El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org

logo EC

El Catoblepas · número 192 · verano 2020 · página 4
Filosofía del Quijote

Las enfermedades infecciosas y epidemias en el tiempo del Quijote, II

José Antonio López Calle

Las enfermedades infecciosas crónicas en el tiempo del Quijote

quijote

Las enfermedades infecciosas que vamos a abordar a continuación, la lepra y la malaria, son de las de mayor presencia en la obra cervantina y, en cierto sentido, las más presentes, pues son las que desempeñan una función de mayor relevancia, en la medida en que, a diferencia de la peste y la viruela, según vimos en el análisis realizado en la primera parte, se integran en la trama literaria y afectan a personajes importantes.

Además de compartir su carácter crónico, ambas infecciones eran incurables y mortíferas en el tiempo de Cervantes. De hecho, no ha habido un tratamiento eficaz para combatirlas hasta fechas recientes. Sin embargo, en aquel entonces, como ahora, la lepra era una amenaza mucho menor: mientras ésta mataba lentamente y a poca gente, la malaria mataba más deprisa y a mucha más gente. Asimismo, la capacidad infecciosa de la lepra era, y es, incomparablemente mucho menor que la malaria. Además, en el tiempo del Quijote la lepra estaba en España y en toda Europa en franca retirada, por causas que más adelante se expondrán, mientras que la malaria estaba muy extendida en esos mismos lugares, en realidad en todo el Viejo Mundo y, tras el descubrimiento de América y su poblamiento por los españoles, se expandía vertiginosamente por el Nuevo Mundo.

Un hecho curioso, con el que cerramos esta introducción, es que los casos presentados por Cervantes tanto de lepra como de malaria no suceden en España, sino fuera de ella, en países lejanos: la lepra aparece como una enfermedad que afecta a un personaje histórico, un fraile dominico español, en México y la malaria, a un personaje nórdico, esta vez ficticio, que se infecta en un viaje por Italia.

1.La lepra

Si la peste y la viruela son enfermedades infectocontagiosas agudas prototípicas, la lepra es el prototipo de las de carácter crónico, pues es de muy lenta progresión y de muy larga duración. Con aquéllas comparte el haber sido mortífera e históricamente incurable, aunque, desde bien entrado el siglo XX, ha dejado de serlo. No obstante, ni en la época de su mayor potencia mortífera, en la Edad Media europea, lo fue tanto como la peste o como llegaría a serlo la viruela. Mataba menos, pero lo hacía con más eficacia: una vez contagiado, nadie podía escapar a las garras de una muerte segura, de muy lento avance; en cambio, uno podía sobrevivir a la peste y a la viruela, como le sucede, en este último caso, en el Quijote al personaje de Clara Perlerina. Otra diferencia importante era que la lepra, a diferencia de la peste y la viruela, era, al menos desde los inicios de la Edad Moderna, muy poco contagiosa; era, y es, menester un contacto muy cercano y muy prolongado con un infectado, además de una predisposición genética, para contraerla.

Una última diferencia relevante se refiere a la muy diferente reacción social frente a la lepra en comparación, ya no sólo con la peste y la viruela, sino con cualquier otra enfermedad: era socialmente percibida y tratada como infamante y vergonzosa. Los apestados eran sometidos a un aislamiento social, pero los que sobrevivían a la peste, se reintegraban sin más problemas a la vida social; si sobrevivías a la viruela, también, aunque con algunos problemas, pues las marcas dejadas por la viruela, especialmente en la cara, dificultaban la completa integración social del superviviente, especialmente en el terreno de las relaciones amorosas, a causa de la fealdad esculpida en sus rostros. Nada comparable con el estigma que recaía sobre los leprosos, quienes eran recluidos de por vida en leproserías o lazaretos, también llamados en España gaferías, sin esperanza alguna de reintegración social; sufrían el más completo rechazo de toda la sociedad y aun de sus propias familias, que rehuían el trato con ellos ante el temor de ser infectados.

Antes de entrar en el tratamiento cervantino de la lepra, conviene hacer un breve resumen, a grandes rasgos, de la historia de la lepra hasta el tiempo del Quijote, para insertar en el marco adecuado el tratamiento cervantino del asunto y hacerlo más comprensible a la luz de sus conexiones históricas. Empecemos diciendo que es una enfermedad antiquísima, cuyo origen se remonta, cuando menos, al 2000 a. C., según pruebas halladas en el noroeste de la India. Bien conocida en las sociedades de la Antigüedad, su época de mayor virulencia y de mayor mortandad causada fue la Edad Media. No en vano, después de la peste, la lepra fue el mayor y peor flagelo en ese tiempo, ampliamente extendida por toda Europa entre los siglos XII y XIV, aunque no es nada fácil ofrecer datos cuantitativos fiables sobe el número de muertos por causa de este mal. Según algunas estimaciones, un tanto exageradas, el 4% de la población lo contrajo{1}. Pero hay que tener en cuenta, para poner las cifras en su lugar, que, en el Edad Media, como en la Antigüedad, el término “lepra” no tenía el sentido estricto que hoy tiene, referido a una enfermedad de origen bacteriano, causada por el bacilo de Hansen, descubierto por este médico noruego en 1874, sino un sentido más genérico, pues se usaba como designación general de las enfermedades deformantes de la piel, como, por ejemplo, la psoriasis. Parece más ajustado a la realidad histórica el cómputo ofrecido por Jean Vitaux, según el cual, en el periodo de mayor prevalencia de la lepra, que, según él, habría sido entre los siglos XII y XIII, su incidencia no habría sobrepasado probablemente el 0’2 o el 0’3 % de la población. En cualquier caso, sean cual sean los datos exactos sobre la incidencia de la enfermedad, lo cierto es que entre los siglos XII y XIV experimentó un crecimiento alarmante, para iniciar un gradual descenso a partir de finales de este periodo.

Este largo periodo histórico es también relevante porque durante él se establecieron, por obra de la Iglesia, las reglas de trato y cuidado de los leprosos. Fue entonces cuando se aprobaron y pusieron en marcha las reglas del aislamiento social de los leprosos y de su cuidado y asistencia en lugares al efecto, las leproserías. El confinamiento social de los leprosos se estableció en el concilio de Lyon (583) y se dictó según los preceptos bíblicos del Levítco (caps. 13 y 14), donde se prescribe el aislamiento social, extramuros de los lugares habitados, de los leprosos. Pero, a diferencia de los judíos, que los expulsaban de las ciudades, abandonados a su suerte, las autoridades cristianas aprobaron la construcción de establecimientos específicos extraurbanos, las leproserías, donde recibieran cuidados y asistencia sanitaria. A comienzos del siglo XIII había ya en Europa alrededor de veinte mil de estos hospitales para leprosos. El aislamiento físico y social de los leprosos quedó algo mitigado, no obstante, a partir del siglo XI, con el permiso que se les dio de mendigar en las ciudades, pero con la doble restricción de vestir una ropa distintiva y la de tocar un cascabel o una carraca para anunciar su presencia y evitar así el riesgo de contagio.

Las enseñanzas cristianas sobre la caridad y el cuidado de los enfermos como expresión máxima de la caridad contribuyeron a esmerar el cuidado y atención sanitaria de los leprosos. Incluso surgió una orden religiosa, la orden hospitalaria y militar de san Lázaro (fundada en 1048), llamada así no por el Lázaro resucitado por Jesús, sino por el Lázaro cubierto de llagas de la parábola del rico Epulón y del pobre (Lucas, 16, 19-31), que convirtió la caridad con los leprosos en el fundamento mismo de su consagración a la atención de éstos en hospitales, que por ello pasaron a denominarse lazaretos  (del italiano “lazareto”), que todavía hoy significa hospital de leprosos{2}.

Sin embargo, hete aquí que, en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, se produce un cambio decisivo en la incidencia de la lepra. La que había sido anteriormente un alarmante azote entre los europeos sufre ahora un declive significativo. A partir del siglo XV la enfermedad empieza a remitir y en los inicios del siglo XVI la notable caída en la incidencia de la lepra es ya un hecho: la que había sido una enfermedad común en toda Europa occidental pasó a ser una enfermedad de minúscula repercusión. La nueva realidad de la lepra era que ahora, en la temprana Edad Moderna, se había transformado en una afección menos contagiosa y virulenta. Y ésta era su situación en el tiempo del Quijote{3}.

Lo que no está del todo claro son las causas de este rápido declive{4}. La cuestión fundamental planteada es si el factor clave en este proceso fue un cambio social o si lo fue un cambio genético que hizo a la bacteria menos infecciosa y virulenta o si lo habría sido un cambio en la inmunidad de los europeos a la lepra. La explicación en términos de factores sociales no parece muy convincente, porque las condiciones de vida para la mayoría de la población europea no eran muy diferentes entre 1400 y 1600, pues seguía habiendo altas tasas de pobreza, mendicidad y vagabundeo, con la consiguiente falta de higiene; así que los cambios sociales en las condiciones de vida, si los hubo, debieron de ser tan exiguos que sólo pueden haber desempeñado un papel muy secundario en el proceso. Esto no quiere decir que los cambios en las condiciones de vida en el sentido de su mejora no puedan disminuir drásticamente la incidencia de la lepra. De hecho, como en el caso mismo de la lepra demostró Hansen, el ya mentado descubridor del patógeno de esta enfermedad, en un estudio de 1887, la mejora de las condiciones de vida (alimentación, vivienda, higiene, etc.) puede desempeñar un papel decisivo en la disminución e incluso desaparición de la enfermedad. Estudió las poblaciones de inmigrantes noruegos en los Estados Unidos (instalados en Indiana, Minnesota y Dakota) procedentes de Bergen (zona de fuerte endemia de lepra) y observó una fuerte disminución de los casos de lepra entre los inmigrantes que disfrutaban de buenas condiciones de vida e higiene; es más, entre sus descendientes no se dio caso alguno y, aunque los leprosos no eran recluidos, no surgió un foco autóctono de lepra.{5} Lo que se quiere decir es que en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna temprana no se produjo un cambio drástico o notable en las condiciones de vida de los europeos que pueda explicar el acentuado descenso de le lepra a partir del siglo XVI, de forma que a lo largo del siglo XVII casi desapareció de la mayoría de los países europeos o, si no desapareció, su incidencia devino muy capitidisminuida, como sucedió en España.

Así que, si la explicación de la declinación de la lepra a lo largo del siglo XV y continuada en el XVI no puede ser de tipo social, ha de ser más bien biológica y ha de girar en torno a los otros dos factores: o hubo un cambio en la bacteria causante de lepra o lo hubo en su huésped, el ser humano. Una reciente investigación genética, publicada en 2013 en la revista Science, desautoriza al primer factor y se inclina por el segundo. Según los biólogos que la han realizado, la comparación entre el ADN de la bacteria de restos de esqueletos extraídos de fosas comunes, donde se enterraba a muertos por la lepra, de la Edad Media con el ADN de la bacteria de enfermos actuales de esa misma afección, revela que prácticamente son idénticos, por lo que excluyen la posibilidad de que fuera un cambio genético en la bacteria de la lepra el factor clave de su declive. Todas las pistas apuntan a que fuera una alteración en la respuesta inmunitaria en los europeos la responsable de aquél. Los enfermos de lepra, al estar recluidos de por vida en leproserías y además tener prohibido tener relaciones sexuales y procrear, no habrían transmitido su carencia de inmunidad ante la bacteria; su genes proclives a la lepra habrían desaparecido con la muerte de ellos; pero, entre el resto de la población mayoritaria, sus genes inmunes a la bacteria de la lepra habrían sobrevivido y así se habría transmitido su resistencia inmunitaria a la enfermedad y se habría generalizado entre toda la población descendiente{6}.

Jean Vitaux está conforme con esta explicación que apunta al incremento de la inmunidad entre la población como factor responsable de la disminución de la virulencia de la bacteria de la lepra, Micobacterium leprae, pues su genoma, notablemente estable, apenas ha variado desde hace 4.000 años, pero también considera que otros factores pueden haber desempeñado un papel destacado en la decadencia de la lepra. Señala que la peste negra, a partir de 1348, a causa de la enorme mortandad que causó, podría haber disminuido la endemia de la lepra, al llevarse por delante a los leprosos, ya debilitados y frágiles por su enfermedad y vulnerables también por su vida en comunidad en las leproserías.

Asimismo, la sustitución y desalojo de la lepra por la tuberculosis pudo ser un factor relevante, según la hipótesis propuesta en 1949 por el médico e investigador médico Roland Chaussimand, que llegó a ser director del Servicio de Lepra del Instituto Pasteur en París. En defensa de esta hipótesis alega que se trata de dos afecciones debidas a micobacterias (Mycobacterium leprae y Mycobacterium tuberculosis), que provocan lesiones tisulares parecidas y una inmunidad cruzada confirmada por el papel preventivo parcial de la lepra por la vacuna contra la tuberculosis.{7} Además, la declinación de la lepra ha ido acompañada efectivamente por la creciente incidencia de la tuberculosis; y el descubrimiento, en esqueletos de leprosos del siglo I al XV de nuestra era, de una coinfección por M. leprae y M. tuberculosis, invita a pensar que la tuberculosis ha podido matar a los leprosos.{8}

Pero, sea cual sea la explicación adecuada, bien una monocausal, tal como la que apela a la resistencia inmunitaria como el factor responsable clave, o una multicausal, por la que parece inclinarse Vitaux, del retroceso o cambio experimentado por la lepra de un estado de mayor prevalencia a una baja a partir del siglo XV, hay cosas importantes que no cambiaron en este siglo ni en los siguientes, sino que permanecieron casi inalteradas, a saber, el aislamiento físico y social en lugares apartados{9} , aunque dulcificado con los cambios de costumbre habidos desde entonces, y el estigma de que eran objeto. Ese estigma se debía no sólo al ostracismo sufrido por los leprosos, sino también a ciertos efectos de la afección sobre los enfermos, en quienes ocasionaba lesiones en la piel, como llagas o úlceras, desfiguraciones, deformaciones y mutilaciones o desprendimientos, como la pérdida de la nariz o de las orejas, todo lo cual les daba una apariencia monstruosa, que provocaba miedo en la gente y por tanto rechazo. A todo esto hay que agregar una grave pérdida de la sensibilidad, como la de los sentidos del tacto, del calor y del frío, y del dolor, así como de la vista, como consecuencia de lesiones en los ojos. En fin, los leprosos, a la postre, terminaban en un estado de verdadera discapacidad, tanto por causa de la ausencia de sensibilidad en manos, brazos, pies y piernas, y ceguera, como por su debilidad muscular y las lesiones en el sistema nervioso periférico, todo lo cual contribuía a reforzar el miedo a los leprosos y a su rechazo, incluso por parte de sus propias familias.

Tal era el estado de la lepra y de los leprosos en el tiempo del Quijote, aunque el tratamiento que ofrece Cervantes, como veremos, no refleja todos los aspectos de la terrorífica enfermedad, sino sólo algunos muy limitados o parciales. Como dijimos, cita la lepra casi tantas veces como la peste, pero, como veremos, su presencia es mucho mayor en su obra y desempeña, desde luego, un papel literario mucho más relevante que aquélla o que cualquier otra enfermedad. En el Quijote sólo hay una referencia a ella, un tanto ambigua y casual, puesta en la boca de Sancho, quien la menciona, indirectamente, no porque tenga intención de hablar de los leprosos, sino porque una palabra pronunciada por don Quijote, para él desconocida, “cosmógrafo”, la malentiende y confunde con la palabra “gafo”, el nombre coloquial del leproso en su época:

“Por Dios –dijo Sancho–, que vuestra merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo”. II, 29, 774

En puridad, “gafo” significa leproso, pero también, de forma derivada, puede significar contrahecho, agarrotado, o bien tullido o más limitadamente tener encorvados y sin movimiento los dedos de manos y pies, pues precisamente todos esos efectos los producía la lepra como consecuencia de la deformación causada en el esqueleto y en particular en los huesos de pies y manos, de la debilidad muscular y de las lesiones en los nervios. Por tanto, Sancho, al proferir “gafo”, puede querer decir “leproso” o cualquiera otra de sus significaciones derivadas, que de todos modos remiten a le lepra{12}. Otro tanto puede afirmarse del uso de “gafo” en Viaje del Parnaso, donde se dice: “Muévate a compasión el verme gafo/ de pies y manos” (V, vv. 130-1), donde bien puede entenderse como “contrahecho” o “tullido o sencillamente como “leproso”. En cambio, en otros lugares, Cervantes no deja lugar para el equívoco y en ellos “gafo” significa simplemente “leproso”.  Así, por ejemplo, en la comedia La gran sultana, un judío, al que Madrigal ha humillado e insultado, lo maldice deseándole lo peor y pocas cosas hay que lo sean tanto como que te expulsen de todos los lugares como si fueses un leproso:

“Échente de la tierra como a gafo”.{11}

Este solo verso es todo un documento social sobre el comportamiento de la sociedad con los leprosos. Cervantes ha sintetizado en ese escueto verso la práctica del destierro de los leprosos de los lugares poblados, con lo que ello entrañaba de muerte civil. También en la comedia divina o de santos El rufián dichoso emplea una vez el término “gafo” en referencia inequívoca a los leprosos.{12}

Precisamente es en esta comedia donde el autor nos ofrece el tratamiento literario más amplio y detallado de una enfermedad infecciosa de toda su obra. Lo único que no cambia es su acercamiento a la enfermedad como un fenómeno ante todo personal, que concierne a las personas más que a la sociedad. Pero deja de ser algo marginal, que afecta sólo a personajes absolutamente secundarios, como el muerto de peste llevado en litera o la superviviente a la viruela Clara Perlerina. Ahora, en El rufián dichoso por única vez en la obra de Cervantes una afección infecciosa pasa al primer plano literario. En primer lugar, porque la infección afecta no a un personaje marginal o secundario, sino nada menos que al protagonista mismo de la comedia, en cuya vida va a desempeñar un papel esencial; y, en segundo lugar, porque se convierte en una pieza central en el desarrollo de la trama argumental o en la historia de su protagonista. De hecho, el papel de la enfermedad, de la lepra en este caso, es nuclear en el tercer acto de la obra, de modo que se puede decir que, desde el comienzo de ese acto, la vida del protagonista, el fraile dominico Cristóbal de la Cruz, antaño el rufián Cristóbal de Lugo, un personaje no ficticio, sino histórico,{13} pasa a ser la vida de un leproso, para el que la lepra se presenta como un reto que podría descarrilarle del camino a la santidad, pero que él consigue que sea más bien un acicate en el sendero de la perfección cristiana.

Es del mayor interés referirse al lugar donde discurre la historia del fraile dominico, que no es la España europea, sino México. Puede parecer, para el lector no advertido, algo sorprendente que la historia de un personaje cervantino víctima de la lepra se sitúe en el Nuevo Mundo. Pero, en realidad no lo es, pues la lepra, otra enfermedad eurasiática, ausente de América antes de 1492 y, por tanto, desconocida por los nativos americanos, si bien mucho menos letal para ellos que otras ya mencionadas, como la viruela, la gripe y el sarampión, o todavía no mencionadas, como el tifus o la malaria, pues no tuvo los efectos devastadores de éstas, hacía tiempo que ya estaba asentada en la España americana, incluido México. De hecho, la terrible enfermedad debió de llegar muy tempranamente al Nuevo Mundo, llevada por los conquistadores y primeros pobladores españoles. La primera leprosería de América fue fundada precisamente en México por Hernán Cortés.{14} Así que, cuando Cristóbal de Lugo llegó al país, antes de mediados del siglo XVI, ya hacía unas décadas que la lepra estaba implantada en México.

La lepra se aborda en un contexto religioso, el propio de las llamadas en la época comedias de santos o divinas. Y esto tiene su relevancia en la manera como se introduce la enfermedad en la obra, donde va a aparecer no de un modo realista, ajustado a la realidad de su forma de transmisión, sino de un modo misterioso, inexplicado, por no decir sobrenatural. La entrada de le lepra se prepara en el segundo acto con ocasión de un extraño pacto entre el protagonista, el padre Cruz, y una dama pecadora, doña Ana Treviño, de la que nunca se nos cuenta nada sobre la clase o naturaleza de sus pecados. El caso es que ella es una pecadora rayana en el ateísmo, en el sentido práctico de que parece vivir como si no hubiera o como si no le importara que hubiera Dios, o al menos un Dios misericordioso que pudiera perdonar sus pecados, como ella misma confiesa ante el padre Cruz:

“¡Bien parece que ignoráis/ cómo para mí no hay Dios!/ No hay Dios, digo, y mi malicia/ hace, con mortal discordia,/ que esconda misericordia,/ el rostro, y no la justicia”.{15}

A pesar de su negativa, el padre Cruz no ceja en su empeño de hacer todo lo posible para salvar su alma y ello es urgente porque la muerte de ella es inminente, según le ha anunciado su médico. Primero intenta persuadirla de que no desespere, que confíe en Dios y se arrepienta. Pero ella, convencida de que la justicia de Dios no ha de perdonar sus pecados, se enroca en su posición y, dispuesta incluso a rechazar el perdón divino y a morir desesperada, le pide al padre dominico que desista:

“Dejadme, que, en conclusión/, tengo el alma de manera/ que no quiero, aunque Dios quiera,/ gozar de indulto y perdón./ ¡Ay, que se me arranca el alma!/ ¡Desesperada me muero!”{16}

Pero el padre Cruz no desiste. Y se le ocurre una última tentativa sorprendente para lograr el arrepentimiento de doña Ana y así salvarla. Le propone un pacto que se nos presenta como un acto de caridad del padre Cruz y consiste en que, a cambio de su confesión y arrepentimiento, él se ofrece a asumir la carga de sus pecados y además le transfiere a la mujer moribunda todas sus buenas obras, para lo cual toma como fiadores a la Virgen y a Cristo, y como testigos a las almas bienaventuradas. Ella acepta, se confiesa con el propio padre Cruz, se arrepiente de sus pecados, muere y su alma se salva.

Pero la asunción del cargo de las malas obras de la pecadora lleva aparejado un alto coste, que el padre Cruz desconoce, pero que ha de pagar: ha de sufrir la lepra hasta su muerte por causa de la misma. Y la empieza a sufrir justo desde el momento mismo en que se nos anuncia la salvación del alma de doña Ana. Justo en ese momento, de un modo misterioso y maravilloso, sin que se nos haya informado de que haya tenido el padre Cruz un contacto prolongado y muy directo con leprosos, aparece, desde la primera escena del tercer acto, con el rostro cubierto de llagas:

“Y apenas por los aires transparentes/ voló de la contrita pecadora/ el alma a las regiones refulgentes, / cuando en aquella misma feliz hora/ se vio del padre Cruz cubierto el rostro/ de lepra, adonde el asco mismo mora. / Volved los ojos, y veréis el monstruo,/ que lo es en santidad y en la fiereza,/ cuya fealdad a nadie le da en rostro.”{17}

Obsérvese la descripción de los estragos de la lepra: empieza con la referencia a las llagas, un típico signo clínico de la enfermedad, que más adelante extiende al resto del cuerpo: “Hombre que está tan llagado” (v. 2551, pág. 363), “tu cuerpo […] según llagado estaba” (vv. 2768-2770, págs. 368-9) y que es en el que más va a insistir Cervantes en la narración de la vida del santo. A lo largo del tercer acto se recalca el tormento que las llegas le deparan: “la riguridad/ de las llagas” (v.2720-1, pág. 367), las “llagas insufribles” (v. 2751, pág. 368). Pero, desde el punto de vista de la imagen social de la enfermedad, refleja en la mirada de los otros, es del mayor interés, como documento de la época, la alusión al “asco” que provocaba la sola visión de un leproso con sus llagas purulentas, lo que le llevará a hablar a su cuidador de “podredumbre” (v.2751, pág. 368) o a la propia víctima de la lepra, de sus “hombros podridos” (2513, pág. 362); o a la apariencia monstruosa del enfermo, con lo cual puede estar Cervantes refiriéndose también a su desfiguración y deformación, una apariencia de monstruo, que Cervantes intenta dulcificar en el caso del padre Cruz por medio de la idealización religiosa, la cual le permite realizar la operación de transformar el aspecto monstruoso del padre Cruz como leproso en un monstruo de santidad en virtud de sus obras. Finalmente, la mención de la “fealdad” del leproso y el retrato de su cuerpo como un “espectáculo horrendo” (vv. 2768-9) culminan la descripción cervantina de la imagen que la gente se hacía del leproso, todo lo cual explica el miedo y rechazo que suscitaban.

Ya vimos cómo en un lugar inesperado Cervantes se refería al destierro de los leprosos de los lugares habitados y tácitamente al aislamiento a que se les condenaba. Curiosamente, ahora que tiene entre manos la narración dramatizada de la vida de un leproso este aspecto esencial en el trato social a los leprosos es silenciado. Nada de destierro y aislamiento en una leprosería. Y ello es así porque el padre Cruz, tiene la inmensa fortuna de que se le permite seguir en su convento, donde un hermano de orden, fray Antonio, otrora Lagartija, amigo fiel del padre Cruz, desde sus lejanos tiempos de rufián en Sevilla, que ha seguido sus pasos ingresando también en la orden dominica, se ocupa de cuidarlo y limpiarle las heridas. En esto Cervantes es bastante fiel a la realidad histórica, pues el padre Cruz siguió efectivamente viviendo en el convento, dentro del cual llevaba, no obstante, un régimen de vida de cierto aislamiento de sus compañeros, a lo que Cervantes no alude, para evitar contagiarlos; se le asignó una celda aparte y no comía en el refectorio con la comunidad, sino separadamente.

 Trece años habrá de vivir el padre leproso conllevando “el rigor de desta dolencia” (v.2241, pág. 354), de la cual él sabe que no hay cura posible: “Esta enfermedad […] curarla es desvarío” (vv. 2493- 2495, pág. 361). Pero tiene la fortuna inestimable de contar con la ayuda de su antiguo amigo, que, durante esos trece años de vivir el padre Cruz llagado y con “el cuerpo de dolores lleno”, asume, por propia iniciativa, como su principal misión cuidar del enfermo.  

Pero gracias a que no se ve condenado al común confinamiento en una leprosería a que se condenaba a la inmensa mayoría de la gente en aquel tiempo y que se le permite permanecer dentro de la comunidad del convento, la lepra no va a ser un freno a las posibilidades vitales del padre Cruz ni va a impedir que pueda progresar durante los trece años por delante de doloroso calvario que le esperan, si bien mitigado gracias a la cuidadosa ayuda de fray Antonio. En la esfera eclesiástica, el padre Cruz, muy poco después de contraer la lepra, es elegido prior del convento, a pesar de que él mismo había admitido públicamente su debilidad física por causa de la enfermedad: “Acompaña a la lepra la flaqueza;/ no me puedo tener” (vv. 2224-5, págs. 353-4). Su primera reacción, al enterarse de su elección, es la de considerarlo una carga excesiva para él estando tan debilitado: “¿Sobre unos hombros podridos/ tan pesada carga han puesto”? (vv. 2513-5, pág. 362). Cuando es el propio prior saliente quien se lo comunica, no oculta sus reparos advirtiendo que quien tiene el cuerpo de dolores lleno y no tiene en él cosa sana no está en condiciones de desempeñar adecuadamente el oficio de prior y que él ya no está para nada, sino para llevar una vida de retiro religioso. Pero termina aceptando el cargo y, al parecer con tan buen hacer, que llegará a ser nombrado provincial, esto es, encargado del gobierno de las casas y conventos de la orden en su provincia.

Mayor importancia tiene, sin embargo, lo que sucede en la esfera moral y religiosa de la vida del padre Cruz, más dependiente de su propia voluntad. La lepra no hace mella alguna en su vida ascética, ni en su devoción ni en la práctica de la caridad, ni los cargos se interponen en el ejercicio de la virtud:

“Ni por la riguridad/ de las llagas que en sí tuvo/ jamás indevoto estuvo,/ ni falto de caridad./ Prior siendo y provincial,/ tan manso y humilde fue”.{18}

La dramatización de la vida del fraile leproso alcanza su cima en las dos escenas finales del tercer acto, centradas en su muerte y en las reacciones inmediatas a ésta, en las cuales la lepra sigue desempeñando un papel decisivo: la lepra que llegó como una prueba a la que había de someterse el asceta, devoto y caritativo fraile se convierte ahora en el certificado de su santidad. En la primera de ellas asistimos a la muerte del padre leproso como un santo: la lepra tan misteriosa y maravillosamente como había llegado desaparece del cuerpo del recién fallecido y los paños manchados de sangre de sus llagas se convierten en reliquias del santo. Y es al fiel amigo y enfermero durante los trece años de vida como leproso de fray Cristóbal de la Cruz, fray Antonio, testigo privilegiado, pues, de los hechos, a quien encarga la glosa de éstos y del verdadero sentido de los años finales de la vida del padre Cruz, que viene a ser un elocuente epitafio:

“Acabó la carrera/ de su cansada vida; dio al suelo los despojos;/ del cuerpo voló al cielo la alma santa./ […] Trece años ha que lidias/, por ser caritativo/ sobre el humano modo/ con podredumbre y llagas insufribles;/ mas los manchados paños/ de tus sangrientas llagas/ se estiman más agora/que delicados y olorosos lienzos:/ con ellos mil enfermos cobran salud entera;/tus pies […]/ agora son reliquias […]. Tu cuerpo, que ayer era/ espectáculo horrendo/ según llagado estaba./ hoy es bruñida planta y cristal limpio:/ señal que tus carbuncos [protuberancias o hinchazones, como los producidos en la modalidad del carbunco cutáneo en cortaduras o lastimaduras en la piel], tus grietas y aberturas,/ que podrición vertían,/ estaban por milagro en ti, hasta tanto/ que la deuda pagases/ de aquella pecadora/ que fue limpia en un punto:/ ¡tanto tu caridad con Dios valía!”{19}

La obra se cierra con la escena del entierro del santo leproso. Su cuerpo, tendido en una tabla, es llevado a hombros por unos frailes y el mismísimo virrey de Nueva España. El autor delega en la máxima autoridad civil de la región la responsabilidad de certificar el milagro de haber quedado limpio de lepra el cuerpo del padre Cruz y asimismo la santidad de una vida ante todo entregada a la caridad y al amor a Dios:

“Qué, ¿es éste el rostro que yo vi ha dos días/ de horror y llagas y materias lleno?/ ¿Las manos gafas son aquéstas, cielo?/ ¡Oh alma que, volando a las serenas/ regiones, nos dejaste testimonio/ del felice camino que hoy has hecho!/ Clara y limpia la caja do habitaste,/ abrasada primero y ahumada/ con el fuego encendido en que se ardía,/ todo de caridad y amor divino”.{20}

Pero este acertado colofón de la comedia que supone la intervención del virrey, que, en la fecha de la muerte del padre Cruz, era Martín Enríquez de Almansa, es una licencia literaria de Cervantes. La realidad histórica es que, aunque el padre Cruz murió en olor y loor de santidad, con la aclamación del pueblo como santo y la participación en el entierro de las personas principales de la ciudad de México, el hecho es que, según el historiador dominico ya citado, Dávila Padilla, el virrey no tuvo el papel tan notable en el entierro que Cervantes le asigna. Ni siquiera menciona su presencia en éste.

Hasta aquí el tratamiento cervantino de la lepra. Ahora demos unas rápidas pinceladas sobre la evolución y estado presente de la lepra en España y en el mundo. Esta enfermedad, ya en franco retroceso en Europa en el tiempo del Quijote, continuó su caída en los siglos siguientes. Se cerraban leproserías o se destinaban a otros usos. Pero aun así había un contingente fijo, aunque reducido, de contagiados. El descubrimiento de un fármaco eficaz en la década de 1940 contribuyó, junto con la disminución de la pobreza y la mejora en la higiene (pues la pobreza y la falta de higiene favorecen la propagación de la lepra), a disminuir aún más el número de afectados. Pero, a pesar de todos esos avances, todavía en la década de 1970 aún había en España algo más de tres mil enfermos de lepra. Sería, a partir de 1982, con la aplicación de una nueva terapia, basada en el suministro al paciente de una combinación de tres fármacos antibióticos, absolutamente mortífera para el germen patógeno de la lepra, el bacilo Mycobacterium leprae, cuando esta enfermedad empezó a convertirse en algo residual en Europa y también en España, con apenas unos pocos casos de infectados: 7 nuevos de media registrados entre 2010 y 2015 en España;11en 1016; 8 en 1017; y 6 en 2018, siendo además la mayoría de ellos de gente extranjera procedente de Sudamérica o de África.{21}

Pero en el mundo entero no es desde luego una enfermedad residual, propia ya del pasado, ya que se registran alrededor de 210.000 casos de muertes anuales, que afectan a mujeres, hombres y niños (según la nota informativa de la OMS con ocasión del Día mundial contra la lepra de 2020), la gran mayoría de ellos en Hispanoamérica, sobre todo en Brasil, en África central y en el sudeste asiático, especialmente en la India; y la cantidad de infectados se cuenta por millones, más de 10 millones en 2013.{22} Así que la lepra, a pesar de todos los avances, sigue afligiendo a la humanidad y aún dista, por el momento, de estar erradicada.

2. La malaria

También llamada comúnmente hoy en día paludismo, la malaria está entre las enfermedades más mencionadas por Cervantes, aunque con un nombre muy distinto de los hoy corrientemente en uso. La palabra “malaria” viene del italiano “mala aria”, que significa “mal aire”, una designación basada en la arraigada creencia de que el aire contagiado o corrupto era la causa y a la vez vehículo de transmisión de la enfermedad. Este nombre no fue usado por los médicos italianos y tiene más que ver con la medicina popular que con la medicina de los tratadistas médicos. Quizá por eso la primera aparición de este nombre no se halle en un tratado médico, sino en un libro de historia, en La historia del pueblo florentino, escrito, en algún momento de la primera mitad del siglo XV, por el político y canciller florentino Leonardo Bruni, en el que hay una mención a la “mala ariae”.{23} No sería hasta el siglo XIX cuando esta denominación empezaría a prosperar, no sin la oposición de Charles Louis Alphonse Laveran, el descubridor en 1880 del agente causante de la infección, un protozoo parásito, quien prefería el nombre “paludismo” (del latín palus, -udis, que significa pantano), tras el cual estaba la idea bien sabida de que las zonas de aguas estancadas en pantanos o lagunas propician la infección.

Pero en España, como en el resto de Europa, el nombre más frecuente de la enfermedad en los siglos XVI y XVII (y lo siguió siendo durante mucho tiempo más, prácticamente hasta el siglo XIX) fue el de fiebres tercianas o cuartanas o, en singular, fiebre terciana o cuartana y, a veces, más concisamente, terciana o, como es el caso de Cervantes, cuartana, denominaciones que se remontan a la Antigüedad clásica. Su registro más antiguo se halla en la obra de Hipócrates, en el libro primero de su tratado Epidemias, dedicado a las fiebres, donde se habla de tritaios pyretos (calor o fiebre terciana) y tetertaios pyretos (calor o fiebre cuartana); también Galeno se refiere a ambos tipos de fiebre. Los romanos, entre los que descuellan Cicerón, el médico Celso y Plinio el Viejo, adoptaron estos nombres vertiéndolos al latín: febris tertiana y febris cuartana.{24}

 En este caso el nombre, a diferencia del de malaria o paludismo, no se basa ni en la supuesta causa de la infección, ni en los lugares que la favorecen, sino en su más característico síntoma: el de las fiebres intermitentes que reaparecen cada dos días, al inicio del tercer día, o cada tres días, al inicio del cuarto, y de ahí el nombre de tercianas y cuartanas respectivamente. Hoy sabemos que la terciana y la cuartana son, en realidad, dos clases distintas de paludismo, causados por parásitos patógenos distintos y que la terciana no es una clase única, sino que se presenta principalmente de tres formas diferentes, también causadas por parásitos diferentes. La forma benigna de fiebres tercianas palúdicas o simplemente terciana benigna la produce el Plasmodium vivax, identificado por los italianos Grassi y Feletti en 1890; y la forma maligna de tercianas el Plasmodium falciparum, identificado por el estadounidense Welch en 1897, que es la más común, grave y mortífera, mientras que el causante de las fiebres palúdicas cuartanas es el Plasmodium malariae, que fue el primero históricamente en ser observado y descubierto, como ya se ha dicho por Laveran en 1880.{25} Cervantes, como se verá, no mienta más que las cuartanas, que es la forma de malaria menos grave de las tres. Pero, aunque no menciona expresamente las tercianas malignas como tales tercianas, sí lo hace de otra forma, a través de la alusión a la que él llama mutación o enfermedad de mutación, que era una forma de designar a la malaria, conocida en Italia central como fiebre romana, que en la forma de terciaria maligna conduce a la muerte a uno de sus personajes.

Hay otro síntoma, los escalofríos, a los que Cervantes se referirá, como veremos, que también se repiten intermitentemente con las fiebres. Además, se dan otros síntomas, como dolores de cabeza, que no son, en cambio, cíclicos. La terciana y cuartana se suelen caracterizar por ser una enfermedad muy febril. Pero asimismo es lenta  en su evolución y de larga duración, en cualquier caso no menos de un año, aunque variable según la modalidad de malaria sufrida: de 1 a 2 años en la causada por el Plasmodium falciparum,  aunque también puede manifestarse de forma muy aguda y causar la muerte de una persona en pocos días; de 3 a 5 años en la causada por el Plasmodium vivax, la más frecuente después de la anterior; y de 3 a 50 años en la causada por el Plasmodium malariae, la menos frecuente de las tres, pero la más crónica de las tres especies de malaria. La malaria falciparum es la más prevalente y difundida en las zonas tropicales de todo el mundo y tan mortífera que es la causante del 90 % de las muertes debidas a malaria en todo el mundo, el 85 % de las cuales se produce actualmente en África, siendo sus principales víctimas niños y mujeres gestantes; en cambio, la malaria vivax es más prevalente en las zonas de clima templado, como Europa, y es la responsable del 20 % de todos los casos de malaria que se producen anualmente en el mundo, si bien su tasa de mortalidad es mucho más baja que la de la malaria falciparum, alrededor del 5 % en África y en el resto del mundo aún menor, entre el 1 y el 2 %.{26}

La que terminaría convirtiéndose en una de las más mortíferas enfermedades, y según algunos la más mortífera de todas, tiene una historia muy larga que se remonta a la prehistoria. Originada seguramente en África, donde gorilas y posiblemente otros primates no humanos se la habrían contagiado a los humanos, hace unos 10.000 años, coincidiendo con los inicios de la agricultura, se extendió, según se iba desarrollando ésta, hace unos 5.000 años por toda la franja tropical y después fuera de África por todo el mundo conocido, Europa y Asia{27}. Estaba difundida entre las sociedades del mundo antiguo, desde el Oriente lejano, como China, y el Oriente próximo, como Mesopotamia y Egipto, hasta Grecia y Roma. Terminó siendo uno de los problemas más graves de salud en todos los países ribereños del Mediterráneo, no sólo en la Antigüedad, sino hasta bien entrado el siglo XX. No escapó a ello España, donde llegó a ser una enfermedad extendida por toda la fachada mediterránea, especialmente en las zonas pantanosas del Levante y del Sur, incluso de Extremadura. Es frecuente en la España de los siglos XVI y XVII la referencia a ese hecho.

Tampoco la España americana escapó a la letal presencia de la malaria. Se ha discutido mucho si se trata de una enfermedad eurasiática, llevada a América por los europeos, primero por los españoles, pues, como hemos dicho, en ciertas regiones españolas era endémica (teoría de la malaria colombina o poscolombina) o si ya preexistía en América antes de la llegada de los españoles (teoría de la malaria precolombina){28}. Algunos historiadores, en fechas relativamente recientes, aún se remiten al desacuerdo entre los historiadores de la medicina para afirmar que desconocemos si existía la malaria en América antes de 1492.{29} Sin embargo, ya a fines del siglo pasado, algunos investigadores, como Jared Diamond, no hacen mención alguna de la disputa sobre el asunto y dan por sentada la teoría de la malaria colombina. Según él, la malaria se transmitió a América a través del tráfico marítimo europeo, aunque sin referirse a las fechas de su entrada allí ni ofrecer más detalles sobre ello.{30} Actualmente, parece estar aceptado que la malaria no existía en la América precolombina y que la trasladaron allí los europeos, habiendo sido los españoles sus primeros introductores.

Sin embargo, es objeto de discusión si fueron los barcos de la expedición de Colón y su tripulación los primeros vehículos de su introducción y propagación por América o si eso sucedió a través del tráfico de esclavos negros africanos. Lo primero es lo que defiende el historiador canadiense Timothy C. Winegard, quien no niega el importante papel desempeñado en este asunto por la entrada de los esclavos africanos en el Nuevo Mundo, pero sostiene que el primer introductor de los mosquitos transmisores de la malaria fue Colón, en cuyos barcos esos mosquitos habrían viajado de polizontes durante su segundo viaje a América, emprendido en septiembre de 1493.{31} Pero no da más prueba de su tesis que una supuesta cita de un texto de Colón sobre su segunda visita a La Española, que reza así: “Toda mi gente fue a tierra para instalarse, y se dieron cuenta de que llovía muchísimo. Cayeron gravemente enfermos de fiebre terciana”.{32}  Lamentablemente, Winegard no da la referencia bibliográfica de la procedencia de su cita. Todo parece indicar que procede de la relación de Colón sobre su segundo viaje. En realidad, el diario que escribió de este segundo viaje se ha perdido, pero en su Memorial a Antonio Torres nos ofrece un informe sobre su segunda expedición a las Indias y de hecho suele publicarse como tal.{33}  Sin embargo, en esta relación no consta semejante cita, ni tampoco en ningún otro escrito de Colón posterior relacionado con su segundo viaje.{34} Ciertamente, según cuenta, en su Memorial a Antonio Torres, muchos de los españoles que le acompañaron a América cayeron enfermos en La Española, y a ello se refiere en varias ocasiones, pero se limita a constatar que estaban enfermos, “dolientes”, pero ni nombra la enfermedad ni refiere ninguno de sus síntomas. Ello no ha impedido, no obstante, gracias al uso contrastado de otras fuentes históricas, identificar la dolencia de los miembros de la expedición colombina y se piensa que aquello de que eran “dolientes” era la gripe y no la malaria.{35}

Winegard también aduce en respaldo de su tesis el pasaje de la relación de Colón de su cuarto y último viaje en que éste confiesa haber caído enfermo y sufrido “fuerte fiebre”, pero esto no sirve de nada a sus propósitos, pues una fiebre fuerte es un síndrome común a la mayoría de las enfermedades infecciosas. Si se hubiese tratado de un caso de malaria, Colón no habría tenido ningún problema para identificarlo como tal y se habría referido a ella utilizado las denominaciones españolas habituales entonces: “fiebres tercianas”, “fiebres cuartanas” o simplemente “tercianas”, “cuartanas”. Ni los españoles ni un italiano como Colón tenían problema alguno para identificar una enfermedad que era bien conocida tanto en España como en Italia, países en los que, como en toda Europa, era endémica, y que se manifiesta en signos tan característicos como las fiebres intermitentes.

Xavier Sistach, por su parte, ignora por completo el papel de las expediciones de Colón en la arribada del paludismo a América y se centra en la crucial importancia al respecto del comercio y transporte de esclavos africanos, un porcentaje muy alto de los cuales provenía de regiones donde la malaria era endémica, continua e intensa, aunque muchos de ellos habían desarrollado resistencia inmunitaria innata frente a ella.{36}

Sea cual sea el vehículo original de introducción de la malaria en América, los viajes de Colón o los esclavos, lo cierto es que el factor capital de su propagación por toda América fue la creciente llegada al Nuevo Mundo de éstos últimos Los primeros en llegar lo hicieron en el cuarto viaje de Colón a América en 1502 (en el que, por cierto, también iba el entonces muy joven Bartolomé de las Casas). Pero fue, a partir de 1514, cuando, ante la escasez de mano de obra entre los nativos caribeños, víctimas la inmensa mayoría de ellos de enfermedades infecciosas del Viejo Mundo, lo que los colocó al borde de la extinción, se produjo un sustancial incremento de la entrada de esclavos africanos, que, además por su inmunidad antimalárica, estaban mejor adaptados para el trabajo en las plantaciones. Ese proceso se intensificó en 1518 al convertirse La Española en destino preferente de barcos cargados de esclavos, para su venta allí o su envío a las restantes islas de las Antillas y al continente.{37} Y ese aumento de la arribada de barcos negreros y el gran número de esclavos negros llegados en ellos a América multiplicó la entrada de mosquitos anófeles, lo que impulsó la propagación de la malaria en el Nuevo Mundo.

El mosquito y la malaria hicieron estragos no sólo entre los nativos americanos, sino también entre los españoles, pero muchísimo más entre los primeros, lo que es, dicho sea de paso, una prueba más de que la malaria era una enfermedad nueva en América llegada del Viejo Mundo, pues, en caso de haber preexistido en América, no se entiende por qué morían mucho más de la malaria los indígenas americanos que los europeos, los cuales provenían de países en los que esa afección era endémica y por tanto muchos de ellos estaban más acostumbrados a ella. La malaria acabaría formando parte de la hueste de enfermedades que, junto con la gripe, el sarampión, la viruela y el tifus, causaron el desastre demográfico de los pueblos nativos del Nuevo Mundo y facilitaría con ello la conquista y dominio españoles de América y, posteriormente, de otros pueblos europeos. No fue tan mortífera, sin embargo, como la gripe y la viruela, al menos en el ámbito de la América española. Winegard presenta la malaria como una de las grandes asesinas de los indios del Caribe, de los aztecas y de los incas, sirviendo así en bandeja a los españoles la victoria sobre ellos.{38} Pero lo cierto es que, cuando la malaria empezó a despegar en América, a partir de 1514, la mayor parte de los taínos ya habían perecido a causa de la epidemia de gripe. Según un censo español de 1514, sólo quedaban 26.000 taínos supervivientes, a los que remató la llegada de la viruela en 1518. Y, en el caso de los aztecas y los incas, su gran asesina fue principalmente la viruela y no, como sostiene el historiador canadiense, conjuntamente la viruela y la malaria.

Durante los siglos XVI y XVII los médicos y tratadistas españoles que se ocuparon de la malaria sabían de ésta lo que habían heredado de los clásicos griegos y romanos, junto con la aportación árabe, especialmente de Avicena. Y entre esos conocimientos recibidos de la tradición clásica estaba el que les aseguraba que había un vínculo entre la malaria y la cercanía a áreas pantanosas o de marismas. Era un hecho bien conocido que los habitantes de estas zonas eran los más afectados por las fiebres palúdicas y que también los transeúntes eran susceptibles de infectarse. Incluso escritores como Cervantes, como bien se verá, lo sabían también. Pero ignoraban por qué era así. No sabían, ni siquiera lo sospechaban, que entre los habitantes animales hubiera unos minúsculos insectos que transmitieran las fiebres palúdicas. Hubo que esperar hasta los años postreros del siglo XIX para llegar a saber con certeza que los mosquitos del género Anopheles eran los transmisores de la infección por medio de su picadura; curiosamente el descubrimiento del microbio protozoario patógeno del paludismo por Laverán en 1880, más tarde bautizado por otros como Plasmodium malariae, precedió al hallazgo de que los mosquitos Anopheles infectados eran los transmisores de la enfermedad al inocular o inyectar en el huésped humano el plasmodio citado{39}.

También sabían que, puesto que las áreas pantanosas y aguas estancadas eran focos permanentes de infección, una medida eficaz para combatirla era su drenaje y desecación, una medida que ya habían puesto en práctica los antiguos romanos.

Asimismo, creían que el cultivo y expansión del cultivo de arroz en las áreas pantanosas contribuía a la proliferación del paludismo. De hecho, ya en los inicios del siglo XV, el rey de Aragón don Martín prohibió, con la aprobación de las Cortes Generales celebradas en 1403, la siembra y cosecha de arroz en todo el reino, al que se imputaba haber causado una gran mortandad y descenso de la población, pero los valencianos continuaron con su cultivo y los tribunales lo toleraron. En el siglo XVI, Carlos I en 1526 volvió a rescatar la prohibición de la siembra de arroces en Valencia, una prohibición que Felipe II en 1572 hizo extensiva a otras poblaciones valencianas. Pero estas prohibiciones no resolvieron el problema y además tuvieron un impacto muy negativo para el reino de Valencia y para los valencianos que vivían del cultivo del arroz. Negativo, porque las tierras de cultivo que mantenían una numerosa población quedaron abandonadas, con las consiguientes pérdidas para Valencia y para los trabajadores de los arrozales. En el siglo XVIII, en el reinado de Fernando VI se daría marcha atrás y se autorizaría de nuevo el cultivo. Y no resolvió el problema, porque el problema del paludismo no dependía del hecho en sí del cultivo del arroz, sino de la existencia de las zonas pantanosas, que se mantuvieron tal cual, sin realizar obras de drenaje y desecación, Por ello, tras dejar abandonadas las áreas de cultivo de arroz, no disminuyó el paludismo, sino que llegó a extenderse hasta Valencia capital.{40}

Por lo que concierne a Cervantes, la presencia de la malaria en su obra es, como en otros casos ya examinados, los de la peste y la lepra, doble: como mero artificio retórico en función de un fin literario, el de dotar al lenguaje de una mayor potencia expresiva, y como una pieza integrante de la narración narrativa. En el Quijote sólo se registra la primera de estas dos formas de ocuparse de la que él llama “cuartana”. En un primer pasaje, el castañeteo de dientes y escalofrío que experimenta Sancho por causa del miedo que le provoca la visión de los encamisados, al narrador se le figura como si fuese el escalofrío que precede y acompaña a los accesos de fiebre del enfermo de cuartana:

“Y de allí a muy poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente, como quien tiene frío de cuartana”. I, 19, 168

Más adelante, es otro elemento concomitante de los escalofríos que acompañan a los accesos de fiebres cuartanas, el que maneja el narrador para describir la reacción de Clara al oír el canto del que no tarda en descubrir que es su enamorado don Luis. Ahora, son los temblores que a Clara le causa la emoción provocada por el hecho de saber que don Luis, del que ella también está enamorada, la viene siguiendo desde Madrid, los que el narrador describe como si fuesen los que experimenta el enfermo que sufre un ataque de fiebres de cuartana:

“Pero apenas hubo oído dos versos que el que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan extraño como si de algún grave accidente [acceso o ataque] de cuartana estuviera enferma”. I, 43, 447

Un uso interesante de la interpretación de reacciones y comportamientos humanos por medio del símil de la cuartana se halla en la Canción segunda de la pérdida de la Armada que fue a Inglaterra. En esta ocasión no es una reacción fisiológica, como la de Sancho preso del miedo o la de Clara rendida de amor, sino el comportamiento de un rey e incluso de toda una nación, como España, los que se retratan por medio de la infección de la cuartana. Cervantes, una vez enterado del fracaso de la primera Armada enviada contra Inglaterra, exhorta a Felipe II, al que compara con un león, ofendido y enfurecido por lo sucedido, a emprender una rauda acción contra Inglaterra en justa venganza, no sea que las naciones enemigas de España interpreten la lenta actuación del rey o de España como una debilidad, al cual el poeta simboliza con la imagen del rey o de España misma como un león enfermo de cuartana, e intenten aprovecharla levantándose contra ella. Descrito así el contexto, el lector ya tiene todas las claves para la cabal comprensión del pasaje pertinente:

“Y más, que el galo, el tusco [etrusco, es decir, toscano], el moro mira,
con vista aguda y ánimos perplejos,
cúales son los comienzos y los dejos,
y dónde pone este león la mira,
porque entonces su suerte está lozana
en cuanto tiene este león cuartana”. (vv. 46-51)

También emplea a veces la forma adjetiva derivada de cuartana, “cuartanario”. En un pasaje de El rufián dichoso, esa palabra se convierte en un insulto. Un músico que acompaña a Cristóbal de Lugo, a la sazón cabecilla del hampa en Sevilla, le espeta a un vecino asomado a una ventana con el que mantienen, quietas las manos, una contienda meramente verbal, pero que acaba en insultos por ambas partes, con intención de denigrar: “Escóndete, podenco cuartanario!”{41}

Mucho mayor interés tiene, por lo que revela sobre la enfermedad en su época, el abordamiento de ésta no como recurso retórico con fines puramente literarios, sino como una realidad que afecta a algunos de sus personajes, al igual que afectaba a mucha gente en aquel entonces. Hay una ocasión en que recurre muy de pasada a la forma adjetiva ya mentada “cuartanario” para retratar a un cuatrero, que sufre la enfermedad. Esto sucede en Rinconete y Cortadillo, donde el mozo de la esportilla y ladrón que se encarga de conducir a Rinconete y Cortadillo hasta Monipodio, como ejemplo de lo devoto que puede llegar a ser un ladrón y la utilidad para los de este oficio de la devoción religiosa, cuenta el caso de un cuatrero, preso por el robo de dos asnos, que gracias, según él, precisamente a su gran devoción y a la fuerza que ésta le daba, pudo resistir el tormento sin confesar, a pesar de estar enfermo de fiebres cuartanarias:

“Él [Monipodio] tiene ordenado que de lo que hurtásemos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias [tormento de agua o de toca] a un cuatrero que había murciado [robado] dos roznos [asnos], y con estar flaco y cuartanario, así los sufrió sin cantar como si fueran nada. Y esto atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo”.{42}

Pero el tratamiento más importante de la malaria se encuentra en otras obras de Cervantes, a saber, en El licenciado Vidriera  y en el Persiles, donde se alude a la malaria como una enfermedad grave, aunque no en referencia a España, sino a Italia, concretamente a Roma y su campiña, así como la franja costera de la Campania, regiones en las que el paludismo era secularmente endémico. En los pasajes pertinentes no se la menciona nunca por su nombre, ni el preferido de Cervantes, cuartana, ni terciana ni cualquier otro que pudiera usarse en su tiempo ni tampoco el usual en Italia, en particular en la campiña del Lacio, que era el de fiebre romana; sin embargo, todos los indicios apuntan inequívocamente a la malaria o cuartana. Examinemos el asunto. En la primera de las novelas, el narrador nos suministra una información muy valiosa en el relato del viaje al país transalpino de su protagonista, Tomás Rodaja. Nos cuenta que después de visitar Roma

“Determinó irse a Nápoles; y por ser tiempo de mutación, malo y dañoso para todos los que en él entran o salen de Roma, como hayan caminado por tierra, se fue por mar a Nápoles”.{43}

La clave está en qué sea eso de “tiempo de mutación”. Las ediciones al uso de esta novela no ayudan mucho: se limitan a remitirse al significado de diccionario, complementado con una cita de un autor de la época de Cervantes, que ayuda algo, pero no permite resolver el problema. Un ejemplo de ello es el proceder del responsable de la edición que manejamos (la de Cátedra){44}, Harry Sieber, quien cita la definición de “mutación” del Diccionario de Autoridades, según el cual se llama así a “los destemples de la estación en determinado tiempo del año, que se padecen sensiblemente en algunos países”, que el Diccionario de la RAE sigue registrando tal cual. De aquí lo único que se saca en claro es que el tiempo de mutación tiene que ser el periodo más frío o más cálido del ciclo estacional, es decir, o la fase más fría del invierno o la más cálida del verano, lo que no sirve de mucho. El autor citado se ampara en una cita de un pasaje de un escritor del tiempo de Cervantes, Suárez de Figueroa, que toma de la edición de Rodríguez Marín de las Novelas ejemplares, que reza así: “La entrada [en ] Roma por mutaciones (esto es, caniculares) suele producir muerte casi certísima”. Suárez de Figueroa añade algo más que no cita Sieber, el consejo de evitar ir a Roma durante el tiempo de mutación o canícula, un consejo que Tomás Rodaja, sin duda advertido por alguien, puso en práctica.  Ahora bien, la información precedente ayuda algo más: permite descartar el tiempo de los fríos invernales y nos sitúa en la canícula, el periodo más caluroso del verano. Pero no resuelve el problema de saber de qué cosa tan mala, dañosa y mortífera, según Suárez Figueroa, está hablando Cervantes. Si no se dispone de más información, se queda uno con la duda de si los peligros mentados del tiempo de mutación son los que representa la insolación o si se trata de otra cosa.

Lo que está claro es que en la España de la época se vinculaba a Roma con el tiempo de mutación canicular. Tan es así que Gracián llegaba a caracterizar a Roma ante todo por las mutaciones: “Una Roma de mutaciones”.{45} Pero ni Gracián ni el contexto en que aparece la cita permiten averiguar de qué mal se está hablando.

Pero volvamos al texto de Cervantes, que, tomado en su conjunto, una vez que sabemos ya lo que es el tiempo de mutación, nos aporta las claves para determinar cuál es ese mal tan nocivo, según él, y mortífero, según Suárez de Figueroa, que asolaba a Roma durante el verano, especialmente durante los calores sofocantes de la canícula. Obsérvese el muy valioso dato que nos da Cervantes: Tomás Rodaja, al que se nos presenta como estando al corriente de lo malo y dañoso que es el tiempo de mutaciones, se fue por mar a Nápoles, en vez de por tierra y obra así porque, se nos dice, el mal o daños sólo afectaba a los que caminaban por tierra de Roma a Nápoles o viceversa. ¿Qué había en ese camino entremedias de ambas ciudades que había que evitar a toda costa, durante el verano, y especialmente en su fase de canícula, si no se quería exponerse al riesgo de verse afectado por un mal tan nocivo? Lo que había era ante todo una zona de la campiña del Lacio, al sureste de Roma, conocida como Agro Romano o Agro Pontino, una llanura pantanosa de marismas (de ahí que también se denomine Lagunas Pontinas), que, desde los tiempos de la Roma antigua, era un importante foco de infección de la entonces llamada fiebre romana, que no era otra cosa que la malaria, principalmente peligrosa en la temporada de verano. Pero, si bien la llanura de las Lagunas Pontinas era el foco principal de malaria, en realidad toda la vasta llanura del Lacio conocida como Campiña Romana (Campagna Romana), que se extiende desde el exterior de Roma hasta el monte Circeo, el límite suroeste de las marismas pontinas, cerca de la ciudad de Terracina, casi en la frontera sur del Lacio, y la Campania, sobre todo la parte más próxima a la costa, también eran áreas endémicas de malaria; y la propia Roma, por su proximidad a las Lagunas Pontinas, no estaba exenta de los riesgos de ser infectado.{46} Y precisamente el camino de Roma a Nápoles (el de la antigua calzada romana de la vía Apia) cruzaba el Agro Romano para discurrir luego por la Campania, con riesgo manifiesto para los viandantes de ser infectado de cuartanas y eso es lo que Tomás Rodaja soslayó al renunciar a la vía terrestre que conducía de Roma a Nápoles por tan peligrosos lugares.

En el Persiles, Cervantes vuelve sobre el mismo tema del tiempo de mutación, presentado como el más propicio para enfermar y morir, aunque Cervantes nunca da pistas sobre la naturaleza específica de esta enfermedad, que, sin duda, él, que había vivido varios años en Italia, debía de saber que era la terciana o cuartana, que es como en aquel entonces también en Italia como en España se la solía nombrar. Pero no la nombra nunca, ni tampoco menciona la denominación usual en Roma de la cuartana, que era la ya citada de “fiebre romana”. En la novela esta enfermedad desempeña un papel importante en la trama novelesca, pues afecta a un personaje importante, aunque a lo largo de la novela sólo aparece por mención de terceros y únicamente al final de ésta aparece realmente en el escenario literario para precipitar el final de la historia, y además porque es determinante en el desenlace de la trama argumental. Ese personaje es el príncipe Maximino, hermano mayor de Persiles y heredero del trono, a quien estaba destinada para casarse Sigismunda, princesa también heredera de un reino, pero la muerte por causa del paludismo de Maximino deja expedito el camino a su hermano menor Persiles para desposarse con Sigismunda, a quienes el propio Maximino, en el trance mismo de la muerte, unirá en matrimonio. Recuérdese que todo esto sucede no en el presente inmediatamente anterior al año de publicación de la novela, 1616, sino más de cincuenta años atrás, en 1559

Maximino enferma de malaria precisamente por hacer lo contrario que Tomás Rodaja: viaja, en tiempo de mutación, de Nápoles, a donde ha llegado en barco, por tierra a Roma, para encontrarse con Sigismunda y casarse con ella, en vez de hacerlo por vía marítima, y ello le va a costar caer enfermo de una afección,  que, como dijimos, nunca se nombra, ni se mienta ninguno de sus síntomas, pero todas las pistas, y, como vamos a ver, Cervantes nos aporta ahora incluso más detalles que en El licenciado Vidriera, apuntan inequívocamente a las fiebres maláricas. He aquí cómo describe el narrador, por boca de Serafido, el ayo de Persiles, que se encuentra en Roma, la arribada de Maximino a Nápoles y cómo cae enfermo en tiempo de mutación, es decir, en plena canícula (por tanto, debió de iniciar el viaje y caer enfermo en algún momento entre el 21 de Julio y el 24 de Agosto o el 2 de Septiembre, que es la duración de la canícula según el Diccionario de Autoridades ) en el camino a Roma:

“Partióse el príncipe Maximino en dos gruesísimas naves y […] llegó a la isla de Tinacria [Sicilia] y, desde allí, a la gran ciudad de Parténope [Nápoles], y agora queda no lejos de aquí, en un lugar llamado Terrachina, último de los de Nápoles y primero de los de Roma; queda enfermo, porque le ha cogido esto que llaman mutación, que le tiene a punto de muerte”{47}.

 El encargado de la edición, en general excelente, que manejamos del Persiles, (la de Cátedra){48} Carlos Romero Muñoz, está cerca de descifrar la enfermedad de que habla Cervantes, pero sorprendentemente no llega a identificarla, aunque da buenas pistas para hacerlo{49}. Está al corriente de la misma información ya examinada que aportaba Harry Sieber, que completa con la mención de El Criticón, de Gracián, y a ello añade, para clarificar el significado de mutación, de su cosecha este dato de interés, pero al que no sabe sacarle partido: “Se trata del cambio o mutación del aire, particularmente sensible en una zona pantanosa como fue, hasta bien entrado el siglo XX, el Agro Romano o Pontino”. Pero no dice qué enfermedad se atribuía a la mutación del aire, con lo que el lector se queda sin saber de qué ha enfermado realmente Maximino.

La diferencia entre el tratamiento del asunto del tiempo de mutación como tiempo de enfermedad con respecto al pasaje similar de El licenciado Vidriera es que ahora se nos dan datos relevantes sobre el camino que iba de Nápoles a Roma. De acuerdo con éstos, está claro que Maximino contrajo la fiebre palúdica en algún lugar de la ruta costera de la Campania y no en el Lacio, pues se nos informa de que, habiendo enfermado tuvo que quedarse en Terracina, una localidad costera del Lacio, la primera, como dice Serafido, de esta región (yendo desde Nápoles), fronteriza a la Campania napolitana, situada a más de 100 Km de Roma (a 112 por carretera en la actualidad y a unos 130 de Nápoles).

La conexión entre el tiempo de mutación y la enfermedad del paludismo es tan estrecha que, en otro pasaje, Periandro (o Persiles) llega a caracterizar a ésta por la mutación, cuando, al encontrarse con el resto del escuadrón de peregrinos del que él forma parte principal, les comunica que:

“Su hermano, el príncipe Maximino, quedaba en Terracina, enfermo de la mutación y con propósito de venirse a curar a Roma”.{50}

Viene, en efecto, a curar a Roma, a donde entra “por aquel camino de Terracina”, con muchos coches y acompañamiento, siendo recibido por Serafido, su hermano Periandro, Auristea-Sigismunda, y el escuadrón de peregrinos. Alberga la esperanza de encontrar mejores médicos en Roma que los que le habían atendido en Terracina, más experimentados, comenta el narrador, en pronosticarle una muerte inminente antes de entrar en Roma, que en saber curarle, pero termina con una nota de indulgencia con los médicos, pues “verdad es que el mal que causa la mutación pocos lo saben curar”.{52} Pero no va a disponer de tiempo para ponerse en las manos de los mejores médicos romanos, pues “el mal que causa la mutación” va a frustrar su intención. De repente, se agrava su estado y, viéndose a punto de morir, sólo le da tiempo para juntar las manos de su hermano y Sigismunda con el fin de casarlos y morir, tras dejarlos esposados.

Préstese atención a la caracterización de la enfermedad, nunca nombrada por Cervantes, como “el mal que causa la mutación”. Sorprende que alguien como Cervantes, que sin duda conocía bien los síntomas de la malaria y que, cuando menos por los años de estancia en Italia, debía de estar muy al corriente de ellos, se niegue a mentar los síntomas o alguno de ellos de la enfermedad padecida por Maximino, de la que no cabe duda alguna de que es la malaria. Y no deja de ser paradójico y poco comprensible que al mismo Cervantes que en otros pasajes de su obra, como bien hemos visto, sólo le importa la cuartana como figura literaria, aluda, sin embargo, a los síntomas de la enfermedad, aunque sólo sea como artificio retórico, y ahora que tiene la oportunidad de ocuparse de ella de forma directa y no figurada, pues el mismo desarrollo de la historia lo permite al enfermar de cuartana, en este caso más bien terciana, un personaje principal de cuya suerte depende la vida de la pareja protagonista y el desenlace de la historia, se niega, no ya sólo a describirla, sino incluso a nombrarla.

Pero, dejando eso aparte, la expresión de marras es relevante por dos razones. En primer lugar, Cervantes da un paso más: lo hemos visto caracterizar la malaria como una enfermedad de mutación, al decir que Maximino está “enfermo de mutación”, que también puede entenderse como queriendo decir “enfermo por causa de mutación”. Pues bien, por si cupiera duda alguna de que no quería establecer una relación causal entre la mutación y la enfermedad, sino sólo caracterizar a ésta por la mutación, ahora nos saca de dudas y establece una nítida relación causal entre ambas, esto es, al decir de la enfermedad de Maximino que es “el mal que causa la mutación” no se afirma otra cosa, sino que la mutación es la causa del mal padecido por Maximino.

Ahora bien, si esto es así, ello entraña que, para Cervantes, la mutación no es meramente un hecho meteorológico estacional, referido al tiempo estival de calurosa canícula, pues esto por sí mismo no permite establecer un vínculo causal entre la malaria y la mutación. Pero si esta mutación es además una mutación del aire, que llega a su periodo de mayor corrupción o nociva contaminación, de acuerdo con la teoría miasmática de las enfermedades contagiosas y, en particular, de la malaria, vigente en el tiempo de Cervantes, en la canícula, esto es, que en este periodo del año el aire se emponzoña al mezclarse con el aire sano los vapores miasmáticos exhalados de las zonas pantanosas o aguas estancadas, por cuyas cercanías había pasado Maximino en su viaje por la ruta costera de la Campania hacia Roma, entonces el nexo causal entre una y otra es harto manifiesto y permite entender que se pueda presentar la mutación, como mutación del aire, como causa de la maligna enfermedad de Maximino.

Es más, es posible incluso determinar, de acuerdo con los conocimientos científicos disponibles hoy, el tipo de malaria que debió morir Maximino o cualquiera que en la época enfermase y muriese tan rápidamente como él. La malaria es una enfermedad muy compleja que presenta, como ya hemos visto, varias modalidades, como si fuesen casi enfermedades diferentes, con sintomatologías particulares, según el agente patógeno o especie de plasmodio que la cause. Pues bien, la más grave de todas esas modalidades es la causada por la especie Plasmodium falcinarum, que, aunque puede presentarse de forma progresiva, crónica, también pude hacerlo de forma muy aguda y causar la muerte en cuestión de días, tal y como le sucede a Maximino, que, como hemos visto, enferma y muere en pocos días, quizás una semana o poco más. Contrae la enfermedad en algún lugar del territorio del reino de Nápoles antes de llegar a Terracina. Supongamos que llevaba unos dos o tres días enfermo antes de entrar en esta población. Supongamos que permaneció en ella unos dos días para ver si había algún médico que pudiera tratarlo; puesto que los médicos que halló le dijeron que no podían hacer nada por él, no debió de permanecer mucho en Terracina, sino, dado que le habían dicho que la enfermedad era muy mortífera y que podía morir antes de llegar a Roma, debió de acelerar el viaje para llegar lo antes posible a Roma, pues tenía la esperanza de encontrar aquí médicos más capacitados para curarlo. En fin, día más o día menos, la enfermedad de mutación de Maximino encaja perfectamente con la especie de malaria causada por el Plasmodium faclinarum, la cual se caracteriza por fiebres tercianas malignas. Así que, si nuestro análisis es correcto, Maximino murió muy probablemente de tercianas.

La malaria que mató a Maximino es la clase de malaria que más gente ha matado a lo largo de la historia y que aún sigue matando en la actualidad. En general, y dejando aparte sus diversas clases, es la más mortífera de todas las enfermedades contagiosas transmitidas por insectos. Según algunos científicos y revistas científicas, como Nature o National Geographic, la malaria pudo haber matado aproximadamente a la mitad de todos los humanos que han vivido e incluso a más de la mitad de todos ellos.{52} Si esto es así se queda corto Xavier Sistach al declarar que la malaria “ha matado a lo largo de la historia a más personas que la peste, tifus y fiebre amarilla juntas”{53}. Podría haber incluido en esa lista a la viruela, que ha sido más letal que las tres citadas por él, y todavía se quedaría corto en la estimación de la sobrecogedora mortandad causada por el paludismo.

Aún en la actualidad, a pesar de todos los avances en prevención y tratamiento del paludismo, sigue siendo la enfermedad contagiosa que causa más morbilidad y más mortalidad. Según el último Informe mundial de paludismo de la OMS, publicado en 2019, se estima que en 2018 se infectaron de paludismo 228 millones de personas en todo el mundo, de los cuales murieron 405.000. La inmensa mayoría de los casos se concentran principalmente en las regiones tropicales y subtropicales de África y, en mucho menor grado, también en las regiones tropicales de América, Asia y Oceanía. En Europa, donde fue endémico durante muchos siglos, está erradicada desde hace unas cuantas décadas. En Italia, por citar el país en que enferma y muere de paludismo el personaje cervantino, estaba prácticamente erradicado a mediados del siglo XX en la Italia peninsular, aunque en la Italia insular en 1955 hubo un brote epidémico en Sicilia, en la provincia de Agrigento; y el último caso de un infectado de malaria se registró en 1962 en esa misma provincia. En 1969 la OMS declaró oficialmente que Italia se hallaba libre de malaria. Mientras tanto, en España sucedía algo parecido, pues a finales de los cincuenta del pasado siglo estaba casi erradicada y en 1964 la OMS le concedió la certificación de erradicación completa del paludismo, salvo las provincias africanas de Ifni, Sahara y Guinea{54}.

Notas

{1} Véase Pedro Gargantilla, Breve historia de la medicina, Ediciones Nowtilus, 2017, pág. 155, quien da esa estimación, sin indicar cuál es su fuente.

{2} Para un breve resumen sobre la lepra en la Edad Media, véase López Piñero, La medicina en la historia, págs. 166-7; y Pedro Gargantilla, op. cit., págs. 152-155. Un tratamiento más extenso se halla en Jean Vitaux, Histoire de la lèpre, Que sais-je?/Humensis, 2020, págs. 19-51.

{3} Sobre el declive de la lepra a partir del siglo XV y durante la temprana Edad Moderna, véase Vitaux, op. cit., pág. 52.

{4} Un buen resumen de las causas del declive de la peste se halla en Vitaux, op. cit., págs. 52-54.

{5} Cf. Jean Vitaux, op. cit., pág. 53.

{6} Véase un buen compendio de esta investigación en Tanya Lewis, “Leprosy remarkably unchanged from Medieval Times”, LiveScience. com, 13 de junio de 2013; y Clive Cookson, “Why leprosy died out in Europe”, FT Magzine University of Miami Schoool of Business Administration, 21 de Junio de 2013.

{7} Conocida normalmente por las siglas BCG, ya que se basa en el uso del bacilo de Calmette-Guérin, denominado así por sus descubridores, Albert Calmette y Camile Guérin, en 1925; se trata de una cepa atenuada de Mycobacterium bovis, que ha perdido su virulencia en cultivos artificiales, pero mantiene su poder antigénico.

{8} Cf. Jean Vitaux, op. cit., pág. 53.

{9} Las dos únicas leproserías que aún subsistían en España estaban en zonas rurales, apartadas ya no sólo de las grandes ciudades sino de los pueblos más próximos. Una de ellas, la de Trillo, en la provincia de Guadalajara, hace años que cerró; ahora sólo queda el magnífico sanatorio de Fontilles, provincia de Alicante, el último que queda en España y también en Europa.

{10} En la edición del Quijote que usamos para las citas, Francisco Rico, responsable de la edición, lo toma en la acepción de “contrahecho”.

{11} Teatro completo, Acto I, v. 446, pág. 385.

{12} Op. cit., Acto III, v.2833, pág. 371.

{13} Cervantes se inspiró, para la composición de esta comedia, en la biografía de fray Cristóbal de la Cruz recogida en el libro del autor dominico fray Agustín Dávila Padilla, Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México de la orden de predicadores, 1595, págs. 381-461, disponible en www. books.google.es. Nacido en Sevilla, Cristóbal de Lugo entró, siendo muy joven, como paje al servicio de Francisco Tello de Sandoval, un importante hombre de Estado y de Iglesia en los reinados de Carlos I y de Felipe II. Su amo pagó sus estudios y se lo llevó a Toledo, cuando fue nombrado inquisidor. En Toledo termina sus estudios, que había simultaneado con una vida de rufián, iniciada mucho antes en Sevilla; pero en la ciudad imperial muda radicalmente de conducta y con la protección de su amo emprende la carrera eclesiástica, siendo primero clérigo y luego sacerdote. Además, Tello de Sandoval lo toma como consejero. El azar lo lleva al Nuevo Mundo a causa de un cargo oficial, el de visitador, otorgado por la Corona a su amo para ejercerlo en la Nueva España. Con este destino parte de Sevilla en el séquito de su patrono, que desea que le acompañe como consejero.  En 1544 llegaron a México, donde Tello de Sandoval, nombrado visitador de la Nueva España por el Emperador Carlos, tiene el doble encargo, por un lado, de poner en práctica las Leyes Nuevas, promulgadas en 1542, para mejorar el trato a los indios y sus condiciones de trabajo y de vida en el virreinato de la Nueva España, y de, por otro lado, atender e investigar los cargos presentados por Hernán Cortés contra el virrey Antonio de Mendoza. Mientras se ocupa de estas tareas, Cristóbal de Lugo le asesora como consejero durante tres años, de lo cual nada se refleja en la comedia cervantina. Habiendo fracasado en ambas cosas, Tello de Sandoval regresó a España en 1547, pero su sirviente y protegido se quedó en México, donde ingresó en el convento dominico de la capital mejicana en 1548 y cambió su nombre por el de Cristóbal de la Cruz al hacerse fraile. Desempeñó los principales cargos de la orden dominicana, llegando a ser prior en 1554 y ascendiendo a provincial de la orden en 1562, a pesar de haber contraído la lepra en 1556, de la que moriría trece años después, en 1569, después de haber llevado una ejemplar vida de santidad cristiana. Cervantes se permite, no obstante, algunas licencias literarias, como la de trasplantar a uno de los compañeros en su etapa de vida rufianesca, Lagartija, a México para convertirlo en fraile dominico, fray Antonio, compañero, amigo y enfermero del padre Cruz; o la de presentar a éste como leproso antes de ser prior, lo que es contrario a los hechos históricos.

{14} Cf. Vitaux, op. cit., pág. 72.

{15} Teatro completo, Acto II, vv.1950-1955, pág. 346.

{16} Op. cit., Acto II, vv. 2012-2017, pág. 348.

{17} Op. cit., Acto III, vv. 2215-2223, pág. 353.

{18} Op. cit., Acto III, vv. 2720-2725, pág. 367.

{19} Op. cit., Acto III, vv. 2740-2779, págs. 368-9.

{20} Op. cit., acto III, vv.2831-2840, pág. 371.

{21} Según datos publicados en Paula Guisado, “La lepra en España: 130 casos en los últimos diez años”, El mundo, 31 de Enero de 2016; Pedro Simón, “La última leprosería de España, El mundo, 31 de Enero de 2020; y José Pichal, “El estigma de la lepra en España: ‘Me curé y nunca hablé de ello, ni con mis padres’”, El confidencial, 27 de Enero de 2019.

{22} No hemos conseguido obtener los datos más cercanos de 2018 o 1019, que tampoco ofrece la OMS en la mentada nota informativa de 2020, seguramente por no estar disponibles.

{23} Cf. Ernest Hempelmann y Kristine Krafts, “Bad air, amulets and mosquitoes: 2000 years of changing perspectives on malaria”, Malaria Journal, 12: 232, 2013, pág. 3, accesible en www.malariajournal.com.

{24} Sobre los orígenes de las denominaciones tercianas y cuartanas en la Antigüedad clásica griega y su continuación en la romana, véase la excelente información ofrecida por Xaiver Sistach, Insectos y hecatombes, II. Historia natural de las enfermedades transmitidas por mosquitos, moscas, chinches y garrapatas, RBA Libros, 2014, págs. 509-510 y 512-513.

{25} Sobre las diferentes clases de fiebres palúdicas y sus agentes patógenos, véase el siempre excelente Sistach, op. cit. págs. 291-3.

{26} Sobre las características epidemiológicas de la malaria, es útil y muy informativa la lectura de Sistach, op. cit., págs. 297-305; y Timothy C. Winegard, El mosquito. La historia de la lucha de la humanidad contra su depredador más letal, Penguin Random House Grupo Editorial, 2019, págs. 42-45, de quien hemos tomado los datos sobre las tasas de mortalidad de la malaria falciparum y de la malaria vivax.

{27} Cf. Salvador Macip, Las grandes pandemias de la historia, Planeta, 2020, 1ª ed. 2010, págs. 113-4. Para una extensa y detallada información, véase la excelente exposición de Sistach, op. cit., págs. 306-314.

{28} Un buen resumen de este debate con presunta victoria de la teoría de la malaria colombina se halla en el enciclopédico Xavier Sistach, op. cit., págs. 572-575.

{29} Así Betrán Moya en su libro de 2006 ya citado en la primera parte de este estudio, Historia de las epidemias, pág. 84.

{30} Véase su obra ya citada en la primera parte de este estudio, Armas, gérmenes y acero, pág. 246.

{31} Véase Timothy C. Winegard, op. cit., cap. 7, especialmente págs. 191, 193 y 203.

{32} Op. cit., pág. 191.

{33} Así, por ejemplo, en Cristóbal Colón, Diario de abordo, Anaya, 1985, págs. 239-263.

{34} Véase Cristóbal Colón, Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales (edición, prólogo y notas de Consuelo Varela), Alianza Editorial, 1982, págs. 162-204.

{35} El médico e historiador español Francisco Guerra, especialista además en el estudio epidemiológico de las enfermedades infecciosas del Viejo Mundo llevadas a América por los españoles, proporciona una argumentación muy sólida, basada en los documentos históricos sobre ese hecho, entre los que figuran los testimonios de las relaciones de Colón, de Diego Sánchez Chanca, médico en el segundo viaje de Colón, de Hernando Colón, en la biografía de su padre, y de Las Casas, en pro de la tesis de que la enfermedad en cuestión era la gripe, que habría sido la causa de la primera epidemia en América debida a una enfermedad originaria del Nuevo Mundo. Véanse sus artículos, el primero de ellos escrito conjuntamente con Carmen Sánchez Téllez, “Las enfermedades de Colón”, Quinto centenario, 11, 1982, págs. 17-34, sobre todo págs. 20-21 y 29-30; y “Origen de las epidemias en la conquista de América”, Quinto centenario, 14, 1988, págs. 43-51, principalmente págs. 45-48, ambos disponibles en Dialnet.

{36} Sistach, op. cit., pág. 575.

{37} Cf. José Antonio Piqueras, La esclavitud en las Españas. Un lazo transatlántico, Los Libros de la Catarata, 2011, pág. 92.

{38} Op. cit., págs. 199-200.

{39} La historia del descubrimiento del patógeno y del vector de la malaria se halla magníficamente expuesta en Sistach, op. cit., págs. 314-349.

{40} Sobre la prohibición del cultivo del arroz en el reino de Valencia en los siglos XVI y XVII por considerarse culpable de la expansión de las fiebres palúdicas, véase Sistach, op. cit., pág. 527.

{41} Teatro completo, Acto I, v. 609, pág. 305.

{42} Novelas ejemplares, I, pág. 208

{43} Novelas ejemplares, II, pág. 50.

{44}  Véase en la cita anterior la nota 26 a pie de página.

{45} Criticón, I, Crisi 11, Cátedra, pág. 235; cf. también III, Crisi 11, pág. 784.

{46} Para una rica y detallada información, desde una perspectiva histórica, sobre estas regiones italianas endémicas de malaria, véase Xavier Sistach, Insectos y hecatombes, II, págs. 513 y 516-517.

{47} Persiles, IV, 12, pág. 704

{48}  

{49} Véase en la cita precedente la nota 18 a pie de página.

{50} Op. cit., pág. 708

{51} Op. cit., pág. 711.

{52} Veáse “Historia de la malaria”, Wikipedia, donde se dan las oportunas referencias bibliográficas.

{53} Cf. su Insectos y hecatombes, I, pág. 14.

{54} Sobre la evolución histórica del paludismo en Italia y España hasta su completa erradicación, véase Sistach, op. cit., págs. 511-526 y 526-542 respectivamente.

El Catoblepas
© 2020 nodulo.org