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El Catoblepas, número 42, agosto 2005
  El Catoblepasnúmero 42 • agosto 2005 • página 24
Libros

Experimentalismo y Gnoseología,
a propósito de un libro de Galison

Lino Camprubí Bueno

Se reseña críticamente, desde el materialismo gnoseológico, el muy interesante e instructivo libro de Peter Galison, Einstein Clok's Poincaré's Maps. Empires of Time (2003), traducido recientemente al español por Javier García Sanz: Relojes de Einstein, mapas de Poincaré; Los imperios del tiempo (Crítica, Barcelona 2005)

Introducción

Partiremos de la obra de Peter Galison acerca de las influencias de la tecnología y la sociedad en las teorías sobre el tiempo de Poincaré y Einstein con el propósito de adentrarnos en las relaciones que quepa establecer entre la historia y la sociología de la ciencia y la tecnología, con la filosofía de la ciencia. No queremos presentar este amplio problema en abstracto, sino circunscribirlo a un nuevo tipo de historia de la ciencia que, dada su amplitud de perspectivas, ha obligado a rectificar los proyectos típicos de principios del siglo XX de hacer filosofía de la ciencia de modo, intencionalmente, ahistórico. Este proyecto era solidario de la consideración de la historia de la ciencia como externa, cuando ésta atendía a los contextos tecnológicos, sociales, psicológicos o de otro tipo, implicados en la génesis de las disciplinas de referencia. Se mantenía, en cambio, la posibilidad de hacer una historia interna al propio desarrollo científico, en el sentido de reconstruir los procesos de consolidación de unas teorías, fórmulas, teoremas, &c., frente a otros.

Pues bien, trabajos como los de Hessen, Farrington o Bernal se oponían a este enfoque desde perspectivas marxistas, que no siempre reducían, sin embargo, la ciencia a mera «superestructura burguesa», sino que atendían a los componentes específicos que hacían que trascendiera sus contextos de génesis{1}. En la década de los 60, de la mano de Kuhn y otros, este tipo de estudios, que difuminaba la distinción entre historia interna e historia externa, se consolidó como una auténtica nueva disciplina con una producción apabullante. Es esta nueva disciplina la que hacía imposible, incluso entre los círculos más dogmáticos de la analítica, mantener el proyecto de una filosofía de la ciencia despreocupada de los contextos de descubrimiento.

Una suerte de movimiento pendular ha venido convenciendo a algunos historiadores, e incluso filósofos de la ciencia, de que la reducción de la filosofía de la ciencia a la historia de la ciencia es el camino a seguir. Existen en la actualidad reducciones sociologistas, economicistas, técnicas, psicologistas e historicistas a cuyo lado los análisis marxistas antes citados se nos aparecerían como perspectivas internas. La filosofía de la ciencia, entonces, acredita su razón de ser, y llama la atención a estas diversas reducciones sobre lo específico de la actividad científica, aquello que la distingue de otras actividades humanas (en su caso, este regreso filosófico puede arrojar resultados y debe, en todo caso, tener en cuenta elementos de las ciencias no clasificables como actividades, por ejemplo: fenómenos, esencias, relaciones, términos fisicalistas, &c.). La determinación de eso propio de la ciencia, por supuesto, varía de una teoría filosófica de la ciencia a otra, dado que no hay ningún equivalente a la comunidad científica entre los filósofos; así, aún está muy extendido el enfoque lógico-formal y su pretensión de constituir una verdadera filosofía de la ciencia. Los sesgos de las historias de la ciencia pretendidamente anti-teóricas se ponen así de manifiesto.

Por ejemplo, Hacking y otros llaman la atención acerca de la sobreestimación que la teoría ha tenido en las selecciones temáticas de los historiadores; y, cuando claman por una mayor dedicación al experimento para comprender el desarrollo de las diferentes ciencias, parten, si se quiere a través de la constatación de un factum a su vez histórico, de una filosofía de la ciencia determinada (un experimentalismo defendido frente al teoreticismo –en el sentido de Ferreirós y Ordóñez{2} y que se aclara más abajo– imperante).

El libro de Galison, como han puesto de manifiesto implícitamente algunos de sus críticos y queremos subrayar aquí de un modo explícito, demuestra que, sin su correcta interpretación en filosofía de la ciencia, ese experimentalismo y sus aplicaciones historiográficas pueden alejarse de sus objetivos de reconstrucción histórica de las diferentes ciencias en lo que tienen de específico.

Carelman: relojes imposibles
Carelman: reloj imposible

§1. El Nuevo Experimentalismo y la Filosofía de la Ciencia

Un grupo de autores encabeza una corriente que pretende reformar el panorama de los estudios acerca de las ciencias a los más diferentes niveles, apelando a la importancia que en su construcción tiene el experimento, frente al énfasis tradicional sobre la teoría. La cuna norteamericana del movimiento lo hace conocido como New Experimentalism, y suele ir asociado a autores como Robert Ackermann, Nancy Cartwright, Allan Franklin, Ronald Giere, Ian Hacking, y el propio Peter Galison. En España las aportaciones más importantes son las de Mauricio Suárez y José Ferreirós y Javier Ordóñez. Vaya por delante que no nos queda claro a qué viejos experimentalismos, si a alguno, hace referencia el rótulo de esta nueva ola.

Mauricio Suárez{3} presenta a este nuevo experimentalismo como la alternativa a la «concepción heredada». Mientras ésta daba por supuesta una dicotomía entre teoría y datos observables, el nuevo experimentalismo reagruparía los componentes de la ciencia añadiendo un nivel intermedio: los «fenómenos» y sus modelos. Por «fenómenos» se estará entendiendo resultados experimentales distintos de los datos (no son observables, ni se trata de los resultados concretos de un experimento) y comunes a los diferentes marcos teóricos que necesiten tenerlos en cuenta.

Aunque, en principio, hablar de «fenómenos» no observables pueda parecer un quiebro tanto a la acepción helénica (platónica) como a la germánica (kantiana), nos parece que puede haber sido elegido por dos razones. Primero, conserva la acepción de peculiaridad sobre el fondo de los datos (como la trayectoria errante de los planetas es peculiar con respecto a las estrellas fijas), peculiaridad, además, que la teoría deberá intentar explicar de modo esencial. Segundo, la adscripción de estos complejos experimentales a un nivel propio de la ciencia puede estar basada, en parte, en la defensa de Bachelard de la «fenomenotecnia»{4}. Este concepto quiere dar a entender que muchos de los materiales de los que las diferentes ciencias se nutren se dan ya con-formados al análisis científico por contextos tecnológicos determinados. Esta última tesis nos parece una de las mayores ventajas del nuevo experimentalismo en filosofía de la ciencia, como veremos después de precisar algo acerca de esta disciplina.

Los diferentes enfoques científicos de la ciencia intentarán, desde su perspectiva, dar cuenta de aquello que consideren más importante de los cuerpos científicos. Los enfoques históricos querrán explicar la división y unidad de las ciencias en su desarrollo histórico; los biológicos y psicológicos, las bases cognitivas del conocimiento (su énfasis en la distinción entre sujeto y objeto, determinado por su preocupación de principio por el conocimiento lo hace cercano a los enfoques epistemológicos, en el sentido de Piaget); los lógicos, el tipo de inferencias propios de las ciencias; los enfoques sociológicos, la actividad científica, &c.

En este contexto, la filosofía de la ciencia puede ser vista como producto de la incapacidad de estos diversos enfoques de dar cuenta por sí solos de los contenidos propios de las diferentes ciencias. Esta incapacidad es asumible para quien considere que, en tanto enfoques ellos mismos científicos, su unidad no debe ser dada por supuesta. Dado que todos tienen algo que decir acerca de las ciencias, no cabrá una única «ciencia de la ciencia», al estilo de Bunge. Más bien se habrá regresado a terrenos en los que la filosofía de la ciencia, definida negativamente por el momento, tendrá que actuar, y no necesariamente de modo integrador entre todas las disciplinas (dado que tal integración no siempre es posible, según lo recién expuesto). Puesto que hay diversas filosofías de la ciencia y no una única, es muy posible que algunas se acerquen a un tipo de enfoque científico antes que a otros.

En cualquier caso, queda abierta la tarea de determinar la escala propia de la filosofía de la ciencia. Dado que el factum del que parten los estudios de la ciencia moderna es la división de campos científicos unitarios, cabe pensar que una de las tareas más prominentes de todo análisis de la ciencia moderna es explicar cómo un campo material determinado se organiza de una forma especial dando lugar a una ciencia con verdades independientes de otras (y, por tanto, no absolutas). Desde luego, la mayoría de los análisis filosóficos –y sus aliados científicos– de la ciencia que podamos citar contienen, de algún modo, una determinada interpretación de esta cuestión central de la distinción entre materia y forma. Así, Aristóteles concebirá la forma lógica del silogismo como principio unificador del disperso material del que se nutren los cuerpos científicos, Kant las formas del sujeto trascendental, Galileo la forma matemática, Carnap la forma lógica, Piaget y muchos representacionistas actuales la forma psicológica (algunos hablan de «categorías» biológicamente determinadas), Kuhn la forma sociológica de disciplina y comunidad científica, &c.

Nuestra afirmación de la importancia del nuevo experimentalismo en filosofía de la ciencia alcanza ahora pleno sentido. La forma tecnológica y experimental aparece ahora como explicación de la organización de los materiales y datos en ciencias separadas. Las teorías se presentarán en un tercer nivel hasta cierto punto superestructural o metodológico dentro de cada categoría científica. Se acaba así con el halo misterioso que a los experimentos daba su concepción como materia amorfa.

Ahora bien, en la conexión de la materia y la forma es donde se dibuja uno de los temas propios de toda reflexión sobre el factum de la ciencia: las verdades científicas como producto específico de las unidades sui géneris que son las disciplinas científicas. Por cierto que ese factum no será, entonces, al menos en una primera aproximación fenomenológica (que puede ser luego rectificada, por ejemplo, por una filosofía experimentalista en el terreno esencial), tanto un híbrido entre filosofía y experimentación como una separación de unidades científicas, como ha quedado dicho más arriba. Es posible establecer grandes familias de teorías filosóficas de la ciencia según su modo de entender la conexión entre la materia y la forma científicas y la ubicación de la verdad como canon del tipo de relación propiamente científico{5}. Así, algunas teorías han sostenido que la ciencia y sus verdades sólo se alcanzan si las formas quedan reducidas a mera descripción de la materia (los positivistas y su defensa de la verdad como aletheia); otras han puesto el acento en la coherencia de las teorías y su capacidad instrumental con respecto a los datos experimentales y observacionales (así, Duhem o Popper, y en gran parte, como veremos en la parte central de este trabajo, el propio Poincaré); otras han defendido una coordinación y adecuación de ambos estratos (ya debida a una armonía isomórfica como la que Aristóteles suponía en sus Segundos Analíticos, ya debida a relaciones causales más o menos precisas); otras, por último, han tendido a suprimir la tajante distinción entre materia y forma en los cuerpos científicos rastreando aquellos puntos en los que la materia aparece conformada del modo especial que la convierte en parte de una ciencia dada: es el caso del circularismo gnoseológico.

Las verdades científicas en estas últimas teorías pueden presentarse como aquellos puntos de intersección entre formas (materia conformada) que van ligando unas partes de una ciencia con otras de modo relativamente independiente a los demás cuerpos científicos. El nuevo experimentalismo, parece poder asimilarse en gran parte a esta concepción circular{6} de las ciencias tendente a una conjugación de las ideas de materia y forma mediante la negación de sus respectivas hipóstasis; esta conjugación sería posible, precisamente, gracias al énfasis en la parte experimental de las ciencias, la «vida propia del experimento» y los fenómenos trascendentes a las diversas teorías y no reducibles a «datos de la experiencia».

Lo que queremos argumentar con el ejemplo de Galison, sin embargo, es que no todos los defensores del nuevo experimentalismo ejercitan o aceptan las condiciones que le hemos puesto para ser una verdadera filosofía de la ciencia. Esto, por lo demás absolutamente natural, nos permitiría hablar más bien de nuevos experimentalismos, diferenciados según el grado de compromiso con las cuestiones propias de la filosofía de la ciencia que estén dispuestos a admitir. Así, para algunos resultará ser una heurística, de enorme valor dialéctico frente a posturas tradicionales, para sus respectivos enfoques sociológicos, biológicos, históricos de la ciencia (en el sentido de atender a las contribuciones prácticas a la actividad científica y no sólo a las teóricas): Galison, Ferreirós, Pickering; para otros podrá ser una herramienta útil de análisis metodológico: Franklin{7} (pero también Hacking, Pickering, Ferreirós); y para otros podrá constituir una verdadera toma de posición filosófica con respecto a las cuestiones tradicionales propias de las controversias de estas disciplinas (verdad científica, realismo, construcción de teoremas, &c.): Mauricio Suárez y, especialmente, Hacking.{8}

Podría darse el caso de un autor que, pese a exigir continuamente a los estudios sobre la ciencia una mayor atención hacia los experimentos, defendiera que una ciencia no es tal hasta que no han sido éstos coordinados mediante cierto aparato formal matemático, por ejemplo; pudiendo entonces su filosofía de la ciencia ser adscrita a la familia del teoreticismo (en el segundo sentido, el gnoseológico).

Desde luego, excede con mucho los límites de este trabajo y de su autor el dar cuenta de todas estas posibles posiciones y sus combinaciones de enfoques diferentes reunidas bajo un rótulo que se nos aparece entonces algo más indefinido: nuevo experimentalismo. Más bien queremos limitarnos a reseñar el libro de Galison utilizando algunas de sus más pertinentes críticas publicadas para dar fuerza a nuestro argumento sobre la existencia de estas perspectivas no siempre compatibles dentro de la supuesta nueva corriente.

Conviene tener en cuenta que el análisis del estudio de Galison y sus defectos tiene en principio lugar en el terreno de la filosofía de la ciencia especial (de la física, o de la teoría de la relatividad); pero el propio enfoque del autor hace posible la extrapolación a la filosofía de la ciencia general (que es donde hemos situado la novedad del nuevo experimentalismo).

§2. Los tiempos lejanos de Poincaré y Einstein

El artículo de Einstein de 1905, «Sobre la Electrodinámica de los cuerpos en movimiento» establece el principio de invarianza de las leyes de la física independientemente del sistema de referencia (hasta entonces el electromagnetismo usaba dos explicaciones distintas según fuera la corriente o el imán lo que se consideraba en reposo respecto del éter) y el postulado de independencia de la velocidad de la luz con respecto a su sistema de referencia. Para hacer compatibles estos dos principios, era necesario analizar los conceptos de tiempo y simultaneidad y modificarlos.

Según Galison, esta modificación vino dada por la sincronización de relojes como definición del tiempo, sin privilegio para ningún «reloj maestro»; como consecuencia dos sucesos simultáneos para un sistema de referencia podían no serlo para otro y las longitudes medidas desde uno podían resultar distintas medidas desde otro. Esto habría llevado a la redefinición de velocidad, explicación de fenómenos ópticos antes enigmáticos, unificación del electromagnetismo, predicciones sobre electrones...e intercambiabilidad de energía y masa.

Pues bien, el libro de Galison pretende ser una reconstrucción histórica de tales asunciones que Einstein habría introducido como fundamentos de la nueva mecánica. La exigencia de tratar el tiempo no por su abstracción absoluta sino por la sincronización de los relojes ha sido considerada revolucionaria, paradigma de la nueva física (Heisenberg decidió repetir «el chiste» para el momento y posición del electrón). Pero esa exigencia no fue una ocurrencia, ni una mera herencia de las especulaciones de Hume y Mach, sino fruto de la situación tecnológica de la época en su convergencia con tradiciones físicas y filosóficas; Poincaré habría estado también implicado en esta convergencia de modo especial. Ésta es la tesis central de Galison, interesado, como teórico del nuevo experimentalismo, en perseguir los caminos por los que la tecnología entra como parte integrante de la construcción científica.

Esta reconstrucción histórica, al partir de determinadas coordenadas (las del nuevo experimentalismo), tendrá que reinterpretar las concepciones que de Einstein y Poincaré nos ha legado la historia, o nos han dejado ellos mismos. Nos muestra, así, que la historia de la ciencia no sólo no debe prescindir de Ideas filosóficas sino que más bien no puede zafarse de ellas, pues en sus mismos focos de interés puede aparecer su sesgo. Así, la historia de Galison se opone explícitamente a los enfoques tradicionales prestos a tratar las actividades prácticas y teóricas de nuestros autores como mundos diferenciados, o, al menos, a minusvalorar las aportaciones prácticas y experimentales a las construcciones científicas. El valor del libro de Galison como antídoto contra los abusos idealistas y proposicionalistas es, por tanto, lo primero que habría que resaltar de él.

El libro de Galison, persiguiendo aplicar una metáfora que insinúa común a otros tramos de la historia de la ciencia, la de la «opalescencia crítica», narra cómo los dos científicos estaban inmersos en sendos entornos sin los cuales no sería comprensible su obra científica. Dicha obra aparece como síntesis de contextos socio-tecnológicos, filosóficos y propios de la ciencia física. A Poincaré dedica casi todo el libro, seguramente porque es en la biografía de este autor dónde más originales han sido las indagaciones de Galison. Tiene el tremendo mérito de no dejar exenta su biografía profesional del contexto político imperial del que el sabio francés formó parte activa. Desde su educación como polytechnicien (centrada en la mecánica, las soluciones prácticas desde su reforma en el último cuarto de siglo, y cercana a las posiciones agnósticas respecto a los principios que fraguaban en la época) hasta sus funciones al frente de Bureau des Longitudes, Galison se ocupa de establecer firmes puentes entre sus tareas prácticas y sus desarrollos teóricos, por un lado, y entre todas esas actividades y el contexto internacional de finales de siglo XIX.

Destaquemos que, por razones políticas y científicas (unificación horaria, decimalización revolucionaria de la hora, medición de un arco del Ecuador, sincronización telegráfica y por señales de rayo con vistas a fines topográficos, desarrollo de la geodesia en competencia imperial, &c.), Poincaré estuvo siempre en contacto con la necesidad de establecer convenciones y con la tecnología destinada a establecer la simultaneidad como producto de la sincronización de relojes. Galison utiliza aquí la metodología de la «historia de controversias» con un virtuosismo tal que le permite dar cuenta del contexto genético de la idea de convención que defendió filosóficamente Poincaré. Estos análisis relativizan con mucho las pretensiones de algunos contemporáneos de Poincaré de relacionarse con la Idea de Tiempo a partir de las experiencias fenomenológicas de su conciencia (Bergson, Husserl, y tantos otros seguidores). El artículo filosófico de Poincaré titulado «La Mesure du temps», de 1898{9}, se entiende, como pide Galison, de otra manera tras atender al contexto social y tecnológico en que su autor se movía activamente: su tono psicologista pasa a ser metafórico, y aun irónico frente al Zeitgeist bergsoniano, y sus metáforas, auténticas realidades (convención en la sincronización de las horas de París y Berlín, &c.).

La exigencia materialista de encontrar una base práctica a las Ideas filosóficas queda, así, satisfecha por partida doble: respecto a la teoría de la ciencia convencionalista de Poincaré y respecto a sus consideraciones acerca del tiempo.

También nos parece reseñable, en este primer momento de reexposición del trabajo de Galison, su tendencia a interpretar el teoreticismo gnoseológico de Poincaré de modo lo más acorde posible a sus propias posiciones experimentalistas. Esto es, en principio perfectamente legítimo, por cuanto, además, dado que Galison considera su plataforma (nuevo experimentalismo) como la más ajustada a la filosofía e historia de la ciencia, permitiría una recuperación (etic) de Poincaré útil para la propia justificación de la perspectiva de Galison. Sin embargo, veremos que ello le lleva a subrayar ciertas declaraciones de Poincaré antes que otras, y pasar por alto, así, la ambigüedad que él mismo reconoce alguna vez que puede encontrarse en la filosofía de la ciencia de Poincaré.

En el caso de Einstein, Galison demuestra que la desconexión entre su oficio en la oficina de patentes de Berna y sus primeros desarrollos científicos no era tanta como aquellas mismas corrientes teoreticistas (en el sentido de Ferreirós, opuesto a experimentalismo) de la ciencia nos querían hacer creer. En apenas 50 páginas frente a las más de 200 dedicadas al otro caso (si bien es cierto que las partes referidas a sincronización horaria, redes de ferrocarril y comunicación telegráfica imperial, al constituir un contexto mutuo de 1900, son pertinentes para los dos autores), Galison se preocupa por establecer los vínculos entre la educación práctica del joven físico alemán emigrado a Suiza y sus intereses teóricos. Muchas de las patentes que tuvo que estudiar concienzudamente trataban el problema de la sincronización eléctrica de relojes.

También se introduce Galison en la concepción de la ciencia de Einstein, quien, con altibajos y evoluciones, habría estado más próximo que Poincaré a defender una correspondencia adecuacionista entre la teoría y los fenómenos, sin abrazar por ello, en principio, el realismo ingenuo.

Es conveniente señalar, por último, la obsesión de Galison en situar a ambos autores en la cresta de la «modernidad». Bien pudiera esto justificarse como argumento ad hominem contra aquellos empeñados en ver en Poincaré al último físico tradicionalista apegado a la mecánica newtoniana y a Einstein como a un joven visionario ajeno a la tradición. Ambos, argumenta Galison, trabajaban a partir de una mecánica en «crisis» (más bien, deberíamos añadir por nuestra parte, lo que estaba en crisis eran los intentos de subsunción en ella de las fuerzas electromagnéticas) y no vacilaban en modificar aquellas partes de la teoría que considerasen obsoletas para dar cuenta de la nueva situación experimental y teórica. Ahora bien, nos parece que se excede Galison en su uso de la Idea de Modernidad, de modo que, en ocasiones, parece ligar a ella la Idea de progreso como fruto de la unión de la práctica y la teoría (como si pudieran ir separadas), convirtiéndola así en verdadero mito oscurantista y teleológico, una «idea aureolar» situada en el futuro del historiador y que utiliza para juzgar el pasado que estudia.

No es el único mito que contribuye a expandir el autor, como algunos de sus críticos han puesto implacablemente de manifiesto. El propio género de la divulgación científica en el que se inscribe la obra, se presta muchas veces a tratamientos poco rigurosos, así la narración lineal y casi novelada de los cursos de Einstein y Poincaré hacia sus teorías físicas lleva el foco de interés a cuestiones psicológicas cuya relevancia es discutible, como veremos.

§3. Contratiempos de Galison

Inmediatamente después de la publicación del libro del profesor de Harvard en su idioma original, Jeremy Gray publicó una breve reseña{10} en la que planteaba la, a nuestro juicio, cuestión central en este tipo de estudios: la vinculación entre la génesis socio-tecnológica del pensamiento de Poincaré y Einstein con la estructura, en este caso, de la teoría de la relatividad, o su noción del tiempo. «La cuestión inevitable es decidir qué peso asignar a los diferentes factores, y Galison renuncia a tratar el tema». Gray admite la utilidad de la información histórica que ofrece el libro, pero echa de menos una definición metodológica que vaya más allá de la metáfora de la «opalescencia crítica».

Si la argumentación de Galison se basa en que el «tiempo» de los imperios es diferente al del mundo de Newton y esto hizo cambiar los principios de la mecánica, estamos exactamente ante el mismo problema al que se enfrentaba Hessen al hablar de las «raíces económico-sociales de los Principia de Newton»: ¿hasta qué punto influyen éstas raíces sobre esos principios? Pero, mientras Hessen entraba de lleno en el problema{11}, Galison renuncia a él.

La cuestión es parecida a aquella que nos asalta cuando indagamos los orígenes de la matemática sistemática. Si hallamos pruebas del origen digital de los diferentes sistemas de números esto no nos bastará para explicar la reorganización de los dígitos dentro de esos sistemas, que pasarán a contener a los dedos como partes suyas antes que a la inversa. Nos enfrentaremos, entonces, al problema del desbordamiento de las matemáticas de sus contextos originarios, que se refleja en el clásico problema de la universalidad de ciertos contenidos de la matemática sistemática{12}.

Alberto M. Martínez{13} desarrolla implacablemente esta crítica. Tras señalar algunas incorrecciones históricas fortuitas, señala otras más graves y debidas al enfoque del autor, que vendría a deformar el pasado que pretendía reconstruir. El valor de esta tesis es que no se profiere desde la creencia en una historiografía absolutamente exenta de prejuicios desde el presente; más bien, se insiste en que la clave del fracaso del intento de Galison es, siguiendo a Gray, su renuncia a esbozar una cadena causal entre los materiales que relaciona (y no constatar su coincidencia oscura, o sincronicidad, en expresión de Jung).

Galison se deja llevar por una narración lineal, por ejemplo, en la anécdota no contrastada de su eureka enseñando a Besso la torre de Berna y la de Mussi, que no estaban sincronizadas. O en la afirmación, que contradice otras partes de su libro, de que los intereses psicológicos de Poincaré y Einstein no viran rumbo al tiempo hasta después de sus prácticas con relojes.

También la presentación de la época como una continua lucha por la simultaneidad es, argumenta A. A. Martínez, fruto de una mala interpretación, y base de todo el libro. La sincronía se incluye en la simultaneidad, pero no a la inversa (el problema de Einstein es previo al de la sincronía –dos relojes pueden dar dos horas diferentes simultáneamente: no están sincronizados– y su tratamiento específico de las ciencias físicas, no genérico tecnológico referido a los relojes). De hecho, todos los que estudiaban la sincronía confiaban en una simultaneidad real (Newton, James Thomson, hermano mayor de William Thomson –Lord Kelvin–, &c.).

Lo propio de Poincaré habría sido, entonces, poner esta necesidad de convención no en la práctica, sino en el principio, y lo propio de Einstein postular la relatividad de la simultaneidad respecto al sistema de referencia (sintagma que Galison sólo cita una vez, en una cita de Einstein que afirma que es el teorema más importante de su teoría-concepto éste ambiguo en Einstein).

La historia ofrece argumentos en contra del enfoque de Galison que éste no habría tenido en cuenta: Einstein hace «experimentos mentales», no habla de tal génesis (lo cual no nos parece un problema, pues el propio Galison denuncia cierto teoreticismo, emic, en la teoría de la ciencia de Einstein). Sobre todo: si se demuestra la influencia de la tecnogénesis en Poincaré y de éste (a través de la física de su tiempo por él y Lorentz reformada) en Einstein, es sólo de interés psicológico vincular a Einstein con las máquinas del tiempo.

Por último, John Stachel{14} insiste en las críticas acerca del peso epistemológico (gnoseológico) de los interesantes estudios de Galison. Por un lado, insiste en el argumento de que la sincronía convencional era una dificultad compartida por quienes confiaban en un espacio absoluto, y que más bien son los problemas de conciliación con la mecánica clásica los que hacen hablar a Lorentz de tiempo local. Tal vez, la relación de Poincaré con los asuntos tecnológicos de la época impulsara esta opción, pero nunca la de Einstein de prescindir del éter para sus definiciones. Por otro lado, la simultaneidad no es un concepto fundamental de la teoría de la relatividad, argumenta Stachel, y propina así una de los mayores golpes a Galison y su enfoque: si Galison ha prestado tanta importancia a la simultaneidad, es porque en su tratamiento era fácil seguir el rastro (no determinante) de la tecnología, y no por razones internas a la disciplina de referencia. Por eso mismo, añadimos nosotros, Galison puede permitirse establecer los puentes de la tecnología con la nueva mecánica de un modo psicologista, atento a los intereses de dos científicos –clave, desde luego– más que a las configuraciones propias de la disciplina cuyo origen promete rastrear.

Nos interesa atender a una tercera crítica de Stachel: ve necesario superar la metáfora de «opalescencia crítica» de la que parte Galison y situarla en un contexto causal esencial capaz de dar cuenta del tipo de relaciones que se establecen entre tecnología, ciencia y filosofía. Stachel se apoya en el materialismo histórico y reivindica su potencia de análisis de la ciencia: la base económica determina la superestructura (hemos visto que no era así para todos los teóricos marxistas de la ciencia). Según Stachel, la conexión con la época en que se centra el libro de Galison es clara: la subsunción del trabajo en el capital fue posible gracias a las nuevas tecnologías y las ciencias a ellas asociadas. Será este proceso el que permita escoger otros muchos ejemplos de ese siglo de tal «opalescencia crítica». Así, añade Stachel, si Galison no acepta las coordenadas marxistas, queda patente en su trabajo que debe ofrecer otras para dar cuenta de los lazos muy comunes en el XIX entre tecnología, ciencia y filosofía.

Esta llamada de atención por parte de Stachel hacia coordenadas filosóficas más amplias es perfectamente recuperable para la perspectiva de la filosofía de la ciencia tal y como la venimos definiendo en este trabajo, aunque me parece que no tanto para la que él quiere, la histórica. De hecho, podemos decir que en Galison están actuando los análisis marxistas del mercantilismo y el «imperialismo como última fase del capitalismo», y sus menciones a la «unión moderna de conocimiento y poder» (pág. 50) pueden ser coordinados con la subsunción de la que habla Stachel.

La continua contraposición de los capítulos 2 y 3 de Galison de la Razón ilustrada francesa y la obsesión mercantil inglesa pone de manifiesto la importancia de los análisis marxistas: el marxismo, cuarta generación de izquierda, explicará la operación holizadora{15} de la revolución francesa como revolución burguesa; tal tendencia está presente en la obra de Galison como intento universalizante de la razón ilustrada y nacional. Pero dicha contraposición también pone de manifiesto los límites del enfoque que propone Stachel, al menos en sus versiones cercanas a reducciones economicistas, pues las Ideas de Imperio y Nación que utiliza Galison no son sólo superestructuras del capital, sino las que posibilitan su mismo desarrollo y en las que están en juego numerosos componentes (la Convención revolucionaria y su afán de homogeneizar pesos, medidas y tiempos, es antes una voluntad imperial –generadora– que de clase). Por otra parte, no entendemos por qué Stachel no hace mención de la importancia del colonialismo en la obra de Galison, o no echa de menos, por ejemplo, los grandes debates filosóficos que en su marco se propusieron relativos al tiempo como unidad de medida de la plusvalía.

Sin embargo, como decimos, sí se echan de menos unas coordenadas que permitan situar la metáfora de la «opalescencia crítica» más allá de la simple coincidencia psicológica de diversas tradiciones. Y no tanto coordenadas de filosofía de la historia (como puedan serlo las del materialismo histórico), cuanto coordenadas propias de la filosofía de la ciencia. Es este punto el que queríamos utilizar para argumentar que el nuevo experimentalismo podrá tomar valores diferentes según los parámetros filosóficos en los que se enmarque, y que éstos no habrán de ser comunes a los autores principales de la corriente.

§4. Experimentalismo, convencionalismo y realismo

Pero aún hay una parte de la obra de Galison en la que los críticos no han querido entrar, y que, aunque no es central en la obra, puede ser útil a nuestros intereses: los diagnósticos de Galison de la filosofía de la ciencia de sus dos autores de referencia. Como apuntamos más arriba, Galison parece querer situar a ambos científicos cerca de sus propias posiciones experimentalistas: dado que su práctica científica habría estado basada en sus prácticas tecnológicas, podría esperarse que, pese a sus prejuicios filosóficos, algunas de sus declaraciones concedieran algún beneficio a la lógica de los hechos. Galison, desde luego, encuentra estas declaraciones (y reinventa otras, como en el caso de la anécdota de Einstein con Besso).

Lo que queremos aquí poner de manifiesto es que la reinterpretación del convencionalismo de Poincaré y el realismo de Einstein desde las coordenadas de Galison amenaza a menudo con forzar estas mismas coordenadas. Efectivamente, el interés de Galison por hacer su enfoque compatible con el de Poincaré (especialmente insistiendo en sus afirmaciones acerca de la perdurabilidad de los experimentos y la flexibilidad de las teorías) y con partes del de Einstein (las que llevan a pensar que se interesa por los principios en tanto sirven para entender los fenómenos) nos parece que profundiza más en su falta de definición en filosofía de la ciencia. Abunda, por tanto, en que el nuevo experimentalismo no puede ser simplemente una llamada de atención sobre los contextos tecnológicos si quiere presentarse como una teoría filosófica de la ciencia.

Acierta Galison en situar también las tesis de los autores en este ámbito en los contextos de las instituciones educativas en las que se formaron: la École Polytechnique habría mantenido una cierta prudencia (que no escepticismo, puesto que no abandonaban las cuestiones) con respecto a las teorías generales (así, organizaban su plantilla docente cuidando de que la representación de los atomistas fuera equilibrada con las que negaban su realidad en el último tercio del siglo XX); la Eidgenössische Technische Hochschule de Suiza habría mantenido una visión de las teorías absolutamente instrumentalista y a-crítica, es decir, las utilizaban para los fines prácticos de ingeniería que se requerían y no instaban a su revisión. Además, el convencionalismo de Poincaré se habría fraguado en una época en que se ideaba para pesos, medidas y franjas horarias «a convention, fixed by convention, in the tradition of the Convention» (Galison, pág. 92 en el original).

Para ambos autores, Galison se ve obligado a constatar que no siempre mantuvieron las mismas posiciones en sus respectivas teorías de la ciencia, y señala tramos de evolución y posturas contradictorias. Centrándonos en el caso de Poincaré, al que dedica más páginas, esta ambigüedad de la que Galison saca partido, podría parecer un arma de doble filo que se vuelva contra la perspectiva del propio Galison.

El argumento es el siguiente: el convencionalismo de Poincaré puede ser considerado un teoreticismo (gnoseológico) por cuanto, aun sin despreciar la materia, la considera insuficiente para desmentir (como sí en el caso de Popper) o verificar las teorías, que se mantendrían por razones de coherencia y sencillez; pero si el experimentalismo de Galison, al querer asimilar la filosofía de la ciencia de Poincaré, acepta este modo sui generis de relación de la forma con la materia de los cuerpos científicos (en cualquier caso, muy útil frente concepciones realistas: el idealismo trascendental kantiano o el empirismo descripcionista), estaría ejercitando cierto tipo de teoreticismo (gnoseológico). Entonces el experimentalismo que guía el enfoque histórico y psicológico de Galison no sería óbice para una filosofía de la ciencia no experimentalista. Además, una tal filosofía no podría ser suscrita, por ejemplo, por Hacking, con lo que se rompería la unidad, supuesta por sus defensores, del New Experimentalism como filosofía de la ciencia.

No corresponde a este trabajo el diagnóstico que hace de premisa mayor del argumento anterior, es decir, el de la filosofía de la ciencia convencionalista de Poincaré como teoreticista en el segundo sentido. Sin embargo, es claro que en La Ciencia y la Hipótesis, donde expone su convencionalismo para la ciencia física, al aplicarlo (el convencionalismo) a las ciencias de la mecánica y sus axiomas se basa en su experiencia histórica de las geometrías no-euclídeas, como el propio Galison admite. El paso de las verdades experimentales a las teorías tiene que ver con definiciones no arbitrarias pero convencionales que, en su caso, eso sí, podrían dar lugar a relaciones necesarias y verdaderas (la ciencia consiste, entonces, en concatenar teorías no a partir de la experiencia ni de modo a priori){16}.

Conclusión: Nuevo experimentalismo y nuevos experimentalismos

Empezamos reconociendo las ventajas indudables del enfoque de Galison, que no olvida los contextos tecnológicos de las ciencias (la Teoría del Cierre Categorial los une constitutivamente a las «categorías», conectando con la Ontología tal y como puede seguirse en el volumen 2 de los publicados) y no se impone restricciones disciplinarias al estudio del problema que le interesa. Ahora bien, Galison no quiere hacer historia filológica, sino más bien sistemática, en el sentido de marcar los cursos que han hecho posibles la situación actual de la física, y hacerlo desde determinadas coordenadas filosóficas. Entonces la constatación bien fundamentada por parte de sus críticos de que tales coordenadas no son suficientes para el proyecto de vincular la historia de la tecnología con los contenidos principales de la mecánica relativista van al corazón del objetivo de Galison, y ponen de manifiesto los límites del enfoque del que él quería servirse.

Hemos utilizado estos límites para ahondar en el argumento de la variedad de nuevos experimentalismos, en tanto éstos se presentan muchas veces, antes que como teorías filosóficas de la ciencia, como heurísticas (imprescindibles) para centrar la atención de diferentes enfoques (psicológico, sociológico, biológico, metodológico, &c.) en esa parte fundamental del cuerpo científico que son los experimentos y sus contextos.

Calerman: relojes imposibles
Carelman: reloj imposible {17}

Notas

{1} Pablo Huerga Melcón, La Ciencia en la Encrucijada; análisis crítico de la célebre ponencia de Boris Mijailovich Hessen Las Raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton desde las coordenadas del materialismo filosófico, Pentalfa Ediciones, Oviedo 1999.

{2} José Ferreirós y Javier Ordóñez, «Hacia una filosofía de la experimentación», Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, 102 (diciembre 2002), págs. 47-86.

{3} Mauricio Suárez, «Hacking Kuhn», Revista de Filosofía, vol. 28, nº 2 (2003); págs. 261-284. Por cierto que éste artículo pretende defender a Kuhn de las acusaciones de irracionalismo y relativismo resaltando las partes de Kuhn que lo acercan a posiciones experimentalistas. Obviamente, de lo contradictorio todo se sigue.

{4} Ferreirós y Ordóñez (op. cit., págs. 59-60) enfatizan que tal expresión tenía por blanco la fenomenología, lo que le confiere aun mayor interés para nuestros análisis de un Poincaré que escribía en tiempos de Bergson.

{5} Semejante «teoría de teorías» de la ciencia, así como el criterio clasificador recién expuesto, se encuentra en Gustavo Bueno (Gustavo Bueno, Teoría del Cierre Categorial, vol. 1., Pentalfa Ediciones, Oviedo 1992) y las familias de teorías filosóficas de la ciencia resultantes son, como es sabido: descripcionismo, teoreticismo, adecuacionismo y circularismo.

{6} Alberto Hidalgo («Estrategias Metacientíficas II», El Basilisco, nº 6, 2ª época, Oviedo 1990) habla de Bachelard como un «circularista indeterminado», entre otras razones por su atención a ésta codeterminación.

{7} Para justificar la «vida propia de la experimentación» indaga en las normas y características que otorgan a los experimentos cierta independencia de sus marcos teóricos (Alan Franklin, «Física y experimentación», Teoría, vol. 17/2, nº 44, 2002).

{8} Por supuesto, estos diagnósticos deben ser contrastados en cada caso, tanto más cuanto los autores pueden variar el énfasis de su enfoque según la intención de sus trabajos. No es tan discutible, sin embargo, que el libro de Ian Hacking (Representar e Intervenir, Paidós, México 1996. Traducido por Sergio Martínez de Representing and Intervening, Cambridge University Press, 1983) es, por su interés en el problema del realismo y la división de las ciencias, el que más de lleno entra en terrenos gnoseológicos, esto es, propios de la filosofía de la ciencia, sobre todo el del realismo a través de la manipulación.

{9} Henri Poincaré, «La Mesure du Temps» (1898), cap. II de La Valeur de la Science, Flammarion 1970, págs. 41-55.

{10} Jeremy Gray, «Finding the Time», Nature, August 21, 2003, págs. 879.

{11} Remitimos, de nuevo, a Pablo Huerga 1999, págs. 176-151.

{12} José Ferreirós («Certezas e hipótesis: perspectivas naturalistas sobre la matemática», en imprenta para la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía) trata este problema de un modo que nos parece genuinamente filosófico: se parte del problema de las hipótesis matemáticas en tanto desprovistas de su atributo de necesidad y, no obstante, capaces de producir ciertas relaciones, al menos aparentemente, necesarias. Pues bien, el enfoque del autor para dar cuenta de este problema, es el biológico, que hemos llamado más arriba epistemológico (por ser genérico al «conocimiento humano»), con lo que se emprende un regreso a las aptitudes y contextos naturales que dan lugar a ciertos contenidos universales. Pronto salen al paso del análisis figuras (en las que hemos situado el interés del nuevo experimentalismo) menos universales pero necesarias a toda matemática «mínimamente sistemática», y es aquí, nos parece, donde se recupera el enfoque gnoseológico, específico de la filosofía de la ciencia, que debe tener en cuenta no sólo los componentes subjetuales, sino también los objetuales: términos (con los que operar y establecer relaciones: contar, sumar, &c.), contextos tecnológicos (escritura, &c.); se supera así, en el progreso, la perspectiva psicobiológica de la que se partía intencionalmente.

{13} Alberto A. Martínez, «Material History and Imaginary Clocks: Poincaré, Einstein, and Galison on Simultaneity», Physics in Perspective, 6 (2004), págs. 224-240, Birkhäuser Verlag, Basel.

{14} John Stachel, «Einstein's Clocks, Poincaré's maps; Empires of time», Book Review, Studies in History and Philosophy of Modern Physics, 36 (2005), 202- 210. John Stachel, «Einstein's Clocks, Poincaré's maps; Empires of time», Book Review, Studies in History and Philosophy of Modern Physics, 36 (2005), 202-210. Es editor e introductor de John Stachel (ed.), Einstein 1905: un año milagroso; cinco artículos que cambiaron la física. Crítica (Drakontos), Barcelona 2001. Traducido por Javier García Sanz de John Stachel (ed.), Einstein Miraculous Year; Five Papers that Changed the Face of Physics, Princeton University Press, 1998.

{15} Gustavo Bueno, El Mito de la Izquierda, Ediciones B, Barcelona 2003, págs. 105-118.

{16} Gustavo Bueno, Teoría del Cierre Categorial, vol. 4, págs. 170-178, Pentalfa Ediciones, Oviedo 1993.

{17} Calerman, Catálogo de Objetos Imposibles, Aura Comunicación, Barcelona 1990, págs. 213-214: dibujos de relojes imposibles.

 

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