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El Catoblepas, número 153, noviembre 2014
  El Catoblepasnúmero 153 • noviembre 2014 • página 10
Artículos

Concha Espina, escritora universal

José María García de Tuñón Aza

Concha Espina (Santander, 1869 - Madrid 1955).

Concha Espina

Señora de la verdad y una de las mejores escritoras españolas del pasado siglo, nació en Santander, en el mismo barrio de Sotileza, el 15 de abril de 1869, y allí pasó sus primeros quince años con sus hermanos –hacía el número siete de diez que eran–, y sus padres, Víctor Rodríguez Espina, natural de Oviedo, y Ascensión García Tagle, natural de Madrid, que la educaron con mucho esmero, aunque sin prepararla a luchar con la vida, sólo más bien para recoger sus frutos mejores. Era una niña seria y algo melancólica. Sus inclinaciones literarias se despertaron muy pronto; escribe versos a los 12 años, dedicados a la Virgen, firmando con el seudónimo de Ana Coe Snichp, y que aparecen publicados en el periódico santanderino El Atlántico. Sin embargo, el ambiente burgués en que vivía no era muy propicio para la literatura. En su familia no había antecedentes de escritores, ni tan siquiera en su casa había una biblioteca, salvo algunos libros con temas religiosos. La única persona que alentaba sus aptitudes literarias era su madre, mujer de un gran talento natural, pero que muere cuando más la necesitaba su hija que contaba sólo 22 años de edad. Fue un golpe muy grande para ella porque además, al año siguiente, su padre al que le fueron muy mal los negocios, traslada a toda la familia a la localidad asturiana de Ujo donde había encontrado un empleo en la empresa La Hullera Española.

La casa de Santander tuvieron que venderla. Sólo les quedaba la de Mazcuerras, en aquella provincia, donde un día conoció a Ramón de la Serna con quien se casa en esa parroquia el 12 de enero de 1893. Una vez felizmente casada, el nuevo matrimonio parten rumbo a Chile donde al parecer la familia de su esposo posee una gran fortuna que, según algunos, termina dilapidando su propio marido. Es cuando las relaciones del matrimonio comienzan a deteriorarse, pero en noviembre de 1894 nació su hijo Ramón, su primer vástago, y en enero de 1896 el segundo, Víctor. En Chile, dice la misma escritora, «no tune allí amigos ni confidentes de mis penas, mas solía mantener íntimos coloquios con cierta imagen de la Virgen, mi patrona, Y una noche, a la puerta del templo donde entré a rezar, me entregaron un periódico: era chiquito, humilde; publicaba poesías y artículos sociales: se titulaba El Porteño»{1}. Desde ese momento se interesó por esta publicación que la patrocinaba el gobernador eclesiástico de la diócesis, Ramón Ángel, un orador insigne que en sus homilías se refería con mucha frecuencia a la Santa de Ávila y a la Virgen del Pilar. Al sacerdote se dirigió un día para ofrecerle su colaboración en ese medio. «Soy…poeta», le dijo, al mismo tiempo que le hacía entrega de unas cuartillas con versos. El sacerdote pasó la vista por aquellos papeles y le comentó: «Los versos, hija mía, no se pagan en nuestro periódico. ¿Por qué no acude usted a las publicaciones diarias de Santiago, a las de aquí mismo?»{2}.. De todas las maneras, la autora de aquellos versos los dejó encima de la mesa del sacerdote, mientras veía que él los guardaba. Pasado un tiempo los vio publicados. «…el éxito de aquella primera salida por el campo crematístico de las musas –dice Concha Espina– me alentó a través de muchos periódicos del mundo. Desde entonces trabajando denodadamente, escribí en prosa, hice novelas, publiqué libros y gané el dinero suficiente para sostener mi hogar con modesto decoro»{3}.

En 1898 vuelven todos a España y la escritora visita a su padre en Ujo donde pasa con él una pequeña temporada. Retorna a Mazcuerras y en 1900 nace su hijo José que fallece muy pronto. Tres años más tarde trae al mundo una niña, Josefina, y en 1907, Luis, el último de sus hijos. Pero antes, en 1903, es la fecha de su estudio Mujeres del Quijote y en 1904 aparece su colección de poesías, con el título Mis flores, que prologa el hermano de Marcelino Menéndez Pelayo, Enrique, médico, aunque la literatura le atrajo más que la medicina:

…La vida es la musa de este libro. En la vida, más que en la lección de secos libros ni en las enseñanzas de rígidos maestros, ha aprendido su autora a pensar y a sentir. La gran escultura de almas ha ido labrando cariñosamente esta fina alma de mujer, usando para ello, según la sazón lo pedía, ya uno, ya otro instrumento de los que en su labor emplea: ora la pena punzadora que desbasta a golpes el bloque, ora la mansa ilusión que pule y redondea los duros ángulos que por acaso halló aquélla. . . .

Esta alma de poeta que vive en el libro no encuentra fácil la vida, y así, ahora, encuentra fácil la inspiración y la vena. Amó, sufrió, peregrinó, vivió; templóla el dolor, aprendió a rezar más que con los labios, aprendió a estimar las pequeñas alegrías, se hizo como quien sufre, amiga predilecta de la Virgen María, Madre de penas y de consuelos, y el sentimiento religioso es en ella, finalmente, caudal ganado por sí misma, en vez de ser, como en tantos frívolos, herencia baldía…{4}

A esa Madre de penas y de consuelos, de la que nos habla Enrique Menéndez Pelayo, le dedicaría Concha Espina este hermoso poema que titulo, precisamente, La Madre, y que da comienzo con estos versos::

Llamé a tu puerta, Señor;
me contestó un angelito;
No recibe el Padre Eterno;
se ha dormido...
¡Qué sueño tan largo;
qué sueño, Dios mío!...
Volví más tarde a llamar;
la Virgen abrió un postigo;
¿Buscas al Niño Jesús?
Ven conmigo.
Despierto en la cuna,
¡qué gorjas me hizo!
Ya sé cómo se vulnera
la celeste portería
si en ella se esconde
mi Santa María…{5}

Sus colaboraciones en la prensa sirvieron para que Marcelino Menéndez Pelayo, su excelente amigo, viera en ella una novelista. Fue entonces cuando escribe su primera novela, La niña de Luzmela que verá la luz en 1909, siendo calificada por algún crítico como una novela «rebosante de vida». Por otro lado, su hija Josefina en el libro que dedica a su madre firmando con el apellido De la Maza, que toma de su marido, dice que en las páginas de su obra se ha referido siempre «a la tierra de nuestros abuelos Luzmela. Pero nunca se llamó así hasta que mi madre la bautizó…Hace ya muchos años que se conoce a este hermoso lugar con el nombre cambiado oficialmente: Luzmela, en el Ayuntamiento de Mazcuerras, del cual tomaba la aldea el nombre»>{6}. Este año se traslada a Madrid con sus hijos y como único bagaje artístico su primera novela, y también llena de fe. En 1910 publica Despertar para morir que constituyó para el académico Bonilla San Martín «un verdadero deleite»., y para el periodista santanderino Delfín Fernández, «una de las novelas más admirables que ha producido la literatura española contemporánea». En 1911 aparece Agua de Nieve, una narración que para el crítico mejicano Alfonso Viñas su lenguaje «es una maravilla; una filigrana de dicción que parece bordada, mejor que escrita»..Para escribir en 1914 La esfinge maragata, vivió en el páramo de León austeramente y comió el oscuro pan de centeno en sus largas horas de sed espiritual. Esta novela, como otras muchas suyas, fue traducida a varios idiomas y fue galardonada con el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua. Isabel Paterson en el The New Herald, dice que la novela tiene «un encanto austero y una melancolía como la de los montes y el desierto». El Kômische Zeitung alemán escribe que con «La Esfinge maragata se ha situado Concha Espina a la cabeza de los escritores españoles vivos». En la misma novela publica el siguiente poema:. . .

Yo soy una mujer: nací poeta,
Y por blasón me dieron
La dulcísima carga dolorosa
De un corazón inmenso.
En este corazón, todo llanuras
Y bosques y desiertos,
Han nacido un amor, interminable,
Y un cantar gigantesco;
Pasión que se desborda de la tierra
Y que invade los cielos…
Ando la vida muerta de cansancio,
Inclinándome al peso
De este afán, al que busca mi esperanza
Un horizonte nuevo,
Un lugar apacible en que repose
Y se derrame luego
Con la palabra audaz y victoriosa
Dueña de mi secreto.
Yo necesito un mundo que no existe,
El mundo que yo sueño,
Donde la voz de mis canciones halle
Espacios y silencios;
Un mundo que me asile y me escuche;
¡Lo busco y no lo encuentro!...{7}

En 1916 ve la luz La Rosa de los vientos, «una linda novela, donde se enlazan magistralmente los alardes de energía varonil con las delicadezas femeninas», dice en el periódico La Vanguardia de Barcelona, José Escotet.. En 1917 escribe novela corta como Candelabro, Tierras de Aquilón, etc., y colabora en algunos medios. En 1918 estrena, con éxito unánime, cordial y justísimo, en el teatro Eslava de Madrid, El Jayón, drama en tres actos y primer trabajo escénico de Concha Espina, que le sirvió para que el escritor y crítico húngaro Max Nordau dijera que «tan sólo los grandes genios tienen obras semejantes». Fue traducida al italiano y después convertida en ópera por el maestro Francisco Mignone, que la estrenó en Río de Janeiro. En 1920 edita El metal de los muertos, no sin antes, para escribirla, haber estado «en Nerva –la terrible ciudad andaluza– muchas semanas, ya que en Riotinto no es fácil residir libremente sin estar a sueldo de aquella poderosa compañía de las minas. Yo sólo me propuse hacer una obra de justicia y arte»{8}. Según Gerardo diego «es la obra más trascendental y más rica de medios expresivos que haya escrito la autora»{9}. Publicó después, Dulce nombre, que, en opinión de la misma Concha Espina, es su mejor novela, y El cáliz rojo.

En 1923, mucho antes de que se hablara en España de los candidatos al premio Nobel de Literatura, nuestra escritora, desde los Estados Unidos, fue propuesta para el mismo. Este año se produce golpe de Primo de Rivera, sin que se conozca ningún comentario de Concha Espina sobre el particular, pero firma una carta dirigida al presidente del Directorio militar, pidiendo el indulto de un condenado a muerte, el anarquista Juan Acher, El poeta. A su firma se unieron las de Ramón y Cajal, Palacio Valdés, Benavente, etc., quienes consiguieron que El poeta fuera indultado de la última pena, aunque siguió encarcelado hasta la amnistía decretada por la República. En 1924 la Real Academia Española premia su obra Tierras de Aquilón, que contiene algunos cuentos de alto mérito literario..Santander la nombra hija predilecta y encarga un monumento a Victorio Macho cuya primera piedra es colocada por la reina Victoria. Sería inaugurado en 1927 por Alfonso XIII, que también le otorgó la Banda de la Orden de las Damas Nobles de María Luisa , aunque Concha Espina nunca fue monárquica, profesó al rey su agradecimiento. Tampoco se vanaglorió de tener un monumento en vida. Sabía muy bien que todo lo que se dedicó a ella, por suscripción popular, decía la buena fortuna de sus libros mejor que sus méritos.

Tiene ya 55 años y no para de escribir. Publica Cartas de amor y Arboladuras. Después la novela Altar Mayor, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y que la autora define como un canto a Covadonga: a la prócer Asturias, yunque de su raza, donde está la Casa de Santa María «solar de los Reyes de España y origen de todos los señoríos y mayorazgos españoles»{10}. A continuación Las niñas desaparecidas y La Virgen prudente. En 1929, acompañada de su hija Josefina, es invitada en Estados Unidos a dar una conferencia sobre su propia obra.. Visita también Cuba y se subleva en nombre de la hispanidad, contra el influjo yanqui sobre la tierra de alma española. En Puerto Rico arremete contra el empleo abusivo del inglés, en un país de civilización española. Fruto de este viaje fue su libro Singladuras.

El 14 de abril de 1931 se proclama en España la II República y Concha Espina se entusiasma con ella; pero no tardará en mostrarse reticente frente a los acontecimientos, que le cuesta admitir, y frente a la mayoría de aquellos políticos de los que se siente cada vez más alejada espiritual e intelectualmente. Seguirá escribiendo y viviendo sin cambiar en lo esencial su modo de pensar y su modo de actuar. Defiende dos ideales que parecen haber guiado su vida: la religión católica y la hispanidad. En 1933 publica una colección de poemas que tituló, Entre la noche y el mar. Algunos de ellos los escribió durante su viaje a América, Éste que publicamos está fechado en La Habana:

Perla del Caribe: Antilla.
San Cristóbal de la Habana,
que luce, como en Triana,
la peineta y la mantilla.
Marco azul, clara sombrilla,
presunción americana;
ardiente la sangre hispana,
los ceceos de Sevilla.
Corpiño rojo de sol
en el parque de Martí,
falda corta, negro rol
con plumas de colibrí,
zapato a lo ponleví,
y un abanico español.{11}

.Durante la II República sigue escribiendo, por ejemplo La flor de ayer, pero ya tenía perdida toda la fe en ella. En estos años, Gabriela Maurer, esposa de su hijo Luis, trae al mundo un niño que fue bautizado con el nombre de José Antonio, «ahijado de José Antonio»{12}. Cuando comienza la guerra, sus hijos Luis y Víctor se incorporan a las filas nacionales. Ella se encuentra en Mazcuerras donde, un mes después, recibe la noticia de la muerte del alcalde republicano de Cabezón de la Sal, Ramón de la Serna, su marido, de quien llevaba separada desde 1934. En agosto de 1937 las tropas nacionales entran en Mazcuerras con sus hijos Luis y Víctor a la cabeza. Terminada la guerra, su hijo Luis recupera, de la casa de su madre en Madrid, la imagen de la Virgen de la Inmaculada a la que la escritora tenía mucha devoción. La encontró en una carbonera con las manos cortadas. El disgusto que llevó la escritora fue grande, pero una llamada telefónica al general Millán Astray la dejó muy calmada, sobre todo cuando al día siguiente recibe esta carta del mutilado general:

Insigne y gloriosa Concha Espina:

Muchas gracias mi tan querida como admirada escritora, por haberte acordado de mí al encontrar a tu Virgen del siglo XVI. Mutilada de Guerra por Dios y por la Patria en la liberación de España. Bien has encaminado tus pasos, pues es a mí a quien cabe el honor de ser el encargado de velar por nuestros gloriosos Caballeros Mutilados de Guerra. Y ya son Caballeros Mutilados en esta guerra las tallas del Santísimo Cristo de la Parroquia del Sagrario de Málaga y el de la Parroquia de Maravillas de esta Capital. Y ahora uniremos a esas imágenes cercenadas por las hachas y los tiros de los rojos ateos, la Inmaculada del siglo XVI por la que tú sientes tanta ternura y veneración, y ante la que, en el nombre de todos los Mutilados, te suplico con todo mi cariño que nos representes y seas tú la que condecores con ese Distintivo que la ofrendamos, y la des el culto y los honores que le corresponden a esa imagen, en su nueva y gloriosa categoría de «Mutilada de Guerra por la Patria».

Con el cariño y admiración que todos los españoles sentimos por nuestra Concha Espina, te besa las manos, tuyo.

Millán Astray{13}

Sigue fiel a sus ideas dedicándole un poema a José Antonio Primo de Rivera, padrino de un nieto suyo, «ídolo de la saludable juventud de España, copia ingente de valentía, patriotismo y desinterés, condenado sin culpa ni causa, por un simulacro de tribunal, lo más vil de esa plebe que por vicio y calumnia suele llamarse pueblo».{14}. El poema lo tituló, Como un mártir primitivo:

Cayó en la arena inflamado
como un mártir primitivo,
de azul camisa bordada
y es un muerto siempre vivo
con la mano levantada.
Gallardete de señales
abierta la extendió al viento
de los sueños imperiales
que de una flor daba ciento
en la mies de los rosales.
Semilla de precursores,
en José Antonio madura
la estirpe de los mejores,
dardo prendido en la altura,
ramo de yugo y flores.
Así el héroe su cosecha
en España centuplica;
su pregón es una endecha
y una campana repica
al vuelo de cada flecha.{15}

Los títulos se suceden, recordando y novelando su experiencia de casi prisionera en la retaguardia enemiga. Su fidelidad al documento vivo casi le asusta, negándose a reeditar Esclavitud y libertad, publicada en Valladolid en 1938. Después vendría, Luna roja,.donde hace una referencia a la voladura de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo durante los sucesos revolucionarios de octubre de 1934: «Es una joya –escribe por boca de uno de sus personajes– de insuperable mérito en toda la Cristiandad; por su arquitectura, por sus alhajas, por sus tradiciones. El más famoso relicario que guardado estuvo durante un siglo oculto a la herejía en las nieves perpetuas del Monsacro. Y ahora lo destruye el fuego en las mismas entrañas de la Catedral. ¡Señor, Señor!»{16}. Escribe Princesas de martirio, que relata atres enfermeras predestinadas por aquel tormento de su pasión y muerte, insignes en el álgido suplicio de la dictadura roja en España, y a las que se refiere, en su crítica, Fernández Almagro diciendo «que las tres mártires cayeron por su Patria y por su Dios»{17}. Por esta novela gana la medalla oro de Cruz Roja. Publicaría después De la guerra, donde Concha Espina escribe que gracias a un mecenas valenciano se grabó en Alemania «el disco que había de resonar en Burgos por primera vez con el Cara al sol»{18}. Otras novelas vendrían a continuación: Castilla de Toledo, El deserto rubio, Las alas invencibles, etc. La guerra no ha terminado y la ceguera que hace tiempo venía perturbando sus ojos, aumenta en la escritora. En.1940 llegará para ella la obscuridad total. En 1942 todavía puede escribir Moneda blanca y La tiniebla encendida. Aun con su ceguera tiene fuerzas y ánimo para seguir escribiendo. Aparece La segunda mies, Victoria en América, El más fuerte, Un Valle en el Mar, que es esta última, a juicio de Gerardo Diego, su obra maestra: «Una novela de ancho aliento poético»{19}. En 1948 el pueblo de Mazcuerras adoptó oficialmente el nombre de Luzmela, celebrándose ese día la ceremonia de imposición de la banda de Alfonso X el Sabio. En 1950 recibe la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Este mismo año publica De Antonio Machado a su grande y secreto amor, que a modo de envío, termina con estas palabras:

A ti, nuestro Antonio Machado genial; caudaloso y pobre, hermano mayor de la más ilustre poesía hispana, pródigo en dádivas y en absoluciones. A ti, amante exquisito, ejemplo de de selecta humanidad, soñador maravilloso, estas páginas ambiciosas y tímidas a la vez, que el destino me exige y que tú me perdonas porque las he llenado de ti mismo, para que tus amores y tu fe no eclipse su vasta magnitud en las negativas tinieblas del porvenir.

Sí; tú perdonas mi vehemente osadía en nombre del querer y del cantar que para siempre nos has querido abrir en «la roca viva de tu corazón»{20}.

Poco antes de morir, le preguntaron: «¿Cuál es a su juicio, el sentido de la vida?». A lo que ella contestó: «Cumplir la voluntad de Dios, con humildad y paciencia, puesto que tenemos fe en su otra vida interminable»{21}. Y la voluntad de Dios se cumplió el 19 de mayo de 1955 cuado fallece en Madrid esta mujer cuya prosa evocó la más pura tradición española y que quiso que la amortajaran con un sencillo hábito de la Virgen de los Dolores y entre sus manos un crucifijo...:

Su hija Josefina, después de la muerte de su madre, publicó los últimos versos que ella dejó escritos:

Madre del sacro dolor divino,
para doncella de intacto velo,
que has extendido tu augusta mano
sobre las nieblas de mi destino.
Dame tus ojos para mirarme
en el espejo de su quebranto,
y tu clemencia para abrigarme
en tus orillas, bajo tu manto.
Dame tus lutos, regia pavura,
que te convierte, con sus rigores,
en una Reina de tu hermosura,
en una Virgen de los Dolores.
Con tu mantilla, con tu ropaje,
haré un vestido noble y severo
para ese largo, triste viaje,
que ya se alumbra por mi sendero.
Y antes que suban al campanario
las posas fúnebres de mi agonía,
baja hasta el polvo de mi calvario
para salvarme tú, Madre mía.{22}

A continuación, Josefina escribe: «Ya está aquí, acabada, la vida de mi madre, Ya, ésta es la hora de Dios, llena de sol interminable para ella. Hora envidiable, fin de una vida ejemplar, hora que todos desearíamos merecer. Ahora sus hijos obedecemos a sus consignas espirituales: ella es como una especia de conciencia nuestra. De cierto que esto sucede a muchos buenos hijos de buenas madres. La nuestra, además, era Concha Espina. Y ella con su voz joven, llena de matices, insinuante voz y a la vez sencilla, firme, en cada alba no dice y en cada noche también, que siempre, sin disculpa alguna, sin claudicaciones, debemos, tenemos que Velar la vida… Para que así quede, a ejemplo de la suya, viva en la muerte»{23}..

Hoy, los restos de la que fue genial autora, reposan en el cementerio de la Almudena de Madrid.

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

Notas

{1} ESPINA, CONCHA: De su vida, de su obra literaria al través de la crítica universal..Renacimiento. Madrid, 1928, pág. 10.

{2} Ibid., pág. 11.

{3} Ibid., pág. 12.

{4} Ibid., pág. 28.

{5} ESPINA, CONCHA: Obras Completas. 3º edición. Tomo II. Ediciones Fax. Logroño, 1972. pág. 1014. . :

{6} DE LA MAZA, JOSEFINA; Vida de mi madre Concha Espina. Editorial Magisterio Español, Madrid, 1969, pág. 64.

{7} ESPINA, CONCHA: La esfinge maragata.. . Editorial Castalia. Madrid 1989, pág. 201.

{8} ESPINA, CONCHA: De su vida…Op. cit., pág. 16.

{9} DIEGO, GERARDO: Concha Espina. La Moderna. Santander, 1962, pág. XXXIV.

{10} ESPINA, CONCHA: Altar Mayor. Renacimiento. Madrid, 1926, pág. 9.

{11} ESPINA, CONCHA: Entre la noche y el mar. Editorial Hernando. Madrid, 1933, pág. 105.

{12} DE LA MAZA, JOSEFINA; Op. cit., pág. 132.

{13} DE LA MAZA, JOSEFINA: Op. cit., pás. 138-139.

{14} ESPINA, CONCHA: Retaguardia. Nueva España. Córdoba, 1937, pág. 50.

{15} DE AGUINAGA, ENRIQUE. GONZÁLEZ NAVARRO, EMILIO: Sobre José Antonio. Barbarroja. Madrid, 1997, pág. 85.

{16} ESPINA, CONCHA: Obras… Op. cit., pág. 577.

{17} Diario ABC, Madrid, 26-XI-1941, pág. 6.

{18} ESPINA, CONCHA: Obras…Op. cit., pág. 803.

{19} Diario ABC, Madrid, 20-V-1955, pág. 36.

{20} ESPINA, CONCHA: Obras… Op. cit., , pág. 941.

{21} Diario ABC, Madrid, 4-XII-1953, pág. 27.

{22} DE LA MAZA, JOSEFINA: Vida de mi madre, concha Espina. Editorial Magisterio Español. Madrid, 1969, págs. 203-204.

{23} Ibid., pág. 204.

 

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