empezaron a eliminar a los líderes tachados de subversivos, se comprometieron, de acuerdo a los organismos de derechos humanos, en una profecía de auto-cumplimiento: los asesinatos impulsaban a los indígenas a unirse al movimiento revolucionario. De acuerdo al ejército guatemalteco, por el otro lado, el clero católico cumplía sus propias profecías de represión al prestar sus iglesias a los infiltradores. Lo que es seguro es que los movimientos de reforma cristiana y la efervescencia maya atrajeron a las guerrillas y a las fuerzas contrainsurgentes, cuyos golpes y contragolpes se convirtieron en una guerra viciosa en la que la mayoría de los muertos eran indígenas mayas. [235]

Un punto decisivo fue la elección de marzo de 1974, en la que los demócratas cristianos y –su candidato presidencial Efraín Ríos Montt– arrasaron Quiché. El partido oficial culpó a la Iglesia Católica por su derrota. De acuerdo a un misionero protestante, los escuadrones de la muerte secuestraron poco después a sus primeras víctimas de Nebaj.{26} Mientras Ríos Montt permanecía en el exilio en España, sus defraudados y perseguidos colaboradores indígenas se vieron forzados a buscar apoyo en otro lugar.

Otro suceso significativo fue la primera ejecución de un terrateniente del área por parte del Ejército Guerrillero de los Pobres, en Junio de 1975. Los sobrevivientes de una anterior insurgencia no-indígena habían fundado el EGP tres años antes, desde la selva, por la frontera mexicana.{27} Cuando estos extraños escogieron el norte de Quiché como el lugar más prometedor en el país para emprender una guerra de liberación, entre los factores que se dijo influyeron en su decisión estaba la fuerza de las organizaciones católicas de la zona.{28}

Para el disgusto de los sacerdotes más cautos, a finales de los años setenta, algunos de sus colegas aparentemente convirtieron a ciertos grupos católicos de base en vehículos para la organización guerrillera. En defensa de los radicales, se puede decir que el régimen militar en Guatemala era ya responsable por miles de homicidios políticos y no mostraba señales de cambiar de actitud. La oposición pacífica era inefectiva y peligrosa.

Un grupo de jesuitas itinerantes fue particularmente activo en el uso de técnicas de concientización para entrenar a los catequistas y a los líderes de cooperativas. Como estos sacerdotes se decepcionaron con los resultados de los proyectos de desarrollo, explicó la Iglesia Guatemalteca en el Exilio, su mensaje «no estaba orientado a resolver los problemas económicos mediante el desarrollo, por ejemplo, de una nueva tecnología o una organización de financiamiento. Sino que iba orientado a desbloquear la mente de ataduras tradicionales, siendo la principal y más profunda el respeto a las autoridades. Por eso, era un mensaje que subvertía la ley.»{29} [236]

De acuerdo a Luis Pellecer, el colaborador jesuita del EGP que fue secuestrado y «virado» por las fuerzas de seguridad guatemaltecas en 1981, los catequistas proporcionaron no sólo una nueva forma de comunicación entre las masas y el clero católico, sino una nueva conciencia colectiva entre los indígenas anteriormente divididos por las barreras étnicas.{30} A medida que el ejército reaccionó contra el movimiento, se convirtió en un puente hacia el EGP. Cuando un sacerdote objetó que los catequistas se involucraran con las guerrillas en 1979, otro sacerdote lo desafió: «¿Tienes miedo al ejército?» Lo tenía, y por buenas razones.

El ejército se disparó contra las organizaciones católicas con la idea de que allí se encontraba el liderazgo guerrillero. Desde 1975 en adelante, mientras EGP organizaba reuniones, tendía emboscadas a soldados, y asesinaba a informantes, las fuerzas de seguridad respondían con represalias cada vez mayores contra la gente –desde el secuestro y el asesinato de muchos líderes indígenas, incluyendo a pastores protestantes, hasta la destrucción de aldeas enteras–. Desde 1976 hasta 1979 –esto es, antes de la peor violencia– la Iglesia Guatemalteca en el Exilio afirma que más de 350 líderes fueron secuestrados sólo de entre los tres municipios ixiles.{31} Entre las víctimas se encontraban tres sacerdotes del Sagrado Corazón, ninguno de ellos un activista político, quienes fueron metódicamente perseguidos hasta su fin. En 1980, el obispo de Quiché envió a su clero al exilio y por lo menos tres sacerdotes de la diócesis se unieron a las guerrillas, junto con muchos parroquianos. A fines de ese año, los tres equipos del Instituto de Verano asignados a la región ixil partieron también.

Desafortunadamente para el gobierno, su violencia no tuvo el efecto deseado. En lugar de suprimir a la guerrilla, multiplicó a un pequeño grupo de forasteros convirtiéndolos en un ejército de liberación, en su mayor parte indígenas de las comunidades locales. A finales de 1980, las atrocidades del gobierno parecían haber alienado a la población entera del norte de Quiché. Eufórico frente a la victoria sandinista en Nicaragua, el EGP se precipitó sobre el vacío político y se organizó a lo largo del altiplano. A principios de 1982, los ejércitos de la guerrilla parecían controlar los departamentos de Quiché y Huehuetenango, salvo unas pocas guarniciones. Estaban al punto de cortar la Carretera Panamericana. [237] Con la población indígena del altiplano a sus espaldas, podían haber tomado la capital con una fuerza de cientos de miles de gente.

Desafortunadamente para la guerrilla, tenían pocas armas para dar a sus seguidores, y el miedo a los soldados no siempre significaba un sólido apoyo para la revolución. A diferencia de varios grupos guerrilleros más pequeños y cautos, el EGP organizó en sus filas a comunidades enteras. No solamente hizo esto abierta y rápidamente; su estrategia de organización masiva destruyó el sector «neutral» en el que muchos ixiles hubieran preferido permanecer. En la aldea nebajense de Salquil, me dijeron refugiados, los militantes del EGP colocaban banderas revolucionarias durante la noche. Si los vecinos quitaban las banderas, se identificaban como pro-gubernamentales. Pero si las banderas permanecían hasta la llegada del ejército, se asumía que todos los vecinos apoyaban a la guerrilla.

Los misioneros evangélicos llamaban a esta clase de táctica polarizante la «represión provocada».{32} Inicialmente funcionó a favor de la guerrilla, pero luego se volvió en su contra. Una vez que la gente se encontraba bajo el ataque del ejército, sus defensores guerrilleros escasamente toleraban la neutralidad, no se diga una muestra de apoyo al gobierno. También fueron forzados a reprimir a los disidentes. Pero la gente estaba muy consciente de que fue el EGP el que había provocado la furia del ejército, y que la guerrilla no los estaba protegiendo como lo había prometido.

Poco antes de que Ríos Montt reemplazara a Lucas García en el palacio presidencial, el ejército guatemalteco dirigió toda su fuerza hacia el Ejército Guerrillero de los Pobres. Una de las primeras áreas que decidió retomar fue el Triángulo Ixil.

Notas

{23} Iglesia Guatemalteca en el Exilio, «Sebastián Guzmán: Principal de Principales» [mecanografiado de diez páginas], s.f., págs. 2, 5. Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1984.

{24} Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1984:16.

{25} Arias 1984: 156.

{26} Entrevista del autor, 2 de octubre de 1983.

{27} Payeras 1984: 15, 90.

{28} Thomas R. Melville, «The Catholic Church in Guatemala, 1944-82», Cultural Survival Quarterly (Cambridge, Massachusetts), primavera de 1983, pág. 25.

{29} Iglesia Guatemalteca en el Exilio, Iglesia Guatemalteca en el Exilio, edición especial, «Martirio y Lucha en Guatemala», diciembre de 1982, pág. 44.

{30} Subcommittee on Security and Terrorism 1984:233-234.

{31} Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1984:19.

{32} Anfuso y Sczepanski 1983:125.

 

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