El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 196 · julio-septiembre 2021 · página 12
Artículos

El egoísmo en la obra de Adam Smith

Lucas Lorenzo Collao Fajardo

Se muestran algunos de los errores más comunes, cometidos tanto por economistas como por filósofos, en la interpretación del egoísmo de Adam Smith

retrato

El profesor, filósofo y economista Adam Smith (1723-1790) suele ser presentado en la literatura económica como el padre de la “Economía Clásica y del Bienestar”, una honorable distinción que, junto con otros comentarios –como los de la popular mano invisible o el ejemplo de la benevolencia del carnicero y el panadero– repetidos hasta el cansancio, situaron al escocés en lo más alto del prestigio histórico, por delante incluso de clásicos como David Ricardo, Malthus o Juan-Bautista Say. Por lo mismo, parece inexcusable desde el Materialismo Filosófico no someter a crítica algunas de las ideas smithianas. Para un primer caso, se considerará lo que Adam Smith llamó egoísmo, idea filosófica que se encuentra activa hoy en día en las nebulosas ideológicas de diversos economistas, políticos, &c. A su vez, cabe mencionar de antemano que no se cercará el problema mediante filología –como pueda ser, distinguiendo egoísta de “selfish”, contrastarlos según orígenes etimológicos o diferenciándolos por sus sufijos (ismo en ego-ísmo e ish en “self-ish”)– no porque no resulte interesante, sino porque desviaría la tesis central. Por último, es necesario comentar que intentos de solucionar esta cuestión “egoísmo/altruismo” hay muchos, aunque todas recaen, parece ser, en superficialidades psicológicas o conductuales.

Para dar pie de inicio, decimos que, en las dos obras principales de Smith, la riqueza de las naciones (1776) y la teoría de los sentimientos morales (1759), se utiliza “selfish” (egoísta) indiscriminadamente, sin diferenciar con claridad un uso de otro. Para dar pronta solución a esta enigmática, se puede acudir a la típica distinción, en la que, según Smith, (en lo económico) los hombres actuarían según su egoísmo, mientras que en lo moral preferirían la simpatía/benevolencia. Como se observará a continuación, aceptar esta “típica distinción” (que viene en prácticamente todos los libros introductorios de economía) trae consigo algunos errores.

Para comenzar, se citará un ejemplo que da el autor en La teoría de los sentimientos morales (pág. 76) –cuando hace referencia a un posible terremoto en China, en el que miles de personas mueren–, dice (desde la perspectiva de un europeo a distancia) “Me imagino que, en primer lugar, [el europeo] expresaría muy fuertemente su dolor por la desgracia de ese pueblo infeliz [China], haría muchas reflexiones melancólicas (…) pero una vez esa fina filosofía haya acabado, continuaría con sus asuntos o su placer, tomaría su reposo o su diversión, con la misma facilidad y tranquilidad, como si no hubiera ocurrido tal accidente”.

Continuando con un segundo ejemplo (quizá el más famoso) tomado de La riqueza de las naciones (pág. 25) “No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”.

Se supone, que ambos comportamientos serían contradictorios, o así se suelen plantear. El primer problema, a mi parecer, es que no han leído las obras realmente, ya que, para Smith, el egoísmo y los propios intereses, son cuestiones distintas, así se ve postulado en diversos fragmentos de su obra en los que precisa como una virtud (estoica, menciona) el actuar en interés propio (en el sentido de que la práctica de tales virtudes no proceden del amor al prójimo, sino del amor a la nobleza de nuestro propio carácter (habitante del pecho, el gran juez, el árbitro de nuestra conducta, &c.), puesto que en tal condición no es “uno mismo” el que habla o piensa (por tanto, no cabe la posibilidad de egoísmo), sino la Humanidad. “Un miembro de la vasta comunidad de la naturaleza” (A. Smith, 1759, pág, 130).

Lo que quiero decir es que, para Smith, no es que el comprador del emptio-venditio, actúe egoístamente porque no le interese el bienestar del vendedor (cuestión que queda completamente al margen), tampoco es que en el momento de la compraventa se llame a la humanidad del otro, sino a su “self-love”, compuesto léxico que se ha traducido al español reiterativamente como egoísmo (We address ourselves, not to their humanity, but to their self-love, pág. 25), cuando en realidad remite a una cuestión distinta, más parecido a la virtud estoica.

Luego de este torrente de citas ya sabrá el lector por qué caminos va Smith. A continuación, se criticarán distintas interpretaciones del egoismo de Adam Smith por manos de renombrados filósofos y laureados economistas. Hace falta comentar que, por algún extraño motivo, la distinción antes comentada (egoísmo ≠ interés propio [estoico]) es suficiente para cancelar todas las “grandes críticas” en contra de Smith, a quien por lo demás, no defendemos.

Ahora, otorgando inclusive unidad a las ideas mencionadas (egoísmo = interés propio), clasificaremos las posibilidades en cuatro grandes marcos, al estilo clásico del Materialismo Filosófico, en donde se asignarán valores de (0) y (1) a las alternativas posibles, según qué importancia le den al egoísmo y a su contraparte, (se supone) el altruismo, en la constitución del “comportamiento económico verdadero”.

—El egoísmo radical (Egoísmo 1; Altruismo 0), engloba las concepciones que consideran todo acto económico como egoísta, considerando al altruismo como inaceptable (éticamente, moralmente, teológicamente, &c.) o antieconómico. Cualquier intervención que afecte los actos egoístas provocaría pérdidas de eficiencia económica (en el sentido de Pareto). Ejemplo típico: La riqueza de las naciones (1776), de Smith.

—El egoísmo altruista (Egoísmo 1; Altruismo 1), comprende a las consideraciones que sitúan al egoísmo como una posibilidad que se optimiza a través de la cooperación económica, y por esto siempre debe buscarla. Ejemplo típico: Economía (2003) Samuelson; Principios de Economía (1997) Mankiw; Economía y Filosofía (1982) Bunge.

—El altruismo radical (Egoísmo 0; Altruismo 1), engloba aquellos sistemas que no pueden concebir una economía al margen del apoyo mutuo. Conclusión: no cabe egoísmo posible, pues todas las economías han requerido históricamente del apoyo de unos con otros para su perfeccionamiento. Ejemplos: La economía del bien común (2016) Jean Tirole.

—El ego-altruismo dialéctico (Egoísmo 0; Altruismo 0), sitúa aquellas concepciones que consideran que tanto el egoísmo como el altruismo se conjugan en los ecosistemas, puesto que los actos egoístas mueven tanto a la economía como los actos altruistas, ocasionando, finalmente, que la hipóstasis del comportamiento económico, en el par [egoísmo V altruismo], sea ornamental. Ejemplos: Teoría Microeconómica (2004) Nicholson; La fatal arrogancia (1990) Hayek.

Cabe mencionar que la postura de estos dos últimos es, en primer caso, la del indiferente (son tan económicos los actos egoístas como los altruistas), y en el segundo, la del escapista (el problema no tiene que ver con el egoísmo ni el altruismo, sino con la libertad). Por cierto, no se citó a ningún materialista filosófico puesto que, todas las combinatorias, inclusive el “ego-altruismo dialéctico”, serían, desde nuestras coordenadas, tautologías.

Todo lo mencionado hasta el momento requiere de una distinción más, la propia del egoísmo económico y el autismo económico –esto es, el egoísmo (que entiende al individuo como “parte” de la sociedad) y el autismo (que entiende al individuo como “todo”, y por tanto, independiente de la sociedad) –, evidentemente aclarar este punto no quiere decir que el rompecabezas esté armado, solo nos ahorra una discusión paralela (la relativa al individualismo), es más, al aceptar la premisa de igualdad mencionada anteriormente (egoísmo = interés propio [estoico]), lo que hicimos fue  posicionarnos desde un punto en el que cualquier ordenamiento será infértil (cuestión que hemos realizado a propósito para evidenciar la imposibilidad de crear un sistema según criterios subjetivistas tipo [egoísmo/altruismo], [egoístas/solidarios], &c.).

Es menester aclarar que, en las cuatro alternativas expuestas, se utilizó un enfoque particularmente económico –es decir, en el que se buscó responder a: ¿cómo se comportan los agentes económicos? ¿actúan cómo egoístas o altruistas?–, para dejar fuera los enfoques filosóficos tipo: “hombre como naturalmente egoísta” de Hobbes, el Egoísmo de Stirner o los comentarios de Hayek que, más que aclarar el problema lo oscurecen –debido a su uso recurrente de Teoría del Conocimiento, Antropología, Sociobiología, &c., sin distinguir cuando habla desde una disciplina u otra, lo que dificulta su categorización–. En otras palabras, admitiendo que el egoísmo es una idea filosófica, demostraremos cómo se ha tomado, comúnmente, como concepto económico.

Dos ejemplos elegidos para demostrar la vigencia de la confusión

1. Para empezar con un crítico de esta postura del “hombre económico de intereses egoístas”, citaremos al filósofo argentino Mario Bunge, quien en Contra la economía escolástica (1984), defiende que “el altruismo es rentable” –lo dice en el sentido de que no solo los actos egoístas son económicos, puesto que se ha demostrado empíricamente que los administradores en ocasiones actúan sin maximizar sus utilidades, y esto, además, lo hacen a propósito (cursivas nuestras)–. Se aprecia cómo Bunge cae en el dualismo [egoísmo/altruismo], no se percata de la falsa dialéctica, del mito del egoísmo y, en todo caso, su queja ha sido, en realidad, bien estudiada en microeconomía bajo el nombre de demanda compensada (de Hicks), es más, la crítica a la microeconomía por parte de los mismos microeconomistas –como pueda ser el caso de Anna Koutsoyiannis– resulta más fructífera y potente que la crítica de este filósofo de primera.

2. Existe una segunda forma, totalmente alterna, de demostrar que el egoísmo –como lo entienden los liberales– es un pseudo concepto monista que no tiene opositor posible. Esta forma constaría de la siguiente premisa: todo acto económico es egoísta.

Bien, el problema de esta cuestión, es que la interpretación vulgar de egoísmo lleva consigo un “concepto ampliado” de egoísmo, puesto que requiere, para su correcto funcionamiento económico, no solo “pensar en sí mismo”, sino también “pensar en los demás”. Esto se debe a que, para tomar la mejor decisión –por ejemplo, elegir la opción de compra más conveniente– se deben realizar costosos estudios de mercado, seguimiento de empresas, contrastación de precios, &c., por tanto, se vuelve imposible un egoísmo (o autismo, viendo cada caso) económico.

Resumiendo: Cuando se acepta la idea de egoísmo en economía, no ya en el sentido de Smith sino en el sentido que se le suele otorgar vulgarmente (egoísmo como “quien se salva solo”), se debe elegir entre dos acepciones: la primera entiende al egoísta como “en sí mismo” (ignorando el locus apparens), lo que implicaría una actividad antieconómica, pues ignoraría las ventajas de los datos externos (de precios, productos, ofertas…); la segunda, en cambio, entiende el egoísmo como “concepto ampliado” que incluye el conocimiento de “otros egos” y, por tanto, dejaría de ser egoísmo propiamente tal.

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