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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 1 • marzo 2002 • página 14
Libros

Ética para náufragos
o del naufragio de la ética

Atilana Guerrero Sánchez

Sobre Ética para náufragos, de José Antonio Marina, Anagrama (Colección Argumentos 159), Barcelona 1995, 243 páginas.

Planteamiento de la cuestión

El presente trabajo consiste en un comentario sobre el libro de José Antonio Marina titulado «Ética para náufragos». Para ello, no nos atendremos al método de exposición doxográfico-crítico, habitual en un ejercicio de filosofía académica universitaria, que obligaría a tratar de las últimas investigaciones de las últimas corrientes del pensamiento ético –como si de una ciencia se tratara–; en su caso, intentaremos ejercitar la filosofía académica dirigiéndonos a «las cosas mismas», considerando como contenidos del presente que urge analizar, entre otros, a los libros reconocidos como «de filosofía».

Y, en efecto, se puede decir que nos hallamos ante un fenómeno social y editorial de primera magnitud. El éxito al que la literatura ética nos tiene acostumbrados se distingue en este caso, sobre todo, por las características especiales del autor: profesor de filosofía de bachillerato y representante informal de la materia en los relativamente recientes debates sobre la reforma educativa en distintos medios de comunicación. Tanto el éxito del libro como que su autor sea profesor de bachillerato serán datos relevantes a la hora de analizar el contenido de la obra.

Por otro lado, sólo desde una concepción idealista absoluta y elitista puede resultar impertinente interesarse por la acogida que una obra literaria o filosófica tiene en su ámbito social, al cual, queramos o no, se dirige. Desestimamos, por tanto, posibles objeciones del estilo: «la verdad no se mide por el número de lectores», o, en sentido contrario, «no será verdad lo que a nadie interesa». Nuestro interés pretende moverse desde una perspectiva en la que los fenómenos, lejos de esconder la verdad (aletheia), son un momento hacia su construcción (verum est factum), pues, no se trata de no dejarse engañar por las apariencias sino de encontrar la estructura que permita reunirlas con cierto sistema. El sistema que aquí se pretende ejercitar es el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, y la tesis a sostener la siguiente: «Ética para náufragos» no es una obra de verdadera filosofía.

Demostrar semejante afirmación constituirá el núcleo del argumento de nuestro comentario, pero, antes de nada, hay que aclarar que la tesis no se ofrece como un juicio de valor negativo, aun cuando este pueda extraerse por otras razones. Nuestra tesis tiene sobre todo carácter gnoseológico, en tanto se propone precisar la realidad de un discurso difícilmente encuadrable en la tradición del saber que en torno al siglo IV a.C. se inicia con la academia platónica. No es que no encontremos en la obra términos técnicos de dicha tradición, es más, se cita a Séneca, Kant, Aristóteles o Hume, e incluso se adopta cierta metodología crítica al apoyarse en algunas categorías científicas, sobre todo psicológicas. Aun así, todo ello, al servicio de un fin, y esto es lo importante, quizá merecedor del premio Mejor Libro del Año, pero ajeno a la disciplina filosófica: la salvación individual de los hombres que acudan a su lectura.

En el siguiente apartado explicaremos el sentido determinado en que nos referimos a «salvación individual» y cómo la ética, en tanto se propone cumplir con esta misión, deja de ser una reflexión crítica o filosófica. En su lugar, aparecerán discursos de metafísica como doctrina sapiencial o del «saber vivir».

Ética para «individuos flotantes»

No es habitual que una obra a primera vista de carácter ensayístico comience del siguiente modo: «Estoy frente al mar que se luce bajo el sol pavoneándose. Este resplandeciente lugar batido por todos los vientos y por el aupado sonido de las olas no parece adecuado para hablar de ética.» No es habitual, repito, que el autor de un libro de ética nos informe sobre el lugar en que se encuentra, en primera persona, en un tono tan «confidencial». Sin embargo, este tipo de «cuñas» poéticas –que se reiteran en cada capítulo– no son lo que parecen, arrebatos sentimentales, sino, en palabras de su «creador»: «un voluntario intento de construir las torres altas del estilo y transfigurar la realidad inventando en ella esa posibilidad libre que es la belleza.» ¿Qué necesidad habría, nos preguntamos, de este tipo de «alardes» estéticos? La respuesta desde la perspectiva emic del autor bien podría ser esta: una buena metáfora de la vida es el acto de escribir: cuando escribimos poéticamente es como cuando vivimos creativamente; sin caer en los automatismos de la rutina, sosteniéndonos sin más ayuda que la de nuestro propio ímpetu, a la Münchausen. Como la ética es el producto más genuino de la creatividad humana, por seguir con la metáfora de la narración, de ella depende el que vivamos con buen estilo. Una teoría de la inteligencia humana como la propuesta nos explica de qué modo controlar nuestras operaciones mentales para conseguir un estilo determinado de ocurrencias, que al fin y al cabo, viene a ser lo que nos dijo Aristóteles que era la felicidad.

La respuesta etic, es decir, desde nuestra interpretación, invertiría, en todo caso, el sentido de la flecha metafórica viendo a la narración no como una metáfora de la vida, sino más bien a la vida, como una metáfora de la narración, y no de cualquiera: de la misma narración que nos ofrece este libro. Diríamos, según el tipo de metáfora atributiva que se ejercita continuamente, hasta el punto de olvidar la analogía, convirtiéndose en delirio imaginativo, que el señor José Antonio Marina nos muestra los efectos de su teoría de la «inteligencia creadora» en su propia persona, es decir, en su texto. Por eso, este libro es un «manual de supervivencia». Paradójicamente, para «vivir» hay que «leerlo».

Ahora bien, acudiendo a Platón nos preguntamos: ¿realmente puede la ética enseñar a vivir?, ¿no será más bien al contrario, que sólo el que vive bien se interesa por ella? Protágoras y Sócrates son los que en el diálogo que lleva el nombre del sofista ya discutieron este asunto. El sofista se cree capaz de enseñar a «ser ciudadano», pero el filósofo le responde que esa virtud no es enseñable, porque el ciudadano ya debe serlo para estar dispuesto a escucharle.

No vamos, por tanto, a reinterpretar puntualmente el contenido de la doctrina expuesta en este libro, según su autor, una ética basada en una teoría de la «inteligencia creadora» –tampoco Sócrates daba una definición alternativa del «ser ciudadano», le bastaba con saber que no se podía saber. Fieles a nuestra tesis de partida, el sentido general de nuestra interpretación se encamina, entonces, a considerar que la «verdad» de este libro está en su lectura. ¿Qué quiere decir esto?, ¿es posible que «leer» sea una operación cuya finalidad recaiga en sí misma? Veamos.

En el artículo titulado «Psicoanalistas y epicúreos. Ensayo de introducción del concepto antropológico de "heterías soteriológicas"»,{1} Gustavo Bueno construye la figura antropológica del «individuo flotante». Éste, como el náufrago de Marina, es el arquetipo de aquellos individuos cuyos propósitos vitales se han desconectado hasta tal punto de los planes o programas colectivos, que para imprimir a sus fines un sentido necesario (no «de sobra», que diría Sartre) se acogen a la iniciativa de fundadores (o salvadores) que ofrecen un proyecto personal que les devuelva a la tierra firme. Este proyecto se recoge en una doctrina soteriológica (de salvación de la personalidad) que tiene como característica no ofrecer ideales o normas objetivas (existentes en la sociedad política a la que pertenece el individuo y ligadas de una u otra manera a la producción, en sentido marxista), sino ideales o normas que se mantiene dentro de la formalidad subjetiva individual, es decir, lo que mundanamente se expresa como el «encontrarse a sí mismo» o «realizarse», siempre que se definan como fines inmanentes a la propia individualidad («felicidad», «placer», «tranquilidad», &c.). Estas individualidades se acogen a la institución denominada por Gustavo Bueno «hetería soteriológica», que les proporciona un entorno personalizador artificial, con la ventaja de que de alguna manera «socializan» su propio desfallecimiento. En cuanto a su génesis, esta situación de desfallecimiento de la persona no se produce en un contexto normativo limitado (por ejemplo en una aldea neolítica), sino, por el contrario, en sociedades cuyo desarrollo político promueve la confluencia de arquetipos normativos, formas personales, hasta el punto de arrojar como resultado su solapamiento, conducente a la neutralización de las mismas normas objetivas. La ciudad cosmopolita{2} será el caldo de cultivo de los individuos flotantes, a la deriva del horizonte de las normas objetivas, y las heterías soteriológicas paradigmáticas del mundo antiguo y contemporáneo son el epicureísmo y el psicoanálisis, respectivamente.

Como se puede ir suponiendo, queremos hacer ver que el «individuo flotante» de Gustavo Bueno es el «náufrago» de Marina, con la diferencia de que gracias al primero podemos desenmascarar al segundo, o sea, que el concepto de «hetería soteriológica» se manifiesta en grado sumo de pureza en la «ética para náufragos». Pero como el mapa nunca agota la realidad del terreno, Marina viene a ofrecernos una nueva forma de hetería soteriológica a través de la «ética» como género literario de consumo masivo. En efecto, «hetería» viene a decir «asociación, corporación, comunidad» y el adjetivo «salvífica» determina la función principal de este tipo de asociaciones.

Pues bien, en cuanto al sustantivo, hetería, la asociación la componen el fundador o salvador, neutralmente llamado «escritor» –es digno de notar cómo la firma de los artículos de prensa en la que este tipo de autores colaboran viene acompañada de la aclaración: «Fulanito de tal es filósofo y escritor»– y sus lectores, con los que guarda estrecha relación, a juzgar por el modelo que representa el personaje de Marta{3} y el tono «íntimo» general de la obra. Echaríamos de menos un verdadero contacto (el «convivium» del Jardín de Epicuro) más allá del meramente escrito, si no fuera porque la Feria del Libro y otras ocasiones semejantes hacen que no se extinga del todo la posibilidad de agradecer «en carne y hueso» los beneficios del método que nos ha descubierto el camino, amén del fetiche de la firma (Freud repartía entre sus discípulos fotografías en señal de afecto que hacían las veces de carnet de la asociación). Otro de los requisitos que ha de cumplir toda hetería es el de la relación de «cliente» que el náufrago mantiene con su mentor, y, por si hubiera alguna duda, José Antonio Marina no oculta la importancia de la relación mercantil al referirse puntualmente{4} al hecho de que el lector «ha pagado para tratar un tema determinado, sin irse por las ramas». En cuanto a la dogmática heteriológica o sistema de dogmas inherente a una hetería en cuanto tal –que todo miembro debe conocer– tal y como Bueno la reconstruye en sus tres trámites de individualidad, subjetividad y personalidad, coincide exactamente con los tres niveles de la teoría que Marina denomina «sobrevivir, navegar y elegir rumbo», o ética de la supervivencia, ética de la felicidad y ética de la dignidad.

Analicemos, en primer lugar, la necesidad de la dogmática en una hetería.{5}

Ya hemos explicado las condiciones en que se producía la figura antropológica del «individuo flotante» y cómo estas se presentaban privilegiadamente en la ciudad cosmopolita. En ella, el individuo tiene la posibilidad de desmarcarse de los planes o programas colectivos de acción, pero no sin que el lugar que ellos ocupaban quede vacío. Éste es ocupado por su participación de una doctrina (y su práctica asociada, que en este caso sostenemos formalmente que se reduce a la ceremonia de «ser lector») que venga a hacer de su propia individualidad el objetivo vital.

Desde una antropología filosófica materialista, todo individuo se encuentra siempre enclasado y su misma realidad como tal individuo sólo es posible a través de un sistema de clases (cultura, familia, profesión, &c.) históricamente determinado. A partir de este medio envolvente es como se moldea la persona, constituyendo un orden ontológico de rango diferente a aquel en que meramente se sostienen los individuos biológicos. Una vez constituída, la persona no puede intentar rotar estas relaciones con el individuo en el sentido opuesto al que en realidad se han producido, queriendo ir en su búsqueda (gracias a su voluntad «creadora») como si lo propio o más característico hubiera quedado olvidado debajo de las máscaras o roles sociales. Sin embargo, en el seno de la hetería, esto es lo que se hace, y a ello viene a responder la dogmática, que algunas veces se disfrazará con los modos estilísticos del razonamiento científico y otras con los del filosófico.

Pasamos ya a demostrar la correspondencia entre lo que Bueno define como dogmática heteriológica y los tres niveles de la «ética» de Marina.

La dogmática consta de las siguientes tesis mínimas,{6} de las que damos ejemplo y prueba con pequeños fragmentos significativos de la obra objeto de crítica:

1) Una tesis general que «reconozca la naturaleza individual y subjetiva de los fines prácticos constitutivos de cada uno de los elementos de la clase "clientes de la hetería"». Así escuchamos en el primer capítulo a Marina:{7} «Al náufrago le hacen nadar la inteligencia y el deseo, las mismas fuerzas que nos hacen construir civilizaciones y destruirlas, crear y abolir, emprender las tareas del amor o las del odio. En ética conviene que tanto el lector como el autor piensen en primera persona y así lo hago: quiero saber a qué atenerme respecto de mí, quiero contarme bien mi vida, necesito saber qué hacer con los modelos morales que constituyen la herencia social, no quiero pagar el pato ni romper la baraja.»

2) Se pueden distinguir tres situaciones en que se encuentran los miembros de la hetería:

a) La que se ocupa en el trámite de reconocimiento de la situación de flotación y que es coextensiva con la clientela virtual. Ejemplo-prueba: en la introducción, se explica por qué se titula el libro «ética para náufragos» y no «ética para navegantes». El motivo arranca de una frase de Séneca que dice: «el buen piloto aun con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta». Navegar es como vivir, pero el mismo Séneca, al parecer, según nos cuenta Marina, reconoció que fue náufrago antes que navegante. Así que el autor, con modestia, reconoce: «Náufrago soy, ¡ay, quién fuera navegante!. Y barrunto que esa es también la situación del lector, si bien lo mira. Así que no navegamos en el mismo barco sino que braceamos en el mismo mar. Este libro es un manual de supervivencia para náufragos; lo que a las claras o a las oscuras deberían ser todos los libros de ética».{8} De este modo, se pone al lector ingenuo en el compromiso de aceptar su propia debilidad moral, en la medida en que siga leyendo sin decir, como a quien le insultan, ¡eso lo será usted!

b) La contenida en el trámite «orientado a establecer la necesidad de una segunda situación, la situación de subjetividad, atribuible a todos los elementos del "universo del discurso"». Nos encontramos con la situación orientada ya hacia la hetería, con la «voluntad de curación» que necesita la ayuda de otras subjetividades. Ejemplo-prueba: «La situación del náufrago puede describirse así: pende de su evidencia subjetiva, que es un asidero muy inseguro. Es lógico que ese deseo inteligente que es la subjetividad humana busque solucionar este desaguisado. Necesita encontrar otro agarradero más firme, pero como no hay más que lo que hay, la única solución ha sido reforzar el que tenemos, asegurar la evidencia, co-rroborarla, que significa ponerla como un roble, árbol emblemático de la fortaleza.»{9} El modo de reforzar las propias evidencias «para que sean utilizables, tienen que ser accesibles. Por ejemplo, no se puede aducir una experiencia mística porque no se puede repetir a voluntad. La intersubjetividad de la evidencia puede comprobarse realmente o de una forma metodológicamente simulada».{10}

c) Un trámite de personalización, en virtud del cual el individuo subjetivo se defina como cliente de la hetería, moldeado por ella de tal suerte que la facticidad subjetiva aparezca como un destino personal. Ejemplo-prueba: «La memoria de la especie humana cuenta a nuestra conciencia un patético cuento de amor y muerte. Tras decenas de miles de años, ni hemos muerto ni estamos a salvo. Seguimos en precario. [...] En su cuenta nueva tras el borrón, ¿habrá algún modelo que estuvieran dispuestos a aceptar unánimemente los náufragos? ¿Podemos crear un proyecto de humanidad que nos seduzca de forma irresistible? [...] Situados en la órbita ética, los participantes, que antes o después han de ser todos, se comprometen a varias normas de procedimiento, exigidas por los derechos que ya han admitido, y que servirán para ampliarlos. Podrían resumirse en el pentálogo siguiente: 1º: escuchar a los demás y comprender sus argumentos; 2º: exponer los propios argumentos; 3º: Aceptar la evidencia más fuerte; 4º: proseguir el diálogo hasta que se haya conseguido un acuerdo; 5º: aceptar el acuerdo, promulgado por él, y vinculante.»{11} Sobran los comentarios sobre la vacía artificiosidad de este «pentálogo», excepto señalar cómo parece un profesor bienintencionado ante el grupo de los alumnos a los que hay que «educar en valores» al llegar «en bruto» al centro escolar, como si fueran una comunidad de amigos que ya se encargarán, en el convivium, de dotar a las normas de algún contenido.

3) La conexión de las tres situaciones recién descritas y los miembros de la hetería se establece mediante una tectónica antropológica trimembre y una dinámica proporcionada. Ejemplo-prueba: basándose en el «modelo heterogéneo del sujeto» del psiquiatra Carlos Castilla del Pino nos explica: «el primer nivel es el pulsional, lo que he llamado componente tendencial, apetitivo, de los fenómenos sentimentales. [...] El segundo nivel es el de las actitudes que se expresa verbalmente, y de donde emerge la conducta controlada, adecuada sintáctica y semánticamente para la información de nuestros pensamientos, recuerdos, imágenes, fantasias, sueños, etc. En mi teoría de la inteligencia creadora he distinguido un Yo ocurrente y un Yo Ejecutivo [...] A la fuente de las ocurrencias que domino la llamo Yo ejecutivo, y coincide con lo que C. Castilla del Pino denomina nivel intelectual. A la fuente de las otras ocurrencias, que incluye los niveles pulsional y sentimental, la llamo Yo ocurrente [...] Las actitudes son una de las estrategias del Yo ejecutivo para controlar al Yo ocurrente».{12} Estos tres niveles se corresponden con el modelo de vida que se elige: «El ser humano tiene que elegir su nivel de vida, que va a decidir el nivel de evidencias en que va a habitar. La ética implica un salto desde la moral, un nuevo régimen de la inteligencia, más que un cambio de contenidos valorativos».{13}

Final: Sobre la ética en la educación secundaria.

Lo que hemos expuesto hasta ahora ha sido un ensayo de aplicación de un concepto de la Antropología filosófica materialista de Gustavo Bueno a un material del propio campo antropológico como es la literatura ética. Como se habrá podido observar, nuestra tesis no ha sido difícil de sostener pues ha bastado dejar hablar al autor para identificarlo. Lo que apuntamos a continuación recoge el planteamiento inicial en el que aludimos a la importancia que tiene este autor por ser, además de «escritor», profesor de instituto. Pues bien, nuestro interés reside en manifestar la negativa a hacer un frente común en la exigencia de «reforma de la reforma educativa» con un cuerpo de profesores que pueden llamar «ética» o «filosofía» a lo que creemos haber mostrado ser otra cosa, incluso su contraria. Afortunadamente, no es el cuerpo de profesores de educación secundaria al unísono, ni siquiera de la especialidad de filosofía, quien así se pronunciaría. Pero, no obstante, sí son ejemplares característicos del mismo –basta para probarlo echar un vistazo a los libros de texto– aquellos que se encuentran amparados por una ley de educación escéptica que promueve como objetivo general «el libre desarrollo de la personalidad» en el mismo formato subjetivo individual que detectamos en las doctrinas de salvación. Y la razón de fondo es un problema teórico de demasiada envergadura. Nos conformamos con apoyarnos en las razones esgrimidas en este comentario: no basta con decir que la educación debe colaborar al desarrollo de la personalidad, reduciendo ésta a una categoría natural susceptible de ser conceptualizada por una ciencia, la psicología. La idea de Persona sólo puede dotarse de contenido desde un sistema filosófico desde el cual polemicemos, siempre enfrentado a otros. La obviedad con la que el género de literatura «ética» nos habla de estos problemas es, sin ambages, insultante: «Esto ha de hacerse a través de la educación y por eso es criminal que se elimine la enseñanza de la ética de las escuelas. Es a través de la ética como el niño va a reconocerse sujeto creador de la dignidad humana».{14}

Para terminar y respondiendo a nuestro «escritor», decimos que si es un crimen eliminar la enseñanza de la ética cuando ésta es impartida desde semejantes supuestos, de eso ya se dieron cuenta Meleto, Ánito y Licón cuando en el 399 a.n.e. como criminal acusaron a Sócrates.

Notas

{1} El Basilisco, 1ª época, nº 13, 1982, págs. 12-39.

{2} Ver Gustavo Bueno, Symploké, págs. 335-342. Aquí aludimos a un concepto que forma parte de una teoría general de la ciudad.

{3} Sobre el tono de flirteo (machista, es lo de menos) que mantienen el autor y Marta (supuesta representante del lector) hay mucho que decir. Gustavo Bueno nos recuerda que la relación entre los socios de la hetería, además del «convivium», a veces comportaba el «connubium» («hetaira» significa en griego «amiga, meretriz») Véase página 243 de la obra objeto de comentario, Etica para náufragos.

{4} Op.cit., pág. 192.

{5} Pedimos perdón a aquellos que conocen el artículo de Bueno puesto que no hacemos sino referirnos a él en la medida en que se trata precisamente de ver con qué exactitud el libro de Marina es ejemplar.

{6} Gustavo Bueno, op.cit., págs. 25-26. A partir de ahora, el texto entrecomillado con el que mostramos cada una de las tesis de la dogmática pertenecen a esta cita.

{7} Marina, op.cit., pág. 16, subrayado nuestro.

{8} Id., pág. 10.

{9} Id., pág. 85.

{10} Id., pág. 93, subrayado nuestro.

{11} Id., pág. 99 y pág. 210.

{12} Id., págs. 23-24.

{13} Id., pág. 100, subrayado nuestro.

{14} Id., pág. 119.

 

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