Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 159, mayo 2015
  El Catoblepasnúmero 159 • mayo 2015 • página 11
Libros

Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas

Alberto Fernández-Diego Rodríguez

Comentario al libro de Manuel Fernández Álvarez Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas. Ed. Austral. 2000

Juana la Loca. La cautiva de TordesillasPocos monarcas hay tan conocidos por su apodo como la reina Juana de España, Juana la Loca. Suele hablarse de Carlos II sin añadir casi nunca el Hechizado; tampoco suele añadirse el Cazador tras mencionar a Carlos IV y menos aún el Político al hablar de Carlos III. ¿Tiene sentido el cruel apelativo? ¿Era Juana una demente o se trataba sólo de un rechazo total hacia los asuntos de gobierno? El historiador Manuel Fernández Álvarez nos ofrece en esta obra un recorrido magnífico por la biografía de la reina Juana, siguiendo además la línea del tiempo: tras una contextualización histórica sobre la Europa de su época, el autor nos ofrece una descripción de la corte itinerante de los Reyes Católicos en la que pasó sus primeros años la inteligente y despierta infanta Juana, para después centrarse en su persona e incluso ofrecer al final un apéndice documental muy interesante con correspondencia perteneciente al corpus documental de Carlos V, procedente de la Real Academia de la Historia y del Archivo General de Simancas.

Jamás se podrá tener del todo claro cuál era la causa que incapacitó a Juana para el gobierno. Cualquier lector curioso sabrá que hay unanimidad en que fue declarada incapacitada para reinar, si bien jamás encontrará uniformidad en los diferentes autores acerca de las causas de tal incapacidad en cuestión.

El autor hace hincapié en dos aspectos que pudieron influir en doña Juana. Por un lado, el paralelismo con su abuela materna, Isabel de Portugal, pues sus biografías compartieron trazos muy relevantes. Dicha reina de Castilla, con la que Juana habría tenido contacto a través de las reiteradas visitas que Isabel la Católica realizaba a Arévalo, enviudó muy joven, su vida se alargó tras su pérdida y además vivió su enajenación mental{1} en un lugar apartado. Tiene razón Fernández Álvarez cuando señala la honda impresión que los desvaríos de su abuela pudieron causar en la joven Juana. El segundo aspecto, muy poco conocido, fueron los celos de Isabel la Católica hacia Fernando, recogidos por cronistas de la época y de los que la propia Juana acabaría siendo víctima en el futuro{2}.

Ahora bien, el autor parece apostar más por la predisposición genética{3} que sufría Juana, azotada por las vivencias a las que estuvo sometida (el ser desplazada lejos de su familia a una Corte extraña por razones de Estado; una Corte con un clima infame comparado con el de Castilla). En efecto, es de sobra conocida la gran habilidad y acierto de la política exterior de los Reyes Católicos, así como su gran meta: aislar a Francia. Fue la fría razón de Estado la que condujo a una jovencísima infanta Juana a llegar a Flandes, una corte a la que nunca llegó a acostumbrarse{4}.

Fernández Álvarez añade, por si eso fuera poco, ciertas noticias que acaso habrían podido promover una repulsión total hacia los asuntos políticos, como la intención de su marido de dejarla encerrada en un castillo o la de su padre de incapacitarla por falta de seso{5}. Además, la muerte de Felipe la dejó devastada, de acuerdo con las crónicas de la época, algo que para Fernández Álvarez fue clave, dado que con tamaña pérdida, Juana entra ya definitivamente en un estado depresivo agudo, al que sin duda era propicia por su naturaleza{6}.

Otro factor muy poco tenido en cuenta normalmente es el de la nueva reina que acabó llegando al panorama político de España: Germana de Foix, a la que la propia Juana parecía atribuir peso de su penoso encierro{7}. Cuestión que no sería demasiado descabellada para Fernández Álvarez, ya que sostiene –y con razón-, que a ella más que a nadie favorecía tal situación (era la única reina en la Corte; incluso en la de Castilla{8}).

De acuerdo con el desarrollo de los hechos, pueden distinguirse dos periodos distintos en el encierro de Juana: por un lado, el ordenado por su padre, Fernando el Católico y, por otro, el ordenado por su hijo Carlos I. Ambos periodos separados por un lapso de apenas un año. Examinemos esto con más detalle.

Tras la muerte de Felipe y del archiconocido y siniestro espectáculo de la ruta del cuerpo insepulto por Castilla, Juana empeora. Debido a esto y al riesgo de que tuviera lugar un secuestro por parte del partido filipino, Fernando el Católico toma la determinación de ordenar que Juana permanezca en un lugar seguro, siendo Tordesillas el lugar designado para ello{9}. Durante este encierro, es el aragonés Mosén Ferrer quien es designado como jefe de la Casa de doña Juana (hombre que es más bien tomado por los habitantes de Tordesillas como su carcelero{10}). Tras él, quedaba otro encierro más largo aún, a saber, el ordenado por Carlos I, que abarcó desde el año 1520 hasta el año 1555. En esa ocasión, el carcelero fue el marqués de Denia, el cual, ayudado por su familia y el séquito a sus órdenes, se aprovechó míseramente de su ventajosa situación{11}.

Entre ambos, doña Juana tuvo un pequeño paréntesis de libertad y fue debido a la revuelta de las Comunidades de Castilla. Tras lo que parecía un encuentro con Padilla favorable a los sublevados, Juana pudo, durante aproximadamente dos meses, descansar del yugo del marqués de Denia. Si embargo, su papel para la victoria de los sublevados era decisivo, y la negativa a firmar documento alguno{12} resultó fatal para su fuerza, quedando faltos de legitimación. La caída de Bravo, Padilla y Maldonado trajo el regreso del tormento del marqués de Denia.

Otro dato que seguramente sorprenderá a los lectores que no conozcan más que las referencias ofrecidas por educación secundaria española, es que la reina Juana no era muy religiosa. Era poco devota… hasta el punto de escandalizar a cuantos tenían la oportunidad de contemplar su conducta. Como era de esperar para una época dominada por la mentalidad mágica, no faltaron quienes barajaron la posibilidad de que doña Juana estuviera embrujada. La mentalidad mágica es definida por Fernández Álvarez como la explicación de lo desconocido por la acción de fuerzas sobrenaturales y a esperar de ellas la solución de los problemas que aquellos enigmas suscitan{13}).

La línea divisoria entre la religión y la superstición (basada en que la primera tiene que ver con las oraciones y la penitencia, mientras que la segunda con los conjuros y los pactos) es muy pertinente para comprender la política adoptada para con doña Juana, pues lo mágico estaba permitido por Dios, como todo lo emanado de la fuerza del maligno{14}. Por suerte, el jesuíta que la asistió para cerciorarse de si tal cosa sucedía, llamado Francisco de Borja, concluyó tras tratar con ella que sus males se debían a un trato poco adecuado, y no a algo relacionado con la brujería. Y con su comprensión hacia la enferma y con sus dotes de persuasión y su dulzura logró adelantos espectaculares en el comportamiento de doña Juana{15}.

Para terminar de oscurecer más todavía cualquier juicio concluyente acerca de los malos tratos que doña Juana pudo haber recibido, Fernández Álvarez detalla el presupuesto anual que se asignaba a la Corte de Juana durante el reinado de Carlos I. Y tiene razón cuando señala que no era escaso (nada menos que un 1,7% del presupuesto anual{16} iba destinado a la pequeña Corte de Tordesillas). Dato que no parece casar muy bien con supuestas malas actitudes de su hijo Carlos I hacia ella. En efecto, se trataba de la cantidad de 38000 ducados anuales en el año 1544 (cuando la Casa del –por aquel entonces- príncipe Felipe era de 32000). Realidad que se hizo notar de forma muy favorable en Tordesillas, que prosperó durante esa época. Y es que los miembros de la pequeña Corte eran tan numerosos que constituían la cuarta parte de la población total de la localidad.

Nunca sabremos con seguridad qué era lo que verdaderamente le sucedía a la reina Juana. A falta de seguridad y teniendo en cuenta que los apelativos se derivan de hechos o rasgos característicos de cada biografía en cuestión, la reina Juana bien podría haber recibido el sobrenombre de la Prisionera o la Cautiva en vez de la Loca. Tiene razón Fernández Álvarez cuando remarca la cantidad salvaje de tiempo que la pobre mujer estuvo presa, ya que treinta y cinco años más, cuando ya se habían sufrido once, suponen otros doce mil setecientos setenta y cinco días{17}.

Notas

{1} Fernández Álvarez, M. Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas. Ed. Austral. Pozuelo de Alarcón. Pág. 57.

{2} Ibíd. Pág. 60.

{3} Ibíd. Pág. 143.

{4} Ibíd. Pág. 101.

{5} Ibíd. Pág. 144.

{6} Ibíd. Pág. 146.

{7} Ibíd. Pág. 215.

{8} Ibíd. Pág. 218.

{9} Ibíd. Pág. 157.

{10} Ibíd. Pág. 168.

{11} Ibíd. Pág. 235.

{12} Ibíd. Pág. 220.

{13} Ibíd. Pág. 29.

{14} Ibíd. Pág. 29.

{15} Ibíd. Pág. 257.

{16} Ibíd. Pág. 251-252.

{17} Ibíd. Pág. 225.

 

El Catoblepas
© 2015 nodulo.org