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El Catoblepas, número 153, noviembre 2014
  El Catoblepasnúmero 153 • noviembre 2014 • página 5
Voz judía también hay

La lucha anti-imperial judía

Gustavo D. Perednik

Editorial Sudamericana acaba de publicar la novela histórica Sabra, cuyos coautores son Marcos Aguinis y Gustavo Perednik. La presentación del libro se realizó el 4 de noviembre en Buenos Aires, en el paraninfo de la Universidad de Belgrano.

La lucha anti-imperial judía

La lucha anti-imperial judía

En cierta medida el calendario judaico refleja una historia de resistencia contra diversos imperios que sometieron a los hebreos. Así, la Pascua o Pésaj conmemora la liberación de la esclavitud de Egipto hace más de tres milenios. Esta epopeya forjó a un pueblo que se ufana de sus comienzos de esclavo, y cuyo origen se confunde con su rebelión contra un imperio opresor, el faraónico.

La Festividad de las Luminarias o Jánuca (que en general, y no casualmente, coincide con la navidad cristiana) celebra por su parte la victoria de los macabeos contra el imperio helénico hace dos mil trescientos años, que restableció la independencia hebrea en Israel por un siglo.

Un tercer hito es la semifiesta de Lag Ba’Omer que señala la rebelión contra el imperio romano; un cuarto ejemplo es el ayuno del 9 del mes de Av que marca la destrucción de Jerusalén, y así varias efemérides.

La pequeña Judea tuvo en la antigüedad el mérito de ser el único estado que se sublevó tanto contra los griegos como contra sus sucesores latinos. El ánimo rebelde era estimulado por una de las ideas más tergiversadas: la noción de pueblo elegido, que ha sido errónea o maliciosamente vinculado a la soberbia o al elitismo, cuando en realidad fue precisamente el concepto que generó la típica tolerancia judía para con las demás culturas, una amplitud no-misionera que no está presente en muchas otras religiones.

La convicción de que la misión del pueblo judío es preservar la Biblia hebrea y sus valores obró, además, como una barrera contra los imperialismos que sometían a una misma norma todos los pueblos. Así, amén de los susodichos imperios los judíos debieron enfrentar, en la antigüedad al asirio y el babilónico, y en la época moderna, entre otros al ruso, el alemán, el panárabe y el islamista.

En lo que se refiere más concretamente a la Tierra de Israel, la comunidad judía tomó la delantera en rebelarse contra los dos imperios que la gobernaron durante el último medio milenio: el otomano y el británico. El primero de ellos es objeto de este artículo debido al cumplimiento del centenario, en estos días, de la guerra de la Entente contra Turquía.

En efecto, el 5 de noviembre de 1914 Gran Bretaña y Francia declararon la guerra al sultanato, y con ello iniciaron el final de cuatro siglos de dominio otomano sobre Palestina, comenzado en 1516.

Durante los dos milenios precedentes, comunidades judías habían habitado en el Asia Menor, y su relativo bienestar se diluyó sólo bajo el dominio bizantino. A partir de que éste se desmoronara, la mayor parte de la historia otomana ofreció a miles de judíos perseguidos un refugio en Turquía. Y el año 1516 marca el promisorio momento en el que también Eretz Israel pasó a la potestad otomana. El sultán Suleimán el Magnífico conquistó Palestina de los mamelucos, una nación de esclavos oriundos de la Turquía asiática que habían sido puestos al servicio militar de diversos califas, y que hacia 1250 construyeron independientemente un extenso sultanato.

Cuando Suleimán tomó Jerusalén, el deterioro de la ciudad era tal que ni siquiera se registró la fecha de la captura. El conquistador y una de sus esposas, Roxelana, iniciaron una renovación edilicia que incluyó la reconstrucción de las ruinosas murallas -que hasta hoy en día rodean la Ciudad Vieja- y, en 1536, el diseño del gran depósito de agua («Brejat Ha’Sultán»), que en la actualidad es un teatro abierto y centro cultural.

La actitud positiva de Suleimán hacia los judíos (que heredaba de su familia) alentó a éstos a inmigrar. Miles llegaron aún desde Portugal, y Jerusalén fue nuevamente convirtiéndose en su centro cultural. El pináculo de la judería otomana fue el gobierno de Suleimán, cuyo médico y consejero Moisés Hamon, nacido en España, lo acompañó en viajes y campañas, y representó a los judíos ante el sultanato. Verbigracia, Hamon logró en 1553 que se prohibiera la difusión del libelo de sangre.

Dos años después, otro notable judío, Don Josef Nasí, logró que Suleimán intercediera ante el Papa Paulo IV para que no quemaran en la hoguera a los criptojudíos portugueses de Ancona (en este caso, la solicitud cayó en saco roto y las víctimas no escaparon de su trágico destino).

Un lustro más tarde, el sultán dio a Gracia Mendes «la ciudad de Tiberíades y sus alrededores», una zona que Don Josef Nasí quería transformar en un hogar nacional hebreo en la Tierra de Israel -más de tres siglos antes del sionismo político.

Los siglos subsiguientes fueron de deterioro y rezago en Palestina, y su comunidad judía sufrió el peso de impuestos excesivos y aún masacres como la de Safed de 1660. El atraso general incentivó a los judíos a apoyar la rebelión contra el imperio otomano liderada por Mohamed Alí (1830), finalmente derrotado.

El anhelo independentista judío pervivió, y se desarrolló durante los últimos tres cuartos de siglo otomano. Moisés Montefiore ayudó a establecer hospitales y nuevos vecindarios. En 1845, casi la mitad de los 15.000 habitantes de Jerusalén eran judíos, y en 1865 devinieron, por primera vez en dieciocho siglos, en la mayoría de la ciudad, que paulatinamente fue testigo de la construcción de caminos, tiendas y bancos. Los judíos gozaron de autonomía debido a que la legislación otomana era personal y no territorial, de modo que quienes tenían otra ciudadanía eran amparados por las leyes de su país de origen. Hacia 1914 los judíos de Palestina llegaban a 60.000, alrededor de un diez por ciento de la población general.

En la Gran Guerra

Una vez que Turquía hubo entrado en la guerra hace cien años, un grupo de israelitas prefería la estrategia de aliarse con los otomanos, y ello por dos motivos. El primero: las esperanzas que despertó la nueva Estambul forjada por los Jóvenes Turcos, que podrían llegar a modernizar Eretz Israel y aun ver con buenos ojos las aspiraciones hebreas. El segundo: el pavor que sentían ante la posibilidad de que, en caso de enfrentamiento, los turcos decidieran exterminar a la población judía palestina, con la misma mano dura con la que reprimieron otros conatos independentistas, notoriamente el genocidio armenio.

Sin embargo, el grupo que prevaleció entre los israelitas fue el probritánico, que supuso que el único modo de desembarazarse del vasallaje de Turquía era asegurar su derrota en la Gran Guerra. No previeron que, una vez victorioso, el imperio británico tampoco habría de ayudarlos a declarar su independencia y, aunque esta verdad sea constantemente ocultada, a la sazón los únicos que bregaban por una Palestina independiente eran los judíos de Sión.

Los que optaron por combatir al sultanato tenían claro que la nueva Turquía emergente estaba siendo forjada por el nacionalismo de los Jóvenes Turcos quienes, si bien acotaban el poder del sultán y renovaban el país, en su nacionalismo competían con el del imperio, y nunca habrían de permitir la independencia de las naciones súbditas, sino sólo su turquización. Por ello los judíos seguirían siendo considerados una comunidad subversiva.

Los Jóvenes Turcos preveían la victoria de Alemania en la guerra, y cifraron su futuro en la alianza con los alemanes. El 1º de agosto de 1914 el káiser declaró la guerra a Rusia, y al otro día firmó un pacto secreto con Turquía, la que al poco tiempo bombardeó los puertos rusos del Mar Negro. El 4 de noviembre, la Entente (que ya era Triple debido a la incorporación de Rusia) declaró la guerra al imperio otomano.

En Eretz Israel, los independentistas hebreos se percataron de que ya no hacía falta emprender una revolución y podían ahorrarse el consecuente fracaso. En lugar de ello había que asegurar la victoria de la Triple Entente. Con ese objetivo crearon una red de espionaje al servicio de Inglaterra, que hizo que los ingleses se volcaran más de lleno a la liberación de Palestina. El núcleo de la red, que dio en llamarse «Nili» (siglas de un versículo bíblico), se estableció en la aldea de Zijrón Yaakov liderado por la familia Aaronsohn y por el intrépido joven Absalom Feinberg.

Los precedentes de organizaciones militares clandestinas en Eretz Israel eran distintos. Uno era el grupo de autodefensa fundado en Yafo el 28 de septiembre de 1907, que había elegido como nombre el de un líder de la antigua rebelión antirromana, Simón Bar Guiora. El lema del Bar Guiora no fue tomado de la Biblia hebrea sino un verso de Yaacov Cohen: «En fuego y sangre Judea cayó; en sangre y fuego Judea se levantará». Fueron absorbidos por otro grupo creado dos años después que fue embrión del actual ejército israelí.

El Nili se distinguió en su horizonte internacional: la victoria británica. La consiguieron las fuerzas del general Edmund Allenby, quien el 11 de diciembre de 1917 ingresó en la Ciudad Vieja de Jerusalén por vía del antiguo portal de Yafo, y lo hizo a pie para no violentar el lugar. En su histórica proclama de ley marcial se dirigió «a los habitantes de la bendita Jerusalén, para que ninguno se alarme. Toda persona puede continuar con sus actividades legales sin miedo a ser molestada; todos los lugares santos serán protegidos». La historia se había acelerado y el rezago impuesto por los otomanos en la región quedaba clausurado.

 

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