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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 8 • octubre 2002 • página 23
Libros

Una presunta historia del diablo

Montserrat Abad Ortiz

Sobre el libro de Georges Minois, Breve historia del diablo,
Espasa Calpe, Madrid 2002

La obra de Georges Minois, Breve historia del diablo, ya tiene traducción en español realizada por Mauro Armiño, publicada en este mismo año por Espasa Calpe. Este historiador es ya conocido en España por la polémica que levantó entre Fernando Savater y Vitorio Messori [en Alfa y Omega, artículos publicados en internet, nº 213, 18 de mayo de 2000, en el apartado «Desde la fe»], dando pie con su obra Historia del ateísmo a una reflexión sobre las relaciones entre teología y filosofía, obra contra la cual esgrimió el profesor Giorgio Erano, de la Universidad de Trento, otra titulada Devolvednos a los ateos, Dios los necesita. Lo curioso de Minois es que, a pesar de mantener una postura aparentemente racional en sus obras, de sus conocimientos se nutren las librerías esotéricas no menos que los estudiantes de psicología y de trabajo social (su Historia del suicidio y el trabajo introductorio a De senectute de Cicerón). Otra de las características del autor, además de su carácter polémico, es el uso del fundamento sociológico, establecido como base hermenéutica sobre la cual poder edificar su concepción del mal y de su representante, el diablo:

«El diablo es un ser de razón. Lejos de ser una criatura irracional, es resultado de los esfuerzos de la mente humana para encontrar una explicación lógica al problema del mal.»

Esta es la base sobre la que va a intentar volver una y otra vez Minois: demostrar que la existencia de la idea del diablo, de las practicas de brujería, &c. asociadas a la misma, así como el desarrollo de corrientes estéticas, su influencia y la demonología articulada a su alrededor son resultado de las necesidades sociales de cada momento, entendiendo además que esta urgencia de diablo es común no solo al mundo occidental, sino a todo el orbe.

Minois establece el origen de la figura del diablo en el punto de nacimiento de las religiones, sin especificar más. La única distinción que opera respecto a las mismas en el conjunto de la obra es la distinción entre politeísmo y monoteísmos. El objeto a tratar se va deformando en cada etapa histórica ajustándose a las necesidades sociales, y la estructura lineal a través de la cual irá evolucionando el concepto es dividida por el autor en siete capítulos y un apartado de conclusiones, de los que se tratará aquí de dar cuenta, someramente.

En los dos primeros capítulos del libro, «Los esbozos del diablo en los mitos de combate y el antiguo testamento» y «El Nacimiento clandestino del diablo judeocristiano», Minois explora los clásicos antecedentes del diablo cristiano (verdadero protagonista de este libro) en Egipto, Mesopotamia, Persia, Grecia, Roma, los hebreos, el zoroastrismo, considerando que las figuras diabólicas, según el autor, son para los cultos politeístas más necesarias que en los monoteísmos, dado que explican mejor el desequilibrio de las fuerzas de la naturaleza y de las catástrofes naturales. Tras la búsqueda genealógica en otras religiones de rasgos físicos o metafísicos del objeto de este análisis, encontrará que el judaísmo tiene menos necesidad de explicar la procedencia del mal que el cristianismo (argumentando la diferencia del dios omnipotente y castigador del antiguo testamento con el dios omnipotente y bondadoso del nuevo testamento), y la necesidad por parte del cristianismo del diablo se establece en el origen de las sectas apocalípticas documentadas con los escritos del Qumram.

El concepto de diablo sobre el que Minois trabaja sufre una evolución al mismo tiempo que avanza en el orden cronológico. Una vez rastreadas las primeras civilizaciones, analiza la importancia (jerárquica) del diablo en el antiguo testamento (identificándolo con el judaísmo) en contraste con la idea bien definida del demonio, del maligno presente en los evangelios. Atribuye este cambio a la importancia de las sectas teorizadas a partir de los escritos de Qumram, que para Minois justifican plenamente el salto cualitativo de la imperceptible serpiente del antiguo testamento a la presencia omnipresente del nuevo testamento, donde las alusiones a los endemoniados, al diablo, a la tentación y a la salvación son continuas. De hecho la existencia del cristianismo como nueva religión es relacionada directamente con la creación de este nuevo diablo que dota de sentido la llegada de un Mesías.

Los capítulos tercero y cuarto abarcan el periodo medieval y la percepción del elemento diabólico por parte del Islam y se adentra en el renacimiento y en el proceso de «Caza de brujas» desarrollado durante los siglos XIII a XVI. Se analizan de la figura demoníaca las discusiones teológicas, el imaginario diabólico desarrollado y la percepción popular del aparato eclesiástico en torno al demonio. Solo que estos aspectos están considerados como momentos históricos ordenados, teorización del demonio y creación de simbología en los centros monásticos, momento al que sigue la reacción popular, que es presentada en la obra como una «contracultura de la Iglesia», y esta contracultura es identificada con el auge de los teatros populares en Europa (en España nos es más familiar por las obras de Lope de Vega) . El capítulo titulado «La gran caza del diablo» es una interesante enumeración de los casos más llamativos de la quema de brujas acaecida principalmente en Francia, y utilizada como estrategia para controlar las diversas parcelas de poder político. Minois se sorprende de comprobar como aquellos estados que más directamente relacionados se encuentran con el catolicismo (esto es, España y los estados pontificios) son los menos interesados en dar importancia a la superstición popular, y los pocos casos conocidos de procedimientos inquisitoriales se efectúan para frenar las corrientes protestantes.

En los capítulos restantes el diablo vuelve a cambiar su concepto, abandonando su poder místico por la práctica generalizada de exorcismos y convirtiéndose en una fuente de inspiración artística y una remodelación estética de toda su simbología devolviéndole el estatus de ángel caído y belleza (por imitatio al creador) que poco a poco va convirtiéndose en un objeto de culto, el cual en los siglos XIX y XX será un potente producto comercial. Pero el fetichismo demoníaco no solo se vende bien, sino que además crea masas de sectas que provocan un alto nivel de peligrosidad en la sociedad en la que se desarrolla, que no es otra que la nuestra.

De este libro cabe destacar por un lado la ligereza de su lectura (que justifica plenamente el hecho de que las tiendas esotéricas lo ofrezcan en sus catálogos, ya que es de todos conocido que adivinos, brujos, &c., saben leer las manos, la cara, las cartas... pero les cuesta mucho leer un libro), y por otro la capacidad de su autor para plantear sus tesis y utilizar todos los hechos, documentos o relatos que encuentra en la reconstrucción de lo que defiende y se mencionó al principio de esta reseña. Por otra parte es recomendable, si alguien anda perdido en películas de serie b –algunas de las mencionadas son consideradas por los cinéfilos como «obras de arte», como Nosferatu o la morbosa Rosemary' baby, película que rodó Roman Polanski tras el asesinato de su mujer Sharon Tate a manos del satánico Charles Mason– o se quiere dar un repasito de todas aquellas bandas y solistas musicales tachados de satanistas, comenzando la lista por el mismísimo Elvis.

Georges Minois –y esto es también destacable– acusa a la Iglesia Católica de haber renunciado a una figura sin la que no se puede sostener ni la bondad infinita ni la omnipotencia divina, incluso de renegar de ella, sin dejar de aludir a los periódicos recordatorios que Juan Pablo II administra acerca de cómo hay que actuar ante el maligno y mencionar el estado actual de la práctica de los exorcismos, cada vez menos frecuentes, por parte de la iglesia de Roma.

Las conclusiones a las que llega Minois nos parecen escandalosas: después de 157 páginas de presunta historia y análisis sobre el diablo declara que la confusión reinante en cualquier tipo de sondeo sobre esta figura puede deberse a que no se haya dado un concepto claro de lo que es el diablo... al que termina identificando con lo virtual –y todas sus implicaciones con las nuevas tecnologías– mientras dejan en el aire la pregunta misma por la existencia del diablo, incapaz de mayores rigores teóricos. ¿No hubiese sido más apropiado empezar procurando delimitar y definir la Idea de Diablo, para por lo menos saber qué se trataba de historiar? En resumen: otro libro muy francés.

 

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