Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 7 • septiembre 2002 • página 5
Desde el malecón habanero

¿Por qué utopía? indice de la polémica

Yohanka León del Río

Asedio a la utopía desde su presencia en el pensamiento latinoamericano; y su virtualidad y ausencia en el tiempo de la «venalidad universal»

La señora mas querida dentro del pensamiento latinoamericano sin dudas ha sido la utopía. Desde que surgiéramos a los ojos miopes del viajero aventurero como la tierra prometida de todos los sueños adormecidos del hombre (gran invento de la modernidad) europeo, hasta llegar a soñarnos despiertos en nuestras búsquedas fugaces de redención y autonomía, ha sido ella, la pasión sin limites del ser-pensar de la América, no la de Vespucio, sino la que en encontradas simbiosis fue gestando el hombre (invento de la Modernidad con la que nacimos para Europa y la «historia Universal») latinoamericano.

Por ser; «no ser aún», proceso incompleto, inacabado, interrupto o masacrado; somos siempre un acertijo, una voluntad descubridora, una redención constante, somos una gran metáfora que devora sentidos y significaciones. La línea temporal de la historia latinoamericana, despliega un presente que es un pasado buscado, no encontrado, vuelto hacia un deseo insatisfecho, y al mismo tiempo una negación de ese pasado como realización de lo deseado del presente.

La mirada del pensamiento latinoamericano siempre estuvo dirigida al amanecer, creo que en el nosotros que somos se hace realidad el proverbio oriental que no hay una día más claro que después de una noche oscura. Para el pensamiento latinoamericano, más que en un discurrir explicativo de lo que somos, este a estado acompañado de un imaginarnos lo que debemos ser, porque podemos serlo, y tenemos todas las razones históricas, sociales, económicas, políticas, discursivas y artísticas para serlo. El sentido de la gran metáfora que somos es pensarnos en la dimensión de futuro. Como saber de lo que acontecerá, no se persigue esencialismos, fundamentalismos teóricos, ni mesianismos. Se persigue movilizar, cambiar, desordenar, revocar, huracanar. La utopía que el pensamiento latinoamericano del siglo pasado y de este básicamente ha creado, como proceso artístico de creación, es la utopía de la rebelión.

Arturo Andrés Roig, principal buen y legitimo culpable de que el lugar del estudio de la utopía siga presente en la filosofía latinoamericana, indicaba: «Filosofar desde una filosofía latinoamericana exige, pues, también e ineludiblemente, el rescate del valor movilizador de la utopía, como dimensión que integra de modo absolutamente legitima todo discurso de futuro.»{1}

Discursos de futuro son los que de una forma u otra se han cernido sobre el ser de América india, hispana y africana. No solo el futuro de América constantemente se dibujo entre imagineria, ficción y tensión, sino básicamente se consigno como una función utópica, que emana de la contingencia de los procesos, de las acciones de los hombres con su sentido metafórico discursivo de la acción, la que excede desmesuradamente las acciones concretas operacionales de la transformación de la realidad social. Las utopías más que una necesidad de cambio y revuelcos de la acción social de los hombres, es una contingencia donde se juega la voluntad de los sujetos actuantes. El pensamiento latinoamericano ha seguido por estos derroteros, de encontrar la función utópica como detonadora de una visión de la función del filosofar, de una filosofía auroral, matinal. Por esto una de las tareas en las que el quehacer filosófico se ha desempeñado con fructíferos resultados ha sido la de la función reconstructiva histórica de la utopía latinoamericana, no necesariamente como narrativas, sino con la base en las especificidades emergentes que en cada época histórica ha tomado esta función critica reguladora de la utopía.

Presentamos una modesta a aproximación a las figuras que la utopía ha tomado en América en correspondencia con las condiciones concretas histórico-sociales y como formas emergentes de una hacer pensar la realidad y de los deseos del ser latinoamericano.

Utopía y América Latina

El pensamiento social de América Latina ha estado marcado por una tradición utópica significativa. Desde la evaluación de una especificidad del mundo latinoamericano se han constituido teorías sociales que han construido sus grandes imaginarios utópicos.

Evadiendo un nuevo imaginario expositivo que nos llevaría a creer absolutamente en la capacidad exclusiva utópica del mundo latinoamericano (o Iberoamericano, en el sentido que este asume a partir del Renacimiento con el llamado «encubrimiento» de América); ajustamos cuenta con la veracidad de los hechos que nos muestran la proliferación a partir de este acontecimiento de una vocación por lo utópico. En este punto habría que aclarar los sentidos diversos que connotan dos expresiones: Utopía para América Latina, Utopía de América Latina.

Utopía para América Latina: Esta expresión significa de forma general el sentido importado del sueño milenario de la sociedad occidental en el llamado por ellos Nuevo Mundo, aparecido en 1492. América se convierte en este recurso interpretativo un invento, espacio para el experimento o el proyecto trunco y tardío occidental. Aquí encontramos los buscadores incansables d El Dorado y de la Fuente de la Eterna Juventud, entre las que estaban además las utopías misioneras, que devinieron en proyectos simbióticos del comunitarismo indígena y cristiano. «América Latina fue condenada, según Horacio Cerutti, a constituirse en el topos de utopías ajenas, a ser reducida al objeto de un telurismo.»{2}.

Utopía de América Latina: Dentro de esta expresión se encuentra el pensamiento social latinoamericano tomado como proceso de «conciencia para sí». El asunto sobre la identidad de este pensamiento ha sido muy especulado y manipulado, pero tomamos como punto de clarificación el hecho de la producción de este pensamiento desde el continente mismo y con la intencionalidad y contenido de pensar y reflexionar sobre la identificación de los destinos de las sociedades latinoamericanas. El rasgo distintivo del contenido de lo utópico dentro del pensamiento social latinoamericano ha sido su estrecha relación con el contexto socio político y la praxis social. Esto nos permite indicar dos grandes «utopías magnas» –como señala Arturo Andrés Roig– la utopía que acompañó el levantamiento indígena de Tupac Amaru y la utopía bolivariana que identificó en gran medida las luchas independentistas del siglo XIX. A esta lista es necesario sumar también las utopías del siglo XX latinoamericano, signadas por los grandes movimientos revolucionarios de liberación como son la Revolución Mexicana, el movimiento campesino de Sandino y la Revolución Sandinista, el peronismo argentino, la Revolución Cubana, la unidad popular en Chile, y otros que han ido conformando un mosaico de intencionalidad utópica donde se ha jugado la contingencia histórica de la praxis de transformación y las cuales no pueden ser evaluadas como «absurdas curiosidades» ni como fracasados proyectos. Por el contrario por no ser un mero juego de la imaginación, ni el frenesí aberrante de domeñar los acontecimientos a ella, sino la expresión de una situación social siempre cambiante y componente indispensable de la realidad, donde se denuncia una presencia desde una trascendencia, es necesario una evaluación crítica contextual de esa función reguladora y normativa que ha tenido y tiene la utopía dentro del pensamiento social latinoamericano.

Si nos ubicamos desde lo que conocemos como América Latina: un gran mosaico étnico, social y político, y lo tomamos como una totalidad concreta construida y constituyéndose en el curso de una polémica y controvertida historia, y su expresión en el pensamiento social, podemos determinar dos formas generales y centrales, dos figuras, en las que se ha expresado la utopía al interior de este pensamiento, las que han estado y son subyacentes a la complicada conformación y evolución de las sociedades latinoamericanas: La utopía de la unidad latinoamericana y la utopía de la liberación latinoamericana.

La utopía de la unidad latinoamericana: Es el ideal que define el sentido de América Latina a partir de su unidad como una sociedad identificable en su identidad (lingüística, religiosa, cultural e histórica) y es el medio eficaz para enfrentar a las fuerzas foráneas, agresivas y destructoras, históricamente identificadas como la colonia española y hoy la presencia económica del capital norteamericano. Es el sueño de una gran comunidad de pueblos unida por el espíritu de la libertad y en el cual la diversidad de razas y culturas haga olvidar todo odio entre naciones al ser el sedimento donde crezca la convivencia humana.

La expresión de este ideal, de esta figura de la utopía, se hace evidente en el proceso de las luchas independentistas del siglo XIX. Esta idea-fin, horizonte de sentido alumbró la praxis de los hombres del continente y se expresó en diferentes formulaciones conceptuales. Todos ellos coincidían en la presentación del ideal de unidad como un proyecto de emancipación política. América Latina sería una sociedad unida si lograba constituirse en un Estado-Nación independiente y eso era posible por la consecución y puesta en práctica de un proyecto sociopolítico, una estructura de poder propia e independiente.{3}

El proyecto Bolivariano de una gran Comunidad Latinoamericana de Pueblos que él denominara La Gran Colombia, siguiendo a Francisco de Miranda, es la forma más acabada que alcanza esta figura de la utopía en la historia latinoamericana. El proyecto Bolivariano ve la Unidad mediante la creación de una República Confederada a partir de la unión de Venezuela y Nueva Granada, hasta llegar al Congreso Anfictiónico, la unidad hemisférica de las naciones emergentes del imperio español. «La Confederación proyectada no debe fundarse únicamente en el principio de una alianza defensiva u ofensiva ordinaria (...) es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas separadas por ahora en el ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos, pero unidas, fuertes, poderosas, para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero. Es necesario que ustedes encarezcan la necesidad que hay que poner desde ahora los cimientos de un cuerpo anfictiónico o Asamblea de Plenipotenciarios, que dirima las discordias que pueden suscitarse en lo venidero entre pueblos que tienen unas mismas costumbres y una mismas habitudes, pero que por falta de una institución tan santa pueden quizás encender las guerras que han asolado a otras regiones menos afortunadas.»{4}

La universalidad de la idea de la unidad latinoamericana como concepto trascendente no se desactiva por su propio carácter trascendente o ideal no factible, por el contrario es el resultado de la propia realidad trascendente (condiciones histórico sociales concretas) que se aspira no solo a conocer sino a transformar. No es el resultado de una intuición, sino de las posibilidades empíricas limitadas de un sujeto que necesariamente asume por sí mismo la transformación de la realidad. La utopía Bolivariana es la promesa de la liberación y la unidad latinoamericana por los medios de la organización política confederada, no es una utopía que renuncia al Estado, es una utopía trascendental que propone lo absolutamente imposible: la unidad y la liberación total, pero que por su misma imposibilidad promueve proyectos de posibilidad como el entendimiento entre las naciones, el intercambio regional. «Yo deseo más que ningún otro alguno, señalaba Bolívar en su Carta de Jamaica, ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria.»{5}

La trascendencia de la realidad desde la utopía significa entender, en este caso, la relación entre los límites imposibles y posibles de los proyectos desde la posibilidad material. En este sentido Bolívar comprendía la imposibilidad de su utopía al tener clara conciencia de los obstáculos que tuvo su proyecto: desde el punto de vista económico el proyecto tenía como objetivo la transformación de la estructura implantada por la metrópolis, pero estas no favorecían el establecimiento de vínculos entre las distintas colonias y no articulaban proyectos interregionales que ayudaran a la integración estructural de las jóvenes naciones latinoamericanas. Por otra parte los EE.UU. se oponían a la independencia de Cuba y Puerto Rico. La exacerbación de las diferencias entre los intereses locales de los tradicionalistas y los conservadores, el caudillismo militar, la debilidad estructural política de las jóvenes repúblicas y la diversidad cultural y étnica fueron factores que atentaron contra el proyecto bolivariano.

No es posible evaluar la utopía bolivariana por el fracaso que posteriormente tuvo su proyecto, por el «laberinto de la soledad» en que quedó atrapado su prócer. La dimensión utópica que acompaña la acción histórica de los hombres no se valida por la eficacia de las mediaciones a través de las cuales necesariamente la acción se realiza, pero es sólo a través de la imaginación trascendental en la que se expresa la utopía que es posible el acontecer de la acción histórica. Si negáramos el significado de la utopía bolivariana por el fracaso estaríamos partiendo de una visión retrospectiva de la realidad que convierte a ésta en una reiteración de principios, que al desconocer su terrenalidad y erigirse en absolutos, vacían la gestión histórica de toda la riqueza del acontecer, la convierten de praxis creativa en praxis reiterativa. La historia así concebida se presenta como un proceso deliberadamente consciente intencional, y en consecuencia simplifican esta compleja dialéctica presente-trascendente de la acción histórica. La utopía bolivariana de la unidad latinoamericana es el marco límite de referencia universal, a través del cual cobra sentido la presencia circunstancial e histórica de las luchas independentistas del siglo XIX. La utopía es la expresión de la inadecuación histórica del sujeto respecto a la realidad que verdaderamente está gestando; es un hacer imaginario intencional-inintencional a través del cual sólo es posible acceder a lo real. Sin la mediación de la utopía actuante bolivariana de la Gran Colombia no hubiera sido posible el acceso al topos real de consolidación y independencia de las naciones latinoamericanas. Otro será entonces el curso que esta utopía toma posteriormente.

El ideal trascendente inicial de la unidad se convierte en fuerza mitificadora de su propia naturaleza histórica. Se produce un vaciamiento de la carga explosiva inicial de la utopía bolivariana y se invierte el sentido mismo de unidad. La unidad la latinoamericana no era vista entonces en la unidad para la independencia social, política y económica del continente, en estructuras autónomas, sino en la dependencia e inserción de las jóvenes naciones al mercado mundial. Los intereses que fueron constituyendo esta utopía conservadora no eran la de las grandes masas y pueblos de América Latina que participaron en la lucha y que vieron frustradas sus conquistas, sino la de las aburguesadas aristocracias latinoamericanas y las burguesías agro exportadoras emergentes económicamente del capital extranjero. que en la consecución de sus fines sumó un factor más, el problema de la identidad, sumiendo la historia de los pueblos latinoamericanos en guerras fratricidas e intestinas que eran motivadas fundamentalmente por el interés del capital extranjero. El sentido radical y revolucionario de la utopía bolivariana, es invertido en una utopía conservadora que asume intencionalmente su horizonte de sentido como mitificación de una mediación absoluta, la inserción al desarrollo mercantil mundial, y la contención intencional del cualquier cambio social. Entroniza entonces en la historia del continente una utopía foránea, destructora y de desmembramiento de los pueblos latinoamericanos.{6}

El concepto trascendental de la unidad no por eso desaparece del curso histórico del continente a pesar de la presencia irremediable de los hechos que la subvierten. A finales de siglo los contenidos utópicos se radicalizan ante la amenaza del imperialismo norteamericano el cual representaba una amenaza similar al dominio de España. Esto encontró su expresión más emblemática en el pensamiento y la acción política del cubano José Martí.

El ensayo Nuestra América de José Martí es el texto más radical y representativo de la utopía de la unidad latinoamericana. Además del independentismo y el latinoamericanismo de la utopía bolivariana, Martí enfatiza el sentido antiimperialista de la unidad. El proyecto de una segunda independencia para América Latina es la vía de alcanzar la unidad como proceso de emancipación de los pueblos latinoamericanos de la acechante amenaza que para ellos tiene la expansión e injerencia en sus asuntos internos, así como el desprecio de los EE. UU. El antiimperialismo martiano no es un nacionalismo aldeano ni un enclaustramiento local, ni es tampoco, como lo pretenden algunas lecturas neoliberales, entender que la fórmula martiana de independencia y república «con todos y para el bien de todos» sería una premisa pluralista de la sociedad neoliberal.{7}

La dimensión utópica del antiimperialismo martiano es la postulación de la superación histórica de la realidad y del ideal perfectible de injertar el mundo en nuestros pueblos, pero que el tronco siga siendo nacional, con la advertencia de que «El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de Nuestra América»{8} El conocimiento de los factores «descompuestos», «dolorosos», que han conformado la realidad latinoamericana, es el presupuesto de la utopía en Martí. «La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia... a lo que es, allí donde se gobierna hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe como se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y como puede ir guiándolos en junto para llegar por métodos e instituciones nacidas del país mismo a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.»{9} Aquí Martí refiere el papel de las instituciones como medios y no instrumentos, a través de los cuales se da la utopía de la unidad latinoamericana. La relación entre utopía y medios institucionales se plantea por Martí a partir del reconocimiento de la imposibilidad de la realidad, es decir del conocimiento de los límites posibles de realización de lo humanamente imposible de la utopía. La propuesta martiana no es la de una ilusión trascendental que convierte a las instituciones mediadoras de esta en instituciones estáticas, por el contrario es el reconocimiento de lo ideal tomando en consideración lo real y lo posible.

La utopía martiana es la expresión de la universalidad del proyecto de vida del sujeto vivo que trasciende siempre al sujeto práctico y en consecuencia es la «imaginación trascendental»,{10} que ha signado la historia latinoamericana no como una utopía estática, sino una utopía vivida donde se plantea la vida plena como libertad desde una historicidad completa. Es la utopía que busca el sentido de la mediación (ya sea unidad de pueblos y naciones, estado de repúblicas confederadas, &c.) desde el reconocimiento del sujeto que puede vivir una vida subjetiva, donde los hombres se reconocen mutuamente. Hacia este presupuesto no puede erigirse un argumento pretendidamente científico de indiferencia. «Se ha de tener fe en lo mejor del hombre –advertía Martí– y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otras para quien no les dice a tiempo la verdad.»{11}

Hoy, ante las actuales circunstancias históricas de dominio neoliberal que promete una utopía de sacrificio temporal por el que tendrán que pasar las sociedades latinoamericanas al aceptar como realidad irremediable la totalidad de un paquete de reajustes económicos, se abre una nueva dimensión utópica de unidad latinoamericana. En primer lugar aparece la necesidad de la crítica a esta utopía conservadora que se pretende realismo tácito y que presenta la utopía de la unidad como discursos desactivados, ilegítimos y fracasados.

Pensar en la factibilidad de la unidad absoluta, desde el punto de vista teórico, es falso, en tanto no es posible pensar en ella como mediación instrumento. En tal sentido convendríamos en mistificar la absolutización de un medio para el cumplimiento de cualquier fin y la utopía se desactivaría. El universo utópico de la unidad latinoamericana ha tenido la ineludible función de la interpelación y el enjuiciamiento de la utopía que nos tratan de instrumentalizar, que como proyectos experimentales toman a las sociedades latinoamericanas como terrenos de ensayo y traspatio de sus políticas agresivas. Es irremediable que acotemos a estas utopías mediaciones necesarias (alianzas subregionales, acuerdos multilaterales, movimientos de solidaridad, &c.), pero no podemos tomar a estas por la utopía misma, es un error no solo conceptual, sino vital y conduce a la letalidad de la acción de mediación misma.

El universo de la unidad en América Latina es amplio y rico, lo necesario a tener en cuenta es el criterio actual que emerge, el de la reivindicación de la reproducción real de la vida de nuestros pueblos. Teóricamente esta emergencia debe ser analizada desde una perspectiva racional material que concibe el reconocimiento del sujeto en el principio de vida, del otro, de su autoconstitución en una sociedad donde quepan todos.{12}

La unidad latinoamericana es hoy una utopía revolucionaria más que conservadora. Es la utopía de la unidad en la solidaridad, por la esperanza y la defensa de la identidad cultural. La evaluación crítica e histórica a esta utopía, como concepto trascendental es una necesidad insoslayable cuando la realidad que la gestó no ha sido aún trascendida. «Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricia el capricho de la luz o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.»{13}

La utopía de la liberación: Otra figura que adopta la utopía en América Latina es la utopía de la liberación. Ella ha caracterizado básicamente todo el pensamiento y la acción social y política en las diferentes etapas de la historia de América Latina. La liberación como ideal, horizonte de sentido de la praxis y la teoría se ha visto como proceso, de humanización general del hombre latinoamericano desde el plano político, económico, cultural y espiritual. Esta utopía ha encontrado diferentes mediaciones en proyectos de emancipación tanto de las estructuras sociopolíticas, como del pensamiento y la cultura.

Los movimientos políticos emancipatorios de América Latina han promovido y promueven hoy en la emergencia de los nuevos movimientos sociales un espectro amplio de dimensión utópica que ameritaría un profundo estudio histórico de la permanencia y revitalización de lo que podríamos calificar con Hellio Gallardo, como utopías populares. Estas dan cuenta de un testimonio de esperanza, compromiso y sentido de la utopía muy compleja, que se vincula estrechamente con un estudio y análisis de la problemática de la subjetividad.{14}

La liberación ha sido el componente utópico más fuerte dentro del pensamiento latinoamericano hasta nuestros días. Diferentes han sido las formas que esta utopía ha tomado en la actividad intelectual de América Latina.

Como primera forma tenemos la liberación espiritual que está relacionada con la indoctrinación de los indios en la fe cristiana. Esta utopía se forja dentro del período de la colonia dominado por la escolástica. es la perspectiva utópica que anima la acción de los curas y misioneros que inspirados en el pensamiento de San Agustín , veían la conversión de los indios como una encuesta liberadora por la cual las almas de los paganos, previamente condenadas a la esclavitud espiritual, se liberaban de las cadenas del pecado y se unían a la comunidad de seres espiritualmente libres. Esta utopía podemos calificarla como una utopía para América Latina, sin embargo dentro de este período y en el propio movimiento escolástico aparecen otras dimensiones utópicas, como es el caso del pensamiento de Bartolomé de Las Casas. Aunque en este pensamiento lascasiano hay una fuerte presencia de las ideas renacentistas, por ejemplo, se ha señalado la fuente de inspiración presente en sus obras de la Utopía de Tomás Moro, la liberación que promueve Las Casas, tienen un contenido más trascendente hasta nuestros días. La utopía de Las Casas tiene una carga profundamente humana y cristiana universal. Es importante para un análisis actual de la utopía de la liberación remitirse al contenido de la polémica que sostuvieron Las Casas y Giner de Sepúlveda entre 1550 y 1551. Ella nos permitiría reconocer los antecedentes de las dos formas en las que hoy se nos presenta la utopía en América Latina, como utopía conservadora y utopía revolucionaria. De forma general podemos considerar que la liberación dentro del contexto escolástico se perfiló en dos sentidos, como liberación espiritual y como liberación civil, ambas se complementaban en tanto la espiritualidad libre solo era posible si se les otorgaba a los indios derechos y libertades que les correspondían y que los protegieran de los abusos de los colonizadores. Esta utopía en todas sus variantes no se cuestiona la totalidad misma, es decir el proceso de colonización y esclavitud a que fueron sometidos los pueblos autóctonos americanos, aunque es indiscutible que el padre Las Casas tiene un lugar diferente en este sentido.

La liberación política es el margen utópico que promueven los movimientos independentistas del siglo XIX. Este está sustentado por las formas ideológicas y conceptuales de la modernidad europea. La presencia de los ideólogos franceses y de los pensadores ingleses que sustentan las ideas de libertad, igualdad y fraternidad se hace latente en las concepciones de las principales figuras de este período. En este tiempo la utopía de la liberación se funde con la utopía de la unidad latinoamericana, en el pensamiento de Simón Bolívar y José Martí a los que nos referimos anteriormente. La liberación no sólo se entiende desde lo político sino que todo el proceso de la ilustración latinoamericana de emancipación ideológica del mundo colonial, preparó la fermentación espiritual desalienadora que propició el movimiento independentista del XIX.{15}

Si tomamos como un hecho histórico paradigmático del período postindependentista la dictadura de Porfirio Díaz en México, poco tendríamos que referir a la permanencia de la utopía de la liberación. Sin embargo esta es la etapa del positivismo en el pensamiento latinoamericano que elabora un universo utópico basado en las concepciones del orden y el progreso y que consideraba la liberación dentro de una concepción racionalista formal, basada en el cientificismo. El contenido liberador de la ilustración moderna es invertido en el sentido de la liberación a través de la educación y la institucionalización «positivas» de las sociedades latinoamericanas. El papel del positivismo en América Latina es contradictorio y tiene sus rasgos específicos, pero aún así su propuesta utópica se mantiene dentro del universo de razonamiento que no reconoce otras formas de pensamiento que no se ajusten a la lógica formal medio fin y que transforma la realidad en una totalidad abstracta. Todas las alternativas que no se circunscriban a una evaluación positiva del orden y progreso científico se consideran meras especulaciones y ensueños. La utopía se vuelve utopismo en tanto se considera un hecho de certidumbre y exactitud y se descargan de hecho todas las potencialidades utópicas de la emancipación humana.

La reacción antipositivista no se hizo esperar. A principios del siglo XX surge una generación de intelectuales latinoamericanos conocida dentro de la literatura como los «fundadores» de la llamada filosofía de lo latinoamericano, entre los que se encuentran figuras como Alejandro Deustua , Francisco Romero, Antonio Caso, Carlos Vaz Ferreira, Alejandro Korn y otros. El giro fundamental de la temática utópica de la liberación se da hacia el problema de la libertad individual y ética, donde el individuo se reconoce libre sólo a través de su responsabilidad moral dentro del mundo. La liberación se entiende como el horizonte de sentido de la experiencia personal del hombre en el mundo. Esta línea de pensamiento tiene sus fuentes en el espiritualismo y la fenomenología europea, así como en el perspectivismo ortegueano. Este ultimo tuvo mucha influencia en una corriente de pensamiento que se centró en la caracterización de la realidad y el pensamiento latinoamericanos y en la búsqueda de una identidad cultural e intelectual. La dimensión utópica fue fundamentalmente dentro de esta forma una liberación cultural e intelectual en contra del imperialismo cultural e ideológico norteamericano que históricamente coincide con procesos históricos que decantan otros universos utópicos significativos. Especialmente para un estudio más completo del problema utópico, habría que correlacionar el proceso de la Revolución mexicana, con estas corrientes dentro del pensamiento teórico latinoamericano.

Otra de las formas en las que se presenta la utopía de la liberación es en el pensamiento marxista que empieza a tomar fuerza en América Latina en la segunda década del siglo XX. La idea de liberación dentro del marxismo ha sido motivo de reflexiones teóricas de diferente carácter. En líneas generales la liberación se entiende por este pensamiento como un proceso de desenajenación del hombre de las fuerzas sociales históricas del capitalismo. La mediación en la que esta utopía se realizaría es a través de la superación de la lucha de clases y de la liberación del trabajo vivo, en una sociedad donde que tiene como objetivo la satisfacción plena de las necesidades humanas. En el marxismo el tema del estado, las clases sociales, se conjugan con la propuesta de la construcción del socialismo, como una sociedad que por la planificación económica alcanzaría el objetivo planteado.{16}

El estudio del pensamiento de figuras como Carlos Baliño, Julio Antonio Mella, José Carlos Mariategui, Anibal Ponce, Rodolfo Mondolfo, Vicente Lombardo Toledano, Emilio Frugoni entre otros , nos permite ver la amalgama de problemáticas desde la perspectiva de la liberación que desarrolla el marxismo en América Latina. Ellas están vinculadas no sólo a la tradición clásica del marxismo, sino a las tradiciones intelectuales del desarrollo posterior del marxismo y del leninismo, así como a las vinculadas con la preocupación del problema de la identidad latinoamericana.

Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariategui es uno de los textos más importantes para estudiar el enfoque de la utopía marxista desde una perspectiva latinoamericana. Aquí el Amauta, como se le conocía, considera que el futuro de América Latina debe ser el socialismo, él está convencido de eso y su estudio de la realidad peruana persigue ese objetivo. Independientemente de que hoy la perspectiva socialista halla desaparecido del universo utópico social por el derrumbe del llamado «socialismo real» y que se considere hoy una referencia falsa, el rescate de la tradición marxista en el ideario de Mariátegui representa un recurso necesario para la reconstrucción de la utopía de América Latina. La dimensión humana de la vida de los hombres es el presupuesto esencial de su utopía socialista. «Presenciamos –decía– la disgregación, la agonía de una sociedad caduca, senil, decrépita, y, al mismo tiempo, presenciamos la gestación, la formación, la elaboración lenta e inquieta de la sociedad nueva. Todos los hombres, a los cuales una sincera filiación ideológica nos vincula a la sociedad nueva y nos separa de la sociedad vieja, debemos fijar hondamente la mirada en este período trascendental, agitado e intenso de la historia humana.»{17}

Adolfo Sánchez Vázquez, como teórico del marxismo hoy en América Latina retoma el problema del socialismo como utopía. El plantea que el desarrollo «bárbaro» del capitalismo crea la posibilidad del socialismo, aunque no su efectividad que el ve relacionada con la transformación de la posibilidad del socialismo frente a otras posibilidades de la realidad. Sólo un proceso de conciencia moral indispensable para pasar a la acción puede hacer viable el socialismo como posible. Es por eso que para el profesor mexicano el socialismo es una utopía, siguiendo a Ernest Bloch, la ve como parte de una realidad que no es todavía, aunque podría no ser.{18} Esta presentación de la utopía del socialismo contiene un reducto metafísico que indica hacia la conversión (independientemente de la participación del sujeto y su voluntad, tanto intencional e inintencionalmente), del socialismo en un resultado inexorable del desarrollo histórico y nuevamente visto así, sería un ideal absoluto, ilusión trascendental, que retrospectivamente juzgará los acontecimientos a condición de su realización. De esta forma, nuevamente se perdería del análisis la realidad misma y continuaríamos evaluándola por lo que debió ser y no fue. Aquí no estamos cuestionando el socialismo, sino el concepto de utopía con que se pretende argumentar el socialismo. La utopía no puede ser entendida como una noción trascendental positiva de la de la realidad, sino la seguiríamos ubicando fuera de la realidad misma. En teoría esto significaría perder de vista el examen de la realidad como totalidad concreta, la evaluación de los juicios de hecho que de este se deducen (económicos, políticos y sociales), y la reducción de la acción del sujeto a mero actor y no creador y ente interpelado por sus circunstancias históricas. La crítica negativa de Marx a la utopía sigue siendo válida, lo que no implica la renuncia a ella como concepto trascendental.

La perspectiva marxista de la utopía también es necesario verla en relación con los procesos históricos de la Revolución Cubana, la unidad popular en Chile, la Revolución Sandinista, así como a todo el movimiento de izquierda de América Latina.{19}

Para la filosofía y la teología de la liberación, movimientos actuales del pensamiento latinoamericano, la liberación ocupa un lugar central en la reflexión. La filosofía de la liberación es un movimiento heterogéneo que intenta definir la historia y el pensamiento latinoamericanos independiente de los juicios de valor y concepciones en general occidentales, aunque se propone sus construcciones teóricas en franco diálogo y polémica con esta tradición. Este movimiento surgido en los setenta en Argentina emprende una fundamentación de la función de la filosofía para América Latina a partir del desarrollo crítico de temas tales como, la pretendida universalidad absoluta de la cultura europea, y la universalidad de la cultura americana.

En el primer tema se cuestiona la validez universal de la razón moderna occidental, la prioridad ontológica o gnoseológica de la filosofía por encima de su carácter ético, la idea de historia universal que ha tomado como centro y modelo de desarrollo a la cultura europea y el agotamiento de la utopía de la modernidad europea. El segundo tema refiere problemas tales como, la cuestión de la identidad cultural, la del sentido de la historia americana y la de la posibilidad de una filosofía auténticamente latinoamericana.

El problema fundamental de la liberación como fin de la filosofía de la liberación pasa por la emancipación básicamente cultural, y es en este sentido que para este movimiento intelectual el pensamiento latinoamericano tiene un carácter auroral, contrariamente al pensamiento europeo que discurre según imagen hegeliana sobre lo acaecido. La forma de la utopía de la liberación que se manifiesta en este caso es la filosofía, a través de ella es posible conferir al sujeto una participación creadora y transformadora, en cuanto es una proyecto que denuncia un presente y anuncia un futuro. La liberación que anuncia la filosofía de la liberación se nutre de los ideales sociales como el bolivarismo, indigenismo, cristianismo y nacionalismo que van a determinar la lógica de esta. Tanto la filosofía de la historia de Leopoldo Zea como la ética de Enrique Dussel, tanto en la antropología de Gunter Rodolfo Kusch como en la teoría del discurso de Arturo Andrés Roig está presente la perspectiva utópica de una filosofía comprometida con una praxis social y con el proceso de liberación real que viven los pueblos de América Latina.{20} Los excesos metafísicos en algunos casos responden a la no clara distinción entre el método filosófico y el análisis histórico, al tiempo que pretenden la sistematización absoluta y exclusiva de la conciencia histórica del hombre latinoamericano. Aún con estas objeciones metodológicas, los estudios que lleva a cabo la filosofía de la liberación en el campo antropológico, historiográfico, y de historia de las ideas, constituyen un material de inapreciable valor investigativo. En cuanto al estudio de la utopía como concepto, la filosofía de la liberación se propone una evaluación crítica de este, tanto en su evolución histórica europea como latinoamericana, así como hace una propuesta metodológica de análisis de lo utópico. En esta línea de trabajo se ha distinguido la labor del profesor argentino Arturo Andrés Roig, quien ha hecho un exhaustivo estudio de la Utopía en el Ecuador.{21}

Por ultimo nos referiremos a la teología de la liberación. Hoy este movimiento se propone una reconstrucción interna que parte de una evaluación autocrítica. Los teólogos de la liberación se preguntan hoy sobre lo que han sido realmente y como debe proyectarse el movimiento en las actuales condiciones históricas. Surgida como reflexión teológica desde los pobres y oprimidos ha sido un movimiento mesiánico político que unió y une a marxistas y cristianos, en un diálogo directo con las ciencias sociales. Uno de los momentos más significativos de este movimiento teológico es el enfrentamiento no al ateísmo sino a la idolatría, y esto se mantiene hasta hoy, cuando el movimiento ve como una de sus líneas principales la de la crítica de la economía política neoliberal.

Para la teología de la liberación el horizonte utópico de la liberación, que es el reconocimiento del Dios de la vida, pasa por el reconocimiento mutuo entre sujetos, la ausencia de este se hace presente en el pobre, como el Dios ausente, y es solo en este sentido negativo en que se funda la presencia efectiva de Dios. Vista así la teología de la liberación es un teología concreta, que concibe a Dios como praxis, y considera el camino hacia la liberación como inédito. Teológicamente la voluntad de Dios ahora es interpretada como un análisis empírico de la realidad a partir de los resultados de las ciencias sociales, y por eso hoy una de las temáticas que de forma permanente viene desarrollando este movimiento es el de la relación teología y economía.{22} Precisamente esta línea de trabajo ha posibilitado al movimiento divisar la necesidad de desarrollar la reflexión teológica en dos líneas, según señala Franz Hinkelammert, una directamente vinculada a la investigación social, como «una crítica de la economía política neoliberal y su respectiva utopización de la ley del mercado», y otra «referida a la tradición cristiana de una teología crítica de la ley». La crítica a la economía política neoliberal revela que la propuesta utópica del capitalismo hoy es la visión invertida de la ley del valor en tanto sólo reconoce el sistema económico desde el cálculo y la rentabilidad, destruyendo las bases fundamentales de la vida, los hombres y la naturaleza.

Hoy la evaluación por la teología de la liberación del problema de la utopía adquiere una significación relevante para las ciencias sociales. Propone esta una reflexión metodológica donde se analiza la utopía desde su universo conceptual, con relación a conceptos como totalidad, factibilidad, institución (ley), realidad, y sujeto. La liberación para esta teología de los oprimidos es la liberación desde la perspectiva del sujeto que interpela la ley desde su subjetividad negada y reprimida. «Los sujetos libres son libres en el grado en el cual son capaces de relativizar a la ley en función de las necesidades de su propia vida. La libertad no está en la ley, sino en la relación de los sujetos con la ley. El reconocimiento mutuo entre sujetos corporales y necesitados implica de forma insustituible el reconocimiento de la relativización de cualquier ley en función de este reconocimiento.»{23}

La evaluación de la función y el lugar de la utopía dentro del pensamiento latinoamericano y así como su presencia y emergencia en los movimientos sociales e históricos nos pone ante la tarea teórica de valorar las dimensiones conceptuales en las que se conciben los universos utópicos, si son conceptos absolutos, o si desde el punto de vista epistemológico se constituyen desde una negatividad crítica discursiva y por consiguiente se erigen en referentes válidos para explicación de la realidad.

La utopía latinoamericana de la liberación es una plenitud perfectamente imposible, asumir la realización fáctica de esa plenitud ubicaría a la utopía en un lugar siempre más allá. Este proceder, ya sea en el plano del pensamiento como de la acción práctica, no nos permitiría vislumbrar las posibles alternativas intermedias. En nombre de la realidad se niega la propia realidad, en tanto nos alejamos de ella, o se le profetiza como advenimiento o se le ucroniza románticamente en un tiempo pasado. En fin constituiría una necedad empírica que significa en ultima instancia negar la vivencia utópica que se construye en la praxis histórica de nuestros pueblos, de sus hombres y mujeres. Cuando hoy se habla de las alternativas en términos políticos, no se puede obviar la relación entre los horizontes utópicos y las acciones históricas de los sujetos, desde su perspectiva situada, y en sus contextos culturales específicos. Los imaginarios trascendentales de las prácticas alternativas hoy en América Latina hay que evaluarlas desde la determinación estructural, que condiciona la situación de resistencia del sujeto, no-víctima, sino libre en la medida del reconocimiento mutuo entre sujetos.

Utopía y el mundo actual

Todo lo que de alguna forma hemos expuesto anteriormente nos ubica ante el contenido histórico de una utopía que nos constituye. La utopía, como constitutiva de la liberación, negación que se afirma en el ámbito histórico de la acción de las multitud, que produce un poder y una verdad, y se reencuentra constantemente en las determinaciones sociales de la formación histórica.{24}

Pero a pesar de todos nuestros resultados indagatorios históricos , hacia el mundo de lo utópico se precisa una relación racional critica. Solo así es posible que no seamos presos de una visión más tendiente a la falsificación en tanto ingenua y consoladora.

Es por esto que no podemos terminar aquí sin antes al menos señalar las amenazas a las que esta utopía constituyente se enfrenta en las actuales condiciones en que es importante pensar la utopía, ya que es para los hombres y mujeres de hoy que indagamos el porque y para que soñar.

«(...) llegó un tiempo en que todo lo que los hombres habían venido considerando como inalienable se hizo objeto de cambio, de tráfico y podía enajenarse. Es el tiempo en que incluso las cosas que hasta entonces se transmitían, pero nunca se intercambiaban; se donaban, pero nunca se vendían; se adquirían, pero nunca se compraban: virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc., todo, en suma, pasó a la esfera del comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o, para expresarnos en términos de economía política, el tiempo en que cada cosa, moral o física, convertida en valor de cambio, es llevada al mercado para ser apreciada en su más justo valor.»{25}

Como sé vivencia esto hoy: Donde se nos dice que «virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia»; significa comprar las mercancías que como nunca antes hemos confundido su valor con su precio, al decir del poeta Antonio Machado. Como a un gran Shoping Center de pasiones y sentimientos, llegamos a comprar, amigos como acompañantes casuales, justicia como falacia, profesiones como títulos nobiliarios, y en fin nuestra conciencia por que nos den de comer. De modo que se vende lo que no se posee, y se especula con lo que no se tiene. A pesar de todo las ganancias crecen al vender virtud por vicio, amor por odio, ciencia por error, opinión por desinterés y conciencia por inconsciencia.

Es el tiempo de la venalidad universal, que indica Marx , donde bajo el principio de la compra y la venta, el mercado total estandariza los medios que conducen a alcanzar la virtud, el amor, la opinión, la ciencia y la conciencia, y esencialmente la vida. Con esta lógica irracional se elimina la cuestión sobre los fines en tanto el problema se corre hacia los medios, y estos, si son eliminados, escamoteados, imposibilitados, impedidos, no garantizan ningún fin, pasan a otra realidad, la virtual, donde sus contenidos son usurpados. Es por esta razón que necesariamente el debate nuevamente (pensemos aún que nunca ha estado ausente) sigue siendo sobre los fines últimos de la humanidad, aunque se pretenda desde diferentes flancos una cruzada contra ellos.

Son las reflexiones anteriores una confesión de asombro ante lo real de esta irrealidad humana que hoy nos condiciona. Ha sido además uno de los motivos suficientes que me ha movido a la indagación sobre uno de los valores que de renegado absolutamente en los inicios de conformación de esta realidad como totalidad; hoy esta misma totalidad lo recicla y lo convierte en uno de los bienes más lucrativos: la utopía.

La presencia hegemónica del mercado como totalidad económica y política, significa más que lo estrictamente acotado a estas esferas, lo concerniente al imaginario, la racionalidad, la conducta, los valores y subjetividades. ¿Cómo logra este totalitarismo económico configurar la realidad? El discurso de una cultura gerencial de empresa ya no necesita en lo absoluto de los argumentos del fin de las ideologías y de las tecnologías sociales.{26} La sociedad de una cultura gerencial de empresa se plantea como un tipo social de organización que supera la estratificación y la revolución por medio de una revolución pacífica y silenciosa que va produciendo la globalidad que genera la masificación de la comunicación y su articulación al ejercicio empresarial. Esta propuesta no se considera a sí misma utópica sino dentro del llamado realismo político; por consiguiente superadora de la utopía. Siempre y cuando la acción social no se sujete a un fin último, sino es deducida de la tendencia de la situación real que se va delineando por el funcionamiento natural de la empresa global, esta tecnoutopía perfila el futuro de la humanidad. Detrás de este mundo que ya no es ilusorio, sino virtual está la simbología de la empresa global del imperio de la IBM que promulga la profecía de la empresa imposible de contener en los marcos nacionales.{27} La sociedad es un global shoping center, una corporate culture que aglutina a los hombres y mujeres desde una política de personal de una estructura inconsciente predominantemente materna, como una «maquina de angustia»y «maquina de placer». Esta es la destinada conciencia cósmica, de nuevos valores y nuevas tecnologías, que como novedad aparece ante un anterior modelo industrialista de desarrollo. El modelo de la empresa-red, con los atributos de ser flexible y relacional, con una estructura donde cada parte sirve al todo, determina la integración que aparece como capitalización total de los conocimientos y las energías individuales. Es la doctrina corporativa de la técnica del management a partir de ahora el núcleo real-virtual de un estado conforme con el interés de todos, del vinculo social universal. La estructura marcada por la dicotomía de esta sociedad es el resultado pacifico de una evolución tecnológica, comunicativa y organizativa que supera la estructura de clase, reclamando solo condición de clase para los decideurs (responsables), los globals business. El resto de la sociedad son interpretados como grupos sociales de consumption communities (comunidades de consumo), que necesariamente son en la medida que se someten voluntariamente a la alfabetización mediática donde la virtualidad simbólica adelanta y garantiza la consolidación del proyecto. La tecnoutopía es la conjugación mágica de la tensión, la potencia, la facticidad, la perfección, la imaginación creadora que define el horizonte de sentido de la acción (y no propiamente de la praxis) en la terra utopian del global business community. El optimismo intolerante es condición previa para embarcarse en este viaje hacia el futuro.

Lo que se hace presente entre tanta enmarañada jerga tecnofílica es el abandono que la ideología burguesa ha hecho de sus posicionamientos pragmáticos de tintes románticos y su asentamiento en el cinismo in extremis, cuyo ingrediente fundamental es el escepticismo y el empirismo más radical, que llega hasta la absurda posición del solipsista reflexivo que se empeña en generalizar su posicionamiento y comienza a invertir la semántica del juego epistemológico. Sucede lo que al principio diagnosticábamos, las guerras son defensas, los odios son amor, la ciencia es negocio, la utopía es topia-u (no lugar), es la inversión de los sentidos de los universales conceptuales, en tanto ya estos dejan también de ser superfluos como universales.

Haciendo uso y recurso de un titulo de Hayek, la fatal arrogancia de este utopismo obvia las disociaciones y discontinuidades del desarrollo desigual, en tanto son invisibles, al reciclarlas como distorsiones y efectos causales del funcionamiento del mecanismo de red técnico del manegement. Es exactamente la topía- u, puesto que es el orden generador del lugar-no, de la ponderación de la exclusividad por la exclusión, de la comunicación estandarizada por el silencio violento, la competitividad parcelada en archipiélagos económicos por la presencia bárbara de las actuaciones locales de las redes globales.{28} Este es el mundo del video sonoro de la tecnoutopía neoliberal que ya ha superado sus crisis de conciencia de antaño, ha profundizado sus postulados iniciales y ha declarado el estado absoluto de paz y felicidad para toda la humanidad. Como topía-u define la paz como guerra contra todos en tanto los que no reconozcan este lugar-no, son enemigos declarados de la paz lograda. Las resistencias posibles son perturbadoras de esta paz, y la paz entonces es convertida en genocidio en la ampliación cada vez mayor de la esfera de la economía unificada

El no-lugar de los inventos y las fantasías de la Utopía de Moro, La ciudad del Sol de Campanella, la muy posterior Icaria de Cabet, entre otros, se nos presenta (o vende) hoy como el topos-no. Si antes el sueño de un futuro mejor, en un lugar imaginado empujaba la acción aunque por imaginado el lugar era imposible, hoy el lugar no hay que imaginarlo, él es, en sí mismo, agota y satisface todos las posibles fantasías y deseos de los hombres y mujeres, por lo que no necesitamos más de un futuro soñado o imaginado, y menos aún de una alternativa, todas las garantiza la sociedad corporativa.

Se ha invertido el sentido del término y se ha dado remate a su semántica, es realmente nuevo, es el topos-no, el lugar no. El orden establecido es ya el lugar(topos), no podemos dudar que el lugar esta logrado, no hay que ubicarlo más en otro espacio, ni es válido en una ucronía. No condiciona el espacio, en tanto juega en condiciones de comunicación ideal, pero es el topos-no por cuanto dado el lugar, la lógica no es inclusiva, puesto que al lugar soñado llegaríamos, si somos seleccionados, estaríamos incluidos. La lógica inversa, está en que el lugar alcanzado, es exclusivo, y por lo tanto, puedes entrar o puedes quedar fuera. De esta manera estamos en presencia de una nueva modalidad de la utopía que increpa desde el sentido común hasta la critica teórica, donde el lugar-no esta habitado por los consumidores/públicos soberanos, en un entorno de competencia y librecambismo mundial de la republica mercantil universal. Es una utopía usurpadora de la tendencia de la socialización y la integración mundializada que ya en nuestros días enfrenta los embates del modelo pan-lógico del infinito crecimiento de mercados, con la reducción de estos y con la depresión de las redes de las geofinanzas. Es entonces cuando se muestra en toda su falacia el orden de la paz y los negocios, y se acrecienta la agresividad del topos-no de la tecnoutopía de la empresa global, en tanto, consigna con toda terrenalidad, que si no hay lugar para todos al menos debo arrebatar un lugar para mí.{29}

La pregunta que nos hacemos acerca de lo utópico tiene en lo anteriormente expuesto los motivos suficientes no solo por un posicionamiento valorativo identificado con el sentido de cambio social como revolución y no como acomodación y evolución y si con una especial sensibilidad humanista concreta. Por lo demás estas motivaciones explican las condiciones objetivas desde las cuales no se vacían los universos utópicos posibles sino se despliegan en gran diversidad. Ellos aparecen en lo que el subcomandante Marcos identifica como «bolsones de resistencia», de los movimientos populares y las resistencias a las estrategias monetaristas tanto nacionales como internacionales.

Todo lo anterior nos plantea la pregunta acerca de la contradicción entre la tendencia hacia el vaciamiento utópico de los referentes universales por la lógica del capitalismo actual y la difusión de múltiples universos utópicos en los sectores de resistencia a este orden mundializado.

A pesar de todo, el terror que provoca el holocausto al que en determinados momentos en la historia del siglo se ha visto sumida la humanidad, compulsa a la utopía a los más reacios al sueño utópico. El sentido de los fines, se ha identificado con el pensamiento postmoderno, cuestión que sus correligionarios se apuran a contrarrestar. Tal esfuerzo se realiza desde diferentes puntos de partida, pero en casi todas llama la atención la endebles de los argumentos.

El fin de las utopías totalitarias y unitarias es un hecho no sólo real e histórico (la crisis de laisser fair y del socialismo real), sino fundamentalmente el resultado extremo de una contradicción discursiva insalvable. Para el filosofo postmoderno Lyotard los juegos del lenguaje están estructurados de tal forma, que a partir de ellos resulta imposible pensar una comunidad humana en donde no exista el conflicto y la injusticia; un criterio por tanto metalingüístico es imposible, y esforzarse por encontrarlo y establecerlo conduce al terror. La metodología poperiana inconfesa se evidencia en este giro de razonamiento. Se espera, con esto dar el tiro de gracia a cualquier intención de alternativas al estado de cosas real. Con los criterios de despotismo, terror, violencia se silencia, la esperanza, la opción y la alternativa y por demás, tal como teme A. A. Roig se niega el discurso de futuro como forma esencial de narrativa y se minan el concepto irrenunciable de justicia social. A pesar de todo, a este pensamiento le es consustancial un residuo utópico, para la regulación pacífica del disenso fatal al que estamos condenados. Solo determinadas estructuras políticas harán factible este fin y serán aquellas formas narrativas que enfatizaran los valores de un policentrismo económico-político y pluralista cultural. El pensamiento postmoderno lacónico recurre de retirada a la utopía para recogerla con un sentido de modernidad renovada. Uno de los sesgos más difícil de aceptar de este tipo de pensamiento postmoderno, es en primer término el sortilegio analítico que desprecia la realidad, no porque la construya a través del discurso, sino por que la constriñe a la facticidad inmediata desde una perspectiva individualizante del sujeto. La antiutopía es aquí la consumación de la sacralidad de un estado de cosas que ya ni permite en sí una reflexión critica.

Reflexionar sobre la historia, los itinerarios, las aventuras de la utopía como una tensión, pulsion, figura discursiva, función reguladora de la acción, contingencia de la multitud, proyecto sociopolítico, imaginación y encanto, desorden y revueltas, hace que veamos más claro que la aventura se juega en el presente. Por eso es que necesitamos respondernos al porque hoy de la utopía y creo que ello responde a la contingencia en la que esa dimensión de la condición humana se desenvuelve. Pensar la utopía hoy es imprescindible para no olvidar, no solo el pasado no sido del hombre y su condición, sino para tampoco perder la memoria de lo que hoy aquí vivimos. El sistema y todo su mecanismo esta entramado para que esto suceda minuto a minuto del tiempo contingente de las vidas que no vivimos.

La utopía ya no es ideal porque ellos no son necesarios, para eso están los spots publicitarios, las marcas, los grandes símbolos del mercado, reciclados de todas las formas y tipos posibles, pues todo vale. La utopía ya no es sueño diurno o nocturno porque es desvelo constante, inmediatez, éxito. La utopía ya no es una necesidad anticipada, ni una nueva ruptura, porque es una actitud de plenitud y bonanza virtual, donde el lujo es imprescindible para estar dentro del orden, que vigila, castiga y vende, y garantiza la justicia eterna y el culpable capturado. Se ha coactado el mundo de los deseos, las esperanzas y los sueños.

¿Hacia donde vamos, habrá futuro? La respuesta esta en nuestras manos. Recuerdo ahora para terminar los versos de una poetisa cubana, Mirta Aguirre:

«Has tenido alguna vez una estrella en la palma de la mano o la estrella la estrella, como no tener a quien dársela...»

Tenemos no unas sino miles de manos que no solo recibirán sino que darán esa estrella.

Notas

{1} Arturo Andrés Roig, Prólogo al libro Filosofar desde nuestra América. Ensayo problematizador de su modis operandi, de Horacio Cerutti. México 2000.

{2} Horacio Cerutti, «Utopía y América Latina», La utopía en América, Centro Coordinador y difusor de Estudios Latinoamericanos, UNAM, México 1991.

{3} Esta utopía se expresa en el pensamiento y la acción político y militar como Francisco de Miranda, Mariano Moreno, Bernardo Monteagudo, Bernardo O'Higgins, José de San Martín y José Cecilio del Valle. Un estudio de este pensamiento, desde su dimensión utópica, aportaría elementos históricos que desde la tradición, fundamentarían el no agotamiento de la utopía para América Latina.

{4} G. Vargas Martínez, Bolívar y el poder, UNAM, México 1991, pág. 173.

{5} Simón Bolívar, «Carta de Jamaica». En: Ideas en torno a la liberación latinoamericana, pág. 30.

{6} Paradigmático resulta como hasta hoy sigue presente esta importación antiutópica. En 1994, a pesar de la negativa del gobierno de los EE. UU. a la participación de Cuba en la Cumbre de las Américas celebrada del 9 al 11 de diciembre en Miami, todos los jefes de gobierno de los estados latinoamericanos corrieron a asistir a ella, por la promesa de apertura libre del comercio, incumplida por el presidente estadounidense.

{7} Evidentemente un hurto indiscriminado de la tradición más legítima con que pretende armarse un discurso neoliberal para América Latina. Alberto Ronda, investigador de la obra martiana realiza una crítica a estas intenciones en su ensayo: «José Martí y la utopía en el tiempo histórico neoliberal», en revista Contracorriente, 1996, año 2, nº 5, págs. 15-22.

{8} J. Martí, «Nuestra América», Obras Completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana 1963, tomo 6, pág. 22.

{9} Idem, págs. 16-17.

{10} Este concepto es desarrollado por Franz Hinkelammert en su obra Crítica a la razón utópica (DEI, San José 1990): «...el mundo imaginario por la imaginación trascendental no se puede describir sino e términos universales. ...si el mundo así descrito fuera lógicamente contradictorio, sería a priori descartarlo», pág. 268

{11} J. Martí, ob. cit., pág. 22.

{12} El movimiento Zapatista de Liberación Nacional ha formulado con gran sencillez y profundidad el sentido ético y político actual de este imaginario trascendental de la unidad latinoamericana hoy. Ver: Crónicas intergalácticas. EZLN. Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, Chiapas, México 1996.

{13} José Martí, ob. cit., pág. 16

{14} Ver: Hellio Gallardo. «Esperanza y utopía en las luchas populares latinoamericanas», en América Latina en movimiento. 15 de junio de 1999, págs. 12-16.

{15} Ver: Colectivo de autores, Filosofía en América Latina, Editorial Felix Varela, La Habana 1998.

{16} Un análisis crítico de la utopía en el marxismo ha sido realizado por Franz Hinkelammert en su libro Crítica a la razón utópica, DEI, San José de Costa Rica 1990.

{17} José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ed. Casa de las Américas, La Habana 1975, pág. 3.

{18} Adolfo Sánchez Vázquez, «El socialismo como utopía», en Revista Casa de las Américas, nº 216, julio-septiembre de 1999, págs. 79-84.

{19} Ver: Yohanka León del Río, Valoración filosófica sobre las posiciones de la izquierda latinoamericana ante el derrumbe del socialismo real. Tesis de Maestría en Pensamiento Latinoamericano. Universidad Central de Las Villas, Santa Clara 1997.

{20} La producción teórica de la filosofía de la liberación es amplia, señalaremos algunos de los más representativos: Enrique Dussel, Etica de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión, Editorial Trotta, Madrid 1998; Leopoldo Zea, América en la historia, Fondo de Cultura Económica, México 1957; Arturo Andrés Roig, Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, Fondo de Cultura Económica, 1981; Rodolfo Gunter Kusch, América Profunda, Editorial Bonum, Buenos Aires 1986.

{21} Arturo A. Roig, La utopía en el Ecuador, Banco Central del Ecuador, Quito 1987.

{22} El Departamento Ecuménico de Investigaciones como centro promotor de la teología de la liberación ha venido profundizando en este tema. Franz Hinkelamert, Pablo Richard, y Hugo Assmaan, son entre otros unas de los representantes mas importantes de la teología de la liberación hoy en América Latina.

{23} Franz Hinkelammert, «Cultura de la esperanza y sociedad sin exclusión», DEI, San José, Costa Rica 1995, págs. 386-387.

{24} Roberto Fragomeno, La utopía constituyente, Costa Rica 2001.

{25} Karl Marx, Miseria de la filosofía, Editora Política, La Habana 1963, pág. 30.

{26} La retórica sobre los fines cobra forma discursiva sistemática en el año 1960 con el libro de Daniel Bell, El fin de las ideologías, así como cinco años antes había ya aparecido bajo el eslogan del futuro de la libertad en el Congreso de Milán. En el año 1965 es creada la Comisión para el año 2000, bajo la presidencia de Daniel Bell que difundía las nociones futurológicas de la sociedad postindustrial, la que era complementada por la noción de aldea global de McLuhan, de 1962 en su libro La Galaxia Gutenberg. En esa misma dirección siguen las acciones teórica de Zbigniew Brzezinski, Raymond Aron y Alvin Toffler.

{27} Las observaciones de Max Pages en 1979 sobre la influencia de la organización considera que esta realidad se sustenta en un enfoque metodológico que «elabora técnicas no verbales y corporales que permiten captar el imaginario colectivo, es decir, las angustias y los deseos inconscientes vividos en la relación de los individuos con las instituciones, con los objetos colectivos de inversiones».

{28} Los cuarteles generales de las sociedades multinacionales se ven en la obligación de sacar enseñanzas de la estrategia de sus adversarios, al apropiarse del lema originario de las ONG: «Think globally. Act Locally.» Armand Mathelard, Historia de la utopía planetaria. De la ciudad profética a la sociedad global, Editorial Paidos, Barcelona 2000, pág. 399.

{29} Estas reflexiones finales están sustentadas en los análisis económicos políticos realizados por Wim Dierckxsens, profesor de economía, investigador del DEI. Su tesis fundamental es la tendencia cada vez mayor de la economía mundial liderada por la lógica de las empresas transnacionales, hacia la agresividad que genera la competitividad cada vez más aguda de estas empresas por el reparto del inamovible mercado mundial. El estancamiento por el no-crecimiento de la tasa de beneficio que ya ha ahogado a la producción, toca fondo al fin en el callejón sin salida de la especulación financiera. La situación es límite y desde esta realidad de condiciones objetivas, es únicamente posible, desmontar las piezas finales de la utopía liberal, y pensar las posibilidades otras. Ver: Wim Dierckxsens, El movimiento social por una alternativa al neoliberalismo y a la guerra, DEI 2001.

 

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