Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • www.nodulo.org

El Catoblepas • número 32 • octubre 2004 • página 11

El «funcionario de la historiografía» Enrique Moradiellos ha publicado en septiembre de 2004 la obra 1936, los mitos de la guerra Civil (Ed. Península / Atalaya) presentada con una faja en la que se lee: «Contra las mentiras de Pío Moa.» Nosotros, en contra de las excusas justificativas del profesor de la Universidad de Extremadura, queremos asumir la plena autoría del título del presente artículo y probar la mendacidad sofística de Moradiellos
«Las causas de nuestra derrota, yo sostuve y sostengo que se debieron más a nuestra inconmensurable incompetencia, a nuestra falta de moral, a las intrigas, celos y divisiones que corrompían la retaguardia, y por último a nuestra inmensa cobardía, que a la carencia de armas.» (Negrín)
Prólogo. La confabulación de los progres contra España
Antes de analizar el contenido del libro (y la puesta en escena de su publicación), adelantamos una de las tesis fundamentales que mantendremos en el presente artículo para que todo aquel que no quiera seguir leyendo se lleve algo en el morral. Aunque ya lo sugerimos en la polémica de El Catoblepas, en esta ocasión hemos podido comprobar con toda nitidez que Moradiellos sigue una estrategia sofística muy bien elaborada pero que, como todo refrito que se hace precipitadamente y sin coherencia, acaba poniendo en evidencia a su autor. Así en los capítulos 8 y 9 (dedicado éste a la conexión de la guerra civil con el panorama europeo) se pone de manifiesto una de las múltiples paradojas de que está salpicado el libro, y que es especialmente reveladora del «talante» del autor y de la ideología que esconde.
En el capítulo 8, dedicado a la baja moral de combate en el bando frentepopulista, Enrique Moradiellos necesita resaltar algo evidente para «todo el mundo» (para todo el que estuviera al tanto de lo que ocurría en España, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas), que además, le viene de perlas para intentar justificar la conducta política de su apreciado Dr. Negrín (supuestamente «reformista», en la oscura terminología del funcionario extremeño). Se trata del papel desempeñado por los «revolucionarios» comunistas, socialistas y anarquistas (pág. 144) en el desenvolvimiento del bando frentepopulista, y a los que (según Moradiellos) se habría enfrentado el socialista «moderado» Negrín. Previamente, hay que advertir que en el colmo de la incoherencia llega a incluir en este mismo grupo a Largo Caballero, al que hacía un momento clasificaba como «revolucionario». Está claro que Moradiellos admite como un peligro real el movimiento «revolucionario» que estalló a partir del 19 de julio (y al que se habría enfrentado Negrín para levantar la moral de combate y conseguir la unidad de acción). Además, llega a admitir la gran valía de la obra de Burnett Bolloten para entender lo sucedido (aunque, como veremos, no se ponga de manifiesto tal elogio, pues lo cita poco y de manera sesgada: según Bolloten, el enfrentamiento de Negrín con los «revolucionarios», en defensa de la propiedad privada capitalista, formó parte del giro propagandístico estalinista, que también menciona nuestro funcionario extremeño).
Pero lo más destacable lo encontramos al leer el capítulo 9, en el que la tarea es otra. Se trata de explicar la «no intervención» de las «potencias democráticas» en el conflicto español. Y en esta ocasión D. Enrique hace todo lo contrario a lo desarrollado en el capítulo anterior: pone todo su empeño en intentar hacernos creer que no había ningún peligro «revolucionario», comunista especialmente, en España. De esta manera se pondría en evidencia la falta de justificación de Gran Bretaña o Francia para inhibirse en el conflicto español, aunque «todo el mundo» sabía lo que ocurría realmente. Por cierto, que la URSS no interviniese directamente (sinalógicamente) en España hasta después de julio del 36 no significa que el ideario de la «dictadura del proletariado» –impulsado convenientemente por Stalin– no tuviera un gran peso político (isológico) en nuestro país, incluido el detentado por el «Lenin español». La cerrazón de Moradiellos le conduce a poner citas que demuestran la incoherencia de su exposición: expresan lo que «todo el mundo sabía», incluido el mismo Moradiellos, a pesar de que previamente se propone probar lo contrario.
Una buena muestra de que las citas son paradójicas es la referida a su emulado Negrín, con la que encabezamos el presente artículo, que parece desautorizar desde la tumba a su incorregible discípulo. Como ocurre con Azaña, nuestros progres funcionarios no quieren entender el mensaje de Negrín, e intentan darle la vuelta a lo evidente. Y es que la cerrazón ideológica (muy marcada por la Leyenda Negra), el resentimiento y la ira no son buenos compañeros de estudio. Según nuestro criterio, tanto Azaña como Negrín «se dejaron ganar la guerra», acabaron prefiriendo la victoria de Franco, aunque su falta de valentía, y su egoísmo, no les permitió romper con la presión de sus «aliados». Su comportamiento supuso un gran descalabro para España, y para los confiados combatientes de su propio bando. Por eso, y por otras razones más indignas (especialmente en el caso de Negrín), prefirieron el exilio.
Antes de leer la obra, por las reseñas publicadas en los periódicos ya nos temíamos que la posición de Moradiellos se identificaba perfectamente con la propaganda que promueve Zapatero, la del diálogo, la fraternidad y el eticismo más confuso. Pero, de paso, contribuye de manera muy eficaz a hacer el caldo gordo a los nacionalistas y otros enemigos de España (Francia, Alemania y Marruecos especialmente).
Lo que se confirma, otra vez, es que el Sr. Moradiellos tiene muy poco de leal y de honesto. ¿Por qué se ha negado a continuar la polémica en El Catoblepassi el presente libro es, esencialmente, una reedición de lo que entonces expuso? ¿Por qué no afronta con lealtad y franqueza el debate? Todo nos hace pensar que el funcionario de la historiografía se ha querido aprovechar del tirón de ventas de Pío Moa, y quiere quedarse con parte del pastel (a lo que tiene todo el derecho). Lo problemático, desde el punto de vista de un español, es que su bienestar y disfrute contribuya aún más a la distaxia de España (como ocurrió con su avispado maestro Negrín).
Dice Moradiellos, en el citado reportaje, que se quedó «helado» cuando vio que la edición venía con ese lema (la faja) contra Moa. Y añade: «Es cierto que su título (el libro de Moa con el mismo nombre) me parece que participa más de la ficción que de la realidad, pero mi propósito va contra otras muchas falacias sobre el fenómeno bélico, no sólo contra Moa» (El Mundo de 10 de septiembre de 2004, pág. 60).
Pero, aunque supusiéramos que fue el editor quien mandó poner dicha «faja», está claro que Moradiellos, al menos, ha dejado hacer, como le ocurría a Negrín, que en muchas ocasiones «dejaba hacer» para ocultar sus responsabilidades, aunque siempre sacando una buena tajada para él, sus hijos, sus queridas, &c. –como se deduce de las cartas de su agente C, Celestino Álvarez, que viendo tanta miseria y corrupción no tuvo fuerzas para resistirse y acabó entrando en el mismo juego–. Pero, aún admitiendo lo anterior, resulta que el mismo título del libro es una clarísima referencia a la reciente obra de Pío Moa. ¿Acaso en esto tampoco ha tenido que ver Moradiellos? ¿Tanto confía en el buen hacer de los editores, más allá de su provechosa perspicacia económica?
También nos cuenta el redactor de la noticia: «Y de nuevo planea por la enjundiosa y ponderada tesis que lanza Moradiellos la certeza de que lo que late en el fondo es el fracaso de la política» (al parecer dicho comentario fue hecho por el presentador del libro, Jorge M. Reverte, aunque D. Enrique comparte la misma ideología{1}). Pero, ¿de quién es el fracaso? ¿Acaso de la Humanidad? En ese caso está claro que Moradiellos propaga la ideología presente en el Síndrome de Pacifismo Fundamentalista para el que toda guerra es un fracaso de la Humanidad, del Género Humano. Pero no nos dejemos engañar por esta propaganda humanitarista. En el fondo, como veremos, Moradiellos culpa exclusivamente a los de siempre, a los militares «rebeldes», a Franco.
En los años 60 España aceleraba su incorporación a las «democracias pletóricas de mercado» y muchos españoles se creyeron el mensaje de la «reconciliación nacional» (tanto en las derechas como en las izquierdas). Pero hoy día vemos cómo para algunos era una simple estrategia de venganza, una artimaña para minar desde dentro al enemigo, esperando que llegase el día (que hoy parecemos vivir) en que se recuperaría con fuerza la «Memoria Histórica» (de los perdedores de entonces), aunque con ello sigan el juego a los enemigos de España.
Hoy día, como decimos, ocurre algo similar, pero dado que las soluciones «revolucionarias» de algunas izquierdas definidas (sobre todo de la URSS) han acabado en el colapso, casi nadie apela (al menos de cara a la galería) a la violencia y la guerra (o a la «dictadura del proletariado») como vía para solucionar los problemas políticos. Por el contrario se insta al «diálogo» humanitario (olvidándose de los parámetros estatales en muchos casos) como camino más seguro para alcanzar la Paz perpetua (como quería el abuelo de Zapatero). Pero no pasará mucho tiempo antes de que la mayoría de la población acabe viendo lo engañoso de este nuevo discurso (de «izquierda indefinida»). Muchos comprenderán lo tramposo, rencoroso y resentido del «nuevo talante» de ZP, que impregna a la mayoría de los políticos, periodistas, artistas, educadores, &c. El problema es que con cada nueva generación hay que recomenzar la tarea educadora que permita romper con tanta ignorancia y, lo que es peor, con tanta «falsa conciencia» renovada de mil maneras distintas. Más aún, todo parece indicar que hay un acuerdo (aunque no sea explícito) para «recuperar la memoria histórica» de un solo bando, y borrar del mapa todo rastro que recuerde al bando nacional. Los indicios, en este sentido, son innumerables. Días tras día los medios afines al gobierno, determinados partidos políticos y algunas asociaciones peculiares (como la ARMH), nos bombardean con mensajes extremadamente parciales y «exigentes» (se sienten con fuerzas para implantar su visión de los hechos y sus proyectos). Y en este panorama el papel de la mayoría de los funcionarios de la historiografía es para echarse a temblar. Incluso los que quieren echar un cable a España se lo echar al cuello, como nos dicen Atilana Guerrero y Pedro Insua en sus magníficos artículos de El Catoblepas, nº 31, págs. 14 y 20.
Al día siguiente de lo visto en El Mundo aparecía el siguiente artículo de D. Pío Moa en Libertad Digital (11 de septiembre de 2004):
«Funcionarios de la historiografía
El profesor Moradiellos acaba de decir en una entrevista a El País que «hay que contar la guerra civil de forma desapasionada». Para quienes conocemos los trucos de la manipulación, la expresión resulta reveladora, pues se pueden contar los más desvergonzados embustes con un estilo frío y en apariencia sereno, técnica en la que descuella, precisamente, El País. Un verdadero historiador sólo podría decir: «Hay que contar la historia con veracidad», pero ya he comprobado en otras ocasiones que Moradiellos dista mucho de sentir pasión por la verdad.
De hecho, el buen profesor no es un historiador propiamente dicho, sino más bien un miembro del no muy ilustre gremio de funcionarios de la historiografía, mucho más relacionado con el erario que con la investigación independiente. No es que entre los profesores no haya historiadores independientes, por supuesto. A lo que me refiero es al mandamaseo de un nutrido grupo de funcionarios que desde hace veinte años intentan acaparar tanto el dinero público (subvenciones, congresos, &c.) como la presencia en los medios; funcionarios empeñados en una oficialización de la historia perfectamente indiferente a la espinosa cuestión de la verdad.
Este feo estilo lo manifiesta Moradiellos a cada paso, y con menos desapasionamiento del que presume. Su libro, al que tanta publicidad están dando, copia sin rebozo el mío de Los mitos de la guerra civil y viene adornado, además, con una faja en que, no con estilo desapasionado, sino panfletario e insultante, nada académico, me trata de mentiroso. En una entrevista a ABC ha dicho que la faja fue asunto de la editorial, como si él no tuviera nada que ver. Él sí miente, claro, y de forma demasiado obvia para sus pretensiones de historiador: ni la faja ni el título pueden haberse puesto sin su consentimiento. Mentira y fraude al lector, porque si éste, atraído por el título y la faja, compra el libro, se llevará la sorpresa de que Moradiellos no desmiente uno solo de mis supuestos embustes, y ni siquiera me cita, salvo una vez y de pasada. A esto en términos coloquiales se le llama golfería.
La escasa pasión de Moradiellos por la verdad vuelve a manifestarse cuando, en la entrevista, afirma con la mayor caradura que yo sólo he repetido «lo que ya habían defendido autores como Arrarás». Nuevamente utiliza Moradiellos un truco deleznable y fraudulento. Una de las hazañas de los funcionarios de la historiografía en estos años ha sido desacreditar completamente a Arrarás, como han intentado hacerlo con De la Cierva o conmigo mismo. Por supuesto, Arrarás era un sectario, al igual, por lo demás, que los integrantes del gremio. Pero algunos libros de Arrarás, en particular su Historia de la Segunda República, son simplemente imprescindibles por el enorme caudal de datos que proporcionan, fehacientes casi todos ellos, y de ahí que le saqueen tanto y tantos, explotando sus datos sin citarle. Por ello, si hay que elegir entre sectarios, Arrarás resulta mucho más aprovechable para una historiografía no sólo desapasionada, sino veraz, que quienes han logrado sumirlo en el descrédito.
Pero, como sabe sobradamente Moradiellos, yo me he apoyado muy poco en Arrarás, y mucho en los documentos de la izquierda, en particular del PSOE, así como en los testimonios de Azaña, tan tergiversado por sus seguidores, y otros muchos parecidos. Vuelve a mentir, por lo tanto, y a conciencia, y dos veces en una sola frase, porque Arrarás, como franquista, tenía la democracia (salvo la «orgánica») por un mal, mientras que mis estudios examinan la república precisamente desde el punto de vista de la democracia liberal. Un punto de vista que no comparte Moradiellos, como no lo compartía Arrarás, según he puesto de relieve en Los crímenes de la guerra civil. Ni repito a Arrarás ni sigo su enfoque.
No voy a entrar aquí en sus interpretaciones concretas de la guerra –las causas de la victoria franquista, el cuento de «las tres Españas» y similares–, porque se las he rebatido abundantemente en el citado libro, sin que él pudiera mantener sus tesis con un mínimo de solidez. Además, estoy a punto de publicar un nuevo libro sobre el comienzo de la guerra en este 70 aniversario del mismo, divulgación en cierto modo de Los orígenes de la guerra civil.
Sí señalaré que su entrevista en El País repite casi textualmente otra que le hicieron en ABC el día anterior, también con descalificaciones hacia mi trabajo. He enviado un artículo de respuesta a ABC, que saldrá este fin de semana. Ni siquiera se me ocurre hacer lo mismo con El País, porque este periódico, desapasionadamente fascistoide, me ha negado de forma reiterada el derecho de expresión y de réplica. Moradiellos, en cambio, no puede quejarse de quienes son llamados «fachas» por tales fascistoides».
Una vez leída la obra del escritor asturiano se entiende mucho mejor que la mayoría de los funcionarios universitarios criticados por Moa opten por la censura o el insulto para intentar compensar su nula potencia argumentativa. El libro de Moradiellos, como probaremos sobradamente, es un refrito de tesis yuxtapuestas e incoherentes; pura propaganda sin apenas rastro de esa «investigación» que tanto demandaba en El Catoblepas. Dicho de otra forma: está repleto de mentiras, es decir, de medias verdades y de falsedades manifiestas, emitidas con plena conciencia e intencionalidad. Es lo que ya apreció Juderías en la Leyenda Negra, como nos recuerda Pedro Insua en El Catoblepas, nº 31, pág. 20:
«Las dos operaciones (exagerar y omitir) con las que Juderías (J. Juderías, La Leyenda Negra, pág. 24) caracterizó la 'metodología negra' propia de la historiografía negro-legendaria antiespañola, y que nosotros, en otros lugares, hemos tratado de definir como 'basura historiográfica'»
Se trata del mismo procedimiento utilizado por D. Enrique Moradiellos en el libro que comentamos: exagerar las virtudes del bando propio, omitiendo los pecados, y hacer lo contrario con el enemigo. Eso sí, con buen talante, para que todo parezca muy neutral, científico y democrático («acuerdos de mínimos», como luego veremos).
La obra es bastante más peligrosa (para España) que las abiertamente partidistas. Porque detrás de una supuesta «neutralidad» y «cientificidad» («sine ira et studio»), detrás de un «talante» aparentemente conciliador y superador de los conflictos, se esconde una trabajada y sibilina ideología, llena de falsedad y resentimiento.
Resumiendo la polémica mencionada, en contra de las pretensiones de Moradiellos, lo que nosotros nos propusimos era demostrar que hubo una guerra civil porque se enfrentaron (sobrepasando ciertos límites de compatibilidad) distintos proyectos políticos. Dentro de esos proyectos, que se organizaron en dos bandos fundamentales, había también divergencias objetivas (a pesar de que algunos creyeran que eran pecata minuta). En el bando nacional las divergencias internas nunca llegaron a un límite insoportable, y se logró un equilibrio inestable que, con todo, permitió la consistencia y firmeza del grupo. Sin embargo en el bando frentepopulista las divergencias eran mucho mayores, a pesar de que todos se creían más «progresistas» y modernos que los del otro bando. Pero en realidad no fue así. Independientemente de las buenas intenciones de cada grupo frentepopulista, los resultados de su política (finis operis) se mostraban incompatibles con la de otros partidos, hasta el punto de que los «liberales», de segunda generación, y también muchos «socialdemócratas» acabaron identificándose más con el bando nacional que con anarquistas, comunistas o poumistas. Incluso muchos de estos, que aún se sentían españoles (a pesar de la Leyenda Negra) acabaron aceptando a Franco antes que a Stalin, como se vio en la «guerra civil» interna de marzo de 1939. El poder de liberales y socialdemócratas dentro del Frente Popular fue prácticamente nulo, y no contribuyó para nada a la consecución del equilibrio necesario. El consenso cotidiano se volvió imposible y ambos grupos políticos acabaron «plegándose» al designio de las corrientes anarquistas o comunistas principalmente, sobre todo al armar a los sindicatos y al entregar el oro a la URSS, cuando a Stalin se le hizo dueño de la situación. Negrín fue quien mejor se plegó a sus designios.
Calificar las tendencias políticas de Azaña y Negrín es muy arriesgado. En todo caso, acabaron plegándose milimétricamente a los dictados del imperialismo soviético, depredador respecto a España. De poco o nada sirve decir que el proyecto liberal o socialdemocrático («reformador», según Moradiellos) era mejor, más «progresivo» y moderno (habría que analizar respecto a qué y cómo se desarrolló). También había liberales en el bando franquista (incluido el ejército), pero intuyeron que España estaba abocada a la ruina si no se rompía con la situación de entonces. Y es muy problemático afirmar que este bando se equivocó (al menos más que el contrario). Analizando el desenvolvimiento del bando frentepopulista, o el de los países que acabaron cayendo en la órbita de Stalin, se plantean serias dudas para suponer que, si los «rojos» hubieran ganado, España hubiera persistido, o llegado a 1975, en mejores condiciones que con Franco.
Y es que el problema de la «eutaxia», como el análisis profundo de los proyectos implicados para su mantenimiento, es lo que (junto con otros muchos aspectos) siempre deja de lado Moradiellos, siendo lo fundamental. Que algunos se empeñen en pintarnos los años del franquismo de color negro y los de la II República (los gobernados por las izquierdas) de color blanco o rosa es otra historia. Del mismo modo que vender que España será mejor bajo el manto del «progreso» (al que se apuntan todos los partidos), nada tiene que ver con la ciencia o la neutralidad, sino con la ideología política, desplegada con mayor o menor prudencia. En el transfondo de esta ideología siempre late la Leyenda Negra contra España que, como Imperio que fue, no solo recibe las embestidas de otros estados (de raíces protestantes o islámicas, por ejemplo) sino del anarquismo político que siempre está contra todo tipo de estado, más aún si éste es imperial (transcendental).
Las izquierdas indefinidas pueden estar muy cerca del anarquismo, aunque no necesariamente. El anarquismo se «define» negativamente respecto a todo tipo de norma política (y de otros tipos), ve al estado como un mal que hay que combatir para alcanzar la sociedad política perfecta («libertaria»). Las izquierdas indefinidas, como el «fundamentalismo democrático» o el «eticismo humanitarista» no niegan políticamente al Estado, sino que lo consideran superfluo para alcanzar La Paz, La Democracia, La Armonía Universal o La Comunión de los santos, pues puede (o debe) alcanzarse por otros medios (éticos, religiosos,...: «Buen talante», «diálogo», «tolerancia», &c.). No se definen respecto al estado; les resulta indiferente, están «por encima de la política».
Estas corrientes, por lo común, ven despectivamente todo lo que signifique «imperar»{2}, normalizar, mandar, ordenar, dirigir, jerarquizar, institucionalizar, oficializar, &c. Tales acciones se percibirán como represoras de la manifestación de la Humanidad que llevamos dentro, son la expresión de un Poder («in-humano», «reaccionario», «oficial», «no espontáneo», &c.) que se opone al «progreso» de la Humanidad. Por eso, como nos sugiere Pedro Insua, los proyectos políticos de ciertas izquierdas, que suelen ser «definidas» en otros países (liberales, comunistas, socialdemócratas), sin embargo en España han cuestionado nuestra identidad (histórica), desprecian la plataforma idiográfica que las sustenta. La Leyenda Negra ha corrompido tanto la concepción de la identidad de España que, a esas izquierdas, no les ha importado aliarse con aquellos que buscan romper su unidad (enemigos fraccionarios), o con los que quieren disolver su identidad totalmente (rompiendo también con su unidad, como quieren los anarquistas), o manteniendo su unidad, pero triturando su identidad para suplantarla por una foránea (islámica, francesa, soviética, británica, &c.); en todo caso «no española», pues España es la encarnación de todos los males. A los que tienden hacia la indefinición política la Identidad o la Unidad de España les importa menos todavía.
Después de lo dicho se refuerza nuestra convicción (sugerida por varios autores) de que, si no es por Stalin (y su títere Negrín), el bando frentepopulista se hubiera deshecho mucho antes. Sólo Stalin fue capaz de dar unidad a dicho bando, pero transplantando una identidad foránea que borraba a España del mapa igualmente. Sin Stalin las izquierdas definidas del bando frentepopulista (liberales, libertarios, socialistas y comunistas) no se hubieran organizado en torno a una plataforma «española» (pues España representaba para ellos una identidad detestable en todos los «órdenes»). La Leyenda Negra sobre la identidad de España era el aspecto común más sobresaliente de dicho bando (desprecio por nuestra historia y nuestras instituciones). Les unía algo negativo, el desprecio por España. Por eso cada uno iba a lo suyo, no partían de algo positivo común. Su solidaridad era tan débil por tratarse de una simple unión frente a terceros, frente al bando que aún apreciaba algo de España. Hoy ocurre algo parecido, aunque el modelo soviético ya no es una referencia para nadie. Pero las izquierdas siguen adulando lo foráneo y menospreciando «lo que queda de España». Por eso los nacionalistas, y nuestros enemigos externos, están que saltan de alegría.
Otra vez «erre que erre»
El plan general del libro lo divide Enrique Moradiellos en cuatro apartados (ya criticados, en lo esencial, en las páginas de El Catoblepas, en muchos casos con textos literalmente idénticos a los expuestos ahora):
«1º la pertinencia o futilidad de considerar la guerra como manifestación extrema del conflicto latente entre las 'dos Españas'; 2º el juicio sobre la inevitabilidad o contingencia de la contienda y la consecuente atribución de responsabilidades o culpas; 3º las razones explicativas de la victoria total por el bando franquista y la derrota absoluta cosechada por la República; y 4º la valoración de la incidencia del contexto internacional en el desencadenamiento, curso y desenlace de la propia contienda fratricida.» (pág. 42)
A esta temática le añade unos capítulos en los que hace un boceto superficial y engañoso de la personalidad de Franco y Negrín en los que sólo profundiza en los aspectos que le interesan a nuestro progre publicista.
En los primeros capítulos, sobre todo, el Sr. Moradiellos repite lo ya analizado en la polémica mencionada (El Catoblepas, nº 17, pág. 10 y El Catoblepas, nº 23, pág. 1), por lo que nos remitimos a ella para criticar su concepción de las «tres erres», que no se dignó contestarnos. En todo caso, su versión de lo ocurrido es bastante menos potente que la de Pío Moa, cuya obra está en la sombra de casi todo lo que nos dice el extremeño de adopción, aunque no se atreva a mentarlo para no tener que bajar al terreno del debate profundo y sincero.
Ya en el mismo prefacio del libro (pág. 13) el Sr. Moradiellos repite literalmente lo dicho en la revista Ayer, nº 50 (págs. 11 y sigts.), dando por hecho que «todo comenzó hace poco menos de setenta años...». Con todo, como hemos dicho, la estrategia de esta nueva obra será, siguiendo en gran medida la línea interpretativa de autores como Fernando García de Cortázar, la de difundir una visión humanitarista, eticista, que (en principio) deja de lado el análisis de los factores estrictamente políticos (incluso los morales), y que se identifica con la concepción «científica», «neutral» (políticamente) que supuestamente surgió en los años 60 de la mano de autores como Tuñón de Lara. Pero la trampa interpretativa se pone al descubierto cuando vemos que dicha concepción se corresponde plenamente con la opción «política» (nada «neutral», ni «científica») que D. Enrique llama «reformista», y que, supuestamente, estaría presente en toda Europa en los años 30. Dicha corriente política incluye a personajes como Prieto o Negrín, en contra de lo que éste mismo dice, pues consideraba que era el «único socialista no-marxista» –pág. 177–. Es decir, que Prieto sí lo sería, lo que evidencia el gran pragmatismo de Negrín que, aún sin considerarse marxista, se plegó a las pretensiones de Stalin. Pero, además, resulta que en el ejercicio (no tanto en la autorrepresentación) Moradiellos da sobradas muestras de que dicha interpretación humanitarista es esencialmente (y en gran medida sustancialmente, a través de los mismos protagonistas) una mera prolongación de la ofrecida por corrientes pro-comunistas, a las que, no por casualidad, se alió el grupo «reformista», tanto en la II República (desde antes de 1934) como después de julio del 36. El «dualismo» maniqueo, contra el que D. Enrique pretende luchar, acaba siendo en la práctica el eje interpretativo de su exposición, como prueba, por ejemplo, la referencia al juicio de Paul Preston y otros funcionarios de la historiografía:
«Porque el conflicto fratricida de la década de los años treinta del siglo XX constituye, sin ningún género de dudas, el acontecimiento central y decisorio de la historia contemporánea española: (...) 'la culminación de una serie de accidentadas luchas entre las fuerzas de la reforma y las de la reacción' (Paul Preston); 'el más profundo desgarro moral que han conocido (los españoles) como pueblo' (Alberto Reig Tapia); 'una ruptura cronológica' (Carlos Seco Serrano); 'un tajo asestado a la convivencia de la sociedad española' [a la sociedad civil, al 'pueblo'] (Manuel Tuñón de Lara).» (págs. 15 y 16. Los corchetes son míos.)
Como podemos observar, este maniqueísmo se ve explicitado porque parte de una interpretación «humanitarista», reduccionista, en la que se soslayan los componentes políticos. Y dicho maniqueísmo «propagandístico», en la práctica, sabe muy bien de qué bando es, y por ello mismo, no deja de corromper la supuesta neutralidad de partida. La referencia a Albert Camus no puede ser más significativa: «Los hombres de mi generación han tenido a España en su corazón... En España aprendimos que uno puede tener razón [¿la de la Humanidad?] y sin embargo ser vencido» (pág. 18). Y cabe preguntarse, ¿se enteró Camus, en contra de lo que le ocurrió a Bolloten y tantos otros, de que el bando frentepopulista estaba plagado de enfrentamientos, crímenes y corrupción? ¿De qué racionalidad hablamos? ¿Desde qué plataforma? El bueno de Camus cerraba los ojos, como hace Moradiellos, ante lo que no le interesaba.
Dicho de otra forma: la estrategia de D. Enrique, como dijimos en El Catoblepas, nº 23, consiste en intentar mostrar la guerra civil desde un «más allá del bien y del mal» político, reduciendo esta imprescindible perspectiva a una visión humanitarista abstracta y genérica. «Abstracta» por no atender (al menos en el plano representativo) a la conexión de la ética con la moral de los distintos grupos y con la «eutaxia» política de España y otros estados implicados). «Genérica» por que no dice nada por sí misma, pues en ambos bandos hubo «buenos» y «malos» desde una perspectiva estrictamente ética, pero totalmente insuficiente para entender la dinámica guerrera, la dinámica de la «lucha de clases» y la «lucha de estados» que configuran la «política» (regida por la persistencia eutáxica de España, para lo que no puede presuponerse un armonismo utópico que encubra las «divergencias objetivas» que toda sociedad política contiene necesariamente). El lastre fundamental de Moradiellos, y de casi toda la historiografía universitaria, es la deriva hacia una «izquierda indefinida». Huye del análisis político en relación a la eutaxia de España y, consciente o inconscientemente, contribuye a la distaxia de la misma, al fraccionamiento impulsado por la mitología nacionalista, a través de una ideología democraticista que presupone que España es lo que diga la Constitución escrita de 1978, o lo que se acuerde en los respectivos parlamentos autonómicos, cuando, de hecho, hay un auténtico terrorismo (con violencia física o de otro tipo) contra los intereses políticos de los españoles. En este sentido, como hemos señalado, es muy recomendable la lectura del artículo de Atilana Guerrero publicado en El Catoblepas, nº 31, pág. 14. Después de hacer una precisa clasificación de las distintas concepciones de España que se dan en la actualidad nos dice lo siguiente de la visión de Stanley G. Payne:
«Payne se desmarca del fundamentalismo democrático al definir el periodo franquista como el de la modernización de España. En la línea de Pío Moa, atribuye a las izquierdas el fracaso de la II República y valora positivamente la restauración monárquica como institución nacional que garantiza la unidad, síntomas suficientes del funcionalismo que explica la democracia de la sociedad española actual por la causalidad histórica de múltiples factores. Se queja, además, con acierto, de que se quiera ver en la Constitución de un país el instrumento con el que resolver todos sus problemas y acusa a la 'ausencia de bagaje intelectual' el reducir la Historia de España, un milenio, a Franco.»
Ni que decir que D. Enrique usa el término «mito» como le parece, como ocurre con otros muchos historiógrafos. Por ejemplo, como sinónimo de «propaganda ideológica», sin ver si se refiere a hechos reales o imaginarios. Y, por supuesto, no distingue entre mitos «esclarecedores» (respecto a la racionalidad de un determinado proyecto) y «oscurantistas» o confusionarios. Moradiellos no aprecia muchos componentes «esclarecedores» que hay en algunos lemas que se fueron forjando en el bando nacional (más aún si tenemos en cuenta la importancia que la religión católica tiene en la constitución –systasis– de España como Imperio Generador, frente a los musulmanes), y, por el contrario intenta hacernos creer que la versión franquista, sobre lo ocurrido en el bando frente-populista, es un puro «mito». Nos dice Moradiellos:
«Esa interpretación dicotómica y de contenidos épicos no quedaba reducida a las proclamas literarias de los propagandistas bélicos, ni mucho menos. Formaba parte integral también del universo mental e ideológico de los círculos militares y políticos que dirigían la insurrección y que conformarían la élite gobernante del incipiente régimen franquista. Baste un mero ejemplo para demostrar la amplia extensión de esa cosmovisión de la guerra civil como una contienda «por Dios y por España» frente a un enemigo demonizado y apátrida (por estar al servicio del comunismo internacional y ser dirigido por Moscú)».
En todo caso la interpretación «franquista» es más coherente que la que pretende hacernos creer nuestro funcionario de la Universidad de Extremadura (como pusimos de manifiesto en la polémica de El Catoblepas). Las obras de Burnett Bolloten (del que nos dice que es un filoanarquista «bastante parcial» –pág. 34– y, más tarde, que es el autor con un estudio «más completo» de la materia que trata –pág. 122–) y Francisco Olaya Morales{3} (especialmente El expolio de la República) son más que suficientes para poner patas arriba las basuras teóricas de tantos corruptores de menores que ampara nuestra Universidad («corruptores» en el sentido que le dio Platón a tal expresión, refiriéndose a los que no enseñaran geometría –en nuestro caso «historia»– a sus discípulos). Nos dice el asturiano de nacimiento:
«En general, salvando obligados matices, cabría decir que ese cúmulo de trabajos monográficos o generalistas ha ido arrumbando sin remisión las visiones más unívocas y simplistas sobre la contienda a favor de esquemas interpretativos más pluralistas y necesariamente más complejos. Sin que por ello hayan desaparecido aquéllas. Véanse, como contrafigura probatoria, las dos recientes obras recientes y reiterativas del publicista Pío Moa Rodríguez: El derrumbe de la Segunda República y la guerra civil (Madrid, Encuentro, 2001) y Los mitos de la guerra civil (Madrid, La Esfera de los Libros, 2003).» (pág. 39)
Es sintomático, como hemos dicho en otras ocasiones, que Pío Moa genere tanto odio entre los funcionarios de la historiografía progre. Aunque fuese verdad que se trata de un mero «publicista», muchas de sus fuentes parten de autores que, paradójicamente, Moradiellos «valora» de una manera (aparentemente) positiva: los hermanos Salas Larrazabal, Ricardo de la Cierva, Stanley Payne, Burnett Bolloten{4}, &c. (págs. 39 y 40).
¿Quién tuvo la culpa?
Uno de los capítulos más reveladores del marasmo ideológico de D. Enrique quizá sea el cuarto, dedicado a la «Inevitabilidad, Contingencia y Responsabilidades». A pesar de todo, Moradiellos parece haber tomado nota de las obras de Pío Moa al tratar los prolegómenos de la guerra civil (incluido octubre del 34), pero sus análisis y conclusiones son tan superficiales y parciales que llega a verse en la necesidad de ser más papista que el Papa, más negrinista que Negrín, a la hora de enjuiciar los hechos y justificar a su propio maestro. El mismo Moradiellos nos presenta una carta particular de Negrín al periodista Herbert Matthews relatándole sus frecuentes conversaciones en Londres con el escritor George Orwell durante su etapa de exiliado en Inglaterra entre 1940 y 1945:
«Inquiría también por las causas de nuestra derrota, que yo sostuve y sostengo más se debió a nuestra inconmensurable incompetencia, a nuestra falta de moral, a las intrigas, celos y divisiones que corrompían la retaguardia, y por último a nuestra inmensa cobardía que a la carencia de armas. Cuando digo 'nuestra', no me refiero naturalmente a los héroes que lucharon hasta la muerte, o sobrevivieron toda suerte de pruebas, ni a la pobre población civil, siempre hambrienta y al borde de la inanición. Me refiero a 'nosotros', a los dirigentes irresponsables, quienes, incapaces de prevenir una guerra, que no era inevitable, nos rendimos vergonzosamente cuando aún era posible luchar y vencer. Y conste que no distingo cuando repito 'nosotros'. Como en el pecado original, hay una solidaridad en la responsabilidad, y el único bautismo que puede lavarnos es el reconocimiento de nuestras faltas y errores comunes» (pág. 69, las cursivas son mías)
Lo primero decir que Negrín, aunque diga que la guerra fue evitable (en contra de lo que pensaban la mayoría de los españoles) sin embargo parece asumir gran parte de la culpa de su estallido, por no haber contribuido a evitarla{5}. En todo caso no echa la culpa a «los militares», como hace Moradiellos (apoyándose en Malefakis y Juliá –págs. 80 y 81–) de manera muy confusa: primero los describe como un grupo homogéneo («amplia mayoría») de reaccionarios pretorianos (pág. 64) y después (pág. 83) reconoce que estaban divididos entre «rebeldes» al progresismo Constitucional y «leales», en partes iguales. Pero no cae en la cuenta de que los militares golpistas de la época eran sobre todo de tradición liberal (la Izquierda liberal fraguada alrededor de 1812 contra el Antiguo Régimen), y que los principales dirigentes del Alzamiento ayudaron a la instauración de la II República, o, al menos, ayudaron a mantenerla con más fuerza que comunistas, anarquistas, socialistas o nacionalistas (la prueba está en que no se aprovecharon del fiasco de la Revolución golpista de 1934).
En segundo lugar, una vez asumido el hecho de tal contienda, admite la mayor responsabilidad en la derrota (el «nosotros» se refiere a los dirigentes frentepopulistas, y a sus máximos mandatarios principalmente: «nos rendimos vergonzosamente...»), en contra, de nuevo, de lo que pretende el negrinista funcionario extremeño. ¿Cómo se puede culpar de la propia derrota (de las propias vergüenzas), como implícitamente sugiere Moradiellos, a los dirigentes del bando contrario (son los principales «causantes» de la derrota de los rojos)? Sólo faltaba que los militares nacionales hubieran contribuido a aminorar las divergencias, la corrupción, la desvergüenza y la cobardía de los frentepopulistas. La falsa conciencia de D. Enrique llega a tales extremos, que no advierte el esperpento y extravagancia de sus tesis. Su cerrazón es tal que le resulta imposible rectificar (como sí parece que hizo su maestro Negrín, aunque en privado, demasiado tarde y con el bolsillo lleno –a pesar del tesoro del Vita que le birló Prieto–).
Nuestro historiógrafo llega a apelar a «acuerdos» democraticistas («de mínimos» –pág. 76–) para dirimir la verdad histórica, a pesar de que suele presumir de que la historia es una «ciencia», un saber «neutral», &c.). Ahora resulta que lo que digan los historiadores (¿la mayoría? ¿la mayoría de los «funcionarios» universitarios?) va a misa. Pero, para más inri, dichos «acuerdos» pretenden estar «por encima del bien y del mal» políticos e, incluso, condenar todo tipo de «violencia» (el género mata a la especie), con lo que se vuelve incongruente la recriminación a «los militares» (como si fuesen extraterrestres separados de otros tipos de poder político estatal, tanto «descendentes», como «ascendentes») por no haber evitado al unísono, con mayor fuerza, el estallido de la guerra civil, aunque una de las alternativas hubiera sido la dictadura militar ¿de cualquier tipo? ¿Fue mejor el régimen nazi forjado sin divisiones en el ejército, ni golpes de estado?...
Moradiellos, como hemos comentado, soslaya el análisis del contenido y justificación de los proyectos de entonces, y desvía la cuestión hacia el «impulso» necesario para llevarlos a cabo, centrándose exclusivamente en los militares (entendidos como servidores de la «reacción» contra el «progreso»), echándoles en cara (implícitamente) que no hubieran sido unánimes en la aplicación de la violencia golpista. Es decir, desde esta perspectiva, que ante todo se preocupa por el «cómo», son valorados positivamente todos los proyectos que sean impulsados con la mayor unanimidad posible, sin profundizar en el «para qué» y el «por qué» de los mismos.
El segundo de dichos «acuerdos de mínimos» será la clave desde la que pretenda atribuir la responsabilidad de la guerra civil a «los militares», yendo más allá de la preocupación por el «impulso» (unánime o no) dado a la rebelión, y fijándose en el contenido de la misma (frente a otros proyectos «progresistas», de manera que el ejército dejará de verse como una institución unánime y arcaica, para entenderse dividido, como lo estaba la sociedad de la que formaba parte). Ahora bien, dichos contenidos, como siempre, serán analizados de manera superficial y oscura. Con esta misma oscuridad será entendida cada una de las partes del ejército: la «facciosa» que apoyaría la «reacción», y la «leal» (como si ésta no fuera tan «facciosa» como la anterior) que apoyaría el «progreso». Lo que al principio es descrito como un colectivo homogéneo de militaristas pretorianos acaba mostrándose como un grupo dividido con «rebeldes» a la Constitución y «leales» a la misma. Todo ello a partir de supuestos, no explicitados, desde los que la constitución de España se reduce al poder legislativo, a la promulgación de las leyes (entendiendo la Constitución escrita como la ley primordial en la que se fundamentaría todo el proceso). Dichas leyes, según esta visión, deberían ser obedecidas siempre (lo que no encaja bien con la «objeción de conciencia» de los mismos militares, que algunos defienden), pues se supone que expresan la «voluntad de un pueblo» entendido como «sociedad civil» separada metafísicamente del Estado (de sus distintos poderes), y del que no formarían parte los militares. Detrás de las exigencias de unidad al ejército lo que se esconde es un rechazo a los rebeldes por ir contra la legalidad y el «progreso» frentepopulista. De la implantación ilegal de la II República Moradiellos no se queja. Y si el desenlace de la guerra hubiera sido la contrario (que hubieran triunfado los comunistas, o los «progresistas», apoyados por parte del ejército, como ha ocurrido en otros países) sus quejas brillarían por su ausencia.
D. Enrique parece dispuesto a analizar «los programas políticos puestos en acción con anterioridad al estallido del conflicto», para «escapar a esa excesiva singularización de las responsabilidades en la catástrofe» (pág. 80), pero se trata de una vana esperanza. Al poco recurre a una cita de Edward Malefakis, que «según su leal y falible saber y entender» resuelve el asunto. (Además de lo que ya dijimos sobre esta cita en El Catoblepas, nº 23, pág. 1, en esta ocasión le encontramos muchos más matices. Ver también, en este sentido, nuestro análisis de textos de Gabriel Cardona.) El texto de Malefakis no tiene desperdicio:
«Si en 1936 no hubiese estallado un fogonazo, la mecha no se habría encendido» (sic) «Si no ocurrió así en España, no fue a causa de la impaciencia de los republicanos, de los regionalistas, de las clases trabajadoras o de los intelectuales, todos los cuales estaban demasiado divididos para ser capaces de provocar una chispa lo bastante fuerte»
El Sr. Malefakis (y D. Enrique) no debe saber (o ha olvidado con mucha facilidad) que Azaña intentó más de un golpe de estado, lo mismo que los regionalistas en 1934, o los socialistas y anarquistas que cometieron multitud de crímenes, &c. Además, según dicha visión ¿por qué no se evitó dar armas a los sindicatos, que desataron con mayor fuerza la revolución del 19 de julio (para evitar el enfrentamiento)? ¿Acaso se está sugiriendo, también, la formación de ejércitos de mercenarios que, por obedecer a su mejor pagador, tuviesen menos oportunidades para la división interna por cuestiones ideológicas? ¿O es que lo que se solicita es la supresión de todos los ejércitos esperando sintonizar con la Armonía Universal a través del Diálogo?
Continúa el texto de Malefakis:
«La mayor responsabilidad recae sobre aquellos que no aceptaron un cambio social de tal magnitud y tenían a su disposición importantes medios técnicos de coerción y la disciplina para emplearlos de manera eficaz»
Aquí observamos como la oveja vuelve a su redil. La misma historia sobre el «progresismo» truncado por los «reaccionarios» de siempre.
¿De qué «magnitud» habla y respecto a qué? ¿Fueron razonables todos los cambios promovidos por los frentepopulistas? ¿Eran compatibles los proyectos promovidos por distintos grupos de ese mismo bando en ciernes? Aunque nos atuviéramos al «anticlericalismo», en el que coincidían la mayoría de los frentepopulistas ¿supieron acometer las reformas prudentemente? En este sentido nos parecen muy oportunos ciertos textos de las memorias de Azaña, traídos a colación por Juan Carlos Girauta:
13 de octubre de 1931: «Consejo de ministros en la presidencia. Asuntos de poca importancia. Conversamos ligeramente sobre (...) lo que podrá ocurrir en las Cortes al votarse el artículo 24 (se refiere sin duda al que en la Constitución de 9 de diciembre de 1931 sería el artículo 26, sobre órdenes religiosas) (...) Yo estoy muy disgustado, pensando que pueden ocurrir desastres (...) Yo tengo, en el fondo, una gran indiferencia por la hechura que se dé al artículo, si al menos se consigue evitar el precepto de la expulsión de todas las órdenes religiosas, medida repugnante, ineficaz y que sólo encierra peligro.» (Los paréntesis son de Girauta.)
Y nos comenta, además, el articulista de Libertad Digital:
«Las Memorias políticas de Azaña son el autorretrato de un intelectual, de un literato, de un esteta metido a político. Pero también cabe leer al de Alcalá como al insensato gobernante que atiza, o deja que se atice encogiéndose de hombros, el fuego del desastre con el hierro de su vanidad inconmensurable. Fantasmas infantiles de un hombre incoherente, débil y resentido, de cabeza y pluma privilegiadas, que se materializarán en la historia de España, en el peor momento, para vengar personales, dudosos y pretéritos agravios de jardín mediante la demolición del país»
También nos decía D. Manuel Azaña:
«Me parece mal desalojar de Silos a los benedictinos, no porque la comunidad haga cosas estimables, sino por lo que es la abadía en la historia de España, y otro tanto siento del Escorial (...) También se me antoja estúpido que vayamos a cerrar conventos de monjas por esos pueblos de España, las úrsulas de Alcalá, las bernardas de no sé dónde (...) La disolución total e instantánea me hace el efecto de una acción ininteligente (...) Confieso que estas preocupaciones me duran poco (...) por mi interior circula, como si dijéramos, un encogimiento de hombros.» (Citas tomadas del artículo «Interpretar a Azaña» de Juan Carlos Girauta, publicado el 29 de septiembre de 2004 en Libertad Digital)
Pero volviendo al texto de Malefakis, nos dice:
«Los conspiradores militares de 1936 no pretendían, claro está, provocar la chispa que envolvió a España en llamas. Sólo deseaban derribar al régimen progresista de la República. Lograron su propósito. Pero, al mismo tiempo sumieron al país en la guerra civil más destructora de toda su historia» (pág. 80)
¿A qué llama régimen «progresista»? ¿A cuál de los proyectos del Frente Popular? ¿Al anarquista? ¿Al que buscaba una Dictadura del Proletariado? ¿Al de Azaña, que no entendía la República sino según sus «dictados», y cuyas entendederas estaban repletas de anticlericalismo visceral y Leyenda Negra en detrimento de la historia de España y de su porvenir? Por otra parte, Malefakis no quiere entender que quienes están dispuestos a dar un golpe de estado (que muchas veces no sale bien, como le ocurrió a Sanjurjo o a los revolucionarios del 34) lo hacen por estar convencidos (finis operantis) de que la situación es «límite» y es preferible arriesgarse a morir luchando a malvivir sometidos a proyectos contrarios a los suyos (aunque «finis operis» acaben mostrándose absurdos). Pero D. Enrique (y Malefakis) parecen ser de la opinión de Zapatero, y de buena parte de los que le votaron el 14 de marzo. Prefieren plegarse al terror, con tal de sobrevivir, antes que hacer frente al enemigo aunque con ello se pueda perder la vida.
Como hemos visto, lo único que hace nuestro publicista es «ejemplificar» el segundo «acuerdo de mínimos», del que hemos hablado, y que previamente ha conformado a partir de los ingredientes de algunos de sus colegas «progresistas». En vez de profundizar en el contenido de los «proyectos» que entonces estaban en juego (como parecía que iba a hacer) desvía el discurso hacia el papel del ejército, supuestamente «reaccionario» (la capa cortical de la sociedad política) para recriminarle por no haberse sublevado «unitariamente» y también, paradójicamente, por haberse sublevado (una vez que admite que dicho ejército estaba tan dividido como el resto de la sociedad española).
En la introducción que Moradiellos hace a un texto de Santos Juliá, se aprecia cómo es consciente de las contradicciones que arrastra, y por eso nos dice que:
«Sin la fractura relativa que había en su seno (del ejército) y sin la amplia conjura en marcha a favor de una intervención militar anticonstitucional, no hubiera sido posible el enfrentamiento fratricida por razones de mera falta de elementos de combate» (pág. 81, las cursivas y paréntesis son míos)
Y luego cita a dicho autor:
«Una guerra civil era impensable en el verano de 1936 sin esa fragmentación de la corporación militar, pues en ningún sitio, excepto en los cuarteles, había armas que tomar por más que no faltara gente dispuesta a empuñarlas» (pág. 81).
Pero en esta cita (cuyos contenidos son amplia y confusamente asumidos por D. Enrique y multitud de historiadores progres) se introducen descripciones que ponen de manifiesto supuestos filosóficos que, de nuevo, nos dan las claves para su enfoque global de lo acontecido. Así continua la cita de Juliá:
«Cuando un ejército se sitúa en bloque al lado de la legalidad, no hay revolución que triunfe (...) Lo contrario también es verdad: cuando un ejército es unánime en su decisión de dar un golpe de Estado, no hay constitución ni pueblo en armas que resista (...) Lo que abre las puertas a la indeterminación es el golpe faccioso, el perpetrado por una facción del ejército»
Aquí se vuelcan, de nuevo y como quien no quiere la cosa, multitud de supuestos ontológicos acerca de la constitución (systasis) efectiva y la Constitución legal de los estados, que sólo desde una doctrina sistemática pueden advertirse (criticarse, clasificarse), y que Juliá no se plantea. Como nos dice Gustavo Bueno en España frente a Europa, y en obras anteriores, un Estado no se constituye (systasis) a través de su Constitución escrita (como pretenden los profesores constitucionalistas y apologistas del «Estado de Derecho»), del mismo modo que una Lengua no se constituye por el trámite formal de redactar su Gramática (aunque ésta puede tener importantes consecuencias en su desarrollo).
En segundo lugar nuestros progres historiadores suponen (implícitamente al menos) que el ejército español no lo era de una nación política (de las que surgieron a partir del proceso de holización que fraguó en la Revolución Francesa –ver El mito de la Izquierda de Gustavo Bueno–). Se empeñan en entender la España de entonces como un conjunto de naciones sometidas a un poder retrofeudal, anclado en el Antiguo Régimen. No ven que tales naciones no eran «políticas», y que los reinos de la España medieval estaban unidos bajo un mismo ortograma imperial, que acabó plasmándose en un solo estado con los Reyes Católicos. Aún en el siglo XIX y XX se empeñan en entender a España como una prisión de naciones con una nobleza (y gran burguesía), asociada a la Iglesia, que dominaba el decurso político, y que utilizaría al ejército como brazo ejecutor de su dominio. Pero todos sabemos que la Iglesia, sobre todo a partir de la constitución de los estados modernos, siempre se ha adaptado al poder político.
Esta estrategia interpretativa oscurantista de España es generalizada a toda su historia. Como muy bien nos dice Pedro Insua, la historia de España parece ser la contrafigura de «la democracia». España sería esa prisión de pueblos espontáneos, de sociedades civiles, de nacionalidades que sólo podrá democratizarse desapareciendo. Una muestra de este dualismo metafísico, aplicado sobre todo a España (en la medida en que fue un Imperio, no como Alemania, que no tiene problemas de unidad a pesar de la negrura, efectiva, de su identidad reciente) lo encontramos en el siguiente párrafo de Pedro Insua al referirse a un texto de Ángel Rodríguez Sánchez, en relación a la Inquisición:
«Para clarificar el enfoque, nuestro historiador sentencia filosofalmente: «entre la violencia institucional y la violencia social siempre ha existido y existe una diferencia: la primera, al considerarse legal, se presenta de manera inmediata repleta de teatralidad, y así resulta ser un acto duradero, ensayado de antemano, que busca excitar la sensibilidad provocando en los espectadores un horror que siempre es controlable por el poder. La violencia social, por ser espontánea, no edifica nunca escenarios; a lo sumo acepta monumentos que siempre se erigen en el epílogo del mismo horror» (págs. 609-610). No oculta, nuestro historiador, que ambas «violencias» se conocían antes de que llegasen los Reyes Católicos a la administración, revelando la violencia oficial «una escalada de la intolerancia que es múltiple y dispersa, que es discontinua y, al mismo tiempo, progresiva y alternante», sirviendo «la violencia popular [o social, no oficial] en demasiadas ocasiones como justificación de la puesta en marcha de instituciones represivas». Con los Reyes Católicos en la administración, la «violencia oficial» que instituyen alcanza cotas sin precedentes en la escalada hacia la intolerancia, volviéndose prácticamente continua y sostenida, y no «alternante», sino procediendo siempre del lado «oficial». En este sentido, son representativas las actuaciones de los tribunales inquisitoriales: con ellas se alcanzan las cotas más altas en esa escalada en cuanto que «manifestaciones brutales de intolerancia», y que son «resultado, si no el más numeroso, sí el más ejemplar, de una violencia organizada por el poder para homogeneizar unas veces por la fuerza, y otras por la vía más llevadera de la asimilación, a una sociedad dividida por la práctica religiosa (judíos, musulmanes, cristianos, herejes), por la confusión general que introduce la identificación entre delito y pecado, y por la coexistencia de justicias dependientes de los aparatos estatales, eclesiásticos y señoriales» (pág. 613).»
Aunque los historiadores «progresistas» («avanzados» los llama Pedro Insua) consideran que el bando legal es el «republicano», se trata de una simple excusa. Ni en 1931 ni, sobre todo, en octubre del 34, se apeló a la «legalidad», pues (nadie creía en la «legalidad burguesa»). Los frentepopulistas justificarán su legitimidad apelando a su (supuesta) condición de representantes de la voluntad popular, de la sociedad civil espontánea y «democrática», frente a la «oficialidad» militarista y guerrera de las clases «represoras». Estas clases (los «ricos» explotadores para muchos) se concebirán como (metafísicamente) separadas de la auténtica sociedad civil. El magnífico e imprescindible artículo de José María García de Tuñón Aza, publicado en El Catoblepas, nº 32, pág. 10, así lo demuestra una vez más, por ejemplo con las respuestas que Largo Caballero daba al fiscal que le interrogaba por los sucesos de octubre del 34:
«—¿Quiénes son los organizadores de la revolución?
—No hay organizadores. El pueblo se ha sublevado en protesta de haber entrado en el Gobierno los enemigos de la República.»
Y a la CEDA (como hoy algunos hacen con el PP) se la seguía asociando (sin reparos en matizar lo más mínimo) con la Restauración, no de la Monarquía Parlamentaria, sino más bien del Antiguo Régimen, pero entendido con las coloraciones tétricas de la Leyenda Negra. En el fondo daba lo mismo. El «pueblo» debía ser liberado de la prisión «oficial» gracias a la Dictadura del proletariado:
«Por su parte, El Socialista llegó a publicar que «transigir con la Ceda es conformarse buenamente con la restauración borbónica [...]. ¿Se vienen a eso los republicanos? Nosotros, no» (Tomado del mismo artículo de El Catoblepas, nº 32.)
Así, en 1936, y en los años 60 (cuando surge la escuela de Tuñón de Lara) se conforma una nueva versión de la Leyenda Negra (resultado de su entretejimiento con componentes muy peculiares –muy españoles– de las cinco generaciones de izquierdas ya constituidas). En dicha versión Franco será concebido como el ejecutor de la «represión» ejercida por España (identificada con los «poderosos», por ejemplo los Reyes Católicos o los borbones) sobre el pobre «pueblo» trabajador o sobre «los pueblos» que aún no habían logrado su añorada independencia. El ejército (y los cuerpos armados, militaristas) estaría al servicio de los restos de un Imperio «reaccionario» con jueces y curas herederos de la «Intolerante Inquisición»{6}, mientras que el pueblo desarmado sería la víctima del sistema represivo de este Poder (entendido, a veces, al estilo de Foucault).
Si dicho pueblo se arma, se entenderá que su violencia es espontánea, virginal y justa, pues lo único que buscaría es liberarse de la represión que le tiene atenazado, y que no le permite alcanzar la Armonía Universal, la Comunión de los santos (laicos). Hoy (cuando muchas generaciones de izquierda, especialmente la quinta, han perdido gran parte de su atractivo) se ha puesto casi toda la carne en el asador en la ideología del Fundamentalismo Democrático, y se prefiere culpar de las desgracias del «pueblo» (o «pueblos»: naciones fraccionarias) a la «falta de democracia». Se pide «más democracia» para todo. Pero los culpables (que se negarían a ser «más democráticos») siguen siendo los mismos: los herederos imperialistas de una España abominable. El espíritu de pueblo se manifestará cuando la represión demoníaca desaparezca. Los pueblos de España (exceptuando a la imperial e inquisidora Castilla) florecerán cuando España muera. Es decir, la Leyenda Negra sigue más viva que nunca.
Si volvemos al texto de Juliá vemos que «el pueblo» (ente metafísico y oscuro donde los haya) aún estaba subyugado por el Trono y el Altar, y se piensa en el ejército como una institución que estaba, en lo esencial, anclada en los tiempos de Carlos I, por ejemplo, o al servicio «exclusivo» de la «clase dominante», como si los campesinos, por ejemplo, no aceptaran dicho poder en su propio beneficio frente a terceros (los turcos, o los campesinos de otros reinos o feudos). Es decir, aunque el ejército del Antiguo Régimen aún no fuera el propio de un estado nacional (ya se trate de un ejército profesional o de quintas y cupos variados) no por ello era una institución (de la capa cortical) puramente «represora» del «pueblo». Tampoco se puede decir que las clases menos poderosas (menos directivas) no tuvieran sus poderes, que ponían en juego cuando consideraban que su situación era insostenible, o cuando no creían (finis operantis) aceptable para sus intereses una determinada política (como ocurrió en las sublevaciones comuneras, a favor o en contra de la «legalidad»). El mismo Juliá habla del «pueblo en armas» que no podría resistirse a un (supuesto) ejército no dividido. Lo que no se entiende es cómo puede alcanzar a tener armas, para enfrentarse al ejército (u otros cuerpos armados), si éste no se las ha dado, es decir, siendo el ejército, al parecer, «unánime» en su decisión de dar un golpe de estado en beneficio de una determinada clase.
Pero en un estado nación (nación canónica), como lo fue España a partir de la guerra de la Independencia, es aún más peregrino hablar de un supuesto ejército homogéneo (y «no popular») al servicio exclusivo de las clases dominantes (sean nobles, burgueses, eclesiásticos o cualesquier otra modalidad clasificadora). Dicho de otra manera, es inevitable que en un ejército haya distintas facciones, incluso en los de países llamados «totalitarios»). Pero, hay que volver a recordar que la mayoría de los militares del bando rebelde eran liberales republicanos y hasta apoyaron «facciosamente» la venida de la II República (la utilización de dicha expresión, tan cercana fonéticamente, al menos, a la de «fascio» y «fascismo», no creemos que sea un mero recurso expresivo por parte de Juliá).
Pero, aún hay más supuestos engañosos en esta interpretación. El pasado de pronunciamientos militares en la España decimonónica es propio de militares liberales. ¿Acaso la dictadura de Primo de Rivera, que en principio querían imitar los sublevados, supuso un retroceso al Antiguo Régimen? ¿Lo supuso el régimen de Franco? Quienes así piensen son presa del más ciego confusionismo y del resentimiento más miserable, al estilo de los que sólo se fijan en los primeros años de la dictadura y en ciertos aspectos grotescos de la ideología de postguerra (resultado de la reacción ante un anticatolicismo propio de talibanes, y animado y jaleado por políticos presos de la Leyenda Negra). Por muy ateo que sea un español (y por muy ilustrado o internacionalista que se confiese), no puede pasar por alto los componentes esenciales que dicho catolicismo ha tenido en la misma constitución de España y su obra (como Imperio Generador{7}).
Por otra parte, no se puede dar a entender que «el pueblo en armas» era sólo, o sobre todo, el del «bando» frente-populista. En el bando de Franco hubo tantos «milicianos» como en el bando «rojo».
Como hemos comentado, Moradiellos acaba por reconocer que los mandos militares no fueron «unánimes» en la sublevación, pero eso lo sabían de sobra los rebeldes. De ahí sus dudas y retrasos: sabían que en la sociedad española, y en su ejército (que era parte de la misma) había divergencias más acentuadas que en 1923 o en 1934. Dicha división se había manifestado al poco de comenzar la II República (por eso se sublevó Sanjurjo, que había contribuido a traerla) y en el golpe de estado de 1934{8}, aunque aún el ambiente no estaba tan caldeado como lo estará en el 36, y el ejército, aunque con distintas tendencias, prefirió apoyar al gobierno de entonces mayoritariamente (la obra de Pío Moa es imprescindible en este sentido).
Es eso, y no otra cosa (como pretende Moradiellos al echar la culpa a los militares porque el golpe del 36 fue cruento), lo que nos dice Serrano Suñer al señalar que la «hipótesis de la guerra civil estaba prevista» (pág. 82), aunque los militares hubieran querido que la sublevación triunfase como pasó con Primo de Rivera. Y tampoco culpa a los militares «el reputado historiador» (en palabras de Moradiellos) Ramón Salas Larrazabal, cuando indica que «en general los conspiradores pecaron de superficialidad y optimismo» al subestimar al contrario y supervalorar su propia influencia en las filas militares. Aunque este juicio fuera acertado (acerca de las esperanzas de los militares, no de su «culpabilidad», exclusiva o no, en la guerra civil) no creemos que pueda incluirse a Franco en ese grupo. Ya en el 32 recriminó a Sanjurjo su volubilidad, y en 1936 llegó a la certeza de que las aguas distáxicas eran más difíciles de controlar que nunca. España se alejaba de poder establecer un régimen similar al de otras Democracias Parlamentarias. Pensaba que después de 1934 los frentepopulistas iban a por todas, y la CEDA ahora estaba en la oposición gubernamental. La mayoría de los españoles sabía que las divergencias eran irreconciliables, y los sublevados no estaban dispuestos a aceptar una legalidad muy peligrosa para ellos mismos y para la eutaxia de España. Al menos así lo creían ellos; y no parece que estuvieran muy confundidos viendo el desarrollo posterior de los acontecimientos. Aunque la sublevación hubiera triunfado en poco tiempo, no parece que las aguas se hubieran calmado tan fácilmente. Han pasado 65 años del final de la guerra civil, y aún vemos cómo las divergencias objetivas entre los españoles están lejos del equilibrio eutáxico.
La rebelión del 36 se debe enjuiciar como «prudente» o «imprudente» (y sólo retrospectivamente se ve con más claridad). Sus promotores pensaban que era la única alternativa («media España no se resigna a morir»), pero enjuiciarla políticamente apelando a la posible violencia, o a su aplicación unánime, sólo encubre presupuestos «políticamente correctos» hoy día. Como hemos comentado, según los criterios de D. Enrique, la entrega de armas a los sindicatos debería entenderse como perniciosa, porque impidió el rápido triunfo de los rebeldes. Lo que está claro es que dicha conducta contribuyó al fortalecimiento de ciertos grupos del Frente Popular, muy dividido, y este hecho reforzó las divergencias, entorpeciendo la gobernabilidad de dicho bando de cara a la victoria. La confianza inicial de Azaña en poder dominar a los obreros se vio frustrada definitivamente. La conducta de Giral y Azaña fue, políticamente, muy imprudente, al menos para su bando.
Partir del supuesto de que si los «reformistas» hubieran domesticado a «revolucionarios» y «reaccionarios» España habría sido mucho mejor, es pura «Historia virtual». Suponer que dicha España hubiera sido mejor que la de Franco es mucho decir, viendo el legado del franquismo y a pesar de la situación del país al acabar la guerra. ¿Cuál es el trauma que parece haber sufrido D. Enrique durante el régimen de Franco para mantener una visión tan maniquea?
Las razones de la derrota que no se quieren ver
El capítulo quinto se titula «Razones de una victoria absoluta y causas de una derrota total». Pretende analizar los diversos aspectos geográficos, financieros, militares y políticos (nacionales e internacionales) que intervinieron en el desenlace de la contienda. Pero, de una manera más sibilina aún que la empleada en El Catoblepas, D. Enrique intenta envolver al lector en un discurso retorcido de manera que acabe pensando que la causa fundamental de la victoria franquista estuvo en la ayuda internacional. Todo ello sin reconocer los méritos de los franquistas para buscar dicha ayuda y, lo que es peor, pretendiendo que su diagnóstico no es unidireccional y reduccionista (que no se atiene a una «razón única y exclusiva»). ¿Cómo persigue tal propósito? De un modo al que ya estamos acostumbrados: mencionando una pluralidad de razones, incluso algunas transcendentales (como las divergencias políticas e ideológicas del bando rojo) pero desviando casi toda la atención hacia una razón que D. Enrique considera principal (no sabemos si porque es aquella a la que mayor tiempo de estudio ha dedicado): la intervención internacional.
Pero las incoherencias y contradicciones no tardan en aparecer. Aunque se preocupa por citar a Prieto (pág. 89) cuando éste estaba seguro de la victoria (por poseer muchos más recursos, medios y elementos) luego trata de minusvalorar dicha apreciación del dirigente socialista, empeñándose en mantener que:
«la distribución inicial de fuerzas materiales entre los dos bandos contendientes ofrecía, por tanto, la imagen de un empate virtual imposible de alterar con la movilización de los recursos propios y endógenos» (pág. 92).
Aunque reconoce las «luchas políticas intestinas» desatadas en el seno del Frente Popular (pág. 93), que hasta el mismo Negrín ve como una de las principales causas de su derrota, sin embargo Moradiellos no se preocupa por desarrollar lo que este factor supuso en el devenir de la guerra.
Pero lo más patético es comprobar cómo intenta buscar citas que apoyen sus tesis cuando, a pesar de los esfuerzos, no ratifican su diagnóstico o, más bien, dicen todo lo contrario.
Así menciona el manido informe del militar británico E. C. Richards (pág. 97). Ahora bien, está claro que dicho escrito no es preciso (el mismo Moradiellos reconoce que al principio de la guerra el ejército de Franco no era superior), ni se molesta en profundizar en las razones por las que el bando frentepopulista llegó a ser inferior en todos los aspectos de la contienda. En este sentido creemos necesario repetirle al lector que las obras de Burnett Bolloten o Francisco Olaya Morales (al que nuestro publicista no menciona en la bibliografía) son imprescindibles para profundizar en estos asuntos. Por cierto, en la última obra de Olaya (El expolio de la República) se pone de manifiesto que las Comisiones de Compras previas a la política de «No intervención» estuvieron paralizadas por los dirigentes populistas (especialmente Prieto), y que a su ineficacia se sumó una corrupción como nunca ha conocido España (aunque la etapa felipista no se queda muy a la zaga). Posteriormente muestra cómo la política de «No Intervención», una vez implantada, no era un impedimento insalvable para el abastecimiento de todo tipo de armas y pertrechos. Así, por ejemplo, se pone de manifiesto que la frontera francesa era un auténtico coladero (se hacía la «vista gorda») para el tráfico de armas, muchas veces consentido por los mismos mandatarios franceses{9}. El principal obstáculo para la realización de las compras estaba en la división, ineficacia y corrupción de los dirigentes frentepopulistas.
Pero D. Enrique, además, pretende que su análisis es «corroborado» (pág. 98) por el embajador Alemán en España «tras la ocupación de Cataluña». De esta manera quiere hacernos creer que la situación de ambos bandos fue durante toda la guerra (como, al parecer, creía Richards) similar a la que se vivió tras la batalla del Ebro, cuando la superioridad de Franco ya era indiscutible «para todos». Pero, además, el embajador Alemán no «corrobora» el testimonio de Richards (o las pretensiones de Moradiellos), porque dice que la causa principal de la victoria de Franco es la «mejor moral» de sus tropas, sin entrar en el análisis de las causas de tal factor. Sin embargo Moradiellos (págs. 98 y ss.) se empeña en hacernos ver en el contexto internacional la razón determinante («marco envolvente y condicionante» –pág. 100–) de la victoria / derrota de cada uno de los bandos. Y, además pretende que tal explicación unidireccional y reduccionista (de los demás factores) es la más plausible y «dialéctica».
El momento que riza el rizo de las incoherencias culmina cuando nos transmite los testimonios del General Rojo (cuyos textos ya hemos tratado en la mencionada polémica), y ponen de manifiesto el cinismo de nuestro funcionario de la historiografía. El militar del bando populista no sólo reconoce, como Negrín o Azaña, que la guerra se perdió por las divisiones internas, por la impotencia del gobierno (que se sometió a Stalin), por los errores diplomáticos, por la corrupción, &c., sino que (en el segundo lugar de las razones de «orden social y humano») también admite que Franco triunfó porque «ha sabido» asegurar una cooperación internacional permanente y pródiga. Es decir, la ayuda internacional no llovía del cielo tal cual, y había que saber atraérsela.
Desde nuestro punto de vista, como ha resaltado Pío Moa, aparte de lo ya señalado hay dos hechos clave en la derrota del Frente Popular (que incidieron en el desmoronamiento definitivo de lo que había sido la «República»). Se trata de la entrega de armas a los sindicatos (que hicieron aún más difícil la unidad en el mando y propiciaron el caos revolucionario) y la dependencia de la URRS (a partir de la entrega «ilegal» del oro a Stalin). A esto hay que añadir, como ha investigado con profusión Francisco Olaya, la degeneración moral de la mayoría de los dirigentes populistas, que con su ejemplo contribuyeron a que la corrupción se generalizase, y disminuyera de manera alarmante la moral de guerra de su propio bando. A la desilusión de muchos españoles liberales, pronto se sumó la de muchos españoles comunistas y anarquistas que vieron cómo sus proyectos colectivistas e igualitaristas encerraban peligrosas consecuencias morales, socioeconómicas y políticas, aparte del peligro de ser satelizados por Moscú. Sólo los más imbuidos en la Leyenda Negra contra España o los que habían cometidos delitos muy graves (como Carrillo o La Pasionaria) siguieron las órdenes de Stalin ciegamente.
En contra y a favor de la Disciplina y la Unidad
El capítulo 6 lo dedica Enrique Moradiellos a «La faceta militar y estratégica». Sigue en la misma línea. Aunque reconoce que el bando franquista supo mantener la unidad (pág. 101), el orden y la disciplina (en contra de lo que ocurrió en el bando republicano), sin embargo nos inducirá a pensar que estas condiciones imprescindibles para afrontar una guerra (en el plano político) eran también defectos (humanitarios). Es decir, el funcionario extremeño confunde el plano político con el ético y, además, se fijará primordialmente en los crímenes del bando insurgente, olvidándose de los cometidos por el bando populista, a pesar de que, ya desde el principio, éste mató a muchos más militares que el bando rebelde (para referirse a los crímenes del bando frentepopulista Moradiellos prefiere hablar de «defección» –pág. 106–).
¿Acaso no es necesario, desde el punto de vista político-militar, buscar la unidad en el propio bando, llegando si es preciso al ajusticiamiento de los enemigos? El (falso) ropaje «humanitarista» vuelve a ser una de las claves de D. Enrique (como de muchos progres en la actualidad), unido al supuesto de que el bando leal a la Constitución era el de los buenos (especialmente los «reformistas»). Se diría que, para Moradiellos, el ganador de unas elecciones puede hacer lo que quiera, crear un nuevo estado a su antojo, y exigir que los enemigos se plieguen a sus proyectos por las buenas o por las malas. Desde su concepción apátrida de la política (como pusimos de manifiesto en El Catoblepas, nº 24) nuestro publicista no entiende el por qué de la rebelión de julio del 36. D. Enrique pretende que la alocución de Queipo de Llano (pág. 102) va contra unos excelentes reformistas y unos alocados revolucionarios que no suponían ningún peligro para la eutaxia de España. Pero D. Gonzalo Queipo de Llano (tan republicano como el que más) incluso intuyó los peligros depredadores del imperialismo soviético.
No es de extrañar que, desde un engañoso Pacifismo Fundamentalista (para el que todas las guerras son malas, o evitables), D. Enrique menosprecie hasta las más básicas condiciones y virtudes para afrontar una guerra y ganarla. La unidad de mando conseguida sobre «el pueblo» miliciano de falangistas y carlistas («rígidamente» encuadradas en la «disciplina» del Ejército y «sometidas» a la jerarquía militar) será expuesta como si se tratara de la peor de las perversiones (pág. 103). Con la subordinación («ciega», nos dice) de los partidos políticos al mando militar hará otro tanto (pág. 104). Y lo paradójico, de nuevo, es que Moradiellos reconozca, con Azaña, la necesidad de la disciplina y el orden (pág. 107). Pero su menosprecio sólo se evidencia al referirse al bando enemigo. Con esta mentalidad no es de extrañar que los progres hagan leyes tan perniciosas, política y pedagógicamente, como la LOGSE (a la que, por cierto, parecen volver con más ganas que nunca{10}).
El siguiente punto de la estrategia de Moradiellos consistirá en tratar de menospreciar las virtudes estratégicas de Franco (págs. 104 y 105). Aunque asume que el General español no buscaba la «guerra relámpago», de nuevo desprecia la estrategia de limpieza sistemática de los enemigos llevada a cabo por el general gallego, olvidándose, eso sí, de mencionar las limpiezas, mucho más sistemáticas y «científicas», llevadas a cabo por los rojos. Y aunque fuera cierto que Franco buscaba la «redención» de los españoles, no es menos cierto que los rojos buscaban la «purga» de los «fascistas», con métodos directamente importados de Moscú. Con estos meandros discursivos Moradiellos intenta que perdamos de vista lo fundamental: la eutaxia de España. Y en este sentido la «independencia» española estaba del lado nacional antes que del rojo, como dijimos en la polémica de El Catoblepas.
Como no podía ser menos, D. Enrique vuelve a volcar sus argumentos en el «apoyo exterior» (pág. 111), e intenta restar valía a los españoles del bando vencedor (milicianos en muchos casos). Nos expone (pág. 112) las dificultades del bando republicano, por ejemplo, la de contar con una gran multiplicidad de tipos de armas, pero no profundiza (como hace Francisco Olaya) en el por qué de compras tan variadas. La cita de Negrín mencionada más arriba, que el mismo Moradiellos nos facilita, debería hacer recapacitar a nuestro funcionario sobre la valía de su última obra.
Algunos aspectos conjuntivos y basales
El capítulo 7 («La dimensión institucional y económica») es otro ejemplar excelente de las artes sofísticas de Enrique Moradiellos. Como en ocasiones anteriores, expone en primer lugar lo «ocurrido» en el bando nacional, llevando el agua a su molino ideológico (especialmente con calificativos despectivos, altisonantes y tremendistas). Después de haber desatado la indignación del lector incauto llega el momento de exponer lo ocurrido en el bando «republicano», atemperando los calificativos y buscando excusas ante su comportamiento. De esta manera consigue que el ignorante en la materia, que además se deje impresionar fácilmente desde un humanitarismo reduccionista, fije una animadversión contra los rebeldes que no será capaz de contrapesar el edulcorado relato de lo ocurrido en el bando populista. Si a esto le añadimos que Moradiellos elude profundizar en lo ocurrido antes de julio de 1936 (o su peculiar interpretación de los hechos), entonces entenderemos el meollo de su estrategia ideológica, y la facilidad con la que aún se implanta en numerosas capas de población que no se molestan en llevar a cabo un análisis mínimamente sistemático de lo ocurrido. Esta estrategia de sofística emotivista paga tributo cayendo en paradojas, incoherencias y contradicciones constantemente, pero hay que molestarse en desvelarlas.
Vemos cómo enjuicia negativamente ciertas iniciativas, resoluciones y conductas del bando nacional para, páginas después, valorar positivamente (o, al menos, no negativamente) comportamientos muy similares en el bando frentepopulista. D. Enrique intenta mostrar como defectos lo que fueron grandes (y necesarias) virtudes del bando nacional para afrontar y ganar la guerra: unidad política, disciplina, control y «limpieza» de los enemigos, administración eficaz en el ámbito institucional y económico, productividad laboral, &c. Y, la gran paradoja es que intenta encubrir la responsabilidad de los dirigentes del bando populista (especialmente de Negrín) por no haber conseguido tales objetivos. Los ejemplos son múltiples y variados.
Por ejemplo, menosprecia al bando nacional como sigue:
«Las subsecuentes medidas de restauración de los privilegios económicos, institucionales y culturales eclesiásticos formaron parte del sentido autoritario, reaccionario y contrarreformista del movimiento de fuerza en curso, además de constituir una faceta crucial del intenso proceso de involución social auspiciado por la sublevación también en las relaciones laborales y la actividad productiva» (pág. 114; ver también la pág. 120)
Después de escrutar este texto cualquier lector incauto acabaría pensando, como ya hemos sugerido más arriba, que los militares sublevados eran, literalmente, cruzados de la Edad Media que deseaban volver al Antiguo Régimen, sin más. Pero, en este tema, la mayoría de los «progres» no distinguen entre la propaganda del régimen franquista (muchas veces grotesca, aunque no menos de lo que lo era la progresista) y sus desarrollos reales, más aún si tenemos en cuenta el cariz «anticlerical» (no «laico») que tuvo la II República. Pero, paradójicamente, después (pág. 120), Moradiellos nos habla de un «rápido proceso de fascistización» que fue experimentando el régimen (lo cual tampoco es del todo correcto, pues ni la Falange es equiparable sin más al fascismo italiano –mucho menos al nazismo–, ni tuvo todo el poder que deseó). Y, en todo caso, no creemos que Moradiellos admita que el fascismo supuso un regreso al Antiguo Régimen, más aún si tenemos en cuenta muchas de sus similitudes con el bolchevismo (hasta el punto de que Negrín admiraba a Mussolini y Lenin).
El lector del texto anterior, además, se llevará la impresión de que en el bando nacional había una «involución social» escandalosa, de que los salarios estaban por los suelos, que los patronos eran los más explotadores de los capitalistas, de manera que el «espectro del hambre» (pág. 121) y el desastre económico aparecían sin remisión. Para apoyar dicho cuadro D. Enrique añade que la economía fue «militarizada» (pág. 114) para aumentar el rendimiento económico, implantar un horario laboral más amplio, rebajar los salarios (nos cuenta que en las minas se aumentó de 7 a 8 las horas de labor –pág. 115–), anular los conflictos huelguísticos y subordinar la clase obrera a los patronos y las directrices estatales.
Pero, en primer lugar, hay que recordar que la situación era de guerra, y que muchos de los principios directivos mencionados son aún vigentes (capitalismo de mercado, supuestamente acorde con la ideología «reformista» de algunos liberales y socialdemócratas, que D. Enrique parece admirar). En segundo lugar, el mismo Moradiellos se encarga de citar a autores que demuestran que el bando nacional se desarrolló de una manera mucho más eficaz en el terreno político-económico (págs. 121 y 128). Pero, a pesar de todo, la incoherencia, casi grotesca, de D. Enrique se hace aún más palpable en las páginas 127, 128 o 133, por ejemplo, cuando nos habla de las medidas que impulsó Negrín (Stalin, aunque Moradiellos no lo reconozca) para afrontar la guerra institucional, militar y económicamente. En dichas páginas vemos cómo lo que antes eran defectos de Franco, ahora son virtudes en Negrín.
Ahora las medidas adoptadas son presentadas como sacrificios que había que afrontar, no como imposiciones de los patronos o del estado:
«El muy adverso curso militar de la contienda en el verano y otoño de 1936 propiciaría un cambio de actitud de las fuerzas sindicales y su disposición a hacer los 'sacrificios' exigidos por la guerra. Por ejemplo: aumentar las horas de trabajo, reducir los salarios, proscribir las huelgas y acortar los días de descanso en interés de la continuidad de la producción bélica» (pág. 127)
Pero D. Enrique no nos cuenta que la disposición al sacrificio en muchos casos fue forzada a sangre y fuego, sobre todo cuando el PCE y Stalin se hicieron dueños casi absolutos de la situación. Ni que la producción, como nos cuenta detalladamente Francisco Olaya{11}, fue caótica e irracional en la mayoría de los casos{12}. Ni que el lema de «resistir es vencer» era puro cuento{13}. Con todo, D. Enrique se ve obligado a reconocer que la baja productividad, la inflación, el racionamiento y el «espectro del hambre» dejaron de ser futuribles para hacerse muy reales en el bando populista. Pero eso sí, todo es justificable por una causa noble, en defensa del «proletariado», aunque sea matándolo de hambre.
D. Enrique manipula y menosprecia las iniciativas políticas del bando nacional y tampoco profundiza en las del bando populista. Esto se aprecia especialmente, como hemos dicho, cuando tiene que enjuiciar la obra del «reformista» Negrín (en el fondo tan dictador como Franco, aunque con otro estilo y, por supuesto, con mucha menor valía política). Así Moradiellos toca ciertos episodios importantes en los que intervino el gobernante canario como quien pasa sobre ascuas ardiendo. En el tema del Oro de Moscú y la incautación de bienes particulares, apenas dice nada y, sobre todo, no dice lo esencial. Tampoco dice ni pío de la dictadura económica que implantó Negrín a través de la CAMPSA Gentibus{14}, ni de sus impulsos para la creación de un partido único, de su enriquecimiento y el de su familia, &c. La obra de Francisco Olaya es muy esclarecedora en este aspecto, pero D. Enrique ni la menciona, por supuesto. Al respecto pueden verse provechosas citas en algunos artículos de Francisco Alamán Castro, en la web de Asturias liberal, accesible en internet{15}. Moradiellos se limita a decir, citando a Juan Sardá:
«El tesoro español entregado a la URSS fue efectivamente gastado en su totalidad por el Gobierno de la República durante la guerra» (pág. 129).
Pero, en primer lugar, Moradiellos no menciona que tal oro fue entregado «ilegalmente» (con los agravantes de alevosía y nocturnidad) a la URSS, y no parece preocuparle que fuera dado en depósito. Y, por otra parte, hay historiadores, como Francisco Olaya, que cuestionan dicho aserto (el problema es que no se puede comprobar fehacientemente mientras los archivos de la URSS estén cerrados{16}). Pero, lo fundamental, es que tampoco nos cuenta nuestro historiador cómo fueron gastados esos dineros, y otros muchos.
Tampoco menciona la estrecha colaboración de Negrín (el «reformista») con los comunistas, con Stalin, en el aspecto represivo «sistemático». Prefiere atenerse al recuerdo de un fiscal republicano que, por no cerrar los ojos ante los asesinatos llevados a cabo en las checas de los distintos partidos y sindicatos, se tuvo que exiliar en París, y pudo hacerlo gracias al inestimable apoyo del ministro de Justicia –pág. 125–. Luego decidió pasarse al bando franquista. Y nos cuenta lo siguiente:
«Que quede bien claro: tuve la oportunidad de ser testigo de la represión en ambas zonas. En la nacionalista, era planificada metódica, fría. Como no se fiaban de la gente, las autoridades imponían su voluntad por medio del terror. Para ello, cometieron atrocidades. En la Zona del Frente Popular también se cometieron atrocidades. En eso ambas zonas se parecían, pero la diferencia reside en que en la zona republicana los crímenes los perpetró una gente apasionada, no las autoridades. Éstas siempre trataron de impedirlos. La ayuda que me prestaron para que escapara no es más que un caso entre muchos. No fue así en la zona nacionalista»
Ahora bien, ¿por qué se pasó al bando franquista? Por otra parte (aunque no sea fundamental) el testimonio parece estar tomado mucho después, seguramente en los años 70, cuando, como reconoce implícitamente Moradiellos, la versión imperante de lo ocurrido (la de la supuesta «reconciliación nacional») pedía «pasar página» del régimen de Franco, por lo que ya era «políticamente incorrecto» mostrar simpatías por dicho régimen. Es decir, el fiscal en cuestión parecía bien adoctrinado no sólo en la Historia de España (la España Inquisitorial de la que hemos hablado al exponer los textos de Atilana Guerrero y Pedro Insua) transmitida por los frentepopulistas, incluidos los liberales como Azaña, sino también en la nueva versión leyendanegrista que empezó a calar en los años 60 en torno a Franco, que será entendido como los Reyes Católicos y Torquemada juntos, el demonio en persona.
Además hay que tener en cuenta el agradecimiento del fiscal respecto al ministro de Justicia. La ayuda prestada por éste no sería un caso aislado, pero dicho letrado parece olvidar (o desconocer) muchos hechos que no pueden orillarse. En primer lugar todo lo ocurrido antes de julio del 36, con la incitación a la violencia contra las derechas («fascistas», les llamaban a todos) por parte de los dirigentes del Frente Popular. Una vez producida la rebelión dicho odio e inquina fueron atizados (por los mismos dirigentes) con más vehemencia. Cada partido y sindicato estableció su propia y vergonzosa Checa (¿cómo iban a ser «oficialmente» sancionadas por las autoridades?), cuyo sistematismo aún era escaso, debido a la falta de unidad en el mando. Por eso nuestro fiscal apreció en la represión del bando franquista un mayor peso de las autoridades, lo cual no significa, ni mucho menos, que fuese mayor, o que los ejecutores fueran menos apasionados (entendiéndolo como una disculpa –locura pasajera del «pueblo espontáneo»–). De hecho la represión franquista fue más «reactiva» que la frentepopulista. En tal tesitura (de checas por doquier, paseos, asesinatos descontrolados –sin control por parte de una autoridad mínimamente jerarquizada y centralizada–) muchos dirigentes frentepopulistas se llegaron a preocupar, y vieron que la masacre había llegado demasiado lejos, ayudando a quienes consideraron oportuno (muchas veces jugándose su propia vida en medio del caos cainita). Sin embargo otros siguieron azuzando la represión y no dudaron en hacer purgas al estilo de las de Moscú. Sobre este asunto podría contarnos mucho Santiago Carrillo (genocidio de los presos de la Modelo). El mismo Azaña, que oía desde el Palacio Real cómo acababan los «paseos» todos los días, no hizo nada por evitarlos.
Pero nuestro fiscal parece que no conoció (ni se molestó en estudiar después) el sistematismo que alcanzó la represión con la llegada de Negrín (Stalin) a la jefatura del gobierno, aunque sus crímenes eran menos aireados que los del bando franquista, pues tenían que aparentar, de cara al exterior, que el régimen estalinista que estaba fraguando era una «democracia» («reformista»). Pura propaganda, como la que aún utiliza Enrique Moradiellos para engañar a los españoles incautos.
En este sentido es curioso ver cómo se vuelca en mostrarnos testimonios de los nacionales en que expresan sus reservas «contra la democracia y el comunismo» (pág. 120), o «contra el marxismo» (pág. 136). Pero, en primer lugar hay que tener en cuenta que en el bando rebelde, aunque acabó unificándose el mando a través del ejército, sin embargo pervivían otras corrientes que tuvieron más o menos peso en el desarrollo de la guerra (y del posterior régimen, sobre todo al principio). Así la Falange se oponía al comunismo y también al «liberalismo capitalista», lo mismo que alguna corriente ultracatólica (aunque se fueron amoldando a los nuevos tiempos según se afianzaba el desarrollo económico y España era reconocida por USA, ya en tiempos de la Guerra Fría). En segundo lugar hay que tener en cuenta que las «democracias realmente existentes» son solidarias de sociedades con «mercados pletóricos de mercancías», y el régimen de Franco fue, ante todo, el régimen de un «vencedor», que puso las bases (las americanas también) para que España llegase a ser una «Democracia capitalista» (Moradiellos no quiere asumir lo expuesto por Gustavo Bueno en la obra Panfleto contra la democracia realmente existente). Pero, sobre todo, D. Enrique se contradice (aunque quiera evitarlo ocultándonos ciertos hechos, muy ligados a la biografía de Negrín) cuando admite que el bando frentepopulista se fue convirtiendo, sobre todo de la mano del gobernante canario (Stalin), en un régimen tan poco «democrático» como el de Franco. La diferencia es que éste no lo ocultaba. Y aunque aquél intentara engañar a los países de nuestro entorno, éstos no eran tan tontos como para no saber lo que se estaba cocinando dentro de nuestras fronteras, como demuestra de manera incontestable Burnet Bolloten (al que ¡por fin!) menciona Moradiellos como el más completo especialista en estos asuntos. Pero pone mucho cuidado en citarlo lo menos posible y, por supuesto, de manera sesgada. Y es que, como dijimos en la polémica mencionada, D. Enrique pretende eximir de responsabilidad a los de su bando (los supuestos «reformistas»), como si su comportamiento no hubiera sido voluntario, y estuviera totalmente determinado por unas circunstancias y un destino sobrehumano e insoslayable (quizás el destino escrito en «la Humanidad» y «la democracia» que España, la España Negra, impedía completar). Sin embargo al hablar de los nacionales (más que al hablar de los «revolucionarios» contrarios a Stalin) carga las culpas de manera tremendista para fijar bien la atención y la emoción del lector.
La moral de combate
El capítulo 8 se titula «El ámbito de la moral de combate en retaguardia».En este apartado nos encontramos con más de lo mismo. Las incoherencias y contradicciones volverán a brillar con todo su esplendor.
Sólo comenzar admite Moradiellos que el régimen de los sublevados adoptó un perfil político extremadamente «difuso» («ni monárquico, ni fascista, ni tradicionalista, ni republicano»). Es decir, el «rápido proceso de fascistización» del que nos habló en la página 120 ahora no es tan rápido, ni tan claro. Y lo mismo cabe decir del reaccionarismo retrofeudal o el contumaz antirrepublicanismo. Algo similar ocurre en la pág. 140 en que las citas, una vez más, le salen respondonas. Transcribe unas declaraciones realizadas por Francisco Franco Salgado-Araujo, primo de Franco (en 1955, cuando España apenas empezaba a salir del bache de la postguerra):
«Se habla demasiado del Movimiento, de sindicatos, &c., pero la realidad es que todo el tinglado que está armado sólo se sostiene por Franco y el Ejército».
Gracias a estas declaraciones se entiende mejor que España no estaba cayendo en un «rápido proceso de fascistización». Y sólo desde esta perspectiva cabe comprender, también, que José Antonio Primo de Rivera se sintiera molesto con el régimen que intuía (pág. 140), pues no era (ni sería) lo que él esperaba.
A continuación recoge unas palabras de Mola en las que dice que «Somos nacionalistas, nacionalista es lo contrario de marxista» (pág. 136). Dejando de lado lo apropiado de dicha expresión, lo que está claro es que Mola sabía que la II República estaba en peligro de caer en las garras del (supuesto) «internacionalismo» difundido por Stalin a través de la III Internacional. E intuía que, además, dicho movimiento (que pretende no tener ninguna «plataforma política idiográfica» detrás) en el fondo estaba dirigido por un imperialismo peculiar, el de la URSS (que con Negrín se hizo plenamente patente).
Posteriormente (pág. 137) Moradiellos vuelve a despreciar el «militarismo» impuesto por los franquistas en estado de guerra, para volver a valorarlo cuando sea impulsado por Negrín (pág. 143), pero con el agravante de que supone que era «reformista democrático». El mismo Azaña, en contra de lo que pretende D. Enrique de nuevo, se queja diciendo que «De nada sirve que el Presidente de la República hable de democracia y liberalismo (mensajes de cara al exterior), si al propio tiempo las películas que nuestra propaganda hace exhibir en los cines, acaban siempre con los retratos de Lenin y Stalin» (pág. 141, los paréntesis son míos). Además, como hemos dicho, Moradiellos mete en el mismo saco «reformista» («socialista moderado») a Largo Caballero (del que cita una carta en la que intenta engañar al Gobierno Británico sobre los proyectos «democráticos» de su bando, al estilo de los 13 puntos –pág. 143–) para decir en la página siguiente que lo considera un «socialista radical» («revolucionario», como lo llama en otras ocasiones). Está claro que cuando Moradiellos habla de distintos socialismos –moderado y radical– lo que intenta es evitar mentar a la «revolución bolchevique» en la propia casa del PSOE).
No menos paradójico resulta su desprecio del nacionalismo español «historicista y unitarista» (pág. 136) en contra de un autonomismo federalista, al que aquí parece valorar muy positivamente. Y, sin embargo, cuando se ocupe de la labor «centralizadora» de Negrín sugerirá que tal federalismo{17} suponía una sangría para el bando frentepopulista (apoyándose también en textos de Azaña –pág. 145–). Lo que está más claro que nunca es que Enrique Moradiellos está calado hasta los huesos por la Leyenda Negra y, en la medida en que, además, se identifica con Negrín y con Azaña, seguramente se considere un hombre liberal y de «orden», pero un orden «no español», pues se considera mil veces antes un historiógrafo que un patriota, que un español. Por eso la identidad de España le preocupa bien poco. Si se suplantase por la «europea» (¿francesa? ¿alemana? ¿inglesa? –la comunista no parece hoy estar en alza–, o por un potpurrí «progresista») le bastaría seguramente para vivir tranquilamente y disfrutar. Los proyectos Imperiales son propios de reaccionarios e intolerantes. La unidad de España, entonces, ¿para qué mantenerla?
También volvemos a ver que las «tres erres» de Moradiellos son pura farfolla confusionista que, como no podía ser de otra forma, lo acaban hundiendo en una sima de paradojas. Y es que citar a Bolloten, para luego no hacerle ningún caso, conduce a estas consecuencias, como se vuelve a poner de manifiesto cuando intenta justificar la postura de Negrín en el asesinato de Andrés Nin (pág. 143), pretendiendo desviar toda la culpa (pág. 145) hacia los «revolucionarios» comunistas, y sugiriendo que los «menos delicados» revolucionarios del POUM (que, por cierto, llaman a Negrín y a los comunistas «contrarrevolucionarios» –como también ocurría recíprocamente–) se merecían ser reprimidos (eran los principales culpables), pues entorpecían la alta misión unificadora del gobernante canario (Stalin). En esta tesitura comprobamos, de nuevo, las sutiles artes sofísticas de nuestro funcionario de la historiografía, pues apenas menciona la guerra civil interna de mayo de 1937 (pág. 146) a la que, además, se refiere como «crisis» barcelonesa (lo mismo que hace al hablar del golpe de estado de 1934).
Y acaba el capítulo transcribiendo, en primer lugar, un texto de Ramón Salas Larrazabal en el que, otra vez, no se corrobora lo que pretende D. Enrique (pág. 147), pues la cita hace hincapié, también, en la «pésima administración» del bando frentepopulista, no sólo en los «problemas materiales» que menguaban «el nervio moral de las masas populares republicanas» de que habla Moradiellos (pág. 146). De nuevo intenta eludir las responsabilidades directivas de los gobernantes, especialmente de Negrín. En segundo lugar, nos cita las medias verdades del comunista Togliatti en un texto en el que nos dice que los españoles acabaron previendo la victoria de Franco, cuando la gran mayoría –también del bando populista–, además, la deseaban.
El esperpéntico espejo de Moradiellos o la Leyenda Negra
El capítulo 9 se titula «El espejo exterior y sus reflejos». Pretende estudiar las analogías de la situación española con la europea. Pero, detrás se esconde, de nuevo, justificar al grupo «reformista» (el más «progresista» y «europeísta» de entonces, al parecer). Y de nuevo surgen las incoherencias.
En la polémica de El Catoblepas expusimos nuestra visión sobre el distinto grado de «independencia» de los dos bandos contendientes respecto a las potencias extranjeras implicadas (sin que Moradiellos nos rebatiese), y pusimos de manifiesto que el bando nacional nunca se amoldó a los regímenes de Hitler o Mussolini (a pesar de ciertas afinidades del falangismo con el fascismo). Sin embargo no se puede decir lo mismo del bando frentepopulista y Stalin, como pone de manifiesto Burnett Bolloten en su monumental obra.
Además, teniendo en cuenta la historia y la política peculiares de cada país, es muy arriesgado tratar de encontrar «analogías esenciales» (pág. 149) entre la situación política española, que desembocó en la guerra civil, y la situación en otros países europeos, cuya interrelación desembocó en la II guerra mundial, a pesar de que mantuvieran relaciones imitativas (isológicas{18}) y de contigüidad (sinalógicas). Y es que D. Enrique se empeña en ocultar la peculiaridad de los políticos izquierdistas españoles (incluyendo a «republicanos» como Azaña, impregnado de un anticlericalismo jacobino peculiar, exterminador, así como de un menosprecio notable hacia la historia de España). Como tampoco quiere reconocer que en la derecha, salvo excepciones, no había «retrofeudalismo», pues incluso entre los «monárquicos» se buscaba una Monarquía Parlamentaria semejante a la de otros países europeos. Pero hay que tener en cuenta, además, que la historia de España no es la de una nación política sin más, sino que está marcada por haber sido un Imperio Generador. Y este detalle, determinante, parece no tenerlo en cuenta D. Enrique, o simplemente lo ve de otra forma, con el menosprecio propio de quien está calado hasta la médula de Leyenda Negra.
Hay que admitir, con todo, que la exposición general de la situación política europea es desarrollada, en muchos aspectos geoestratégicos, con precisión. Pero las inexactitudes, medias verdades e incoherencias surgen cuando trata de generalizar dicho análisis a la situación española y cuando intenta explicar el desarrollo de las interrelaciones (isológicas y sinalógicas) de los distintos países con los dos bandos enfrentados en la guerra civil y su repercusión en los distintos poderes (de distintas capas) de las sociedades políticas respectivas (como vimos en su día).
D. Enrique, como decimos, quiere hacernos creer que en España algunas corrientes socialdemócratas o liberales eran como las europeas (que Negrín, Prieto o Azaña eran esencialmente iguales a los, supuestamente, homólogos europeos), pero no es así. Como tampoco eran homologables (a pesar de ciertas analogías) las situaciones de los respectivos países. En este sentido es sintomático que nunca se atreva a decir que en los países europeos existiera una corriente de reaccionarios retrofeudales –ver pág. 47, por ejemplo–, con lo que el «triángulo» de tendencias políticas es interpretado de manera muy distinta en el caso español, a pesar de lo que pretende nuestro divulgador. España será, en el fondo, lo «no europeo», el «atraso», la represión del espíritu del pueblo y de los pueblos, el más inhumano de los estados, &c., como ya hemos advertido. España será la España Negra, la negrura política aún persistente a través de Franco y su represor y violento régimen. Franco será el peor de los «caudillos». Mucho peor que Stalin, o Mao, o Fidel Castro, por ejemplo.
Este empeño, como decimos, tiene como fin intentar justificar al gobierno de Negrín frente a las corrientes «reaccionarias» y «revolucionarias» y, paralelamente, hacernos pensar que Franco acabó sometiéndose a las pretensiones de Mussolini o Hitler. Pero en contra de esta tesis nos presenta el mismo Moradiellos nuevos datos. Así el texto sobre las «directrices de Hitler» a su primer representante diplomático ante Franco, ponen de manifiesto que el mismo Führer tenía sus dudas sobre que Franco acabase del lado de sus «aliados», aunque no estuviera de parte de los enemigos de Alemania, en el «enfrentamiento definitivo para una nueva estructuración de Europa»:
«(que) España no se encuentre del lado de los enemigos de Alemania, sino, a ser posible, de sus aliados» (pág. 155, las cursivas son mías).
Y de nuevo la paradoja. A pesar de que, posteriormente, defiende como sincera la estrategia propagada por Stalin «contra el fascismo» (pág. 161), en alianza con las democracias, sin embargo también admitirá que Franco no tenía intenciones de unirse al Eje en una posible guerra de éste con Francia y Gran Bretaña (pág. 169). En la cita correspondiente se aprecia con meridiana claridad que Franco buscaba, por encima de todo, salvaguardar los intereses de España (su eutaxia) frente a las respectivas estrategias de los países mencionados.
Como vemos, D. Enrique presenta textos que resaltan la labor de Franco. La cita de Serrano Súñer (pág. 170) manifiesta la utilidad que para el bando nacional supuso la política de «no intervención» (resultado del juego de poderes de la Europa de entonces), y el editorial del diario británico The Manchester Guardian observa, contrarrecíprocamente, que perjudicó a la España «leal».
Ahora bien, en contra de lo que suponen los idealistas defensores de las leyes (la Constitución escrita) como constituyentes de una sociedad política, nosotros pensamos que el principio rector de una política materialista, para conservar una determinada systasis, debe ser la búsqueda de la «eutaxia» (de su «buena constitución», real, efectiva, que no se reduce a lo que enuncian las leyes), triturando la ideología fundamentalista que espera de «más democracia» (con un estado rebosante de derecho) la solución (no prudencial) de todos los problemas (ver la obra de Gustavo Bueno, Panfleto contra la democracia realmente existente, pág. 204). Todo el mundo sabe lo que le importaban a Stalin las «leyes burguesas». Lo mismo se puede decir de Negrín, que se saltó las leyes españolas cuando le vino en gana, por ejemplo en el importantísimo asunto del oro del Banco de España. Y hoy en día todos sabemos lo que le importa la Constitución del 78 a muchos nacionalistas fraccionarios y a quienes les apoyan (sobre todo desde las izquierdas). El bando franquista permitió que España haya persistido hasta el presen