El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 196 · julio-septiembre 2021 · página 2
Artículos

Fenómenos de felicidad en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX

Yonatan Durán Maturana

Anotaciones para una historia de los fenómenos de felicidad en Colombia

motivo
Encargan en 1927 a Coriolano Leudo Obando (1866-1957) recrear la firma del establecimiento de la Junta Suprema de gobierno en Santafé de Bogotá (20 julio 1810), que asume la autoridad en ausencia de Fernando VII, “a beneficio de la seguridad, tranquilidad y felicidad del generoso pueblo que ha depositado en ella sus sagrados derechos y confianza…” (oleo, 450×250 cm, Salón Comuneros del Concejo de Bogotá, reinterpretado como firma del acta de independencia de Nueva Granada, incluso firma del acta de independencia de Colombia).

Introducción

El término felicidad o su conónimo{1} (que usamos aquí), el bienestar, tiene en nuestros días un uso sorprendentemente excesivo. Cuenta, como es natural con este tipo de cuestiones, como una vasta literatura, conocida por todos como «literatura de autoayuda»; literatura que se vende y se presenta como verdaderas guías para conseguir la felicidad. Pero, el sentido mundano, vamos a llamarlo así, que se le da este término se orienta a hacia situaciones muy prácticas recortadas en el presente inmediato de millones de personas. Si hiciésemos una lista de lavandería con las cosas que hacen feliz a la gente, sin duda estarían cosas como estas: viajar, bailar, hacer deportes, meditar, leer libros, y un largo etc. En el fondo de esta lista de lavandería está la idea de que la gente feliz busca experiencias en vez de posesiones.

Así, la editora de Live Happy Science, Paula Felps, cree ingenuamente que la felicidad puede salvar el planeta. Citando a la psicóloga Miriam Tatzel, quien decía en su presentación Consumer Well-Being & Environmental Well-Being: A Surprising Compatibility, ante la American Psychological Association, en una convención celebrada en 2016, lo siguiente: «Si la gente pasara menos tiempo trabajando y gastando tendría más tiempo para las relaciones e intereses personales», y agrega: «La gente menos materialista tiene tendencia a ser más feliz y a sentirse más satisfecha con su vida», cree poder fundamentar su idea de que «Se sabe que la gente que es más feliz vive menos centrada en las “cosas” y más dedicada a satisfacer actividades y relaciones sociales, que llevan consigo un beneficio para la Madre Tierra». Lo que nos viene a decir Tatzel es esto: que las personas felices comparten una característica muy particular: valoran y buscan experiencias en lugar de posesiones.{2}

Parece que lo contrario ocurría en Alemania tres años después del evento de la American Psychological Association, donde la facilidad estaba en función de las posibilidades de trabajo, no de la ausencia de este. En 2019, Deutsche Post presentó en Berlín su «Glücksatlas», estudio anual sobre la felicidad a cargo del economista Bernd Raffelhüschen. Decía Raffelhüschen en la presentación: «desde la reunificación somos las personas más felices que jamás hayan vivido en este país». Según el estudio dirigido por Raffelhüschen, la felicidad se midió a través de una escala del 0 al 10. Siendo el índice de la felicidad alemana de 7,14 puntos. Esto se debía, según el estudio, a los buenos ingresos que tenían los alemanes: «Somos los alemanes más ricos que han vivido en Alemania, las familias son más estables, y la tasa de divorcio está disminuyendo».{3} En consecuencia, los niveles de felicidad se debían, por ejemplo, a la baja tasa de desempleo, a los buenos salarios, y a la buena salud de la población.

Muy recientemente se ha publicado The World Happiness Report 2020, que indica el Ranking of Happiness 2017–2019 en el que, por cierto, Colombia ocupa el lugar número cuarenta y cuatro (44), por encima de países como Argentina (55), Ecuador (58), Bolivia (65), Paraguay (67).{4} Existe, en consecuencia, un protagonismo increíble de la felicidad en el discurso, no solo político actual., sino científico y periodístico. Y esto aun cuando se trata de un concepto indeterminado, inconmensurable, abstracto, extraordinariamente oscuro y confuso, etc.

Según una nota de la Universidad de los Andes, para el neurobiólogo y profesor de la Universidad de Rosario, Leonardo Palacios: «La felicidad depende en un 50 por ciento de la genética, 40 por ciento pertenece a la voluntad y el 10 por ciento restante hace parte de las circunstancias en las que el ser humano se desenvuelve». A continuación, asegura que «los medios indispensables para el camino a la felicidad deben tener en cuenta la plenitud individual y el desprenderse de temores, miedos y ansiedades para desarrollar vínculos cercanos y cálidos»{5} ¿De dónde saca Palacios estos valores? Más: ¿cómo es que se puede determinar esta distribución de porcentual? Pero, sobre todo, ¿qué es eso de que el 40 por ciento pertenece a la voluntad de ser felices?, ¿cómo medir la voluntad?

Sin duda, estos datos provienen de aquel estudio que se realizó en los Estado Unidos, David Lykken, en la década de 1990, sobre gemelos con idénticos genes nacidos entre 1936 y 1955. «Se les separó al nacer, fueron criados en países distintos, con economías diferentes. Pasados los años se observó que había muchas similitudes en cuanto a sus niveles de bienestar»{6}. De donde se concluían esas cifras. Parece que Palacios, aunque no se menciona en la nota, toma esas cifras de ahí.

Aunque es verdad que estas reglas, o proposiciones tentativas, pueden considerarse como importantes en el análisis de las probabilidades de los resultados en los «estudios de la felicidad», padecen de indeterminación, y si no se aclara su borrosidad u oscuridad, serán puras ocurrencia, afirmaciones gratuitas, intencionales. Y eso dicho sin perjuicio de que provenga de aquello que suele denominarse como «la ciencia de la felicidad». En todo caso, la felicidad a la que se refiere Palacios se recorta en su momento subjetivo e individual, es una felicidad con valores de felicidad de subjetividad individual (volveremos a ello en las reflexiones finales), que es, dicho sea de paso, hacia donde ha derivado la búsqueda de la felicidad en nuestro presente en marcha.

Finalmente, las «anécdotas» que se han citado no se consideran baladí, por una razón muy sencilla: nada de lo que tenga que ver en los fenómenos de facilidad debe considerarse como meras anécdotas individuales, debe tratarse la trabazón de anécdotas como un fenómeno, esto es, como una manifestación positiva determinada por las circunstancias, diríamos en términos históricos, por los «contextos históricos».

¿De dónde proviene entonces esa insistencia por la búsqueda de la felicidad? Más aún, ¿dónde situar la eclosión de fenómenos públicos, por tanto, políticos, de felicidad? «El principio de felicidad» ha sido tratado de diversas maneras en diversas épocas por la filosofía, adquiriendo con cada autor una concepción característica. Como nuestro interés es histórico, delimitado temporal y espacialmente al Nuevo Reino de Granada, dejaremos de lado el tratamiento que han dado las diversas escuelas filosóficas a la idea de felicidad o a una historia extensa de la misma{7} y nos atenemos a los fenómenos de facilidad en contextos sociales y políticos. Así las cosas, la eclosión de fenómenos de felicidad se da, históricamente hablando, en una época muy reciente. Es en el siglo XVIII cuando empieza este interés público y político por la felicidad.

Nos limitaremos, por tanto, a describir brevemente algunos fenómenos de felicidad en los últimos años del Nuevo Reino de Granada. Para ello, en la primera sección se esboza el marco interpretativo y las coordenadas filosóficas que se usan para tal propósito. En la segunda sección se describen brevemente el «complejo anecdótico» como fenómenos de felicidad. En la tercera, se describen algunos fenómenos de felicidad en la vida social y política.  Habremos llegado así al cuarta y última sección, en la que proponemos una interpretación de los fenómenos considerados.

Sobre el campo de la felicidad del materialismo filosófico de Gustavo Bueno

Ante todo, parece conveniente aclarar qué se entiende aquí por felicidad. Pero, sobre todo, si es que queremos mantener un espíritu crítico, especificar las coordenadas y las perspectivas que se usarán. El propósito es este: intentar presentar una estructura conceptual de la que habría que valerse si se quiere ser capaz de explicar los fenómenos de felicidad más allá de su pura descripción positiva. La perspectiva es trazada por el profesor Gustavo Bueno en su complejísima y profunda obra ya citada, El mito de la felicidad. Autoayuda para desengaño de quienes buscan ser felices. Pero volvamos, aunque sea muy brevemente, antes de empezar con la exposición de nuestras coordenadas, a la distribución porcentual de la felicidad que citamos en la introducción.

La tesis que en fondo sostenía Palacios sobre el 50% de programación genética para la felicidad, es, desde donde se mire, insostenible. «La razón es que la felicidad es una Idea histórica y culturalmente conformada, como pueda ser la Idea de orquesta sinfónica o la profesión de registrador de la propiedad». Ahora bien: «Por muy melómana que sea una ciudadanía no podrá decirse que su melomanía orquestal está genéticamente programada» y, de la misma manera, «por mucha vocación que tengan los estudiantes de una facultad de derecho para llegar a ser registradores de la propiedad tampoco podrá decirse que están genéticamente programados para tal misión».{8}

Lo que se quiere decir es, sencillamente esto: que, aunque la influencia de los genes pueda reconocerse en multitud de cuestiones de los cuerpos humanos como lo «concerniente a la salud, al “temple”, al tomo muscular, niveles de ansiedad o depresión», no debe confundirse con la felicidad.{9} Así objeta el profesor Bueno a esta tesis del 50% de programación genética para la felicidad declarada por Lykken en su investigación y retomada por Palacios. Partimos, por tanto, de esta otra tesis: la felicidad es una Idea histórica y culturalmente conformada.

Ahora bien, como cuando se habla de felicidad, se habla de una Idea, el profesor descarga todo su arsenal filosófico, dialéctico y sistemático para determinar en qué pueda consistir.  ¿Qué significa que la felicidad sea una Idea histórica? Por de pronto, que «no existe una Idea de felicidad, unívocamente delimitable, a la manera como existe el concepto de cuadrado o el concepto de triángulo», y esto así porque la felicidad está «vinculada a la evolución plural de los distintos grupos humanos» lo que hace que no pueda «existir una idea unívoca universal de felicidad». Por tanto, «fingir que existe esa Idea universal diciendo que “la felicidad se dice Glückelikeit en alemán, happiness en inglés, makariotes en griego...” es una ingenuidad o una impostura».{10}

La tesis se puede reescribir de la siguiente manera: la Idea de Felicidad es una Idea construida, delimitada por la literatura de la felicidad. El concepto literatura de la felicidad no debe entenderse como relacionado con la literatura en sentido genérico: novelas, cuentos, poesía, en una palabra, libros. El concepto es usado por Bueno en contraposición dialéctica con otros conjuntos de objetos que tienen que ver con la felicidad; estos otros conjuntos de objetos son los propios fenómenos y conceptos relacionados con la felicidad. En suma, literatura de la felicidad serían aquellos contenidos que incluyen lo que Bueno denomina Principio de felicidad. Principio desde el cual se interpretan los fenómenos de felicidad, de gran importancia para la cuestión que tratamos aquí.

El Principio de felicidad tiene dos formulaciones: la débil y fuerte. Principio de felicidad se refiere al Principio débil de felicidad, y Supuesto de la felicidad se refiere al Principio fuerte de felicidad. El primero afirma que todos los hombres buscan la felicidad, queda expresado en la fórmula de Séneca: «Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felizmente». El segundo, es más normativo, afirma que todos los hombres deben ser felices:

La interpretación normativa (o esencialista) del Principio fuerte de la felicidad, que en su forma «directa» muy pocos (incluso quienes la ven como excesiva) considerarán «dura» o «cruel», aunque la consideren gratuita, se hace «dura» y «cruel» cuando adopta la forma contrarrecíproca (a pesar de que esta forma es lógicamente equivalente a la directa) manteniendo su interpretación esencial: «Luego todos aquellos que no son felices no son hombres.» ¿Qué serán entonces? Degenerados, enfermos..., acaso, habitantes del tercer mundo.{11}

En efecto, como veremos más adelante, en eso consiste la necesidad de hacer a todos felices. Los fenómenos de felicidad en el siglo XVIII, que aparecen en posición dialéctica entre felicidad e infelicidad, están determinados, en gran medida, por este principio. Lo que hemos dicho hasta ahora nos lleva al campo de la felicidad.

El campo de la felicidad está incluido en el espacio gnoseológico{12}, donde sus materiales se encuentran moldeados tanto al nivel sintáctico como al nivel semántico y al pragmático. El espacio gnoseológico se organiza, en la Teoría del Cierre Categorial, según tres ejes disociable, pero inseparables, estos son: el «eje sintáctico», «eje semántico» y «eje pragmático»; cada eje consta de tres figuras, el en sintáctico están términos, operaciones y relaciones; en el semántico, las referenciales, fenómenos y esencias; y en el pragmático los autologismos, dialogismos y normas.{13}

Así pues, el campo de la felicidad «podría considerarse como un territorio incluido en el espacio gnoseológico, en la medida en que la felicidad pueda ser considerada como un campo susceptible de ser trabajado por una o más técnicas o ciencias positivas», o bien, «por disciplinas que aunque no sean propiamente científicas o técnicas (farmacológicas, gimnásticas, masajísticas, &c.), mantengan o pretendan mantener alguna conexión profunda con determinadas disciplinas científicas».{14}

Ahora bien, el campo y el espacio de la felicidad no tiene una intersección plena o recta con la gnoseología, sino oblicua. En cambio, sí interseca plenamente con la ontología a través del campo y el espacio antropológico. El libro que estamos comentado parte del supuesto de que «el campo de la felicidad se circunscribe propiamente en el espacio antropológico»{15}. El espacio antropológico está compuesto por tres ejes: Eje circular, que polariza los contenidos del campo antropológico que a la vez sean inmanentes y personales; Eje radial, que polariza los contenidos del campo antropológico que sean a la vez trascendentes e impersonales; Eje angular, que polariza los contenidos del campo antropológico que sean a la vez trascendentes y personales.{16} «La felicidad es, según esto, una Idea, o un conjunto de conceptos, que hay que referir primariamente a la Antropología, y no a la Zoología o a la Teología».{17}

El campo de la felicidad se estructura en torno a cinco estratos en los que se agrupan sus diversos elementos. Valga decir, como ya lo hemos insinuado, este campo se dibuja por dos dominios relacionados dialécticamente: el dominio de la felicidad y el dominio de la infelicidad. Así, «el campo de la felicidad no sólo está poblado de contenidos felices o alegres, sino también de contenidos contrarios a la alegría o a la felicidad, es decir, de contenidos infelices o tristes, de acuerdo también con el principio tradicional: contraria sunt circa eadem».{18}

Por tanto, la estructura general del campo de la felicidad viene dada por sus cinco estratos. El primer estrato corresponde a los fenómenos de felicidad; el segundo estrato a los conceptos de felicidad; el tercer estrato corresponde a las Ideas de felicidad; al cuarto a las teorías de la felicidad; y finalmente, el quinto estrato a las doctrinas de felicidad.

Simplificando al máximo, los fenómenos de felicidad, aunque incluyen elementos psicológicos (somáticos o extrasomáticos), se institucionalizan a través de los conceptos; través de estos la felicidad se da a escala social, los conceptos hacen que desborde lo puramente subjetual y se convierta en supraindividual, hablaríamos entonces de fenómenos de felicidad institucionalizados (se verá en el «complejo fenoménico» que citaremos más adelante).

Los conceptos de la «constelación felicitaria», son inseparables de los propios fenómenos, en cambio pueden disociarse de ellos: «por ejemplo cuando dos fenómenos son vistos como semejantes, la semejanza entre ellos es ya un concepto y no un fenómeno; estas relaciones de semejanza entre fenómenos son ya conceptos y no constituyen propiamente un fenómeno».{19} En suma, conceptos y fenómenos se coderteminan. Los fenómenos ya conceptualizados muchas veces van «desbordando» sus orígenes hasta convertirse y referirse a Ideas que se relacionan con el campo de la felicidad

Por otro lado, «Las teorías las definimos como “sistemas de concatenaciones (clasificaciones, correspondencias, implicaciones) de conceptos” (concatenaciones que arrastrarán a los fenómenos, en una proporción mayor o menor, según la “potencia” de la teoría)». Así, pues, «Los “sistemas de conceptos” se mantendrán, en principio, en la “inmanencia” del contorno del campo de los fenómenos felicitarios, es decir, en su “dintorno”».{20} En palabras del profesor Bueno:

Venimos utilizando la expresión «teorías de la felicidad» para denominar a toda propuesta de coordinación «cerrada», explícita o implícita, capaz de abrirse camino in medias res en un campo de fenómenos felicitarios reales, que se supone siguen su ritmo propio. Una teoría de la felicidad es una concatenación de conceptos de felicidad referida al campo fenoménico de la felicidad, en la medida en que este campo pueda ser considerado en su «inmanencia antropológica» o zoológica.{21}

El estrato de las doctrinas estará definido por las concatenaciones de Ideas de felicidad. Bueno usa la expresión doctrinas de la felicidad para designar con precisión «a todo sistema de Ideas envolventes del campo fenoménico de la felicidad presupuesto, mediante las cuales se nos ofrezcan criterios para situar el campo fenoménico de la felicidad en el contexto de otros campos o ideas susceptibles de ser consideradas como constitutivas del entorno del campo inmanente de referencia».{22} Finalmente, «El entretejimiento entre teorías y doctrinas de la felicidad dará lugar a lo que denominaremos “concepciones de la felicidad”».{23} La expresión concepciones de la felicidad designa «a todo sistema ideológico, mitológico o filosófico que comprenda, no sólo una teoría sobre la felicidad, sino también una doctrina sobre la misma».{24}

De la clasificación de las teorías de la felicidad, el profesor Bueno levanta una tabla exhaustiva con un esquema trimembre de teorías (ascendentes, descendentes y neutras). Una tabla rica para tratar la felicidad desde diversas perspectivas.

   Doctrinas →
 
 Teorías ↓
Espiritualismo
simple
(asertivo)
Espiritualismo
radical
(exclusivo)
Materialismo
unitario o
monista
Materialismo
pluralista
Descendentes 
Modelo I
Versión aristotélica.
Versión tomista.
 
Modelo IV
Versión neoplatónica.
Versión idealista material.
 
Modelo VII
Versión
degeneracionista.
 
Modelo X
Versión
pesimista.
Ascendentes 
Modelo II
Versión sabeliana.
 
Modelo V
Versión idealista absoluta.
Versión idealista objetiva.
 
Modelo VIII
Versión progresista.
Versión monista.
 
Modelo XI
Versión
emergentista.
Neutras 
Modelo III
Versión dualista
(psicologista, fisiologista).
 
Modelo VI
Versión gnóstica.
 
Modelo IX
Versión eudemonista.
Versión ilustrada.
Versión pansexualista.
 
Modelo XII
Versión estoica.
Versión espinosista.

Fuente: Gustavo Bueno, El mito de la felicidad (Barcelona 2005, páginas 195-196).{25}

Ahora bien, como en esta ocasión nos ocuparemos del primer estrato del campo de la felicidad, los fenómenos de felicidad, hay que explicar qué se entiende aquí por fenómeno. El profesor Bueno retoma el sentido helénico del término para evitar la recaída en el idealismo alemán (de Kant o de Husserl): «En su acepción griega, un fenómeno es un contenido del Mundo que se destaca del resto por una cierta rareza o anomalía». El fenómeno, además, «se manifiesta a varios sujetos (o a uno mismo varias veces, y con alguna variación en cada percepción».{26} Esto eso: el fenómeno tiene una repetibilidad, lo que hace que sea «correlativo de la esencia o estructura».

Según el profesor Bueno, el fenómeno en su sentido helénico debe ser corpóreo o, dicho en otras palabras, debe tener un referencial. «Además, presupondrá siempre un concepto ejercitado (vinculado a la esencia), en virtud del cual quede fijada la diferencia, según su contorno, con otros fenómenos (lo que implica la necesidad de la repetibilidad, sin perjuicio de sus variaciones, del fenómeno)».{27}

En realidad, no hay uno sino varios dominios fenoménicos del campo de la felicidad. Bueno, agrupa estos dominios (felices o infelices) en cuatro rúbricas: 1) aquella que cubre los dominios subjetuales; 2) la que cubre los dominios subjetales de carácter supraindividual, en otras palabras, los grupos sociales; 3) la que cubre los dominios no subjetuales: y la 4) que corresponden a objetos incorpóreos. Para nuestro propósito, nos atenemos a los dominios de la segunda rúbrica, los de carácter supraindividual.

Es decir: los fenómenos de felicidad en su «terreno» social y político. Y nuestra elección se hace en virtud de que los dominios fenoménicos supraindividuales asociados a la felicidad son, por lo general, «fenómenos institucionales»: «instituciones sociales o culturales que se han constituido inicialmente, o han llegado a centrarse, precisamente en torno de alguno de los contenidos que forman parte del campo de la felicidad».{28} Intentaremos «corroborar» esto con el material que disponemos lógicamente ordenado.

Los fenómenos de felicidad como bienestar se recortan en la historia institucional

Sobre el «complejo anecdótico» o anécdotas fenoménicas

Es de todos conocido que el cuarto rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, quien, al morir su padre, le sucedió a la corta edad de 18 años. Al momento de su coronación en junio de 1974, pronunció unas palabras muy solemnes ante el desafío que tenía por delante: gobernar un país al borde de una crisis económica. En ese discurso, Wangchuck decía que «La felicidad interna bruta es mucho más importante que el producto interno bruto».{29}

En efecto, Bután implementó como fundamento de sus políticas de desarrollo a la felicidad, que sería medida con el indicador FIB (Felicidad Interna Bruta). Para el contexto de Bután, ¿cuáles eran las fuentes de esta perspectiva de desarrollo? Una es, sin duda, sus raíces budistas:

La felicidad interior bruta se basa en dos principios budistas. Uno es que todas las criaturas vivas persiguen la felicidad. El budismo habla de una felicidad individual. En un plano nacional, corresponde al Gobierno crear un entorno que facilite a los ciudadanos individuales encontrar esa felicidad. El otro es el principio budista del camino intermedio.{30}

El camino intermedio significaba, por un lado, situarse en un escenario en el que las características medievales del país se transformaran para convertirse en un país más moderno; por el otro, se trataba de que, un país guiado casi exclusivamente por la religión optara por otras vías, diríamos, una tercera vía de desarrollo. El ministro del Interior y de Educación de entonces, Lyonpo Thinley Gyamtso, explicaba muy bien esta situación: «Están los países modernos, y luego está lo que era Bután hasta los años setenta. Medieval, sin carreteras, sin escuelas, con la religión como única guía. Son dos extremos, y la FIB busca el camino intermedio»{31}

El FIB tuvo sus implicaciones a escala mundial. En la sesión plenaria número 109 de la Asamblea General de la ONU se aprobó la resolución «La felicidad: hacia un enfoque holístico del desarrollo», en la que acogía «con beneplácito el ofrecimiento de Bhután de convocar un coloquio sobre el tema de la felicidad y el bienestar en su sexagésimo sexto período de sesiones», al tiempo que invitaba a los «Estados Miembros a que emprendan la elaboración de nuevas medidas que reflejen mejor la importancia de la búsqueda de la felicidad y el bienestar en el desarrollo con miras a que guíen sus políticas públicas»{32}.

Apenas pasado un año, mediante acta número 66/281, aprobada en junio de 2012, se proclama en la sesión número 118 el «Día Internacional de la Felicidad» y se exhorta a las naciones miembros a que consideren la felicidad como un objetivo esencial de las políticas públicas. Y reconoce: «la necesidad de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado, que promueva el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de todos los pueblos»{33}.

Apuntes sobre la felicidad pública

A un lector documentado las anécdotas que se han citado no le parecerán, con razón, ninguna novedad. Dirá que siglos antes, concretamente en 1793, el manifiesto de los sans coulottes veía, según Hannah Arendt, como fin último de la revolución antes que la libertad a la felicidad del pueblo{34}. O Bien, dirá de nuevo con Arendt: que la tesis más conocida de «felicidad pública», es acaso la de Joseph Warren, quien la haría depender en 1722, de «una devoción firme y virtuosa a una Constitución libre».{35}

Nuestro lector dirá todavía más. Indicará acaso que la génesis moderna de los Estados de Bienestar se encuentra ya en la Declaración de Independencia de los Estado Unidos, en el congreso del 4 de julio de 1776, que estableció que «la búsqueda de la felicidad es un derecho inalienable de todos los hombres». Decían los padres de la patria: «Sostenemos por evidentes, por sí mismas, estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…».{36}

No obstante, reivindicamos otra fuente de la felicidad pública. Se trata del Tratado de Lodovico Antonio Muratori, Della Pubblica Felicita: Oggetto De' Buoni Principi (1749). Desde una perspectiva ilustrada, Muratori propone que los soberanos ilustrados puedan orientar sus políticas hacia la felicidad de sus súbditos. Plantea una distinción fundamental entre felicidad individual y felicidad pública. Dice Muratori en sus comentarios al lector:

Así también el deseo maestro y padre de todos los demás que hay en nosotros, es el de nuestro Bien privado, y el de nuestra particular Felicidad. Esto es, nuestro deseo mas ordinario tiene por blanco algún objeto o medio que pueda redundar poco ó mucho en nuestro Bien. Este no solo es un consejo, sino también un impulso incesante de nuestra naturaleza, que se hace sentir tanto del noble como del plebeyo, así de los ignorantes, como de los doctos Hay otro deseo de una esfera más sublime у de un origen más noble, cual es el del Bien de la sociedad, del Bien público, o de la Pública Felicidad.{37}

El primer tipo de felicidad se refiere a una determinación natural humana, mientras que la segunda se determina positivamente. «El primero: nace de la naturaleza, este otro tiene por madre la virtud, No hay ningún mérito en desear y procurar el Bien para nosotros misinos (hablo de los bienes temporales)». «Y al contrario, siempre es de mucho mérito para con Dios y para con los hombres apetecer y procurar el Bien público como se consiga por medios honestos».{38} Según nos indica el mismo autor, su interés en tratar la pública felicidad radica en estas cuestiones: «De aquí ha nacido en mí el deseo y el designio de tratar de la Pública Felicidad, esto es, de aquel bello objeto que debía ser el punto de vista más agradable de todos los que están destinados por la Providencia á ocupar el Trono, y el blanco de sus continuos pensamientos».{39}

Ahora bien, ¿qué entiende Muratori por felicidad pública? Si no interpretamos mal, en este autor se entiende que la facilidad tiene dos dominios muy bien delimitados: el de la felicidad y el de la infelicidad. Con respecto al primer dominio nos dice: «Este nombre Felicidad abraza dos ramos muy diversos: el primero consiste en gozar en esta vida muchos bienes, que puedan procurar á el que los posee muchas comodidades: y el segundo en una total esencion de males»{40}. El segundo dominio: «Son ocasiones de infelicidad las varias enfermedades, dolores y daños que pueden desconcertar la buena harmonia de nuestros cuerpos, así como la carestia del preciso alimento, vestido у habitación, de que necesita qualquiera». De donde se deduce que, los términos de cada dominio pueden tratarse como «conceptos conjugados» (volveremos a ello).

Muratori es cuidadoso al tratar la felicidad pública, sabe muy bien que en los límites de un Estado, extender la felicidad a todos los miembros es imposible, precisa: «nadie se figure que yo entiendo por Pública Felicidad un Estado, bien de Monarquía, ó de República , en quien todos hayan de ser, ó puedan llamarse felices» Y enfatiza con un principio de realidad: «No hay Gobierno que pueda arrancar de la mayor parte del pueblo las congojas de la pobreza, ni los dolores y gravámenes de las varias enfermedades».{41} En suma, entiende por felicidad pública, «no otra cosa que la paz y sosiego que un Príncipe o Ministro sabio y amante del bien, procura á su pueblo en quanto le sea posible, previniendo y alejando de él los desórdenes que teme, y remediando los sucedidos». Según Muratori esto es posible

por medio de una puntual y exacta justicia: cobrando tan discretamente los tributos, que se contente con el vellón de su rebaño, sin arrancarle la piel y despojarle de ella: y sobre todo esto, proporcionando al pueblo toda la comodidad, ventajas, y bien que le sea dable.{42}

En todo caso, se trata más de una postura ilustrada que asume a los intelectuales como guías para que los gobernantes sustituyan el bien privado por la felicidad pública. Y aquí resuena, de alguna manera, el intelectual orgánico gramsciano. ¿Qué dice Muratori de la política social y de la política económica? Veamos.

En cuanto a la política social, nos ofrece más que un cambio estructural, reformas o modificaciones: reducir la miseria de la población urbana y rural. La felicidad pública implicaba una política ilustrada, una economía regulada en función del bienestar colectivo y unos principios religiosos. En términos estrictamente económicos proponía, por citar algunos casos: 1) liberación de las mercancías de las excesivas cargas aduaneras, 2) una política fiscal más repartida entre los súbditos nobles y eclesiásticos y que no gravara a los campesinos, 3) la supresión de las limitaciones a la posibilidad de venta de la tierra, dispuesta en la ley toscana sobre el fedecommesso y la manomorta.

Se han enunciado dos rasgos de la historia reciente a escala global que se manifiestan como anécdotas fenoménicas. El esbozo que se presentó en el apartado anterior permite construir un esquema que nos permita entender la estructura que envuelve estas anécdotas, con la cual se daría razón del interés y de la exigencia de sociedades diversas por incorporar como fundamento de sus políticas de desarrollo, la búsqueda de la felicidad; pero, sobre todo, de dar razón de la persistencia de ese «complejo anecdótico».

Fenómenos de felicidad en el Nuevo Reino de Granada,
segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX

Sea como fuere, para el contexto que nos ocupa, es imposible separar la felicidad de su trasfondo económico y político. Este fenómeno se dibuja en una relación dialéctica de dos términos importantísimos: la riqueza y la pobreza. Como vimos, estos términos se pueden reinterpretar dialécticamente como dos dominios (felicidad e infelicidad) del campo de la felicidad. En 1781, Gaspar Melchor de Jovellanos al dirigirse Real Sociedad de Amigos del País de Asturias, definía la felicidad en los siguientes términos:

Entiendo aquí por felicidad aquel estado de abundancia y comodidades que debe procurar todo buen gobierno a sus individuos. En este sentido, la provincia más rica será la más feliz, porque en la riqueza están cifradas todas las ventajas políticas de un estado. Así pues, el primer objeto de nuestra Sociedad debe ser la mayor riqueza posible del Principado de Asturias.{43}

Es evidente que el fin al que apuntaba la actividad económica no era otro sino la felicidad. Esto es de una importante significación. El sentido que Jovellanos le da al término felicidad desborda sus contornos estrictamente morales tradicionales que, por cierto, algunos todavía seguían presentes en la felicidad pública de Muratori. Pareciera que Jovellanos está «liberándola» del sentido benéfico que se le había atribuido a la pobreza, benéfico por cuanto la pobreza ubicaba a las personas en una situación de privilegio con respecto a Dios.{44} En una palabra, a lo que se asiste aquí es a un desbloqueo (si vale hablar así) de la reflexión económica con respecto a la moral cristiana. Según nos recuerda Marc Marti, también Campomanes asociaba la riqueza con la felicidad y con su situación demográfica: «La felicidad más grande de una república consiste en que esté muy poblada, pues la población abundante es la más grande riqueza que pueda desear un pueblo»{45}.

Sin embargo, décadas antes al Discurso de Jovellanos, el concepto felicidad tenía dos sentidos, propios del siglo XVIII: felicidad temporal y la felicidad eterna. Empero, si bien es verdad la existencia de este doble sentido, de la dialéctica de ambos, se va dando una extensión de la felicidad temporal hasta envolver al sentido económico y hacer cada vez más borroso, por tanto, el sentido de la felicidad eterna; extensión que es el producto de la secularización surgida a raíz de la Ilustración. En Hispanoamérica, este proceso se puede observar muy bien en 1768, cuando Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de México, publica sus Reglas para que los naturales de estos Reynos sean felices en lo espiritual, y temporal. El caso de Lorenzana es un buen ejemplo de la fenomenología de felicidad pública, de fenómenos de felicidad como bienestar en el siglo XVIII. En la nota de la octava regla dice Lorenzana:

Que los Naturales trabajen, y tengan las mugeres sus Telares para fabricar la ropa, que ellos, y sus hijos gastan, y nunca anden desnudos, ni sucios, porque se pierde el pudor, y la salud, y se mueren muchos niños por falta de aseo, y limpieza, matándoles la hediondez […] (subrayado nuestro).{46}

Y en la nota a esa regla nos describe con abundantísimos datos, fenómenos de felicidad en la vida social:

Que tengan Escuela de Castellano, y aprendan los niños á leer; y escribir, de este modo adelantará, sabrán cuidar su casa, podrán ser Oficiales de República, y explicarse con sus Superiores, ennobleciendo su Nación, y desterrando la ignorancia, que tienen, no solo de los Mysterios de la Fe, sino también del modo de cultivar sus tierras, cría de ganados, y comercio de sus frutos, á lo que fe añade ser falta de respeto hablar en fu Idioma con los Superiores, ó delante de ellos, pudiendo hacerlo en Castellano, aunque sea hablando poco. (subrayado nuestro).{47}

Como veremos, este sentido que le da Jovellanos y antes Lorenzana a la felicidad es el mismo que se describe en el Nuevo Reino de Granada. Y esto no es causalidad. Una de las principales razones es acaso esta: que son las Reformas Borbónicas uno de los mecanismos por los cuales el discurso de la felicidad pública llega, a través de los funcionarios (visitadores), a Hispanoamérica. Como no podemos describir aquí el complejo proceso al que se refiere el concepto historiográfico de Reformas Borbónicas, nos limitaremos a anunciarlo y a tratar con él de manera oblicua cuando el material mismo nos obligue.

Fenómenos de felicidad en la vida social y económica

Como se dijo, las innovaciones en la administración del Nuevo Reino de Granada se introdujeron a través de la figura del visitador regente. Para ese cargo en el Nuevo Reino fue designado, en 1778, Juan Francisco Gutiérrez de Piñerez. Su propósito era el de hacer una revisión del estado del gobierno: principalmente lo concerniente a las rentas, el sistema de recaudo y administración fiscal.{48}

Y parece que, en cuanto a lo que nos ocupa, Piñerez hacía bien la tarea. El Virrey Caballero y Góngora declaraba que, bajo la administración del Virrey Manuel Antonio Flórez Maldonado, gobernante durante el tiempo en el que el visitador general aplicó una serie de reformas, la administración virreinal estaba alcanzando la felicidad:

La Real Hacienda, abandonada hasta sus días a las codiciosas manos de los arrendadores, tomó mejor aspecto y notable incremente, dándole nueva planta y suscesivamente puso en administración y formó instrucciones para la renta de Tabacos conforme estaba mandado por Su Magestad, practicando lo mismo con las de aguardientes y Alcabalas. Tan de raíz tomó el fomento de las rentas reales en un país en que los habitantes son pobres y ociosos y las atenciones del erario mucho mayores que su ingreso.{49}

Según Caballero y Góngora, «de este modo todo prosperaba en sus manos y en todo se veía una feliz resolución. La Real Hacienda se engrosaba; el comercio se extendía; las rudas artes mejoraban; la agricultura se fomentaba; las provincias se comunicaban; los cuerpos militares se arreglaban; todo anunciaba una próxima felicidad».{50} En materia educativa también las cosas, al menos intencionalmente, pretendían cambiar. Sírvanos como ejemplo la planeación de una nueva universidad pública que el Virrey Manuel Gurior encomendó, en 1774, a Francisco Antonio Moreno y Escandón.{51}

Vamos ahora a la provincia de Antioquia por boca de su visitador, Francisco Silvestre. En su Relación de la provincia de Antioquia no dice:

Un reino en lo político no es otra cosa, que una familia más numerosa. La misma abundancia de ella, o sus Individuos exige orden y más extensivas reglas; pero acomodadas a sus circunstancias locales. Sin aquél y éstas nada puede prosperar ni adquirir progresos. Quien las debe fomentar, y establecer es el padre de familias. Es decir el rey a quien Dios ha cargado con este peso sin otra recompensa, que la gloria de hacer felices a otros, y llenar de este modo el papel que le ha repartido en el mundo para que viva eternamente en el otro.{52}

Silvestre era un hombre dado para las metáforas. Mediante la metáfora, por lo demás, clásica del modelo del barco en los gobiernos exhortaba al monarca, encargado de la felicidad de sus súbditos, a conducir felizmente la embarcación hacia el puerto: «[…] por lo mismo del primer impulso del Monarca, que es la atalaya, o el piloto, que debe estar alerta y velar sobre todos para conducir felizmente la embarcación al puerto, es que debe resultar o no el acierto».{53}

Un ejemplo más. Se trata de Juan Antonio Mon y Velarde, nombrado visitador general (podía despenar como gobernador durante el tiempo que Francisco Silvestre estaba en Santafé con asunto legales) de la provincia de Antioquia en 1784.{54} Mon y Velarde tenía el mismo propósito que los visitadores precedentes de acordó con el «plan reformador». Los puntos más interesantes del proyecto de este visitador se pueden enumerar de la siguiente manera: 1) aumento de la población; 2) creación de nuevos asentamientos, 3) diversificación de los cultivos; 4) mejora de vías de comunicación; 5) reducción de la vagancia y la mendicidad; 6) organización de la actividad minera y comercial:

En procurar cuanto sea conducente al mayor beneficio de estos habitantes y desempeño de mi comisión, he procurado con la mayor reflexión, aplicarme a conocer aquellos asuntos que exigen más pronto remedio: tomar todas aquellas noticias que sean interesantes para el mejor régimen y arreglo de las materias en que interesa la religión, el estado, la causa pública, y por forzosa consecuencia, la del particular.{55}

Según su diagnóstico, en la provincia de Antioquia no se reconocía la industria y todo se introducía de afuera a enormes costos, «apenas se conoce artesano que viva de su oficio, pues unos más y otros menos, todos procuran sembrar para ayudar de su manutención». Y agrega: «De las cuatro partes de la provincia, se puede asegurar sin temeridad que las dos y media y aun las tres se hallan incultas y casi despobladas». Finalmente, su sorpresa ante la razón de la infelicidad de los súbditos es muy reveladora: «las comunes contiendas que ocurren son de tierras y no sobrando otra cosa según lo expuesto, parece como paradoja el asentar que por falta de tierras se hallan reducidos estos habitantes al más infelíz estado».{56}

Ahora bien: del diagnóstico Mon y Velarde se sigue que la infelicidad se recortaba en la vida económica de la provincia, era causada, precisamente por la falta de incentivos al comercio interno, poco trabajo artesanal, la poca diversificación de cultivos y poco aprovechamiento de las tierras. Entonces ¿cómo lograr la transformación de estado de infelicidad en estado de felicidad?

Según el profesor Bueno, el criterio para clasificar los términos que hacen parte del campo de la felicidad es aquel que tiene que ver con «la distinción entre los conceptos técnicos (es decir, los conceptos vinculados a una operación técnica de transformación, mantenida en la inmanencia del campo, en el sentido dicho) y las Ideas que “envuelven” desde fuera a esos conceptos técnicos».{57} Estas operaciones de transformación pueden consistir:

1) bien en transformaciones de estados de infelicidad temporal en estados de felicidad (por ejemplo, transformación de estado de dolor, de enfermedad, de hambre, en estados de tranquilidad, de salud o de bienestar); 2) o bien en transformaciones de estados de felicidad corporal en otros estados de felicidad, bien sea a título de mero mantenimiento (transformaciones idénticas), bien sea a título de una disposición feliz, por otra equivalente o por otra considerada como mejor.{58}

Mon y Velarde nos ofrece una prueba de ello con su «plan reformador». La operación técnica de transformación de infelicidad en felicidad implicaba fomentar el comercio y la agricultura y aprovechar la mayor cantidad de tierras mediante su población y su el cultivo. Para Mon y Velarde:

Siendo la comisión que el excelentísimo Virrey se ha designado poner a mi cuidado principalmente dirigida a beneficio de todos sus súbditos, habitantes y existentes en esta provincia, para que haciéndose útiles a sí mismos puedan contribuir con más facilidad a su augusto y piadoso soberano que tan liberalmente la dispensa sus gracias, y procura sus alivios; me ha parecido conveniente dar una idea de los principales objetos que comprende, para que conocidas sus ventajas, se esmeren todos en proponer y proporcionar los medios y servicios que los hagan asequibles, con menos gravamen de lo público y de los particulares, y debiendo los ilustres cabildos, sus nobles individuos ser los primeros y que más se señalen en su logro.{59}

Nos movemos ahora, por tanto, en los límites de los fenómenos de felicidad pública: «concurran todos con sus luces, experiencias y conocimientos a tan loable empresa, debiendo todos disfrutar de sus efectos y participar del honor que es debido a cualquiera que promueve el interés de su rey y la felicidad de su república».{60} En las “ordenanzas que debe observar el ilustre cabildo de la Villa de Medellín para su gobierno económico y directivo” se puede leer esto: «Pueden y deben los cabildos, como que representan todo el pueblo y se consideran padres de la república, promover todo lo que sea bien y felicidad de sus habitantes».{61}

Como puede verse, tanto en su momento social como en el económico, estas transformaciones se mantienen en la inmanencia del campo. Pues «siempre que las transformaciones se mantengan en la inmanencia del campo constituido por los sujetos corpóreos así definidos, suponemos que nos mantendremos también en el ámbito de los conceptos técnicos».{62}

Por otra parte, habíamos dicho siguiendo al profesor Bueno que los dominios fenoménicos supraindividuales asociados a la felicidad son en su mayoría «fenómenos institucionales»: instituciones sociales o culturales que, por la razón que fuera, han llegado a centrarse en torno de alguno de los contenidos que forman parte del campo de la felicidad.

Otro procediendo de transformación de los estados de infelicidad en felicidad se observa el problema de la pobreza y mendicidad. Problema obtuvo un tratamiento especial de parte de las autoridades. Para el virrey Pedro Mendinueta era necesario compadecerse del pobre a través de la caridad cristiana, así lo deja ver en su Relación de Mando. Su diagnóstico era más o menos este: la mendicidad y de la ociosidad, era producto de la falta de aplicación al trabajo, de educación, la ineficacia normativa.{63}

La transformación consistía, pues, en la rehabilitación, en someterlos a un proceso de educación en nuevas formas de civilidad y enseñarles un oficio para que engrandecieran al reino.{64} En efecto, esta transformación implicó la propagación de instituciones: hospicios, casas de recogidas y niños expósitos, etc. Es el caso del Hospicio de Santafé, creado a finales del siglo XVIII que enseñaba la fabricación de tejidos a los moradores.{65}  La creación de otras instituciones como los hospitales{66} y las universidades también hacen parte de estas operaciones de transformaciones de las que venimos.

Las ordenanzas formadas para el gobierno y arreglo del muy ilustre Cabildo de la Ciudad de Antioquia, donde se explica la obligación de cada uno de sus individuos, formadas por Mon y Velarde, son una fuente rica para analizar estas cuestiones. En general, el Fondo de Cabildos (1550-1818) disponible en el Archivo General de la Nación de Colombia.{67}

Fenómenos de felicidad en la vida política

Ahora bien, las fuentes más ricas para estudiar los fenómenos de felicidad en la vida política son, sin duda, las fuentes institucionales y constitucionales. Con esto no se quiere decir que este «sector» del campo de felicidad se agote en estas fuentes; más bien que son de una riqueza extraordinaria, que ponderan el sector. Es evidente que a través de estas fuentes la felicidad se libera de su determinación estrictamente subjetivista, sin perjuicio de que, como es natural, desde el dominio de intersubjetivo, esto es, social, se proyecte hacia el individuo. Citemos algunos casos.

Así, pues, la felicidad no solo aparecerá en la gran declaración que se han hecho: Declaración de Derechos de Virginia (junio, 1776), Declaración de Independencia de los Estados Unidos (julio, 1776), la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) o Asamblea General de la ONU (2011), sino que «refleja» en las diversas constituciones que empiezan a surgir a finales del siglo XVIII (por ejemplo, la Constitución francesa de 1791 y la de 1793) y durante el siglo XIX.

Para Colombia, esto lo podemos ver desde muy temprana su andadura, así sea intencional, como Estado. En el Acta de Independencia de Nueva Granada (julio de 1810), se nos dice:  que la Junta Suprema «se ocupa a beneficio de la seguridad, tranquilidad y felicidad del generoso pueblo que ha depositado en ella sus sagrados derechos y confianza»{68}. Un año más tarde, en la primera Constitución política, la Constitución de Cundinamarca (1811), se vuelve a incidir, desde el preámbulo, en la felicidad. Nos dicen los padres de la patria: «Sabed: que reunido por medio de representantes libre, pacífica y legalmente el pueblo soberano que lo habita, en esta capital de Santafé de Bogotá, con el fin de acordar la forma de gobierno que considerase más propia para hacer la felicidad pública». Lo propio se hace en el Artículo 12 del Título I: “«La reunión de dos o tres funciones de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial en una misma persona o corporación, es tiránica y contraria por lo mismo a la felicidad de los pueblos».{69}

Esto mismo sucede con la creación de la República de Tunja en 1811 que «pare» su propia Constitución, la Constitución de la provincia de Tunja (diciembre de 1811). En capítulo I, Artículo 1, nos dicen: «Dios ha concedido igualmente a todos los hombres ciertos derechos naturales, esenciales e imprescriptibles, como son: defender y conservar su vida, adquirir, gozar y proteger sus propiedades, buscar y obtener su seguridad y felicidad».

Y lo mismo vuelve a pasar en Antioquia con la Constitución de Antioquia (marzo de 1812). En su Artículo 28, nos dicen: «Todos los reyes son iguales a los demás hombres, y han sido puestos sobre el trono por la voluntad de los pueblos para que les mantengan en paz, les administren, les hagan justicia y les hagan felices». Por tanto (dicen): «siempre que no cumplan este sagrado pacto, que su reinado sea incompatible con la felicidad de los pueblos, que así lo quiera la voluntad general, estos tienen derecho para elegir otro, o para mudar absolutamente la forma de gobierno extinguiendo la monarquía».{70}

La Constitución de Cúcuta (1821), en su comunicado del Congreso General a los habitantes de Colombia, nos dice dentro de las facultades del Poder Ejecutivo llenar a los colombianos de beneficios, contribuyendo «a desarrollar las preciosas semillas de nuestra felicidad y prosperidad»; luego, en su Artículo 191 nos dice: «Cuando ya libre toda o la mayor parte de aquel territorio de la República, que hoy está bajo del poder español pueda concurrir con sus representantes a perfeccionar el edificio de su felicidad».{71}

Dando un salto histórico, vuelve a pasar en la Constitución Política de los Estados Unidos de Colombia (1863). La Diputación del Estado soberano de Bolívar, en nombre y por autoridad del pueblo, declara lo siguiente: que está «Interesada como todas las demás Diputaciones en el restablecimiento de la paz, bajo un sistema de libertad, de orden, y de garantías que consulte la felicidad pública y el engrandecimiento nacional».{72}

Final. Interpretación de los fenómenos de felicidad (desde nuestras coordenadas)

¿Qué podemos interpretar de los casos fenoménicos que hemos considerado? Como corolario podríamos decir lo que sigue: estamos ante un dominio del campo de felicidad, los fenómenos sociales que tienen que ver «recta y formalmente con la felicidad». Esto es, aquellos fenómenos sociales que promueven, desde plataformas concretas, la búsqueda de la felicidad. Se trata pues, de los fenómenos que tienen que ver con los Estados, concretamente con una forma del Estado de bienestar.

En todo caso, lo que notamos con estos «casos fenoménicos» es que confirman la idea de que «los fenómenos de felicidad como bienestar se recortan en la historia de los documentos políticos constitucionales, en cuya tradición, la felicidad pública y la salud suelen ir confundidas». Pero, sobre todo, que «el fenómeno del bienestar comienza a dibujarse en el siglo XVIII».{73}

Este «fenómeno del bienestar» lograría su mayor alcance en el siglo XIX, en la Alemania de Bismark; y en el siglo XX se realiza en la Unión Soviética y en Inglaterra con el plan Beveridge hasta alcanzar la forma institucionalizada actual: esto es, una orientación manifiesta en las políticas del desarrollo de los más diversos países hacia el bienestar y hacia la mejora de la calidad de vida (versión del presente en marcha).

Ahora bien, el campo de felicidad que hemos «allanado» tiene como contenido primario a los sujetos corpóreos insertos en una «organización social totalizadora»: «es decir, que incluye desde su perspectiva el planeamiento prácticamente integral de la conducta humana».{74} El concepto de organización totalizadora subraya aquellos componentes que están por encima de las «voluntades individuales».

Para el contexto en el que nos estamos moviendo, la Iglesia Católica, el Imperio{75} español, o más recientemente, el Estado colombiano (en su «fase embrionaria») son las organizaciones totalizadoras que aparecen como las diseñadoras de planes en los cuales está precisamente la transformación de los estados de infelicidad en estados de felicidad. De acuerdo con las coordenadas filosóficas de las que partimos, estas transformaciones a las que se apuntaba tienen lugar en el espacio antropológico (principalmente en el eje circular y en el eje radial).

En eje circular: aquellas transformaciones que implican un cambio de estados de malestar o de sufrimiento a uno de bienestar o de gozo. El problema de la salud médica, central a finales del siglo XVIII, tiene que ver con esto: «[…]puesto que su acción se dirige toda ella a transformar a los individuos enfermos -infelices- en individuos sanos -felices- […]».{76}

En el eje radial situamos aquellas transformaciones de los entornos que implican crear condiciones ideales para la felicidad, para vivir feliz. Se sitúan aquí todos aquellos proyectos concernientes a la agricultura, el comercio, la minería, la construcción de vías y caminos; pero también la creación de centros e instituciones para atender a los menos favorecidos. Según el profesor Bueno, «El bienestar o felicidad, en cuanto ligado al incremento de la calidad de vida, tiene una relación muy estrecha con las transformaciones del eje radial (arquitectura, decoración, ajardinamientos...)».{77}

Además, con igual importancia, «nos ofrece la posibilidad de reconocimiento de muy diversos conceptos de felicidad o de calidad de vida, y del establecimiento de diferentes sistemas de vida feliz, resultantes del entretejimiento, más o menos estable, de diferentes valores felicitarios y de su jerarquía».{78} Los ejemplos que hemos citado para el Nuevo Reino de Granada constatan aquello. En todo caso, huelga decir que los componentes del eje radial pueden intersecar con los del eje circular.

Las trasformaciones de las que venimos hablando no operan, como ya hemos insinuado, en el vacío. Su envoltura está dada, pues, a escala de las organizaciones totalizadoras que mencionamos. Estas «operaciones de transformación» se mueven a través de conceptos e ideas que no logran desbordar la inmanencia del campo. Conceptos e ideas políticas, económicas, psicológicas, teológicas, etc., que funcionan como el «caparazón» de los fenómenos citados. Tratados por Lorenzana, Jovellanos y Muratori. No tenemos tiempo de analizar este asunto. Nos limitaremos a mencionar esto: que la idea de felicidad que opera en el Nuevo Reio de Granada es una idea funcional.

Una última cosa, sobre los valores de felicidad. Los valores de felicidad pueden agruparse o clasificarse según los contenidos de los dominios del campo de felicidad. Acaso los dos grupos más evidentes sean valores subjetivos y valores objetivos. Pero resulta que «la línea de frontera entre la clase de los valores subjetivos y la de los valores objetivos será siempre muy borrosa». Es decir: «los valores subjetivos (psicofisiológicos) siempre dicen referencia a algún contenido objetivo; y los valores objetivos no pueden ser separados del disfrute o goce de un sujeto».{79}

Aquí hemos mencionado los valores que median entre estos dos «extremos»: los valores intersubjetivos. No se trata de una cuestión nuestra que se sobreañade a los fenómenos, es el resultado del material lógicamente ordenado y clasificado. Los fenómenos de felicidad a los que hemos hecho referencia nos obligan a tratar la cuestión así. La felicidad intersubjetiva, más aún, supraindividual, nos aproxima a su conónimo, el Bienestar.

Ahora bien, «La felicidad plural o el bienestar envuelve a un conjunto de valores suprasubjetivos y objetivos de la felicidad que en modo alguno pueden considerarse como una suma, o como un producto, o como una integral de valores subjetivos de la felicidad». Y esto en virtud ya no del «desborde» de la subjetividad, sino (más aún) «porque implican la contribución de tantas infelicidades de otros individuos del grupo o de la sociedad». {80}  En esto radica la potencia de la dialéctica entre esos dos dominios (felicidad/infelicidad) de los fenómenos de felicidad que hemos comentado.

Finalmente, los casos fenoménicos que hemos proporcionado son, sin duda, insuficientes para determinar el origen y permanencia del Principio de felicidad en Colombia. Pero insuficiencia no significa impertinencia. La cuestión de qué grupos sociales históricamente delimitados hayan querido (y quieran) ser felices, es un problema histórico. Suscribimos una tesis fundamental del libro del profesor Bueno: «“los seres humanos, organizados en sociedades políticas preestatales, permanecen en actitud neutra en relación con el Principio de felicidad”». He ahí la necesidad de las investigaciones históricas para determinar cuándo y qué tipo de sociedades han querido ser felices.

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{1} Ver Gustavo Bueno, “Conónimos”, El Catoblepas, 67 (2007).

{2} Paula Felps, “¿Puede la felicidad salvar el planeta?”, Live Happy, 12 de mayo del 2016, recuperado el 31 de marzo del 2021,  http://espanol.livehappy.com/.

{3} “El Atlas alemán de la felicidad”, DW Español​, 5 de noviembre del 2019,  https://p.dw.com/p/3SVQG.

{4} J. Helliwell, R. Layard, & J. Sachs, World Happiness Report 2020, Sustainable Development Solutions Network (New York, USA, 2020), 20-21.

{5} “Gen sería causa de felicidad en Colombia”, Universidad de los Andes, 12 de marzo del 2020, https://uniandes.edu.co/.

{6} Ana Torres Menárguez, «“La obsesión por ser feliz todo el tiempo te hace miserable”», 4 de octubre de 2019, https://elpais.com/.

{7} Para un tratamiento sistemático, lógico, gnoseológico y ontológico de la idea de felicidad, recomendamos la obra que tomamos como marco interpretativo, del profesor Gustavo Bueno, El mito de la felicidad. Autoayuda para desengaño de quienes buscan ser felices (Barcelona: Ediciones B, 2005). Y para un tratamiento histórico, el libro de Darrin McMahon, Una historia de la felicidad (Madrid: Taurus, 2006).

{8} Gustavo Bueno, El mito de la felicidad (2005), 24.

{9} Bueno, El mito de la felicidad, 24.

{10} Bueno, El mito de la felicidad, 15.

{11} Bueno, El mito de la felicidad, 23-24.

{12} «Un campo gnoseológico (científico o paracientífico) es ante todo el territorio en el que tienen lugar las operaciones con conjuntos de términos dados, que mantienen relaciones unos con otros, y que dan lugar a transformaciones (o a construcciones transformativas) de unos términos en otros términos pertenecientes a ese territorio. Transformaciones previamente preparadas por las técnicas, de cualquier tipo que sean (incluyendo aquí a las técnicas mágicas). Y, por extensión, lo que se dice de las ciencias habrá que decirlo de otras disciplinas que mantengan alguna semejanza o parentesco con las ciencias positivas (tales como la Geometría, la Termodinámica o la Genética); y que incluso se autodenominan, o son consideradas en algunas épocas, como ciencias positivas (como ocurre con la Teología dogmática) o incluso con algunas disciplinas filosóficas, aunque su metodología sea muy distinta de la que es propia de las ciencias positivas». Según esto, «Un campo gnoseológico estará siempre inmerso en un espacio gnoseológico, porque ninguna ciencia puede considerarse capaz de agotar su campo, siempre «superficial» (aunque sea el «campo unificado» que buscan los físicos); es decir, porque su campo gnoseológico está limitado, no sólo por la Realidad, sino también por los campos de otras ciencias o de otras disciplinas que no son científicas. Por ello, el espacio gnoseológico contiene también, no sólo las disciplinas precientíficas, sino también las disciplinas antecedentes» [subrayado nuestro]. Bueno, El mito de la felicidad, 41.

{13} Para una exposición resumida de la Teoría del Cierre Categorial, ver Gustavo Bueno, ¿Qué es la ciencia? La respuesta de la teoría del cierre categorial. Y para la exposición de los tres ejes con sus figuras, particularmente las páginas 30-41.

{14} Bueno, El mito de la felicidad, 42.

{15} Bueno, El mito de la felicidad, 43. «La idea de un espacio antropológico presupone la tesis de que el hombre sólo existe en el contexto de otras entidades no antropológicas, la tesis según la cual el hombre no es un absoluto, no está aislado del mundo, sino que está “rodeado”, envuelto, por otras realidades no antropológicas (plantas, animales, piedras, astros)». Para una exposición amplia del espacio antropológico, ver Gustavo Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996, 438 págs y el «Epílogo» de Etnología y Utopía, 2ª ed., Júcar Universidad, Madrid-Gijón 1987, 235 págs

{16} Bueno, El mito de la felicidad, 46.

{17} Bueno, El mito de la felicidad, 43.

{18} Bueno, El mito de la felicidad, 48-49.

{19} Bueno, El mito de la felicidad, 50.

{20} Bueno, El mito de la felicidad, 51.

{21} Bueno, El mito de la felicidad, 190.

{22} Bueno, El mito de la felicidad, 190-191.

{23} Bueno, El mito de la felicidad, 51.

{24} Bueno, El mito de la felicidad, 191.

{25} Observaciones que el profesor Bueno hace de su tabla:

(1) La tabla, dado el carácter dicotómico de su construcción, está obligada a tener pretensiones exhaustivas: cualquier concepción de la felicidad habrá de ajustarse a alguno de los doce modelos. Sin embargo:

  (a) Cada modelo tiene múltiples versiones. En la tabla ofrecida no se pretenden recoger todas las versiones, sino las que se consideran más representativas.

  (b) Las versiones no agotan las concepciones de la felicidad.

(c) Las concepciones concretas podrían clasificarse por otros criterios.

(2) El objetivo fundamental de la tabla es crítico. Trata de clasificar un conjunto de concepciones de la felicidad de forma tal (dicotómica) que no sea posible mantener la neutralidad ante el abanico de alternativas. La tabla es por tanto dialéctica, y no meramente taxonómica.

(3) El Principio de felicidad habrá de estar expresado a través de alguna Idea de felicidad vinculada a alguno de los modelos de la tabla.

{26} Bueno, El mito de la felicidad, 56.

{27} Bueno, El mito de la felicidad, 57.

{28} Bueno, El mito de la felicidad, 65.

{29} Pablo Guimón, “El reino que quiso medir la felicidad”, Nov de 2009.

{30} Palabras del lama Mynak Trulku, citadas por Guimón en “El reino que quiso medir la felicidad”.

{31} Citado por Guimón en “El reino que quiso medir la felicidad”.

{32} Organización de las Naciones Unidas, 2011, p.1.

{33} Naciones Unidas, 2012, p.1

{34} Hannah Arendt, Sobre la revolución (Buenos Aires: Alianza, 2008), 80.

{35} Arendt, Sobre la revolución, 162.

{36} United States. Declaration of Independence In Congress, July 4, 1776, a declaration by the representatives of the United States of America, in General Congress assembled. Philadelphia: Printed by John Dunlap, [1776]. Disponible en https://lccn.loc.gov/2003576546.

{37} Ludovico Antonio Muratori, La pública felicidad objeto de los buenos príncipes (España: Imprenta Real, 1790), LXI.  De la traducción al castellano fue realizada por Pascual Arbuxach, editada en Madrid por la Imprenta Real en 1790.

{38} Muratori, La pública felicidad, LXI-LXII.

{39} Muratori, La pública felicidad, LXII.

{40} Muratori, La pública felicidad, 1

{41} Muratori, La pública felicidad, 5

{42} Muratori, La pública felicidad, 6

{43} Gaspar Melchor de Jovellanos, «Discurso económico sobre los medios de promover la felicidad de Asturias, dirigido a su Real Sociedad», Biblioteca Virtual del Principado de Asturias. Disponible en la. https://bibliotecavirtual.asturias.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=505.

{44} Jacques Soubeyroux, «El discurso de la Ilustración sobre la pobreza. Análisis de una formación discursiva». (), 139.

{45} Citado en Marc Marti, “El concepto de felicidad en el discurso económico de la Ilustración”, 258.

{46} Francisco Antonio Lorenzana, Reglas para que los naturales de estos Reynos sean felices en lo espiritual, y temporal (México: s.n., 1768), 1. En Biblioteca Digital Hispánica, Sala Cervantes, VE/734/36.

{47} Lorenzana, Reglas, 1-2.

{48} Ver Margarita Garrido, Reclamos y representaciones. Variaciones sobre la política en el Nuevo Reino de Granada 1770-1815 (Bogotá, Banco de la República, 1993). Jaime Jaramillo Uribe, “La administración colonial”, en Nueva Historia de Colombia (Editorial Planeta, 1989), 183-186.

{49} “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada, que hace el arzobispo obispo ele Córdoba a su sucesor el excmo. Sr. D. Francisco Gil y Lemos. Año de 1789”, en Germán Colmenares (ed.), Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granda (Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 1989), 364-365.

{50} Colmenares, Relaciones e informes, 365.

{51}  Jaime Jaramillo Uribe, “El proceso de la educación en el virreinato”, en Nueva Historia de Colombia (Bogotá: Editorial Planeta, 1989), 207-214.

{52} David James Robinson, Francisco Silvestre. Relación de la provincia de Antioquia (Medellín: Secretaria de Educación y Cultura de Antioquia, 1988), 21-23

{53} Robinson, Francisco Silvestre, 23.

{54} Emilio Robledo, Bosquejo biográfico del señor oidor Juan Antonio Mon y Velarde. Visitador de Antioquia, 1785-1788 (Bogotá, banco de la República, 1954), 58.

{55} En Emilio Robledo, Bosquejo biográfico, 68. 

{56} En Emilio Robledo, Bosquejo biográfico, 73.

{57} Bueno, El mito de la felicidad, 111.

{58} Bueno, El mito de la felicidad, 111.

{59} Robledo, Bosquejo biográfico, del Vol. II, 372-373

{60} Robledo, Bosquejo biográfico, del Vol. II, 373.

{61} Archivo General de la Nación (AGN), Cabildos SC7, 1, D10, f. 10

{62} Bueno, El mito de la felicidad, 111.

{63} Pedro Mendinueta, “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada, presentado por el Excmo. Sr. Virrey D. Pedro Mendinueta”, en Germán Colmenares, Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada (Bogotá, Biblioteca Banco Popular, 1989, vol. II), 72.

{64} Pedro Mendinueta, “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada”, 74.

{65} Julián Vargas Lesmes, La sociedad de Santafé colonial (Bogotá: CINEP, 1990), 294.

{66} Ver Adriana María Alzate Echeverri, “Lugares de espanto y refugio: aspectos de la vida de algunos hospitales del Nuevo Reino de Granada, 1750-1810”, en Imperios ibéricos en comarcas americanas. Estudios regionales de historia colonial brasilera y neogranadina (Bogotá: Universidad del Rosario, 2008), 15.

{67} AGN, Cabildos SC7,1 al SC.7,11.

{68} Acta de Independencia de Nueva Granada, 20 de julio de 1810. Subrayado nuestro. Puede verse Marín Juana María Marín Leoz, “Genealogía de un acta. Los firmantes del Acta del Cabildo Extraordinario de Santafé del 20 de julio de 1810”, Memoria Y Sociedad, 15(31) (2014): 10-28.

{69} Constitución de Cundinamarca (30 de marzo de 1811, y promulgada el 4 de abril de 1811). Subrayado nuestro.

{70} Constitución de Antioquia, 21 marzo de 1812. Subrayado nuestro.

{71}  Constitución de la República de Colombia, 30 de agosto de 1821. Subrayado nuestro.

{72} Constitución Política de los Estados Unidos de Colombia, 8 de mayo de 1863. Subrayado nuestro.

{73} Bueno, El mito de la felicidad, 67.

{74} Gustavo Bueno, El papel de la Filosofía en el conjunto del Saber (), 29.

{75} Imperio como categoría historiográfica tradicional. «El Imperio; en su acepción diamérica, es un sistema de Estados mediante el cual un Estado se constituye como centro de control hegemónico (en materia política) sobre los restantes Estados del sistema que, por tanto, sin desaparecer enteramente como tales, se comportarán como vasallos, tributarios o, ¡en genera!, subordinados al «Estado imperial», en el sentido diamérico». Para una clasificación de la Idea de imperio ver: Gustavo Bueno, España frente a Europa (Barcelona: Alba Editorial, 1999). Sobre todo, su capítulo II: «La idea de Imperio como categoría y como Idea filosófica».

{76} Bueno, El mito de la felicidad, 129.

{77} Bueno, El mito de la felicidad, 131.

{78} Bueno, El mito de la felicidad, 131.

{79} Bueno, El mito de la felicidad, 339.

{80} Bueno, El mito de la felicidad, 340.

El Catoblepas
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