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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 1 • marzo 2002 • página 12
Libros

Basura y Televisión

Pelayo García Sierra

A propósito del último libro de Gustavo Bueno, Telebasura y democracia, Ediciones B, Barcelona 2002, 257 págs.

«Todo es aprovechable, como materia de investigación o de análisis. Sin embargo, no hará falta negar (metafísicamente) la basura; será suficiente verla como un momento de la realidad.» (pág. 45).

1. Para sorpresa de muchos que tienen una concepción de la filosofía próxima a considerarla como un saber «exento», es decir, como un saber que pasa por encima de (por no decir que desprecia) muchos contenidos que suelen considerarse efímeros –sin valor intrínseco, se dirá– como puedan serlo los que brotan y se desenvuelven en múltiples ámbitos del presente (tecnológico, social, cultural, científico o político) y que conforman un determinado «estado del mundo», Gustavo Bueno nos ofrece un análisis riguroso y preciso de un ámbito de la realidad propia de nuestro presente como es el de la Televisión y, en particular, en este último libro, de la Televisión concebida, como tantas veces hemos oído, como «televisión basura». Y es que un asunto como el de la Televisión remueve múltiples cuestiones de carácter gnoseológico, ontológico, moral o político –como queda demostrado en este nuevo ensayo de Gustavo Bueno y como había quedado claro en la primera incursión que sobre este tema realizó el propio Bueno hace poco más de un año (me refiero al ensayo titulado Televisión: Apariencia y Verdad, Gedisa, Barcelona 2000, 333 págs.)– y, en consecuencia, requiere un tratamiento filosófico, es decir, no meramente tecnológico, sociológico, psicológico, &c. En este sentido puede afirmarse que es un terreno que había permanecido prácticamente virgen, desde el punto de vista filosófico, y que, sin embargo, debía ser recorrido necesariamente, por quien se dedica a una actividad como es la de «tallar Ideas» y explorar las relaciones que entre ellas puedan establecerse. Era, en resolución, una tarea que estaba por hacer y que, no obstante, se presentaba como obligada, sobre todo para quien no se acerca a la filosofía con una intención –sin duda loable y respetable– puramente doxográfica o, por utilizar fórmulas clásicas, con una intención determinada por la «pura curiosidad», o mero el mero «afán de saber».

2. Y es que el materialismo filosófico, en tanto que materialismo metodológico, se sitúa en las antípodas de aquella concepción de la filosofía. Pues el materialismo –término que tanto pavor provoca en muchos círculos– tal como lo concebimos, puede definirse como la metodología propia de un racionalismo que comienza, precisamente, por asentarse sobre la «tierra firme» de los materiales o prácticas concretas que están implicados en una determinada cuestión susceptible de un análisis filosófico serio. El materialismo, en efecto, comienza por no despreciar ningún aspecto del mundo en cuanto materia pertinente para su análisis, y, por tanto, no podía dejar de lado un fenómeno tan importante en la era moderna como es el de la Televisión, con todos los aspectos que lleva aparejados y que son constitutivos del presente (social, político, moral) que nos ha tocado vivir.

3. La Televisión, por otra parte, parece que tiene que ver, además, con aspectos de la realidad que a veces son considerados (por aquellas mismas concepciones acríticas de la filosofía que llamamos genéricamente «exentas») aún más mundanos y «poco filosóficos», como pudiera serlo la basura. Muchos, desde una visión aristocrática de la realidad y de la propia actividad filosófica, se burlarán de quienes se acerquen a la basura o la televisión o la telebasura con algún interés, y mucho más aún si ese interés se declara filosófico. ¿Cómo vincular la actividad más elevada a la que se puede dedicar el hombre –el pensamiento, la reflexión, la creación– con cosas tales como la basura, la televisión o la telebasura? Pero para quien no se mueve en ámbitos tan elitistas, pedantes o sencillamente perezosos, sino que se mantiene «a ras de tierra», en donde la realidad misma se conforma, las cosas se ven de muy distinta manera. Porque la burla o el desinterés por cuestiones que no tengan que ver con asuntos «tan elevados» como el Ser, el Noúmeno, la Verdad, &c., se vuelve contra ellos mismos, puesto que el Ser, la Verdad, la Apariencia o lo nouménico, son Ideas (filosóficas) que se abren camino justamente a través de materias dadas en el mundo, y no brotan de la nada, como si fueran emanaciones de un sujeto pensante que, al volver la vista hacia el cielo estrellado, fuese iluminado por el Ser, uno e infinito, que le pone en contacto con las esencias. La basura forma parte de nuestro mundo, y está vinculada tanto a procesos orgánicos como inorgánicos y, sobre todo, está vinculada a la propia actividad operatoria de los hombres. De esto se deduce que la basura (que está presente, de algún modo, también en la televisión) se nos revela como una Idea trascendental (puesto que el concepto de basura no se circunscribe a un campo determinado, sino que se extiende a muchos, dando lugar a conceptos diferentes: «telebasura», «contratos basura», «comida basura», «ADN basura»...) y por tanto, del mayor interés filosófico. Un interés filosófico no menor que el que puedan tener las Ideas que tradicionalmente han sido consideradas como trascendentales (Unum, Verum, Bonum, Pulchrum) y que, por cierto, también se abren paso a través del llamado, no lo olvidemos, ente televisivo. Desde este punto de vista, parece, pues, obligado que un filósofo atento a la realidad de la que forma parte dedique algún esfuerzo a determinar el alcance del «fenómeno televisivo», y no de modo de un modo oblicuo, sino absolutamente recto y por derecho.

4. El libro Telebasura y democracia –que consta de cinco capítulos, precedidos por una Introducción y culminados con un «Final» y un «Apéndice» (en el que se formulan una serie de comentarios muy atinados y jugosos a propósito del Manifiesto contra la telebasura, firmado por diferentes asociaciones, en noviembre de 1997)– trata, y lo consigue, de establecer una serie de conceptos y distinciones, es decir, de instrumentos conceptuales, a través de los cuales se determinan las líneas maestras que permiten recorrer los caminos abiertos por conceptos que, como el de «basura», se utilizan en composición con otros como el de televisión y cuyo significado está muy lejos de ser claro y distinto.

Las Basuras y la televisión

5. Destacamos, en primer término, el capítulo primero («La televisión basura») en donde se introduce la distinción entre los momentos lítico (de sustracción, eliminación o segregación) y tético (de composición) propio de la estructura lógico-material subyacente a la «operación barrer», y que permite obtener la distinción entre los dos sentidos (directo e inverso) de la misma operación barrer y, a su vez, proporciona los fundamentos para obtener las diferentes modulaciones de basura derivadas de dicha operación (adventicias, secretadas, reactivas, absolutas), sin perjuicio de que las basuras también pueden resultar de operaciones no vinculadas a la operación barrer.

Ahora bien, el concepto de basura, en tanto que concepto funcional global, sólo adquiere un sentido claro y distinto, en el momento en que se determinan los parámetros pertinentes, los cuales dependerán de las tablas de valores vigentes en una época o sociedad dada. A partir de aquí Gustavo Bueno pone de manifiesto el carácter oscuro y confuso del concepto mismo de «televisión basura» teniendo en cuenta, por un lado, el carácter borroso de las fronteras entre la televisión basura y la televisión limpia y, por otro, teniendo en cuenta el hecho de que aparecen constantemente confundidos en él los sentidos positivo y negativo del concepto de basura (las basuras absolutas y relativas). Oscuridad y confusión que Gustavo Bueno aclara precisamente a lo largo de las páginas 45 a 57.

Otro asunto de sumo interés tratado en este primer capítulo es aquel que se suscita a propósito de los intentos de establecer criterios objetivos que permitan evaluar la calidad de los programas televisivos; criterios que están destinados a barrer la telebasura de las telepantallas. Pero Gustavo Bueno duda seriamente de que los dichos criterios, aunque hayan sido establecidos por personas o instituciones competentes en la materia, puedan garantizar lo que se pretende (la «calidad televisiva»), por cuanto considera imposible una tal determinación objetiva, que, en todo caso, estará siempre mediatizada por las normas morales que presida la institución correspondiente. Y concluye: «En una democracia, en la que los consejos parlamentarios en consenso representan al pueblo, los juicios de estos consejos sobre la calidad televisiva son superfluos, porque los hace directamente el pueblo al elegir o rechazar el programa, es decir, al votar, aceptándolo o rechazándolo, en una especie de plebiscito cotidiano, no ya mediante papeletas, sino mediante el telemando. Más aún podría interpretarse como un indicio de poca fe en la democracia el que los representantes del pueblo, consensuadamente (es decir, no sólo a través del partido mayoritario), intenten convertirse en tutores o censores del pueblo soberano, en materias que no se oponen a los principios constitucionales.» (pág. 70).

Telebasura fabricada y Telebasura desvelada

6. En el capítulo siguiente destacamos la distinción entre televisión «fabricada» y televisión «desvelada», aplicada al caso particular de la televisión basura, y que se presenta como distinción crítica (clasificatoria) y abstracta, en la medida en que no es posible separar ambos modos de televisión, como si se tratase de dos realidades independientes, sin perjuicio de que puedan ser disociadas (la disociación tiene que ver con el grado de presencia de un modo respecto del otro). La distinción se refiere, eminentemente, a los contenidos mismos que aparecen en la pantalla y no a las intenciones de los individuos que trabajan en la producción de dichos contenidos (guionistas, directores de programa, &c.). En este punto, además, es preciso separar la telebasura «diseñada» como tal basura de la telebasura «no diseñada», pero que pudiera acaso ser englobada en el género telebasura, en tanto que «basura resultante». Estas distinciones permiten analizar multitud de situaciones que pueden darse tanto en la televisión formal como en la televisión material, desde el punto de vista de la inserción (o no) de múltiples programas en la clase «telebasura», según los diferentes criterios que se adopten, las diferentes categorías que estén implicadas (políticas, sociales, culturales, naturales, literarias...) y, desde luego, según los contenidos a que nos remitan.

Telebasura e Intimidad

7. En el tercer capítulo se analizan todas aquellas situaciones vinculadas a la televisión basura (desvelada) que proceden del resultado de la operación barrer en su sentido inverso, es decir, en el sentido de «barrer para casa» o «barrer para dentro». Tales cuestiones entran en conexión inmediata con el análisis de asuntos que tienen que ver con la «intimidad», puesto que «una gran parte de los contenidos que llamamos 'íntimos' pueden considerarse como procedentes de un 'barrer para dentro' muchas cosas de nuestra vida pública, que al ser encapsuladas en su seno, irán configurando nuestra 'vida privada'».

Después de analizar críticamente los conceptos metafísicos (espiritualistas) de la Idea de Intimidad y ofrecer una fundamentación alternativa mucho más sólida, a partir de la Idea de cuerpo (la intimidad se alcanza, en los animales dotados de visión, a través de la opacidad de determinados cuerpos que forman parte del mundo animal, es decir, como encubrimiento de su propio cuerpo con cuerpos opacos) y dejar sentado que la intimidad individual se forma a partir de la intimidad tribal o grupal, Gustavo Bueno pone de manifiesto la conexión que existe entre la opacidad de los cuerpos y la televisión en general (definida como «televisión formal», es decir, por su capacidad para «ver a través de los cuerpos opacos interpuestos»). Y, desde luego, la conexión entre la opacidad de los cuerpos y la telebasura (en la medida en que la televisión formal es capaz de desvelar lo que tiene un carácter íntimo). Y este punto es decisivo, por cuanto se introduce una distinción fundamental en el concepto de televisión desvelada, según como tenga lugar el desvelamiento de intimidades en la televisión (modo de desvelamiento puro / modo de desvelamiento consentido). Esta distinción es esencial puesto que abre el camino para discriminar conceptos y situaciones que se confunden a menudo. Permite apreciar, por ejemplo, las diferencias que median entre televisión basura y otros géneros que, aun clasificados como basura, no tendrían por qué englobarse en él, sino en otros géneros tales como: televisión delictiva, televisión obscena, &c. (ver págs. 111-127).

Televisión y Sociedad política

8. Si los tres primeros capítulos resultan interesantísimos, puesto que ponen de manifiesto el carácter coyuntural, cambiante, oscuro y confuso del concepto mismo de telebasura tal como suele emplearse habitualmente y nos proporcionan, además, un conjunto de distinciones y ejemplos que permiten organizar el campo propio de eso que se denomina «telebasura», los dos capítulos finales (el 4º: «Telebasura y Democracia» y el 5º. «La televisión basura en España») no lo son menos, porque en ellos se ofrecen al lector las claves necesarias para entender las relaciones que se establecen entre la televisión y la sociedad política en general y, por supuesto, para comprender las relaciones entre la telebasura y las sociedades democráticas, en particular.

En el capítulo cuarto, en efecto, Gustavo Bueno formula un sistema de coordenadas que permite interpretar el tipo de relaciones que se establecen entre las sociedades democráticas y la televisión. Un sistema de coordenadas fundado en la «teoría de las cuatro familias de círculos dialécticos» a través de los cuales discurren las sociedades democráticas y que tienen que ver con las contradicciones resultantes tanto de estructura interna propia de las sociedades democráticas como de las mutuas relaciones que se establecen entre las diversas sociedades políticas (sean democráticas o no).

La tesis principal de Gustavo Bueno a este respecto puede resumirse del modo siguiente: Que las sociedades democráticas constituyen un episodio necesario en la evolución de la sociedad capitalista y se fundan en la idea de libertad de elección, definida como la posibilidad de elegir y adquirir en el mercado los bienes alternativos que en él se ofrecen y que se estructuran en diferentes especies, géneros y clases (págs. 151-152). La estructura de las sociedades democráticas, en definitiva, es la misma que la de la sociedad de mercado libre y se realimentan la una a la otra. La importancia de la sociedad de mercado para las democracias resulta decisiva cuando se observan los mecanismos electivos propios de éstas: la sociedad de mercado fundada en el consumo individual posibilita la existencia de individuos capaces de votar democráticamente.

Pero la estructura de la sociedad democrática determina sus propias contradicciones: por ejemplo, las que se derivan de los mecanismos de delegación y representatividad democrática, que ponen de manifiesto las contradicciones entre la clase política y la sociedad civil, y los conflictos entre los tres poderes de la capa conjuntiva. La capa basal del poder político también interviene en la conformación de los electores y, por tanto, de las democracias, pues será a través de ella como se mantendrá continuamente la conciencia de libre elección, al asegurar a los individuos múltiples situaciones en las que puedan realizar operaciones relacionadas con actos de libre elección (es decir, que no se reducen únicamente a la elección productos con los que satisfacer necesidades básicas de alimentación). Por último, la dialéctica de la democracia se desarrolla asimismo a través de la capa cortical del cuerpo de la sociedad política, en tanto las sociedades democráticas tenderán a organizar a todas las sociedades con las que mantienen intercambios comerciales como sociedades democráticas, es decir, como «democracias de electores-consumidores», muchas veces de un modo enteramente artificial, lo que se pone de manifiesto hoy día mediante los conflictos suscitados en torno a la oposición entre «globalización» / «antiglogalización», por ejemplo.

Este sistema de coordenadas permite reconocer la importancia decisiva de la televisión para la democracia, hasta el punto de que podríamos extraer la siguiente conclusión: la eutaxia de las sociedades políticas democráticas se funda en gran medida en la existencia de la televisión, y ello en virtud de la estructura misma de la sociedad democrática (véanse, en este sentido, las págs. 164-180). Y así se pone de manifiesto en las páginas siguientes, puesto que se nos ofrecen una serie de criterios objetivos en virtud de los cuales una sociedad democrática podrá considerar algo como telebasura fundándose en los contenidos mismos de los programas televisivos. Estos criterios tendrían que ver con toda una serie de contenidos que atentan contra la estructura misma de la sociedad democrática en función de los criterios establecidos previamente. Es decir, serán considerados basura, desde el punto de vista democrático, aquellos contenidos televisivos en los que, pongamos por caso, se devalúen los bienes ofrecidos en el mercado (por ejemplo, a través de programas en donde se haga apología de las drogas); también podrán ser evaluados como telebasura aquellos contenidos que orienten a los televidentes hacia formas de vida incompatibles con la sociedad de mercado (vida ascética, retirada, vida natural al margen de la civilización...); o aquellos que pudieran restringir el número de compradores en un mercado abierto (ya sea a través de programas racistas, por ejemplo, ya sea a través de programas que defiendan el suicido colectivo); o incluso aquellos contenidos que pudieran contribuir a la abstención y el escepticismo democrático (a través, por ejemplo, de una excesiva divulgación de casos de corrupción política), &c.

En este mismo sentido, es obligado señalar el interés de los análisis presentados en el capítulo 5 sobre la «Televisión basura en España», en los que se expone el papel jugado por la televisión en la configuración de la sociedad democrático-parlamentaria en España, gracias a la previa transformación (que tuvo lugar durante la época franquista) de la sociedad civil española en una sociedad de mercado pleno. En todo caso, remitimos al lector a este capítulo, así como a los comentrarios que Gustavo Bueno realiza a propósito del Manifiesto contra la telebasura, en donde podrá encontrar sugerencias certeras y muy provechosas.

9. Podemos afirmar, para concluir, que Gustavo Bueno nos brinda el primer análisis riguroso de uno de los temas que, por usar una fórmula orteguiana, lo podríamos calificar como uno de los «temas de nuestro tiempo». La producción bibliográfica de Gustavo Bueno, en efecto, se ha caracterizado siempre por tratar «temas de nuestro tiempo», como lo demuestran sus más recientes publicaciones: los libros El mito de la Cultura (Prensa Ibérica); España frente a Europa (Alba Editorial); Televisión: Apariencia y Verdad (Gedisa). Los artículos publicados en El Basilisco –sobre el Estado de derecho (nº 22) y España (nº 24); sobre la Idea de Identidad y sobre Bioética (ambos en el nº 25); sobre la esencia del pensamiento español (nº 26) y sobre el concepto de izquierda política (nº 29)– y en otras revistas, ya especializadas (sobre los límites de la evolución), ya de carácter más general (como los artículos publicados en Interviú sobre Gran Hermano; en La Clave, sobre los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001; &c.).

Telebasura y Democracia se suma a esta producción, y su lectura es obligada para todo aquel que tenga un mínimo de interés por cuestiones sobre «nuestro tiempo».

 

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