El Catoblepas · número 215 · abril-junio 2026 · página 6

Después del capitalismo, ¿qué?
Fernando Rodríguez Genovés
Socialismo parece, capitalismo no es. Quien no adivine el sistema económico vigente, que lea lo que viene después. Extracto del Epílogo del libro ¿Cambiar de mundo? De utopías y otros viajes a ninguna parte (2026)

«El hombre rinde el máximum de su capacidad cuando adquiere la plena conciencia de sus circunstancias. Por ellas comunica con el universo.» (José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, 1914)
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Cambiar de mundo sin cambiar de tema
2020 representó un momento cósmico que merece constar en la historia universal de la infamia y en una narración de terror. Supuso una tremenda conmoción que sacudió las estructuras físicas y mentales, económicas, sociales y morales del mundo en su conjunto, a saber: la puesta en escena a nivel mundial de un plan globalista, preparado desde hacía varias décadas, consistente en instaurar un «Nuevo Orden Mundial», o sea, un totalitarismo pandemoníaco en el planeta.
He examinado en varios ensayos ya publicados la naturaleza y el alcance de este proyecto demencial que, a pesar de todo (y sin apenas resistencia apreciable), sigue avanzando en el presente. Es mi intención reflexionar aquí hasta qué punto la tal monumental anomalía en el rumbo de la civilización significa una manera radical de cambiar el mundo o no.
Presumiblemente, la primera posición la sostengan sus patrocinadores, gestores, publicistas y público sumiso, en general. Nada sorprendente, después de todo: los totalitarismos habidos desde el pasado siglo (comunismo, nazismo) proclamaban a los cuatro vientos, con aires de utopía, que su fin perseguido pretendía no otra cosa que construir el mejor de los mundos posibles, la victoria del Bien sobre el Mal (como es sabido, el totalitarismo siempre tiene al lenguaje como su introductor o carta de presentación y la deconstrucción de valores como instrumento narrativo y de propaganda). Ninguna de ambas quimeras consiguió triunfar, aunque sus despojos hayan sobrevivido y mutado en otras alucinaciones con diferentes faces.
Pero, también puede ser que no conlleve el empellón un cambio radical del mundo. Ocurre que todo proyecto de cambiar el mundo está condenado al fracaso, porque su propósito es imposible. Los hombres (malos) no pueden modificar, por más manipulación que empleen y por más fuerza y violencia que ejerzan, el orden natural de las cosas. Pueden, mediante la Mentira y el Miedo, cambiar determinadas circunstancias del mundo, pero no su sustancia, su ser, su naturaleza.
El empuje de la barbarie, en cualquiera de sus facciones y versiones, no ha alterado el sentido de lo real, la naturaleza de la cosas. Ha dejado tras de sí, ciertamente, destrucción, muerte y miseria, una realidad desgarrada por mil cicatrices, grietas y contusiones, aunque siga, en lo esencial, manteniendo lo que hace de ella lo que es, semejante y reconocible por rasgos inamovibles e invariables.
Valores como la pureza, la belleza, la verdad, la creación o la ley natural son consustanciales a la vida, imprescindibles en la vida humana.
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«Yo te maldigo con el nombre de “capitalismo”»
El «capitalismo» no ha existido siempre ni existirá siempre. De hecho, a mi parecer, el «capitalismo» ha dejado de estar presente y vigente, en su sentido propio y sustancial, desde el siglo pasado, cuando fueron progresivamente socavadas sus fundamentales señas de identidad: valor principal e inalienable de la libertad; propiedad privada; libre empresa y de comercio; radical distinción entre público y privado (separación mercado y Estado); moral individualista, de riesgo, esfuerzo y mérito; relevancia de la fortuna (en ambos sentidos de la palabra: riqueza y destino o suerte); primacía del azar sobre la necesidad.
El ensayo que publiqué en el año 2020, Dinero S.L., lleva por subtítulo De la sociedad de propietarios a la comunidad de gestores. La portada lleva, a su vez, una faja que reza: «Propiedad privada y valor en el “poscapitalismo”». Allí el lector puede conocer mi caracterización del marco actual (económico y social) que denomino «poscapitalismo» (a falta de un término sustitutorio de «capitalismo»). A la espera de disponer de un nombre para la cosa, la situación la describo como un nuevo marco estructural que ha pasado de reconocerse como «sociedad de propietarios» para pasar a constituir una «comunidad de gestores». Acaso sea momento de volver sobre este asunto y darle algunas nuevas pinceladas al retrato de los hechos.
El pensamiento humano es simbólico, merced, principalmente, a su inseparable vinculación al lenguaje. En consecuencia, resulta conveniente denominar a las cosas por su propio nombre, por el que le corresponde, que permita fijar y reconocer lo que es, no lo que parece ser. Reflexionar acerca de la vigencia del término «capitalismo» conduce, en primera instancia, a advertir en el mismo, por decirlo así, un especie de pecado original, al haber sido bautizado por no creyentes. Desde entonces ha arrastrado una anomalía significativa que si bien no ha sido suficiente para producir su declive, sí muestra que no siempre ha sido comprendida en su plenitud tanto por su patrocinadores como por el público, en general.
Por el contrario, para que corra de boca en boca, el vocablo «socialismo» fue registrado en el imaginario Registro Civil con letras de oro. Y es que el capital es cosa de unos pocos privilegiados, mientras que lo social es de todos…
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El nombre de la cosa
Y entonces, ¿qué? ¿Cuál es el sistema económico vigente en nuestros días?
Socialismo parece. El socialismo suena bien y tiene buena apariencia a cara al público, no importa que lo hayan abandonado hasta quienes lo inventaron entonces para pasarse al bando de los poderosos de ahora. Un paso, en realidad, muy corto, pues siempre han estado entre quienes son los poderosos en cada momento. Comoquiera que «lo social» sigue fascinando a las masas, el socialismo no ha desaparecido como elemento en todas las salsas. Además de tener familia numerosa y bastantes parientes. Repárese en este dato: bastantes partidos progresistas lo encubren con otras denominaciones, como el Partido Socialista francés, el cual se presentó en las elecciones de 2024 bajo la alianza de partidos de izquierda, denominado nada menos que «Nuevo Frente Popular» (NFP), etiqueta ésta –Frente Popular– concebida como estrategia para infiltrarse y socavar la estructura de los países de Occidente por la URSS durante los años 30 del pasado siglo XX; o como en España, donde idean fórmulas variadas y variables, según comunidades autónomas, provincias o ciudades y pueblos («de 15 minutos»).
La locución «comunista» luce nada menos que en la nación más poderosa del planeta en nuestros días, la República Popular China, dirigida por el flamante Partido Comunista de China. He aquí una principal pista a seguir sobre el estado de lo vigente. ¿Es China un país socialista/comunista? Ni sí ni no. ¿Capitalismo, entonces? Ni no ni sí. China basa su poderío en un modelo mixto, que no es carne ni pescado, sino que se mueve en los mercados con el carné del Partido en el bolsillo superior, sin el cual el mercado seguiría siendo un pecado; se expande por todos los continentes sin ser tildado de imperialista; produce más CO2 que todos los países desarrollados juntos, sin ser acusado de dañar el medio ambiente; experimenta con virus sospechosos en laboratorios tenebrosos, sin ser señalado más que por unos pocos analistas y comentaristas atrevidos; tiene sometida con mano dura a la población, sin recibir reprobación de modo oficial o extra oficial: y en este plan. La China de Xi Jinping tiene bula, mientras a los demás hace burla, patente de corso y licencia para… lo que sea menester.
En consecuencia, cina é vicina. No sólo por medio de bazares anclados en los barrios de las ciudades del mundo y a la vista en cualquier etiqueta de los más variados productos en el mercado. Por este camino de baldosas amarillas diríase que circula hoy el «capitalismo» y la civilización en deconstrucción.
«La honestidad no forma parte del modelo económico chino. Se falsea la contabilidad, los contratos firmados no comprometen a nadie, la justicia no es independiente, la corrupción es obligatoria y se piratea la propiedad intelectual. […] Pero la Gran China de la fantasía todavía oculta la China real» (Guy Sorman, El año del Gallo. Chinos y rebeldes, 2006{1})
La economía de Rusia (otro país con un largo pasado comunista) adopta hoy, asimismo, una forma mixta, de mercado fiscalizado por el Estado, según el «modelo» que apunto aquí como el dominante en nuestros días: una fórmula intervencionista y colectivista de gestionar los distintos sectores socioeconómicos. Definitivamente, ya no puede concebirse una economía que no sea «social», es decir, esa que permite la creación de empresas privadas, la existencia misma del mercado, aunque siempre intervenido y vigilado estrechamente por el Estado.
Entonces, ¿por qué China sube en la escala del directorio mundial mientras Rusia no, incluso baja? Muy sencillo. Rusia va a su aire y no acepta ser una pieza más en la tablero chino. La Rusia de Putin no acepta órdenes de otros que no sean sus gobernantes ni ser una nación más en el concierto mundial que interpreta la marcha globalista. Lo cual no significa que desaproveche la ocasión para aplicar medidas semejantes a las que dispone el Alto Mando. En Rusia vemos, y veremos en adelante, medidas y movimientos tácticos equivalentes a los decretados por éste, pero siempre adaptados al espacio ruso y colindantes, con contenido y calendario propio, no vaya a pensarse que es un peón más del ajedrez chino-europeo. Rusia, en suma, no renuncia, y menos se opone, a la imposición del totalitarismo pandemoníaco, pero lo hace y lo hará a su manera…
Tampoco Estados Unidos de América bajo la administración de Donald Trump fue proclive a servir y adherirse plenamente al «Nuevo Orden Mundial», como el resto de países subordinados, aunque fuese por razones muy distintas a las de la Rusia de Putin. En cualquier caso, ambas potencias mundiales han sido marcadas en el «Agenda» como objetivos prioritarios a «reconducir», a fin de introducir en sus gobiernos individuos y programas obedientes. En USA, tal objetivo se logró, no siempre por medios legítimos, durante la Administración de Barack Hussein Obama (en cuyas legislaturas incluyo la de Joe Biden/Kalama Harris, por ser, de hecho, una hijuela de éstas), si bien en las elecciones presidenciales de 2024, por esta vez y por el momento, se permitió que Trump ocupase la Casa Blanca.
Se acabe denominando de un modo u otro, el sistema económico que servirá de recambio al «capitalismo» –y compondrá la «infraestructura» del totalitarismo pandemoníaco que avanza aspira a cambiar el mundo, la nueva utopía– tendrá la marca del colectivismo socializante y de su trampolín pandémico, virulento y enmascarado. Es más: conjeturo que llevará en su rótulo el vocablo «social». Como podría ser Socialcovismo…
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{1} A pesar de que el ensayo citado está publicado hace una década, y los tiempos avanzan una barbaridad (en especial, en estos tiempos…), creo las palabras de Guy Sorman siguen estando de actualidad. Por lo demás, en el momento presente es difícil (al menos mi esfuerzo en ese sentido ha sido vano) encontrar libros que esbocen críticas a régimen comunista de Xi Jinping, lo que da todavía más vigor y frescura al texto de Sorman. En realidad, el mejor de los mundos posibles para el régimen chino, así como para la Agenda Globalista (íntimamente unidos), es que se hable poco de ellos, que se ignoren, como si no existieran…He aquí el sentido freudiano de «lo siniestro»: cuando más oculto y próximo, más funesto.
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
