El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 209 · octubre-diciembre 2024 · página 8
Artículos

De los oráculos entre coetáneos

Francisco J. Fernández

Gustavo Bueno versus Agustín García Calvo


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Resumen: En esta nota crítica «De los oráculos entre coetáneos: Gustavo Bueno versus Agustín García Calvo» se analiza la reseña que Gustavo Bueno hizo en la revista Sistema en septiembre de 1977 del libro de Agustín García Calvo, Qué es el Estado (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1977). Viejos conocidos, sus trayectorias especulativas no pueden ser más distintas en el panorama de la filosofía española. Sin embargo, se detectan aquí algunas conexiones sorprendentes que no han sido hasta el momento apreciadas. Se llama la atención asimismo sobre la naturaleza de la reseña de Bueno, pues no se discuten las tesis de García Calvo sino que se diagnostica el género literario al que pertenecería el libro: un caso de filosofía oracular. La reseña incide en la insuficiencia de método filosófico con independencia del interés que algunas ideas puedan poseer. Por último, en una vuelta de tuerca, se sugieren ciertas estrategias retóricas practicadas por Gustavo Bueno en el tratamiento del libro reseñado.

Quizá no haya dos figuras más heterogéneas que Gustavo Bueno (1924-2016) y Agustín García Calvo (1926-2012). Son en cierto sentido contrafiguras{1} y es extremadamente difícil hacerlas compatibles, más allá de voluntades subjetivas. A pesar de ello, de vez en cuando, como chispazos, ciertas afinidades hasta cierto punto inexplicables{2}. Vivieron la misma época, coincidieron en Salamanca, obtuvieron sus cátedras casi al mismo tiempo, alcanzaron su esplendor en los años 70 con obras deslumbrantes y continuaron con su magisterio más allá de la Universidad hasta su desaparición. En torno a ellos, discípulos y hasta secuaces; por fuera de ellos, adversarios acérrimos y antipáticos sicofantes. En cualquier caso, a pesar del entusiasmo de muchos, objetivamente no demasiado reconocimiento por parte de los profesores de filosofía para ninguno y en el caso de Agustín García Calvo no demasiado reconocimiento tampoco para sus trabajos de tipo língüístico y filológico por parte del gremio al que pertenecía. Cuando se da, no obstante, aquí o allá, siempre con cierta prevención y mil matices para librarse de su sombra. Por fin, su legendaria incomodidad para la forma convencional de entender las cosas, patente a todas horas. Quizá se podría acudir a Plutarco y sus Vidas paralelas para dar cuenta de estas trayectorias independientes. De hecho, no hay demasiadas pruebas de efectivas conexiones entre ellos. Sin embargo, si reinterpretamos a Plutarco mediante las funciones trigonométricas de seno y coseno en vez de simples líneas paralelas, comprobaremos, en efecto, que y=sin(x) y y=cos(x) marchan a la par cuando las representamos gráficamente en el plano, pero que en algunos momentos se cortan. Pues bien, en lo que sigue, daremos cuenta de uno de esos cortes y sugeriremos algunos otros.

En el número 20 (págs. 128-132) de la revista Sistema, Gustavo Bueno publicaba una reseña del libro de Agustín García Calvo, Qué es el Estado, impreso a su vez en la colección Biblioteca de Divulgación Política («dirigida y realizada por Rosa Regás y Oriol Regás») de la mítica editorial La Gaya Ciencia de Barcelona{3}. Tanto para el libro como para la reseña corría el año 1977 (abril, septiembre, respectivamente), es decir, unos pocos meses de ese momento de transición más amplio desde un régimen dictatorial a otro democrático (a García Calvo se le había restituido en su cátedra de la Universidad Complutense precisamente en 1976, lo que hizo que abandonara su exilio parisino de ocho años). Empero, tal vez más importancia tenga el hecho de que Agustín García Calvo fechara su escrito en «Barcelona, 6 de abril de 1977», lo que sólo puede resultar significativo si se hace el esfuerzo de relacionarlo con la celebración del XIV Congreso de filósofos jóvenes, que transcurrió efectivamente en Barcelona del 3 al 6 de abril de 1977, y donde participaron, entre muchos otros filósofos de la época, Gustavo Bueno y Agustín García Calvo.

Aunque el análisis de aquel Congreso mereció múltiples reseñas{4}, pues no anduvo falto de polémica («¿Por qué le molesta tanto a Bueno la crítica de la sustantividad filosófica?», se preguntaba cándidamente José Jiménez en Triunfo y El País titulaba «Marxistas y libertarios polemizan en torno a la filosofía»), la reseña en cambio no ha merecido especial atención{5}, así que nuestro propósito es remediar ese descuido e intentar convencer de su relevancia, dado que esconde algunas sutilezas desde varios puntos de vista{6}.

La primera es, quizá, que, en ese mismo número de Sistema, José María Laso Prieto{7}, colaborador y amigo de Gustavo Bueno, publicaba una pormenorizada crónica del XIV Congreso de jóvenes filósofos («hito memorable», llega a decir), donde se exponían muy razonadamente las tesis de los debates habidos. Como la reseña de Gustavo Bueno tiene un cariz muy distinto (o, mejor, contradistinto), conviene recordar aquello de Antonio Machado: «Que se divida el trabajo: / los malos unten la flecha; / los buenos tiendan el arco.» En efecto, la reseña de Bueno es más de tender la flecha que de untar el veneno. Tras la trifulca del Congreso, Gustavo Bueno pareció templar el ánimo a la hora de reseñar el libro de un viejo conocido («gran amigo mío y muy antiguo», le decía a Fernando Sánchez Dragó en el programa n.º 100 de «Encuentros» de Televisión Española, grabado en junio de 1978). Esta hasta cierto punto delicadeza es inmediatamente detectada al leerse la reseña. En efecto, no son pocas las ocasiones en que algún tipo de atenuación se desliza (respecto de su estilo: «de gran calidad estética»; alguna calificación subjetiva: «este incitante libro»; respecto de la eficacia narrativa: «estos cursos de pensamiento confluyen admirablemente»; incluso alguna conexión personal: «con quien puede simpatizar, a pesar de todo»), aun cuando el tenor general de la reseña sea de franca distancia hacia lo reseñado.

La segunda sutileza tiene que ver con la forma en que Gustavo Bueno encaraba el libro en cuestión. No pretendía criticar, sino diagnosticar. Es decir, no pretendía contraponer sus propias tesis a las tesis mantenidas por García Calvo, sino examinar la forma en que se concretaban narrativamente en este y determinar de esta manera el género literario al que pertenecería el libro. En otras palabras, su reseña insistirá en el examen de los procedimientos retóricos y formales más que en la crítica de las tesis mantenidas, con la excepción quizá de los momentos en que señalaba las deudas teóricas o las plataformas sospechadas desde las que García Calvo diría lo que dice (el Critón de Platón, Aristóteles, Bergson, Lacan o Hegel). En este último sentido, esperábamos encontrar en El mito de la izquierda (Ediciones B, Barcelona, 2003) de Gustavo Bueno alguna referencia posterior, por ejemplo en el apartado anarquismo comunalista (págs. 194 y sigs.), sobre todo por los vínculos de García Calvo con la Comuna Antinacionalista Zamorana, pero nada, ni rastro. La cosa es hasta cierto punto extraña porque el librito Qué es el Estado se podría interpretar que no es más que una variación solemne del Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana, publicado en París por primera vez en 1970 y reeditado después muchas veces. Pero no. Gustavo Bueno preferirá otra forma de acercamiento. De este modo, consideraba que el libro era un ejemplar de un género literario de corte sapiencial o profético{8}, oracular, en otras palabras, por lo que enumeraba algunas de las características propias y generales que lo encajarían dentro de este. A nuestro juicio, la más importante es la actitud apelativa del sujeto de la enunciación. Bueno se apoyaba en Karl Bühler para justificarlo. De esta forma, García Calvo no representaría, sino que comunicaría parenéticamente, es decir, «ni siquiera expresivamente» (pág. 129). Curiosamente, esta idea de Bühler la había mencionado antes Gustavo Bueno en una entrevista que la revista TEOREMA le había hecho algunos años atrás. Ante la pregunta por sus intentos fallidos de conseguir una cátedra durante los años cincuenta, declaraba Gustavo Bueno en la página 136: «por mi parte las planteaba estratégicamente “como serie de discursos orientados a persuadir a un tribunal” (es decir, en una perspectiva apelativa más que expresiva o representativa, para emplear los términos de Bühler, es decir, como ejercicio retórico)»{9}. Se comprueba entonces que esta modalidad de discurso Gustavo Bueno no se la prohibía a sí mismo, lo que no implica que fuera la adecuada para hacer filosofía (gracia chusca: una oposición a catedrático de filosofía no sería el lugar apropiado para hacer filosofía). En una entrevista concedida a Alberto Cardín unos meses más tarde, Bueno volvería sobre lo mismo: «a mí me parece que el nivel de crítica de García Calvo es francamente profundo, pero adolece de la falta de método filosófico. Es un análisis profético o sapiencial»{10}.

La tercera sutileza tiene que ver con los propios recursos retóricos que Gustavo Bueno emplea en la reseña, como si la naturaleza del texto reseñado le hubiera incitado a coquetear con un tratamiento apelativo (un poco a la manera en que Marx reconocía haber coqueteado con el estilo de Hegel). A pesar de la objetividad que desprende, creemos detectar ciertas claves que sólo Agustín García Calvo podía comprender, como si lo que estaba diciendo Gustavo Bueno para todo el mundo de hecho se lo estuviera diciendo exclusivamente a él, echando mano de informaciones y noticias que ambos compartieran. Esta hipótesis merecería comprobarse ahondando en correspondencias que pudieron intercambiarse y de las que evidentemente no sabemos nada. La principal es un verso latino de Catulo que Bueno trae a colación: quid est, Catulle? Quid moraris emori? Se trata del verso final de un breve poema. En nuestro caso, hemos tenido que localizarlo (LII), pero está claro que Gustavo Bueno (aficionado a Catulo y Horacio) sabía que Agustín García Calvo no necesitaría tal ejercicio de búsqueda{11}. De hecho, el verso se anunciaba desde unas líneas antes al hablar enigmáticamente de Nonio y Vatinio, dos políticos romanos de la última época republicana que, por supuesto, no aparecían en el libro. Si vamos al poema completo, sin embargo, comparecen:

Quid est, Catulle? Quid moraris emori?
Sella in curulei struma Nonius sedet,
per consulatum perierat Vatinius:
quid est, Catulle? Quid moraris emori?

Es decir,

¿Qué te ocurre, Catulo? ¿Qué esperas para morir?
En la silla curul se sienta la escoria de Nonio
y por su consulado jura en falso Vatinio:
¿Qué te ocurre, Catulo? ¿Qué esperas para morir?{12}

De hecho, el principio del poema es igual que el final. Ahora bien, Gustavo Bueno empezaba con minúscula su cita, por lo que, si no es errata (y no hay mayores razones para suponerlo), tal vez quepa sospechar una intención de contigüidad. Creemos haberla encontrado yendo directamente al poema que se ordena a continuación, es decir, el LIII. Dice así:

Risi nescioquem modo e corona,
qui, cum mirifice Vatiniana
meus crimina Calvus explicasset,
admirans ait haec manusque tollens,
di magni, salaputium disertum!

Es decir,

Hace poco me reí de un asistente a un juicio,
pues, cuando mi querido Calvo expuso
magistralmente los cargos contra Vatinio,
exclamó, lleno de admiración y con las manos en alto:
«¡Dioses del cielo, qué pico de oro!»{13}

La razón es clara. Aparece Vatinio (como en el poema anterior), pero también otro personaje: un nombre propio que su viejo amigo Agustín no podía dejar de conocer: Calvus. Es decir, Licinio Calvo, un íntimo amigo de Catulo, de su círculo poético. Reconocemos sin ambages lo nematológico del recurso, pero desde luego es sorprendente. Ahora bien, este mensaje encerrado en una botella no es el único. Al final de la reseña, en su colofón, Gustavo Bueno interpreta como «fervor mariano» el epílogo con el que se cierra el libro: una exhortación o parénesis que Agustín García Calvo dirige a las muchedumbres indefinidas y en especial a las mujeres; a ellas, naturalmente, por su falta de definición. Gustavo Bueno lo relaciona brillantemente, primero, con el mito del cofre de Isis, donde, según Plutarco, se consigue resucitar a Osiris, y, segundo, con el final de la segunda parte del Fausto de Goethe{14}. Lo que hay que añadir para un lector de hoy en día es que a Agustín Garcia Calvo se le abrió un expediente universitario en la Sevilla de los muy todavía nacional-católicos años sesenta{15} por negar precisamente el Dogma de la Inmaculada Concepción, del que salió, no obstante, bien librado.

No hay constancia de que García Calvo contestara de alguna manera a la reseña de Bueno{16}. La única pista que hemos encontrado es un añadido que introdujo en la segunda edición de libro, incluido ahora en Actualidades (Lucina, Madrid, 1980, págs. 13-56{17}). Es solamente un breve párrafo. Dice así: «Si hablas de una cosa definida, puede que estés luchando por su indefinición; si hablas de algo indefinido, seguramente estás contribuyendo a definirlo y darle muerte» (op. cit., pág. 16). Cabe sospechar de que con tal añadido intentaba perfilar mejor algo que en la reseña de Bueno se sostenía. En efecto, Gustavo Bueno citaba una frase de Agustín García Calvo: «Hablar de una cosa es hablar contra ella». Esta fórmula era calificada como lapidaria y excesivamente simple. Al margen de una acusación de sustantificación de esa cosa, más interesante es quizá observar que Gustavo Bueno objetaba que ese hablar se da de hecho contra el hablar de otros acerca de eso mismo, es decir, negaba que se pudiera hablar contra nada si no hay nadie detrás hablando{18}. De hecho, creemos que esta es una de las claves de la discrepancia. García Calvo incide siempre en la crítica de abstracciones que se quieren concretas mientras que Gustavo Bueno, en la crítica de concreciones que se quieren abstractas. En el primer caso, no hace localizar los sujetos que enuncian, porque la abstracción ha conseguido sobreponerse a ellos y funcionan independientemente de estos, poblando de significados el mundo de que se habla{19}; en el segundo, se localiza los momentos de esa enunciación concreta porque, atendiendo a su origen, se comprenderá mejor su devenir y funcionamiento.

Gustavo Bueno dedicó una de las últimas Teselas (fgbuenotv: la número 128, 28 de enero de 2016) a la filosofía oracular. Decía allí: «¿De qué se trata? Pues no se trata en absoluto de impugnar los oráculos, sino de diagnosticarlos, sobre todo cuando entran en el curso, en la corriente de la tradición filosófica». Cuarenta años después de su reseña, las mismas palabras comparecían. Frente al desprecio positivista al respecto de los oráculos (Popper), Bueno avisaba de lo imposible de ejecutar una separación estricta entre el mito y el logos (contra Nestle), no sólo porque en sus inicios el discurso filosófico lo tuviera en cuenta, sino porque los elementos oraculares no pueden ser desdeñados en absoluto. Otra cosa, sin embargo, es apostar por convertir en oráculos a los filósofos, pues ni dirían ni ocultarían, sino que darían señas, como reza el fragmento de Heráclito (93 DK). Justipreciar el estatuto de esas indicaciones es la cuestión: García Calvo consideraba que inmediatamente se semantizan, traicionando la deíxis involucrada (por eso se ayudaba de términos no marcados, así como de géneros literarios diversos, para escapar a la fosilización de los conceptos). Gustavo Bueno, por el contrario, consideraba que la filosofía ha de atender a la articulación concreta y positiva de esa semantización (por eso se ayudaba de clasificaciones y superfetatoria creación terminológica, así como de la exposición sistemática, para anclar esos mismos conceptos al lugar donde se profirieron). Lo curioso es que la exposición dialéctica de García Calvo es dialógica, mientras que la de Gustavo Bueno es sistemática. En otras palabras, García Calvo no quiere ser dominado por los significados y Gustavo Bueno quiere dominarlos. Curioso porque parecen trastocarse las cosas un tanto. El hablar dialógico (tan concreto) se enfrentaría a lo abstracto mientras que el hablar sistemático (tan abstracto), a lo concreto. En ambos casos, no obstante, la mirada del basilisco.

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{1} Sólo como indicio la conocida impresión de José María Ripalda en torno a ellos como una reedición de la que se dio entre Karl Marx y Max Stirner (por nuestra parte: Ortega y Unamuno; la misma intuición en Óscar Sánchez Vadillo: llama «Némesis absoluta» de Ortega a García Calvo, cfr. «Una década sin Agustín García Calvo», incluido en El beso de la finitud II, Kiros ediciones, Almería, 2023, págs. 296-298). Un Stirner que mucho más tarde sería traducido y publicado por un colaborador estrecho de Agustín García Calvo. Véase Max Stirner, Escritos menores, Pepitas de Calabaza, Logroño, selección, prólogo, traducción y notas de Luis Andrés Bredlow, 2013.

{2} La más notable es, a nuestro juicio, la común admiración por Karl Bühler y su Teoría del lenguaje (traducción de Julián Marías, Revista de Occidente, Madrid, 1950; véase la reseña de Carlos Valderrama Andrade, Boletín del Instituto Caro y Cuervo, VIII, 1952, págs. 207-213). Se ve claramente en un primerizo artículo de Agustín García Calvo, «Funciones del lenguaje y modalidades de la frase» (Estudios clásicos, IV, 1958, págs. 329-350), donde ya se mencionaba la segunda coincidencia notable; a saber: los escritos de Stalin aparecidos en los años 50 en Pravda contra Nikolái Marr (1864-1934) y sus seguidores (un análisis más minucioso en «Estalín acerca del lenguaje», incluido en Agustín García Calvo, Lalia. Ensayos de estudio lingüístico de la Sociedad, Siglo XXI, Madrid, 1973, págs. 23-38), igualmente alabados por ambos. Para el caso de Gustavo Bueno, entre otros lugares, este: «Recuérdese en este punto la carta publicada por Stalin en Pravda atacando abiertamente la teoría sobre lingüística soviética de Marr. Marr propugnaba una lingüística marxista en la que existiría una lengua de vencedores opresora de la lengua de los vencidos. El lenguaje, en la teoría-ficción del lingüista soviético –que, por cierto, tuvo gran acogida en ciertos círculos especializados–, es una superestructura. Idea inadmisible que Stalin repudió y de la que Althusser se hizo eco» (Gustavo Bueno, «El “corte epistemológico”», ABC, 24 de octubre de 1990).

{3} En esa misma editorial había publicado García Calvo dos libros: Del ritmo del lenguaje (1975) y De los números (1976). Gustavo Bueno, a su vez, su Ensayo de las categorías de la economía política (1972).

{4} J. A. Ugalde en Pueblo, José Jiménez en Triunfo, Fernando Savater en Cuadernos para el diálogo, Alfons Quinta en El País, &c.

{5} Con la excepción, por lo que sabemos, de un circunstanciado artículo de José Ardillo, «Agustín García Calvo, acracia y desengaño en los años 70», que se puede encontrar en la pagina web del Grup Antimilitarista Tortuga. Por este artículo desfilan Gilles Deleuze, Víctor Gómez Pin, Fernando Savater, Eugenio Trías y naturalmente Gustavo Bueno.

{6} De hecho, hay otra vieja reseña de Gustavo Bueno que merecería singular tratamiento, pues esconde no menos que esta sutilezas análogas. Me refiero a la que dedicó al libro póstumo e inacabado de José Ortega y Gasset, “La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva” publicada en Revista de Filosofía, Madrid, CSIC, año XVIII, n.º 68, 1959, págs. 103-112.

{7} Cfr. José María Laso Prieto, «El XIV Congreso de Filósofos Jóvenes», Sistema, n.º 20, 1977, pp. 93-109. Debe complementarse no obstante con otro trabajo del mismo autor, «Notas inéditas sobre el Congreso de Barcelona», n.º 1, marzo-abril, 1978, págs. 100-111.

{8} En 1974 Agustín García Calvo había editado las Glosas de Sabiduría o Proverbios Morales y otras Rimas de Don Sem Tob (Alianza Editorial, Madrid, 1974; segunda edición 1983). Más tarde, publicaría una edición crítica: Sermón de Glosas de Sabios y otras Rimas, Lucina, Zamora, 2000. El libro de Don Sem Tob (siglo XIV) se suele encuadrar, siguiendo a Menéndez Pelayo, dentro de la literatura didáctico moral, es decir, gnómica o sentenciosa, contra lo cual protestaba precisamente García Calvo porque veía en él «un poema de estructura unitaria, equilibrada y bien pensada» (op. cit., pág. 15). Algo parecido puede decirse de su Razón Común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heraclito (Lecturas presocráticas II), Lucina, Madrid, 1985, pues al ordenar los fragmentos (con independencia del acierto o no de la ordenación) García Calvo estaba insistiendo en un hecho: no se trataba de una colección descoyuntada de apotegmas. Por el contrario: «aunque es muy probable que sus fragmentos, que son, por cierto, unidades literarias cerradas, aforismos, no hayan formado parte de un texto seguido» (Gustavo Bueno, La metafísica presocrática, Pentalfa Ediciones, Oviedo, 1974, pág. 198).

{9} «Teorema entrevista a Gustavo Bueno», Separata de Teorema, vol. III/1, 1973, págs. 123-140.

{10} Alberto Cardín, «Gustavo Bueno: la filosofía sin tocador», El Viejo Topo, n.º 18, marzo, 1978, pp. 15-19. Como nada es casual, nos permitimos llamar la atención sobre el título de la entrevista. Sabido era entonces que Agustín García Calvo había traducido La philosophie dans le boudoir del Marqués de Sade, en Ruedo Ibérico, Paris, 1975. Más tarde aparecería una edición ligeramente distinta, Instruir deleitando o Escuela de amor (La philosophie dans le boudoir), traducción y prólogo de Agustín García Calvo, Lucina, Zamora, 1980.

{11} Véase Jean Granarolo, «Catulle LII: simple fronde ou pessimisme sans merci», en VV. AA., L'Italie préromaine et la Rome républicaine, I. Mélanges offerts à Jacques Heurgon, Publications de l'École Française de Rome, 27, 1976, págs. 333-339.

{12} Catulo, Poesías, traducción, introducción y notas de Antonio Ramírez de Verger, Alianza, Madrid, 1988. pág. 77.

{13} Op. cit., pág. 78. Naturalmente, nos hubiera gustado mucho más una versión de Agustín García Calvo. Tradujo a Catulo por ejemplo en Poesía antigua (De Homero a Horacio), Lucina, Zamora, 1987, págs. 131-146, pero no precisamente estos poemas. La traducción de salaputium es controvertida y ha dado lugar a múltiples soluciones.

{14} Se insiste otra vez en ello al final de la entrevista con Alberto Cardín: «Como Isis es el eterno femenino, pues resulta que es la mujer la que va a salvar al hombre del Estado, y entonces hace un canto a la mujer que recuerda enteramente a la Virgen María. Por eso yo digo que García Calvo es el espíritu mariano por excelencia, porque además recuerda muchísimo la última parte de Fausto, cuando el Dr. Fausto ve a la Virgen María».

{15} Véase noticia de este suceso en Antonio Rodríguez Almodóvar, «García Calvo», El País, 13 de abril del 2000. Asimismo, la entrevista de Fernando Correal en el Diario de Sevilla el 4 de abril del 2000, donde se puede leer por boca de Agustín García Calvo: «Puedo presumir de haber sufrido el último proceso inquisitorial de Sevilla».

{16} Por parte de Bueno una pequeña mención a García Calvo al final de su artículo «Discurso» (El Basilisco, n.º 2, 1978, pp. 75-79), donde se le critica su querencia por una acepción formal y no material del discurso. En otras palabras, una forma mentis.

{17} Asimismo republicado en Agustín García Calvo, ¿Qué es el Estado?, presentación de Sacca y Vanzetto, epílogo de Luis Andrés Bredlow, Alicante, Ediciones El Salmón, 2019. En la presentación se relaciona el escrito con las ideas de Guy Debord, Sánchez Ferlosio o Horkheimer y Adorno, pero no se menciona la reseña de Gustavo Bueno.

{18} Compárese con Agustín García Calvo, «Dialéctica y mito», Actas del II Congreso de Estudios Clásicos, Madrid, 1964, págs. 300-317, donde se analizan las diferentes posiciones que, en los Diálogos de Platón, Sócrates mantiene al respecto de la dialéctica (distinguiéndose por cierto una más bien objetiva, relación entre palabras, y otra subjetiva, relación entre los contendientes).

{19} El uso de mayúsculas por parte de García Calvo (señalado por Bueno) para esos conceptos (Estado, Dinero, Capital, Persona &c.) obedece a ese convencimiento.


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