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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 1 • marzo 2002 • página 15
Libros

Gaos editado en su ciudad natal

Marcos Morán

Sobre la edición de Confesiones profesionales. Aforística, de José Gaos (1900-1969), Trea y Asociación Cultural Literastur, Gijón 2001, 179 páginas.

Con esta edición de Confesiones profesionales. Aforística la producción literaria de José Gaos se estrena en papel asturiano. Sorprendente, pero cierto, de los XVII volúmenes de que se componen sus obras completas (por ahora) este libro, que se corresponde precisamente con el volumen XVII, representa la primera edición de Gaos realizada en Asturias. Al menos ya se puede decir que nuestro imprescindible traductor y filósofo logra así acceso a las librerías y al público en general desde Asturias, gracias a la colaboración en la edición de este libro del III Salón de Libro Iberoamericano, celebrado en Gijón. Habrá que decir que tenemos entre nuestras manos una edición que además de inmejorable (si nos fijamos en su docilidad como libro) contiene un imprescindible conjunto de escritos para conocer al asturiano exiliado en Méjico. Acompañan a los textos una breve Presentación de Javier Fernández Vallina (Consejero de Educación y Cultura), junto a un Prólogo a la edición asturiana, por José Luis Abellán.

Como ya se ha dicho, el libro consta de dos obras diferentes pero muy relacionadas, según se encarga de subrayar Abellán en su prólogo. Es interesante el hecho de que se recoge toda su aforística junta, a pesar de la variedad de sus aportaciones en este ámbito literario. Para los que no la conozcan diremos que éstas se incluyen bajo los siguientes rótulos: 12º (Aforística publicada), Prólogo al 11º, Prólogo al 12º y Selección de la aforística inédita. De entre estos aforismos lo más reseñable, seguramente, sea la posibilidad constatar con la brevedad que permite su lectura que su religiosidad aumentó al final de su vida decantando sus preocupaciones metafísicas de forma escandalosa: «El Infierno, pura pena... El Cielo, pura gloria [...]» (25-IV-1968, pág. 176).

De todos modos, la cuidada edición coloca los aforismos en la parte final del libro, por eso hemos empezado por ella, ya que a nuestro juicio tiene más relevancia documental la parte primera en la que están sus autobiográficas y filosóficas confesiones. En ellas el asturiano retoma aquella vieja tradición agustiniana de la confesión como variación del estilo autobiográfico iniciado por Platón, mucho antes, en su conocida Carta VII . Muy interesante se presenta este escrito para acceder a la intimidad filosófica, no podía ser menos en una confesión. En él podemos entrar en combate con las peculiaridades académicas de nuestro transterrado allá por las tierras mejicanas. Él, discípulo rotundo de Ortega decanta sus preocupaciones por la labor pedagógica, por la docencia de la filosofía, de la que realmente conserva una fama consagrada. En estas confesiones fundamentalmente se nos narra su aventura académica, se hace referencia a las diferentes generaciones de sus discípulos (Leopoldo Zea, Antonio Caso, incluso Manuel Mindán, las mujeres –interesante es el trato respecto de la cuestión femenina– &c.), pero también su acercamiento a los círculos de Madrid y Zaragoza, su posicionamiento político en pleno advenimiento de la Segunda República (liberal y socialista y sobre todo recalcando que su adscripción «al partido español podía pertenecerse fielmente sin jurar fidelidad a un marxismo al que yo no hubiera podido jurárselo sin perjurio», pág. 69), y bastante datos más que aquí no podemos tocar para no alargarnos demasiado.

Volviendo a la cuestión filosófica, sus divagaciones transcurren y concluyen que lo más relevante de la filosofía es, justamente, la relación con su historia, es decir, con la Historia de la Filosofía: «El problema de la Filosofía es el de su verdad, amenazada por su historia» (pág. 74). Pero si uno se fija, se puede observar cómo ese interés en vez de alcanzar un clinamen gnoseológico, es decir, más técnico en sentido filosófico, sin embargo, escora constantemente hacia un tono que nos parece demasiado personal. Hay demasiadas preocupaciones, advertimos, por encontrar su filosofía, su originalidad, ese matiz que caracterice su personalidad académica contundentemente: «Pero pronto, de nuevo, me di cuenta de que para entender a los demás, y principalmente a los filósofos del pasado, necesitaba una clave hermenéutica que no podía encontrar más que en mí mismo. Se trataba de un paso arriesgado. Implicaba dar por supuesto que era yo un filósofo, siquiera en ciernes», (pág. 76). Ahora bien, es evidente que el hecho de ser un importantísimo traductor y comentarista, sobre todo en lo que concierne a la efervescencia europea (Heidegger, Husserl, Jaeger, Jaspers, Hartmann, Kierkegaard), constituye una clave biográfica demasiado poderosa para soslayarla como si nada. Si no nos equivocamos la Fenomenología pesa bastante en él. Por otro lado, las variaciones filosóficas europeas, que se fueron sustituyendo unas a otras, son narradas por alguien que entra en contacto con ellas como si se tratara del acceso a un privilegio con el que tan sólo unos pocos pueden torear. Es más, él mismo recrea veladamente, claro, la estructura de las élites (antes aludidas) que en torno a Ortega circundaban; De unos iniciados a otros, hasta llegar al pope, Ortega, por supuesto, pasando por García Morente, Zubiri, &c. Ahora bien, no justifiquemos cosas cuando es Gaos quien reconoce que la esencia de la filosofía es la soberbia, ya que la consecuencia de admitir la necesidad de poder dominar los principios (aristotélicamente) le fuerza a distinguir entre «ser pensante» y «ser inteligente», o sea, un «ente que se distingue por su inteligencia» (pág. 84), de tal modo, que esto se constituirá en el primerísimo primer principio, incluso superior a Dios: «no puede ser para la Inteligencia sino la vivencia radical, apical, de su esencial ser luciferino, demónico» (pág. 85). Es decir, la soberbia, el pecado de Satán, como él mismo nos recuerda, se coloca al inicio de los principios de la filosofía.

Pero, retomando las cuestiones más estrictamente gnoseológicas, hay reconocer que su tesis sobre la «Filosofía de la Filosofía» se lleva el premio a lo enrevesado de su ameno, por otra parte, discurso. Pues, así, con ritmo pausado, se va autoembrollando en la madeja de sus preocupaciones sobre la Historia de la Filosofía para afirmar una suerte de relativismo bastante coherente con su inserción en la herencia y quehaceres académicos. Parece que ante la profunda variedad de filósofos y de filosofías que hay en el armario, éste se ve forzado a cancelar cualquier criterio de rigor discriminatorio entre ellas: «las filosofías, no podrían menos de ser tan individualmente distintas como las perspectivas mismas; ni menos verdaderas que reales las perspectivas mismas» (pág. 17). Y claro, su papel, el de un profesor de filosofía, ante conclusión semejante es el que le sirve para cerrar de la mejor forma posible todo el jaleo sin quedar él mismo malparado. De eso van estas confesiones. Y es que no podemos conceder demasiado a alguien que escribe (filosofa) para orientar a otros, y que adopta como primer analogado de la idea de profesor a la figura del padre: «Y esto no es la santidad del maestro; es sencillamente la humanidad del padre [...] Quien no haya nacido para padre espiritual, que tampoco se crea llamado para ser auténtico y efectivo maestro.» (pág. 65). Espiritualismos inevitables con variante psicologista dentro de los clásicos aditamentos ortegianos que apelan a vocaciones, misiones o destinos: «los motivos de la profesión son los constitutivos de la vocación» (pág. 76). Pero ¿qué es eso de una filosofía de la filosofía?, ¿acaso una metafilosofía?, ¿puede ser una filosofía, o sea, una crítica filosófica, un discurso que se categoriza a sí mismo cómo a algo diferente de lo que él es en realidad? En fin, un atolladero conceptual del que tan sólo queremos dejar constancia de su precariedad filosófica. Precariedad consecuente con alguien que es capaz de aseverar luminiscencias del estilo siguiente: «es muchísimo menos trabajoso leer durante todo un día que pensar durante sólo media hora» (pág. 77). ¿Sucede que Gaos no pensaba al leer?, o quizás ¿la lectura era para él algo diferente de hablar y usar palabras? Lo que sí da es la imagen de alguien envuelto en auténticas preñaduras mentales (Descartes creía pensar, o meditar, cuando realmente lo único que hacía era escribir). Tampoco hay que hacer sangre. Y es que todo esto sorprende por cuanto es él mismo quien apela a un conocimiento científico y a una irreligiosidad declarada: «la religión es la menos científica del mundo, del mundo de la cultura». Por una puerta sale la religión y por otra entra disfrazada. En fin, creo que con estos apuntes ya tenemos un esquema del libro, o al menos de sus confesiones.

Valga como rasgo positivo el que nuestro insigne traductor haya subrayado fuertemente la importancia de la filosofía medieval: «en materia de Filosofía propiamente dicha, la escolástica tiene sobre la moderna una superioridad técnica tal, que la inferior que tienen los filósofos modernos es la que les queda de la escolástica, aunque la disimulen [...]» (pág. 36). Pero es que respecto a la erudición histórico filosófica a Gaos nada se le puede reprochar. En estas confesiones profesionales se camina constantemente de la mano de los grandes filósofos de maneras atractiva y muy sintéticas, es decir, claras y concisas, a pesar de sus peculiares enfoques (que tampoco difieren mucho de otras perspectivas actuales). Gaos siempre se destacó por oponerse a ese lema que niega la posibilidad de filosofar en español, y este libro queda patente tal motivación.

Por lo demás, una edición muy interesante, tanto por lo que se puede leer, como por el libro en sí. Esperemos que Trea en su colección de filosofía nos ofrezca otras ediciones tan estimables como la hasta aquí comentada.

 

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