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El Catoblepas, número 152, octubre 2014
  El Catoblepasnúmero 152 • octubre 2014 • página 5
Voz judía también hay

Lanza misiles, y te reconstruirán

Gustavo D. Perednik

Dos libros reveladores sobre el aliento europeo a la guerra contra Israel.

Tuvia TenenbomBen Dror Yemini

Dos libros que en estos días tienen gran difusión en Israel abrirán muchos ojos una vez que sean traducidos a más lenguas. Se trata de Solo entre judíos (o bien Atrapa al judío, 2014) del director teatral Tuvia Tenenbom, y La industria de la mentira (2014) del periodista Ben Dror Yemini.

El primero, redactado en un estilo de atrapante humor, está estructurado en torno de reportajes a dirigentes palestinos árabes y a ultraizquierdistas israelíes, realizados por quien se presentaba como un periodista alemán. De las entrevistas, íntimas y espontáneas, se deduce amargamente que el método habitual de los entrevistados es la mentira descarada, conscientemente puesta al servicio de una meta nunca abandonada: la destrucción del Estado judío.

Tenenbom ya había tenido un gran éxito editorial con su libro anterior: Sólo entre alemanes (2012) en el que revela la enorme presencia de la judeofobia en la sociedad germana.

Por su parte, el libro de Yemini La industria de la mentira, que hasta ahora ha sido publicado solamente en hebreo, es más académico y exhaustivo en su abordaje. Revisa una por una las calumnias contra Israel sostenidas por millones de prejuiciosos obcecados: que Israel comete genocidios, apartheid, ataques deliberados contra civiles, opresión, etc.

Yemini rastrea las fuentes originarias de cada una de las quimeras para arribar a la fuente primigenia del odio. En sus conclusiones coincide con Tenenbom: Europa está detrás de la mayor parte de la obsesión antiisraelí. Son europeos quienes financian las películas antiisraelíes que se producen en Israel; son europeos quienes subvencionan las actividades antiisraelíes en el país, y son europeos los que incitan al extremismo irredentista de los árabes.

Como hemos venido sosteniendo desde nuestro primer artículo en esta columna hace ya doce años, Europa es la dinamo del terror verbal contra los judíos. Y a Alemania le cabe el dudoso honor de encabezar la maquinaria deslegitimadora.

Del cine palestino, no sorprende que se dedique casi exclusivamente a denigrar a Israel, ya que esencialmente la identidad palestina en su conjunto se circunscribe a la negación del Estado hebreo. Así, la fecha de la Nakba o «tragedia palestina» no fue fijada por Arafat en conmemoración de una matanza o destrucción, sino en base de cuándo fue declarada la independencia de Israel. Toda «la causa palestina» se reduce a revertir esa independencia, por lo que siempre cabe definirla mejor como «causa anti-israelí». No se afirman: niegan al otro.

Del cine israelí, de éste sí sorprende que genere tantas películas israelíes que adolecen de una carga similar de anti-israelismo. Sorprende, digo, sobre todo a los más ingenuos de entre quienes se asoman a revisar el Oriente Medio. Así ocurre a muchos bienintencionados que organizan festivales de cine judío (o israelí) a fin de dar a conocer nuestros últimos logros culturales, y a veces terminan notando que, impensadamente, han incorporado a sus programas caballos troyanos de antisionismo –el fenómeno que precisamente venían a compensar.

La lectura de los mentados volúmenes de Tenenbom y Yemini aclara inequívocamente la fuente del anti-israelismo israelí: las decenas de instituciones europeas (especialmente alemanas) que subsidian el antisionismo por doquier, y que no se atreverían a producir películas que calumnien a Israel para no despertar sospechas de judeofobia. En lugar de asumir ese protagonismo, han descubierto un eficaz método: financiar a israelíes para que hagan por ellos el trabajo de mentir para justificar su odio antijudío.

La Unión Europea subvenciona las centenares de organizaciones antiisraelíes que actúan en Israel con el pretexto de «promover la democracia» o «defender los derechos humanos», y cuyos miembros son con frecuencia judeófobos consumados. Así se desprende de las entrevistas de Tenenbom (todas grabadas). Por ejemplo uno de los líderes de la organización Betzelem (que supuestamente denuncia «los atropellos israelíes») muestra ser un negacionista del Holocausto.

El diario Ha’aretz, principal portavoz de la demonización de Israel desde Israel, es propiedad parcial de la familia alemana DuMont, otrora destacada por sus servicios al Tercer Reich. El actual jefe del grupo empresarial DuMont Schauberg, Alfred DuMont, es hijo del nazi condecorado Kurt Neven.

Quienes se dejan seducir por el loable discurso projudío del gobierno alemán, saltean que en la práctica Alemania continúa apoyando la demonización de Israel, y que ésta es la forma más patente de la judeofobia contemporánea.

Sabine Wôlfle, política del Partido Social Demócrata alemán, publicó en la red social un vídeo judeofóbico sobre la familia Rothschild. Adrian Kaba, representante de los Demócratas Socialistas en el consejo de la ciudad sueca de Malmo, declaró en Facebook que la agresión del Estado Islámico es obra «del sionismo». Jan-Ulrich Weiss, electo a la cámara estatal de Brandenburgo por el partido Alternativa para Alemania, usa su página de Facebook para viñetas judeofóbicas. Los ejemplos abundan.

Millones de euros para perpetuar la guerra

Así se entiende que la Unión Europea, después del reciente discurso del presidente de la Autoridad Palestina en la ONU (26-9-14) redoblara sus críticas contra el país judío, y reafirmara su costosísimo apoyo a los palestinos. Ello a pesar de que la perorata de Mahmud Abbás no se refirió a ningún logro (o aspiración) de los palestinos en ciencias o tecnología; y ni siquiera esbozó una visión de paz que pudiera alentar a su pueblo hacia la confraternidad. Se circunscribió a despotricar contra el genocidio y el apartheid y toda la batería de miserables mentiras con las que el mundo ha enloquecido.

La Unión Europea no condiciona a la moderación palestina su transferencia mensual de diez millones de euros a la Autoridad Palestina y ésta, desde los Acuerdos de Oslo, ha recibido cinco mil millones de euros. Es decir, más o menos mil euros por palestino, o sea cinco veces más de lo que recibió cada europeo durante el Plan Marshall de reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial. Ningún grupo en el planeta recibe tanta ayuda como los palestinos; ninguno la despilfarra más que ellos en armamentos y adoctrinamiento en el odio.

En la reciente conferencia en El Cairo (12-10-14) los réditos de los cabecillas palestinos no fueron sólo políticos sino notablemente económicos. Solicitaron unos 4 mil millones de euros para reconstruir Gaza, y recibieron compromisos por unos 5 mil millones. En ningún lugar de la Tierra se ayuda con tanto entusiasmo, y de este modo el dinero del mundo se vuelca eminentemente en la agresión contra Israel.

Es de por sí cuestionable que haya que reconstruir al agresor. Después de la Segunda Guerra Mundial la aportación internacional facilitó la reconstrucción de Alemania y Japón, pero sólo después de que estos dos países hubieran renunciado explícitamente a la agresión, y se hubieran comprometido a no reiterarla.

En el caso de los palestinos, por el contrario, Abbás no sólo no renuncia a seguir atacándonos, sino que ni siquiera reconoce que hubiera misiles palestinos lanzados desde Gaza. Por lo tanto, los volverá a haber. Y ahora, envalentonado por la automática ayuda reconstructora que le prodiga Europa, exige que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas fije el año 2016 como «fin de la ocupación». Nótese bien: el líder palestino no pide «fin al conflicto» sino una retirada unilateral de Israel, mientras sus socios del Hamás proclaman abiertamente que cualquier retirada israelí «les hará más fácil proceder a la destrucción de Israel». La próxima agresión contra nosotros, una vez más, será financiada por el mundo, especialmente Europa, especialmente Alemania. «Reconstruir Gaza» sin que Gaza renuncie a la violencia significa en la práctica reconstruir la violencia. No casualmente el país que más habrá de aportar es Qatar, que abiertamente apoya al Hamás, que es parte integrante del gobierno palestino y que en su plataforma exhorta a matar judíos por doquier.

En Gaza hay más de cien agrupaciones «de Derechos Humanos» activas, y más del doble de esa cifra actúa en Cisjordania (Judea y Samaria). La abrumadora mayoría de ellas está dedicada a socavar por todos los medios la legitimidad de Israel. Y son financiadas y alentadas desde Europa.

El Viejo Mundo es el principal patrocinador del odio, pero no el único. En el mentado Congreso de El Cairo llamó la atención que incluso el gobierno argentino, cada vez más cautivo de un sórdido anti-israelismo chavista, comprometiera su apoyo económico a la «reconstrucción». Extrañamente los argentinos no protestan por el hecho de que la generosa colaboración no se canaliza en una vida digna para, por ejemplo, los mapuches que viven miserablemente en suelo argentino. Pareciera que ayudar a sus propias sociedades es menos prioritario que socavar a Israel.

En su breve epílogo, Tenenbom se vuelve sombrío y pesimista. Es testigo de cómo los judíos han reconstruido su país con ingentes esfuerzos, y cómo han erigido allí una democracia vibrante, una sociedad de bienestar y de progreso, de derechos humanos y dignidad de la mujer. Y al mismo tiempo siente que Israel no podrá sobrevivir, porque el océano de odio que debe absorber es literalmente intolerable.

Quienes somos mucho más optimistas sobre el futuro de Israel, sabemos que la barbarie no habrá de imponerse. Pero no dejamos de preguntarnos, una y otra vez, hasta cuándo los europeos se empeñarán en financiarla.

 

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