Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 44, octubre 2005
  El Catoblepasnúmero 44 • octubre 2005 • página 17
Polémica

La democracia tiende a colocar
a cada uno en su sitio indice de la polémica

Carlos Blanco Escolá

Replica al comentario de Francisco Alamán
a mi libro Falacias de la Guerra Civil

El inefable coronel Francisco Alamán Castro, un militar en paro forzoso y persuadido, por otra parte, de que, dada su condición de retirado, ningún perjuicio puede causarle su oposición al actual régimen político y su admiración por la fascistoide y repudiada dictadura franquista, acostumbra a enviar pesados «ladrillos» a El Catoblepas, ocupando a menudo más de veinte de sus páginas, para cantar las glorias del denominado Invicto Caudillo y condenar, de paso, a quienes osen discrepar de sus ideas. Ajeno al más leve sentido del ridículo y con el inconfundible tono de las más cutres tertulias cuarteleras, Alamán Castro arremete contra rojos, masones y demás elementos de la antipatria, haciendo gala de la verborrea propia de quien padece una aguda diarrea mental... Y estaba escrito que yo habría de terminar constituyendo el blanco de sus iras.

En el primer «ladrillo» que nuestro «verborreico» y «diarreico» personaje me dedicó, trataba de echar por tierra todas las tesis que he ido exponiendo en mis libros sobre la Guerra Civil, en general, y la incompetencia militar de Franco, en particular; pero, ante la carencia de argumentos válidos, terminaría viéndose obligado a recurrir al zafio y miserable ataque personal, en el más puro estilo fascista. Le repliqué convenientemente; rebatí sus calumnias, apelando, entre otras cosas, al contenido de determinados documentos de carácter público, como los Boletines Oficiales del Estado, en los que quedaban al descubierto las falsedades lanzadas contra mí; y Alamán entró, a su manera, en razón. En su siguiente, e inevitable, «ladrillo», optó por recoger velas, si bien en ningún momento llegaría a reconocer abiertamente que había mentido con descaro, insistiendo, por añadidura, en su empeño calumniador, con nuevas e infames injurias. Aportó los informes de un chivato, cuya falsedad quedaría también en evidencia, y, abrumado sin duda por el alud de críticas favorables que me venía dedicando la prensa, no encontró otra salida para restarme méritos que la de presentar como prueba de mi bajo nivel de historiador una supuesta crítica desfavorable que el periodista Paco Umbral habría lanzado contra mí, a través de una de sus famosas columnas. El artículo de Umbral, publicado en el diario El Mundo (página 52), el día 24 de abril de 2000, se expresaba, en síntesis, como sigue:

«Hay ahora un libro que saca a la luz la incompetencia militar de Franco. Parece ser que Franco no sabía hacer guerras, que era un manús, o sea, y que la del 36/39 no sabía cómo acabarla. Lo dice el coronel e historiador Carlos Blanco, explicando en un libro los fallos del dictador. Uno piensa que más vale. Si Franco, siendo un manús, dejó el sembrado como lo dejó, qué hubiera sido de España con un gran guerrero puesto a matar paisanos [...] El coronel Carlos Blanco sostiene que Franco no mantuvo la guerra por crueldad, sino por impericia [...] Franco mataba muy bien, como algunos toreros, pero dice el señor Blanco que no sabía hacer guerras, y que además sus ascensos fueron una chapuza [...] Las suspicacias del historiador señor Blanco sobre los ascensos de Franco nos hacen sospechar que su libro es una enmienda a la totalidad y desea anular al Caudillo totalmente. Ahora sabemos que fuimos vencidos por un mediocre, y no por un gran militar. Esto resulta aún más humillante. Uno no cree demasiado en la gloria de los tontos que se dejan llevar por las procelas, hasta el triunfo. Nuestro verdugo no era tonto. El declarar ahora que Franco era un manús supone mayor humillación para el Ejército de la República y para los españoles que le padecimos. Esto es como la pasada insistencia de los analistas en que Aznar era tonto. Yo siempre me temí lo peor, o sea que de tonto nada.»

Pero Alamán Castro lo presentó así:

«Las suspicacias del historiador señor Blanco sobre los ascensos de Franco... Ahora sabemos que fuimos vencidos por un mediocre, y no por un gran militar. Esto resulta aún más humillante. Uno no cree demasiado en la gloria de los tontos. Declarar ahora que Franco era un manús supone la mayor humillación para el Ejército de la Republica y para los españoles que le padecimos. En verdad que el historial de Franco no está del todo mal para un tonto... Yo siempre me temí lo peor, o sea que de tonto nada...Se puede sospechar que la tontería se encuentre en Blanco...»

Alamán, al parecer, no había hallado mejor solución para descalificarme que la de reflejar el artículo de Umbral convenientemente mutilado y falseado (con frases de su cosecha como «En verdad que el historial de Franco no está del todo mal para un tonto» y «Se puede sospechar que la tontería se encuentre en Blanco»), dejando así de manifiesto sus escasas luces (el falseamiento podría descubrirse en cualquier hemeroteca) y su catadura moral. La delirante interpretación que Alamán ha hecho del referido artículo, el falseamiento a que lo ha sometido, nos dan la medida de su capacidad para analizar textos, de su objetividad, de su honestidad. ¿Hasta dónde será capaz de llegar este digno representante del franquismo, cuando se proponga tergiversar, descalificar, los escritos de personas que sustentan ideas diferentes a las suyas?

Además del artículo de Umbral, se ha permitido Alamán falsear, no sólo el contenido de mis libros, sino también, y haciendo gala de una increíble desfachatez, los propios trabajos que he publicado en El Catoblepas; en su segundo «ladrillo» a mí dedicado, me acusaba, por ejemplo, de que, en mi respuesta al primero de ellos, había ofendido gravemente al Ejército y a determinados cuerpos militares a los que serví en su día con plena lealtad. Me sentí obligado otra vez a poner en claro las cosas y a desmontar sus miserables falacias, recomendando, finalmente, a los lectores que leyeran con cuidado los «ladrillos» de Alamán y mis correspondientes réplicas, para que de todos ellos dedujeran quién era realmente «el mentiroso, el mezquino, el consumado falseador, el innoble, el que había dejado constancia de su infame catadura moral, de su pobre nivel intelectual y cultural, el que, en suma, tras mostrar su incapacidad para aportar argumentos válidos, había tenido que recurrir sistemáticamente a las injurias, definidas en el artículo 208 del Código Penal Común».

Tras mi segunda réplica al señor Alamán, en fin, todo parecía indicar que sus ataques hacia mi persona podrían darse por finalizados, pero quienes vienen leyendo El Catoblepas con cierta asiduidad me vaticinaron que el «verborreico» colaborador de la revista volvería a la carga. Y así ha sucedido. La ocasión se le ha presentado con la publicación de mi sexto libro, Falacias de la Guerra Civil (en estos días sale a las librerías el séptimo, y Alamán volverá a dedicarme otro de sus «ladrillos». Sólo de pensarlo me pongo a temblar. ¡Que Dios me coja confesado!). Con el artículo, ¡de 62 páginas...!, enviado ahora a El Catoblepas, Alamán ha batido todos sus records. Bien se nota que, en su situación de paro forzoso, le sobra tiempo suficiente para escribir estas plúmbeas e interminables mamarrachadas, por las que, obviamente, no recibe remuneración alguna, y que sólo le admiten en las revistas, como las de internet, que no tienen problemas de espacio. Con un par de artículos de semejante extensión tendría material suficiente para construir un libro; pero sostiene el buen hombre, de forma más o menos explícita, que las editoriales españolas están todas controladas por Polanco y los rojos, y que, de la misma manera que acceden a publicar mis libros (auténticos panfletos marxistas), se niegan a abrirles las puertas a los suyos... ¡Angelito! Le han cogido manía, como les ocurre a los niños malos estudiantes con sus profesores.

Cada vez que el dictatorial y fascistoide régimen franquista era censurado en la prensa, foros e instituciones del mundo occidental, el Caudillo replicaba que todo el rechazo, el vacío, de que era objeto, estaba, en realidad, alentado por un contubernio judeo-masónico financiado por el oro de Moscú... Y Alamán Castro, ofreciendo una muestra más de su identificación con los modos de pensar y de sentir del franquismo, viene a sugerir que en la España de hoy existe una especie de contubernio judeo-masónico-polanquiano financiado por el oro de Moscú, que campa por sus respetos en el panorama editorial, impidiendo la publicación de libros o artículos en los periódicos de letra impresa a quienes piensan como él, a la par que ofrece toda clase de facilidades a los autores que piensan como yo. Con semejante patraña pretende Alamán restar valor al hecho de que yo haya publicado siete libros en editoriales de primera fila, mientras que a él le cerraban las puertas hasta en las más modestas; quiere demostrar, en definitiva, que su nivel de historiador está muy por encima del mío, y que sólo la existencia del referido contubernio ha trastrocado las cosas...

Vamos a ir por partes, señor Alamán Castro. En primer lugar, yo no soy un rojo comunista, por más que usted lo repita insistentemente, sino un rendido admirador del régimen liberal-parlamentario, como se desprende de todos y cada uno de mis libros; por otro lado, si bien es cierto que he escrito un libro para una editorial «polanquiana» (Alianza, cuyo crédito en el mundo de la cultura, por lo demás, es innegable), no lo es menos que me han publicado otros seis en editoriales que nada tienen que ver con el señor Polanco ni con los judíos, masones y comunistas, como son Labor, La Esfera de los Libros y Planeta. Han salido artículos míos en El País, pero también en El Mundo, Diario 16 y El Periódico, entre otros diarios, y en revistas como Historia 16 y La aventura de la Historia. En las editoriales, como en cualquier otra empresa, prima por encima de todo el criterio de velar por su prestigio y sus ganancias, y establecen unos filtros, unos controles de calidad, que tratan de impedir la publicación de libros que puedan acarrear el desprestigio y la pérdida de dinero; sólo después de cumplir con esta exigencia se atienen a otra clase de consideraciones, de carácter más o menos político. Existen, por lo demás, en España, editoriales de signo ultraderechista y que colocan el listón muy bajo al seleccionar a sus autores; pero, ni aún así, ha logrado el ilustre y fecundo historiador Alamán sacar un solo libro a las librerías.

Seamos serios y razonables, señor Alamán Castro. Piense que ninguno de los especialistas que desarrollan la tarea de filtros en las editoriales puede mostrarse dispuesto a avalar las simplezas y despropósitos que escriba cualquier indocumentado y fanático; que nadie se atrevería a dar salida a los plúmbeos, disparatados y farragosos «ladrillos» que usted fabrica, por más que con ellos se tratara de defender la misma línea política de la empresa editora. Enfréntese con decisión y hombría a la realidad, señor Alamán, y olvídese de las excusas que utilizan los niños malos estudiantes y de los grotescos y trasnochados mitos del general Franco. La democracia («el peor de los sistemas políticos...si exceptuamos a todos los demás», como la definió el gran Winston Churchill) tiende a colocar a cada uno en el lugar que le corresponde, y con usted, que medró y se sintió muy cómodo durante la dictadura franquista, ya lo ha hecho.

En su último «ladrillo», en el que hace la crítica de Falacias de la Guerra Civil, comienza afirmando Alamán que ha leído «un curioso libro, escrito por un no menos curioso historiador». Es natural que a este indocumentado y plúmbeo maltratador de lectores, a quien jamás ha osado abrir sus puertas ni la editorial más humilde, le parezca yo un curioso historiador, dada la buena disposición de las editoriales para incluirme entre sus autores y la excelente acogida que tienen mis libros en las grandes superficies comerciales y en las librerías, donde sistemáticamente son colocados en lugar preferente de las mesas de novedades y en los escaparates. Pero no quisiera privar al ignorado e incomprendido Alamán Castro de su legítimo derecho al pataleo. Quisiera tan sólo ayudarle a entender que él no está demasiado bien dotado para ejercer la crítica de una obra de Historia. Ello sale ya a relucir en el primer párrafo que le dedica a mi libro anteriormente citado, en el que se expresa así:

«Finaliza este librito con otras dos nobles joyas: 'Persuadidos de su pertenencia a un vulgar ejército gendarme (pág. 273)... en el que se valoraba más la lealtad política que la competencia profesional... mientras tanto los últimos y minúsculos restos coloniales... se perdían totalmente... que tanta sangre y dinero había costado'. Describe la guerra del Rif (pág. 274): 'expertos... en las luchas desarrolladas en Marruecos, caracterizadas por el salvajismo, el asesinato o mutilación de los prisioneros, las razias, los saqueos, las destrucciones, las violaciones, las matanzas'.»

No sabe uno qué destacar más en este indescifrable y esperpéntico párrafo, si las escasas luces que Alamán demuestra, su incapacidad para reflejar correctamente un texto, o su deleznable empeño en desacreditarme a toda costa, ofreciendo una reproducción adulterada de mis escritos, como corresponde a su condición de acreditado falseador. (Ha vuelto, por cierto, a presentar su versión del famoso artículo de Umbral, pero sin añadir esta vez las frases de su cosecha, y sin presentar tampoco excusas por haber sido anteriormente cazado en su falseamiento.) Reproduciré, en fin, para que nuestros queridos lectores puedan formarse un juicio al respecto, parte del contenido de la páginas 273, 274 y 275 de mi obra Falacias de la Guerra Civil, a las que el insigne Alamán se refiere:

«Persuadidos de su pertenencia a un vulgar ejército gendarme pésimamente pertrechado, en el que, por añadidura, se valoraba más la lealtad política que la competencia profesional, los oficiales de la época franquista, carentes de estímulos y de inquietudes, distarían mucho de sentirse ilusionados, como había preconizado Franco, al desarrollar sus funciones, que, verdaderamente, apenas rebasarían las inevitables, y en gran parte inútiles, tareas burocráticas, las aberrantes rutinas cuarteleras, las sesiones de instrucción en orden cerrado y otros actos más o menos folclóricos e igualmente trasnochados. La empresa imperial que el Caudillo había fijado como meta de todos los esfuerzos y todos los anhelos no llegaría, en realidad, a abordarse, y mientras tanto los últimos y minúsculos restos coloniales que España conservaba en África se perdían totalmente, junto al Protectorado marroquí, que tanta sangre y dinero había costado. Con la restauración del ejército gendarme, antítesis del ejército que Azaña había intentado implantar en España, el denominado Invicto Caudillo dio, sin duda, la medida de sus posibilidades; como sus compañeros del grupo africano, él no era más que un vulgar pretorianista, forjado en el corrupto ambiente de las campañas marroquíes, favorecido por la propaganda de la prensa reaccionaria, generosamente premiado merced a la desenvoltura demostrada en las intrigas palaciegas [...] En los artículos publicados en la Revista de Tropas Coloniales, a raíz de la instauración de la Dictadura primorriverista, los militaristas africanos habían expresado por primera vez su voluntad de intervenir en la esfera de la política [...] Y en la entrevista sostenida con Aznar el 31 de diciembre de 1938 el Caudillo afirmó textualmente:
  'Mis años en África viven en mí con indecible fuerza. Allí nació la posibilidad
  de rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime [...]'
Tal era el tono en que solían manifestarse los miembros del grupo de presión africanista a través de su órgano político, la Revista de Tropas Coloniales; las ridículas pretensiones elitistas de estos iletrados, expertos, por lo demás, en las luchas desarrolladas en Marruecos, caracterizadas por el salvajismo, el asesinato o mutilación de los prisioneros, las razias, los saqueos, las destrucciones, las violaciones, las matanzas..., se verían satisfechas con su destacada participación en la guerra civil española. Se elevaron hasta la cima del poder político y, aliados con las fuerzas reaccionarias, consiguieron dar al traste con la labor reformista y modernizadora realizada a lo largo del periodo republicano; acabaron con las libertades, el más preciado bien del hombre; convirtieron el país en un auténtico páramo cultural, establecieron un abismo entre las dos Españas, y sembraron el dolor y la muerte, con su feroz represión, cuando el fragor de los combates ya se había extinguido».

El señor Alamán, que ni siquiera sabe sintetizar en un párrafo el contenido de las páginas de un libro, perdiéndose, al pretender hacerlo, en un pintoresco galimatías de frases incoherentes, no está, evidentemente, capacitado para realizar la crítica de cualquier obra escrita; su objetividad, su nivel cultural, sus conocimientos históricos y militares, se hallan bajo mínimos, como se desprende de los sucesivos «ladrillos» que me ha dedicado. En ninguno de ellos se ha atrevido a descalificar los análisis que incluyo en mis libros sobre las operaciones de la Guerra Civil (normalmente, acompañados de mapas y croquis) y el comportamiento observado por Franco en el ámbito de la estrategia (que es realmente el que corresponde a los generales en jefe) y de la táctica. En el último de sus plúmbeos artículos, sin embargo, intenta este buen hombre darme lecciones de Historia, exponiendo tesis tan peregrinas que no osaría compartir ni el más cerril y falaz de los autores franquistas. Para apoyar esas tesis (meros y estrambóticos juicios de valor, en realidad), reproduce literalmente, sin venir a cuento, interminables párrafos de algunos libros, recoge frases pronunciadas por diversos personajes, anecdotillas varias.., y termina apelando al magisterio de Pío Moa, autor que le merece toda la credibilidad, por basar sus relatos en las obras de Arrarás y De la Cierva, únicos historiadores, según él, que han dicho «verdades como puños» sobre la contienda iniciada en julio del 36...

Y así viene a resultar que, durante el Bienio Negro, no sólo no se echó por tierra la Reforma Agraria realizada durante el bienio anterior, sino que además se trató de impulsarla (basándose en los estudios de Malefakis, Tortella señala textualmente: «La Ley de Reforma Agraria estuvo poco tiempo en vigor, ya que quedó suspendida de hecho tras las elecciones de 1933. Una de las primeras tareas económico-sociales de las autoridades franquistas fue el deshacer la obra de la reforma agraria republicana»); que Azaña, con su reforma militar, fue el verdadero culpable del estallido de la contienda que enfrentó a los españoles (lo fue, desde luego, pero indirectamente, al pretender restablecer la legalidad conculcada por Primo de Rivera, con los ascensos concedidos a los africanistas; cuando éstos vieron amenazados su privilegios organizaron, dirigieron y ejecutaron la rebelión de 1936); que los masivos asesinatos que siguieron al alzamiento no los iniciaron los militares rebeldes en Marruecos, el 17 de julio, sino las huestes republicanas, tres días después, en Madrid; que los aviones republicanos realizaron sobre las ciudades mayor número de bombardeos y de mayor intensidad que los nacionalistas; que la ayuda rusa a los republicanos se inició antes y fue superior a la proporcionada por las potencias fascistas al bando rebelde; que las tropas regulares africanas no fueron empleadas como carne de cañón, puesto que el Generalísimo procuraba reservarlas y mimarlas (lo cierto es que esas tropas, que sumaron unos ochenta mil hombres, sufrieron el mayor porcentaje de bajas de todo el ejército nacionalista); que Franco llegó a contar con más apoyo entre las masas populares que la República...

Todo este cúmulo de barbaridades que el señor Alamán pregona sin ruborizarse podría habérselo ahorrado, si, en lugar de basarse exclusivamente en los autores franquistas y de utilizar párrafos y frases sueltas, sacados de contexto, de otros, hubiera tenido la valentía de estudiar debidamente, abandonando sus ridículos reparos, a algunos de los que presento en las bibliografías de mis libros; como, por ejemplo, Michael Alpert, Sebastian Balfour, Gerald Brenan, Raymond Carr, Galeazzo Ciano, Robert Colodny, John F. Coverdale, Gerald Howson, Daniel Kowalsky, B.H. Liddell Hart, Stanley Payne, Paul Preston, Ronald Radosh, Vicente Rojo, Josep Solé, Herbert Southworth, Gabriel Tortella, Angel Viñas, Gerhard Weinberg, y Peter Wyden. No dejo de considerar, no obstante, que Alamán hubiera encontrado grandes dificultades para entender e interpretar correctamente lo que estos autores han escrito, dada su deficiente preparación cultural y militar, y, sobre todo, su manifiesta mentalidad cerrada, que le lleva a rechazar de forma sistemática todo lo que choca con sus prejuicios y creencias.

Y cabe preguntarse: ¿No habrá en el entorno de este señor un alma caritativa que le obligue a entrar en razón, que le advierta sobre el espantoso ridículo que está haciendo con el envío de sus disparatados bodrios a las revistas de internet, con sus descabelladas pretensiones de historiador y crítico, que le inclinan a creerse una autoridad en la materia? El bochornoso espectáculo que Alamán está ofreciendo se completa, por lo demás, con la total ausencia de ética que demuestra, en su obsesivo empeño por denigrarme a toda costa. En la norteamericana Academia de West Point rige un código de honor que establece: «Un cadete no mentirá, no hará trampas, ni tolerará que otros lo hagan.» Alamán, como es sabido, miente públicamente con absoluto descaro, recurre a toda clase de marrullerías, y, cuando es pillado en falta, se apresura a recoger velas, pero jamás reconoce su condición de mentiroso y de tramposo, ni presenta siquiera la más leve excusa. ¿Qué formación recibió este militar en su época de cadete?, ¿para qué le han servido los largos años que ha permanecido en el Ejército? Con su proverbial falta de autocrítica y de sentido del ridículo, este pintoresco fabricante de «ladrillos» al por mayor ha exhibido ante los lectores de El Catoblepas lo que da de sí su formación cultural y militar.

Recuerdo que, durante mi estancia como alumno en la Academia General Militar, se comentó muy favorablemente entre los cadetes la decisión adoptada por el director, Emilio Alamán, de suspender a un sobrino suyo que se presentaba al ingreso y que no demostró en las correspondientes pruebas el nivel suficiente; el sobrino del director, al parecer, era nuestro ilustre personaje, que tuvo que esperar a que su tío abandonara la Academia y aspirar durante tres o cuatro años al ingreso, para obtener la plaza de cadete... Y todavía ha tenido la desfachatez de proclamar (aunque luego se ha visto obligado a rectificar, sin hacerlo abiertamente, por supuesto), que yo necesité cinco años para ingresar en la Academia, y que repetí en ella todos los cursos menos uno... Ya he dejado expuesto, en mi primera réplica al señor Alamán, que en julio de 1959 yo había aprobado legalmente todos los cursos de la carrera, sin repetir ninguno, y que, cuando ya se había dado por concluido el último, se produjo un grave incidente provocado por los denominados cadetes galonistas, que culminó en el incalificable atropello que sufrimos cuatro de los alumnos, castigados, como chivos expiatorios, a permanecer un año más en el centro. Alamán, obviamente, rechaza mi versión de los hechos, y, para apoyar este rechazo, ha recurrido ahora al testimonio de dos de sus chivatos, los cuales, por cierto, tienen sobrados motivos para intentar ocultar la verdad. Debo advertirles, no obstante, a todos ellos, que es mi propósito publicar un trabajo para aclarar, de un maldita vez por todas, el suceso acaecido en la Academia de Caballería en julio de 1959. No se preocupen, pues, los señores beneficiarios de las corruptelas del régimen franquista, empeñados en echar tierra encima del vergonzoso, a la par que elocuente, episodio citado, porque los hechos van a salir a la luz, con todos sus pelos y señales, y acompañados de las correspondientes pruebas; desde ese momento, Alamán, sus chivatos y el resto de los militares que se integran en el grupúsculo de añorantes del franquismo, contarán con una magnífica ocasión para contradecirme e imponer su versión. Esperemos que, esta vez, tengan más éxito que el obtenido en sus intentos por rebatir mis argumentos sobre la incompetencia militar de Franco.

La llegada de la democracia constituyó para la inmensa mayoría de los españoles una corriente de aire fresco que auguraba un futuro mejor; personalmente, es oportuno resaltarlo aquí, creo que nunca agradeceré bastante los beneficios derivados de los cambios que se fueron produciendo en aquella época. Descubrí poco a poco que merecía la pena realizar grandes esfuerzos para mejorar mi status, confiar en la justicia y la igualdad de oportunidades, apostar resueltamente por la cultura. Y, así, tras la muerte de Franco, cuando acudí nuevamente a la Academia de Caballería, para realizar el curso de jefes, no me resultó demasiado difícil obtener el número uno, en las pruebas previas que se desarrollaron durante un semana; accedí también por entonces a la Universidad para cursar la carrera de Historia, y con los conocimientos adquiridos en ambos centros y mis estudios particulares en torno a los grandes historiadores y tratadistas militares, logré alcanzar el nivel que me ha permitido dar salida a mis aspiraciones más queridas: abordar, por una parte, la tarea de historiador militar, y ejercer, por otra, las actividades docentes en diversos centros de enseñanza superior. Jamás había llegado a imaginar, con anterioridad, que un radical cambio en la situación política pudiera influir tan profundamente en la vida de las personas. Hoy, desde la perspectiva que me ofrecen la distancia en el tiempo y mis estudios en el área de las ciencias humanas y sociales, he hallado una explicación lógica a este hecho.

También he conseguido explicarme, con el paso del tiempo, por qué, tras la desaparición del dictador Francisco Franco, un determinado, y no demasiado grande, grupo de militares mostró de inmediato su frontal oposición a la venida de la democracia (a la que en los cuarteles denominaban la «memocracia»), mientras la prensa denunciaba un creciente ruido de sables; al igual que los africanistas en 1936, esos militares, sencillamente, temían perder los privilegios obtenidos durante el régimen anterior. «Los salvapatrias en España –declaré hace algunos años en una entrevista de la revista Época– se han sublevado normalmente por motivos particulares y corporativos, y así lo hicieron en el 23-F.» Tras la muerte del Invicto Caudillo, el ejército gendarme por él organizado parecía mantenerse intacto, con los puestos clave de la cadena de mandos ocupados, obviamente, por fervorosos franquistas, los cuales se apresuraron a proclamar que las dificultades que se atravesaban (inflación, paro, conflictos sociales, terrorismo) eran la cosecha de la incipiente democracia. Las soflamas de los generales franquistas y sus acólitos, sin embargo, no encontraron demasiado eco en la gran masa ciudadana, ni, consecuentemente, entre los soldados; no lo hallaron siquiera entre la mayoría de los militares profesionales, de manera que el ejército gendarme heredado del franquismo terminaría, al cabo, revelándose como un gigante con pies de barro.

Alentados por las minoritarias facciones ultraderechistas, los más cerriles y contumaces defensores del anterior régimen prepararon y ejecutaron el esperpéntico golpe del 23 de febrero. Querían establecer en España una dictadura al estilo de la del general Pinochet (único gobernante que asistió a las exequias del Invicto), y alegaban, para justificar sus propósitos, que España caminaba irremediablemente hacia la ruina; pero es claro que los hechos no les han dado la razón (la renta per cápita española rondaba por entonces los cuatro mil dólares y en la actualidad andamos por los dieciocho mil. ¡Vaya unos profetas!).

La democracia nos ha abierto las puertas de Europa y permitido alcanzar un nivel de desarrollo muy cercano al de los países más avanzados; el espectacular grado de modernización y equipamiento de nuestras Fuerzas Armadas, que yo tuve ocasión de constatar durante mis últimos, y gratificantes, años de servicio en el Ejército, ha dejado en evidencia al deprimente y tercermundista ejército gendarme del general Franco, que millones de españoles conocieron mientras hacían la «mili». En definitiva, España ha logrado enlazar con la etapa de modernización y reformas emprendida por la Segunda República, y neutralizada temporalmente por la ominosa cuarentena franquista. Todo ello ha afectado muy negativamente a los otrora presuntos salvadores de la Patria..., con cuyas ideas sintoniza Alamán Castro, ejerciendo hoy, más o menos, como su portavoz. Sus «lecciones magistrales» de Historia nos dan la medida del nivel de preparación de los que aspiraban a erigirse como conductores de la comunidad nacional; sus clamorosas mentiras, sus miserables ataques personales, son el exponente fiel de la frustración, la impotencia y la envidia que sienten. Creo, señor Alamán, que su caso es bastante triste; procure llevarlo con mucha resignación cristiana. Y puede usted seguir ladrando, que yo seguiré cabalgando.

 

El Catoblepas
© 2005 nodulo.org