Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 38, abril 2005
  El Catoblepasnúmero 38 • abril 2005 • página 20
Comentarios

La globalización, Chomsky, Fox y Laso

Carlos Moreno Guerrero

Respuesta a la nota de José María Laso,
«La Globalización y Noam Chomsky», en El Catoblepas, nº 36

José María Laso tras señalar que la globalización es la forma actual en la que se manifiesta el capitalismo –¡menudo descubrimiento!–, y calificar a Chomsky como uno de los analistas más críticos de la misma, pasa a glosar acríticamente Chomsky y la globalización, de Jeremy Fox. En su reseña no da al lector los datos básicos de edición del libro de Fox (Gedisa, Barcelona 2004) ni la procedencia de la cita de Hutton y Giddens (En el límite. La vida en el capitalismo global, Paidos, Barcelona 2001). No parecen importarle las redundancias poco felices, y así describe el libro de Fox como «un análisis global del pensamiento de Chomsky sobre la globalización» o se refiere al «libre comercio liberalizado» (sic). Claro que Fox no le va a la zaga en cuanto al uso de la tautología: «el objetivo básico de la globalización económica, es globalizar toda la economía mundial...»

Nos informa Laso de que Jeremy Fox es profesor de lengua y de que «es muy conocido debido a sus numerosas publicaciones sobre los acontecimientos actuales y a las formas en que el capitalismo mundial utiliza los medios de comunicación para que sigamos comportándonos como se espera» (sic). Fox refiere que Chomsky incluso se atreve a hablar del alto nivel de adoctrinamiento del sector culto de su país. Así las cosas, parece que a las masas y a las minorías adoctrinadas no les va a quedar otra alternativa que frecuentar la alta ciencia de nuestros autores Chomsky, Fox y Laso.

Fox presenta a Chomsky como representante de una perspectiva de izquierda sobre la globalización, y añade –no sabemos a que edades está pensando que se dirige su escrito– que es el «Einstein de la lingüística moderna». Es de dominio público que Chomsky es un eminente científico que revolucionó la lingüística con la teoría generativa, y también lo es que ha logrado –de forma harto criticable– capitalizar su prestigio científico en el muy próspero negocio de sus opiniones políticas libertarias –negocio que, por supuesto, está inserto en ese mercado capitalista globalizado del que abomina–. Es conocido que Chomsky negó el genocidio comunista de Pol Pot en Camboya, y que acusó al imperio americano de ejercer la «quinta libertad»: «la libertad de robar, explotar y dominar». Sus libros y panfletos políticos son continuas variaciones sobre el mal, que identifica, fundamentalmente, con los EE.UU y con el capitalismo, dos puntales básicos de la mitología progresista, a la que se ha referido en páginas tan refrescantes como valientes Felipe Giménez Pérez («¿Progresismo? No, gracias», El Catoblepas, 11:13, 2003). Como redentorista, Chomsky quiere liberarnos del mal; como maniqueo, se sabe indudablemente «en el lado del bien»; como fundamentalista, nunca ha puesto mínimamente en cuestión su anticapitalismo ni su antiamericanismo, pese a su falta de alternativas, pese al estrepitoso hundimiento del experimento comunista, y pese a los muchos millones de personas que han huido de sus presuntos liberadores hacia el capitalismo y la democracia liberal.

La afirmación más importante e infundada de cuantas se contienen en la nota de José María Laso es aquella con la que trata de resumir la experiencia de la apertura de los mercados diciendo que «los inversores y empresarios han ganado mucho más dinero, pero gran parte de los países más pobres han sido víctimas de un descenso pronunciado de sus niveles de vida». Ahora bien esa afirmación no nos parece que se corresponda con la realidad, y los datos de que disponemos así lo indican, como vamos a ver.

La globalización es un fenómeno económico, político y cultural que se produce característicamente tras el hundimiento del sistema comunista (1989-1991), y que se apoya en la revolución informática y de las telecomunicaciones. Desde el punto de vista económico, la globalización entraña la estructura de un mercado mundial más amplio e integrado, y con una dinámica más acelerada, posibilitando crecimientos exponenciales en las transacciones de bienes y servicios y en los flujos de capital y de mano de obra. Ese mercado globalizado implica una mejor asignación mundial de recursos económicos y, por tanto, un crecimiento mayor. Y ese crecimiento está produciendo una reducción de los niveles de pobreza.

En las dos últimas décadas, como ha sintetizado Guillermo de la Dehesa («La economía tecnológica», El País Negocios, 2 de enero de 2005), se han producido cuatro fenómenos: «la pobreza absoluta ha disminuido rápidamente, la desigualdad entre personas también se ha reducido, aunque más lentamente, mientras que la desigualdad entre países y dentro de los países ha aumentado ligeramente», y añade: «la pobreza absoluta mundial ha caído de 1.400 millones de personas a 800 millones». Por su lado, Joseph E. Stiglitz (El malestar en la globalización, Taurus, Madrid 2002) afirma: «la apertura al comercio internacional ayudó a numerosos países a crecer mucho más rápidamente de lo que habrían podido en caso contrario. Gracias a la globalización muchas personas viven hoy más tiempo y con un nivel de vida superior». Los países que más han crecido gracias a la globalización son Corea del Sur, Malasia, Japón, Singapur, Hong Kong, Tailandia, Indonesia, Taiwán, y dos inmensos países y culturas: China e India, que han reducido notablemente su pobreza. Los países que menos han prosperado, algunos de África y de América Latina, son precisamente los que menos se han abierto a los flujos del mercado; y la reducción de pobreza en los mismos está inexorablemente en función de su efectiva inserción en el mercado globalizado.

Xavier Sala i Martín, catedrático de economía de la Universidad de Columbia (Nueva York), ha precisado (The Disturbing 'Rise' of Global Income Inequality, 2002) cómo la tasa de pobreza está declinando: si en 1970 el 20 por ciento de la población mundial vivía con menos de 1$ por día, dicha tasa se ha dividido por cuatro, pues pasó al 5 por ciento en 1998. Igualmente, si en 1970 el 44 por ciento de la población disponía de una renta diaria de menos de 2$, en 1998 era el 19% el que vivía con menos de dos dólares diarios. En la misma línea, cabe citar, entre otros, los siguientes datos estadísticos de la ONU, referidos a la población mundial y al periodo de 1970 a 2000: la mortalidad pasó de 60 a 67 años, la mortalidad infantil bajó del 10% al 6%, la producción de alimentos en el tercer mundo se incrementó en el 52%, el consumo de calorías por persona en países pobres se incremento en el 21%, la población que padece hambre y desnutrición disminuyó un 18%, el índice de alfabetización se incrementó un 16%, la tasa de escolarización subió un 17% en primaria y un 35% en secundaria, y el acceso al agua potable se incrementó en un 60%.

Cuestión distinta a la de la pobreza es la de la desigualdad de la distribución de la renta. Como ha señalado Gustavo Bueno, que equipara la democracia parlamentaria con el mercado pletórico, la esencia de éste último es la desigualdad. Los principales sistemas económicos (esclavista, feudal, socialista y capitalista) que se han sucedido en la historia han dado lugar a desigualdad económica entre las personas, pero entre dichos sistemas, el menos malo, en términos de eficiencia y crecimiento económico y de compatibilidad con la democracia parlamentaria, ha sido el capitalista. Hasta el presente, los proyectos igualitarios no han logrado el objetivo que los justificó, y además han concitado la dictadura y la miseria.

El pensamiento progresista parece tener una incapacidad genética para entender que los EE.UU. y el capitalismo no son la esencia del mal y que el socialismo no es la esencia del bien, entre otras cosas porque ninguna de ambas realidades son esencias metafísicas. No debería ser difícil aceptar que los EE.UU. han tenido el mérito indiscutible de haber vencido a dos de las principales fuentes de sufrimiento de la humanidad durante el siglo XX: el nazismo y el comunismo, el Holocausto y el GULAG. Tiene razón Chomsky cuando señala las contradicciones del libre comercio proclamado por los EE.UU., especialmente en cuanto al proteccionismo de la agricultura y del acero, política que tampoco es ajena a la Unión Europea. Chomsky denuncia que el objetivo de la globalización económica es «globalizar toda la economía mundial», adaptándola a los intereses de los inversores y empresarios de los EE.UU. Ese juicio no tiene en cuenta dos cosas: que lo propio de la globalización es precisamente el desbordamiento del ámbito de las economías políticas de los estados nacionales; y que es obvio que los EE.UU. y sus corporaciones –como cualquier otro Estado en las relaciones internacionales–, persiguen intereses materiales en concurrencia más o menos imperfecta con otras entidades o empresas nacionales, multinacionales y GLO-CO. En cuanto al capitalismo, podría concordarse, con Schumpeter (Capitalismo, socialismo y democracia), que «el proceso capitalista eleva, progresivamente, el nivel de vida de las masas y no por mera casualidad, sino en virtud de su propio mecanismo». Y, frente a eticismos e idealismos, sería razonable entender, también con Schumpeter, que «el mérito principal de los clásicos –del análisis de la economía– consiste en haber refutado, juntamente con otros muchos grandes errores, la idea ingenua de que la actividad económica en la sociedad capitalista, por el solo hecho de girar en torno al móvil del lucro, tiene que ir, necesariamente, en contra de los intereses de los consumidores».

La globalización económica no ha integrado todavía a todo el ámbito geográfico posible, y parece que se trata de un proceso objetivo imparable. Están en discusión las posibilidades y límites de la regulación o «gobernanza» de los diferentes niveles de la globalización.

 

El Catoblepas
© 2005 nodulo.org