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El Catoblepas, número 13, marzo 2003
  El Catoblepasnúmero 13 • marzo 2003 • página 9
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Irak, petróleo, economía

Diego Guerrero Jiménez

¿Nos llevan el progreso material y nuestra aparente creciente presencia en la escena internacional camino de participar en una próxima conflagración mundial?

Tanto si hay guerra contra Irak como si no; lo mismo si –caso de haberla– se lleva a cabo en menor o mayor tiempo, o con más o menos «éxito» o fracaso (según qué parte dé su versión); una cosa es clara: el problema principal que tiene el mundo no se habrá terminado en absoluto.

Lo que se ventila en esta guerra anunciada no es fundamentalmente la cuestión del petróleo, a pesar del romo economicismo del que hacen gala tantos (especialmente, los no economistas). Ese es un problema permanente desde que el petróleo es la fuente de energía por excelencia para las técnicas productivas actuales. Que los gobiernos de los países dominantes se comportan rapazmente es sólo otra manera de decir que existen imperios y que su política de rapiña es precisamente eso que se suele llamar «imperialismo». Pero esta política existe tanto en periodos de guerra como en periodos de paz. Por tanto, lo fundamental ahora es preguntarse por qué ciertas situaciones de paz dan paso necesariamente a situaciones de guerra, o si, por el contrario, la tesis recién sugerida no se acerca a la verdad tanto como cree el autor de estas líneas.

Pero cuando uno repasa sus libros de historia del bachillerato, así como los que ha leído en plena madurez intelectual, no puede menos de sorprenderle que siga sin haber una auténtica explicación seria de las dos Guerras Mundiales sufridas durante el siglo XX. No es que sea indudable que nos espera la III Guerra Mundial, pero sí es cierto que ya se empiezan a oír, aún esporádicamente pero cada vez con mayor frecuencia, referencias a la necesidad de evitar una nueva conflagración de esa naturaleza (y a ver pancartas con ese lema: en la manifestación de Madrid del sábado 15 de febrero, sin ir más lejos).

La excelente película de Costa-Gavras (Amén, aún en cartelera) me hizo recordar el otro día la espeluznante reflexión de Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas: «que el pueblo más alfabetizado del mundo era el que había instaurado los campos de concentración para la tortura en masa y la cremación de judíos y católicos.» Reflexión que tiene una prolongación aun más atroz: ¿duda alguien de lo fina que es la frontera que separa el mundo de lo racional de la irracionalidad más extrema? ¿Querrá alguien recurrir a la experiencia histórica para desmentir cuán rápidamente pueden países hasta entonces amigos pasar a convertirse en suficientemente enemigos como para declararse una guerra recíproca?

Sería una temeridad ponerse a jugar ahora a las adivinanzas, pero tantos como se creyeron alguna vez el mito del fin de la historia deberían repasar sus manuales de la escuela para descubrir por qué ese ave fénix que algunos creyeron muerto hace no mucho renace con más fuerza –¡y no siempre para bien!– cuanto más abundantes son las cenizas de las que resurge. No es el momento de escribir de qué parte pueden estar, en el hipotético conflicto al que se alude, los Estados Unidos o Francia, China, Alemania o Rusia, pero quizás sea el momento de empezar a pensar en esa posibilidad como algo que no es tan absurdo como parece.

Pero en lo que puede contribuir un economista a esta reflexión es en poner quizás cierto orden en el marasmo de datos y estadísticas que nos rodea. Los últimos 30 años de la economía de los países capitalistas desarrollados son un gran fracaso si se los compara con los treinta anteriores. No sólo el paro ha seguido aumentando década a década en la media de los países ricos de la OCDE, sino que la tasa anual de crecimiento se ha reducido a la cuarta parte, la inversión se ha hundido, la acumulación de capital se ha ralentizado, el ahorro se ha visto esquilmado, y los desequilibrios financieros se han multiplicado hasta un nivel desconocido nunca. Sobra capital en la OCDE y sobra capital en el mundo, donde no sólo China, pero también China, y otros países han ido haciéndose con una parte del tejido productivo (sobre todo industrial) mundial a costa de la participación de otros que tenían una parte mayor en él pero que tienen necesariamente que retroceder para dejar sitio a los recién llegados.

Desde luego, esta lucha competitiva es algo que ocurre de forma continua. Pero no es lo mismo que tenga lugar en un contexto expansivo (donde lo que hay que repartirse es una tarta cada vez más grande, y en nuestro caso una tarta que crecía como nunca antes lo había hecho) que en el marco de una onda larga depresiva caracterizada por tres décadas de estancamiento relativo. No debe olvidarse que el estancamiento se genera como un intento de solución del problema que está en la base. Aparte de otros recursos que tiene el sistema para intentar desarrollar políticas anticíclicas –ya sea mediante el recurso a la intervención estatal, ya mediante el estímulo al crédito privado, que es la base de la sucesión de burbujas (inmobiliaria, 'nueva economía', Bolsas, hipotecas, dólar...) en la que se desenvuelve recientemente nuestro jabonoso y resbaladizo mundo–, la mano invisible de los capitalistas les lleva a desinvertir cuando las expectativas de beneficio no son suficientes.

¿Pero qué ocurre si esa desinversión no se puede convertir, al ritmo adecuado, en nuevos flujos de inversión dirigidos a nuevos campos inexplorados... que, una vez hollados, se revelan, unos antes (las famosas nuevas tecnologías) y otros después (la ingeniería financiera de ese ángel de la guarda, destinado a despeñarse pronto a los infiernos, que se llama Alan Greenspan), como nuevos callejones sin salida? ¿Qué pasa si, después de refugiarse en el sector financiero, el sector financiero falla también? ¿Qué sucede si los mercados mundiales, después de ver lo que ha ocurrido en Japón en los últimos 14 años, empiezan a convencerse de que va a ocurrir algo parecido en los Estados Unidos? No sé qué es lo que pasa, pero sé que lo que puede ocurrir no es nada bueno.

Por favor, comparen la situación actual con la de la década de los treinta del siglo XX. No exageren en los calificativos, que ya no hay ni estalinistas ni nazis, al menos en sentido estricto. Pero sí que hay capital, sí que hay una tasa de ganancia que no se recupera lo suficiente, sí que hay una masa de beneficios que no crece al ritmo necesario, y también una tasa de acumulación que se mueve con el mismo perfil que mostraba en los años 1930s.

En esas condiciones no puede sorprender que la (llamémosla) irracionalidad gane enteros en el conjunto del gran capital mundial. Si el yuan, la divisa china, no sólo no se desliza hacia la senda que sería del gusto de los Estados Unidos, sino que parece no hacerlo por consistentes razones de fondo –no sólo crece el país, sino que parece que va a convertirse en el tercero de la historia capaz de poner en órbita naves espaciales tripuladas–; es decir, si la amenaza para cierta fracción del capital mundial no sólo no se despeja sino que tiene visos de crecer, ¿qué se puede esperar sino que los conflictos secundarios en el seno del propio capital pasen a primer plano –como cada vez que hay una guerra–, desbanquen progresivamente al conflicto fundamental (llamémosle conflicto capital-trabajo), y terminen por adquirir la temible fuerza de toda dinámica que por sí sola se vuelve explosivamente ingobernable?

Cuando los que tienen algo que repartir no terminan por ponerse de acuerdo, cuando los capitalistas, que también son seres humanos, optan por no suicidarse (económicamente hablando) y, por tanto, no parecen dispuestos a destruir voluntariamente parte del capital que sobra en el mundo –porque resulta que, fatídicamente, una fracción les pertenece a ellos, y semejante operación quirúrgica no es ni mucho menos indolora–, ¿qué se puede hacer sino dar una voz de alerta?

Si las cosas siguen marchando como lo están haciendo, la tradicional lógica de la «lucha de clases» y la nueva lógica de los «nuevos movimientos sociales», junto a la sistémica lógica de la acumulación del capital a escala mundial, pueden dar paso conjuntamente a la falta de lógica que tan a menudo nos acompaña a los humanos. Pero recuérdese a Sábato: esto puede ocurrir en las mejores familias, y de hecho empieza sucediendo casi siempre entre las familias mejor acomodadas.

Ahora que hemos accedido al mundo rico, los españoles deberíamos darnos cuenta de que existe un riesgo que no padecimos en el siglo pasado. Es verdad que tuvimos una espantosa guerra civil, pero pasamos de lado frente a los dos guerras mundiales. ¿Nos llevan el progreso material y nuestra aparente creciente presencia en la escena internacional camino de participar en una próxima conflagración mundial?

Ojalá me equivoque. Pero les pido a los que sin duda me llamarán «catastrofista» que piensen por un momento cuán equivocados pueden estar ellos, los anticatastrofistas, como ha demostrado tantas veces en la historia.

 

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