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El Catoblepas, número 44, octubre 2005
El Catoblepasnúmero 44 • octubre 2005 • página 12
Artículos

José Antonio Primo de Rivera
testigo y analista del colapso de la democracia

Adriana Inés Pena

Se procura averiguar cual era la posición de Primo de Rivera hacia la democracia, no ante alguna teoría sino frente a la realidad que presenció

Introducción

Conocer el contexto es imprescindible para el estudio sistemático de la historia, ya que su desconocimiento lleva a errores de juicio y a anacronismos. Más de un historiador ha comentado sobre el «pensamiento original» de un personaje cuando éste solo repetía los clichés del momento. Es por eso que el contexto debe ser estudiado cuando se discute a José Antonio Primo de Rivera (en adelante Primo de Rivera). Este estudio busca hacer esto, para averiguar cual era la posición de Primo de Rivera hacia la democracia, no basada en la teoría de esta, sino en la realidad que presenció.

Estableciendo el contexto

Varios estudiosos han pedido que estudie a Primo de Rivera en su contexto –pero por lo general expresan más un deseo de que se juzgue equitablemente a Primo de Rivera que la creencia de que el contexto en sí es digno de estudio{1}–. Sin embargo las características son tan pronunciadas, y tan discrepantes con la realidad hoy día, que ignorarlas lleva a debates estériles cargados de anacronismo.

No se ha hecho bastante hincapié en que la situación política de los años treinta era severamente anormal –partiendo del presupuesto de que la situación actual está cerca de la normal. Esto es lo primero que debe comprenderse cuando se valora la posición de Primo de Rivera hacia la democracia y el importe de sus propuestas. Hay que evaluar cuales eran las circunstancias concretas de que fue testigo, y cual era la información a su alcance –no la que se conocería años después. Solo entonces se puede evaluar cual era su posición sobre la democracia y cuales son los errores que pudo haber cometido. Más importante todavía, cual, de los dos posibles, fue el error básico que cometió.

Hay dos errores básicos que se pueden cometer en una situación gravemente anormal. El más grave es el de razonar de acuerdo a una teoría general –acertada en la mayoría de los casos– sin tener en cuenta hasta que punto la anormalidad de las circunstancias puede invalidar la teoría. El otro error, mas inocuo y fácil de corregir, parte de considerar la situación específica anormal y generalizar a partir de ella, hasta negar la teoría general. El primer error ignora los peligros del presente e impide encontrar la solución a problemas muy serios. El segundo no trae perjuicios hasta que no cese la situación anormal, y la teoría general vuelva a ser válida. En este caso, existe siempre la posibilidad de reevaluar la teoría y aceptar su validez cuando las circunstancias han cambiado.

De acuerdo a este propósito, se examinarán aspectos controvertidos de Primo de Rivera para situarlos en el contexto adecuado.

Empleo del término «totalitario», en su contexto adecuado

El vocablo «totalitario», muy de moda entonces, es uno que se presta mucho a la confusión. En nuestros días «totalitario» es un término de oprobio, que describe un horror sin mitigación posible.

Este significado data de 1950, cuando Hannah Arendt así lo definió en su libro Los orígenes del totalitarismo. El período que estudiamos es muy anterior a 1950, y debemos considerar qué significado tendría el vocablo entonces.

Que el significado cambió se prueba por el hecho que Mussolini se proclamase orgullosamente «totalitario», mientras que Arendt dice que, de acuerdo a su definición, la Italia fascista no era un estado totalitario{2}. De esto sólo se puede deducir que lo que Arendt (y nosotros) entendemos por «totalitario» no era lo que entendía Mussolini. Ni mucho menos lo que entendían los contemporáneos de Mussolini entre los que se encontraba Primo de Rivera quien lo usó en ocasión{3}.

En el caso de Primo de Rivera, un vistazo a las instancias en que usó el vocablo lleva a pensar que para él, «totalitario» derivaba no de «total», en el sentido del poder o control del estado, sino de «todos» o sea de la totalidad de la población sin exclusiones de ninguna índole.{4} El término correspondiente hoy sería «incluyente», la condición en que todos los ciudadanos, fuesen quienes fuesen, reciben las misma consideración del poder político.

Rechazo de los partidos políticos, en su contexto adecuado

Se conoce la actitud de Primo de Rivera hacia los partidos políticos –él pide su desaparición de la escena política. Lo que muchos ignoran es que Simone Weil, en sus propuestas de 1942 para una futura Francia liberada incluía la abolición de los partidos políticos{5}. El mismo rechazo se encuentra en las propuestas del círculo de Kreisau y de otros participantes en los complots contra Hitler que culminarían en el atentado del 20 de Julio de 1944. Los conspiradores eran un grupo diverso, que divergían en sus enfoques, pero que coincidían en que, una vez eliminado el nazismo, el nuevo régimen no permitiría la existencia de partidos políticos tal como los habían conocido{6}. Este rechazo se debía a su creencia de que habían sido los partidos políticos quienes los habían entregado indefensos a Hitler. Marc Bloch, el eminente historiador francés que moriría mártir por una Francia libre también culpaba a los partidos políticos por su parte en crear el clima político y social que causó la derrota Francia. Bloch describió a los partidos como compuestos de «hábiles trepadores que pasaban el tiempo echándose los unos a los otros del pináculo de la estructura política»{7}, y los llamo indignos de sustentar el poder público.

Esta hostilidad hacia los partidos políticos parte de su fracaso como institución política. Norman LeVaun Stamps, en su estudio Why Democracy Fails{8} –sobre el colapso de las democracias europeas en los veinte y los treinta– tiene juicios igualmente duros con los partidos políticos. Los partidos políticos vigentes entonces, según Stamps, eran culpables de estos comportamientos: crear un clima político-social que solo podía desembocar en el despotismo{9}, abusar del debate político, en vez de encauzarlo para afrontar problemas concretos, polarizando a la población hasta extremos insoportables{10}, y aislar a sus miembros del contacto con integrantes de diferentes partidos –envolviéndolos en un capullo protector– impidiendo así que se entablase un diálogo constructivo{11}.

Rechazo de partidos políticos, contexto español

Esta situación con los partidos también ocurría en España con un agravante, que, curiosamente no se ha discutido bastante, el colapso de los grandes partidos. Cuando Primo de Rivera habla de la desaparición de los partidos políticos, ya habían desaparecido los dos grandes partidos, el Liberal y el Conservador. Los partidos bajo los cuales había transcurrido la vida política de la Restauración no existían más. Los partidos que dominaban la escena tendían a ser pequeños y marginales. Este es un dato importantísimo.{12}

Partidos pequeños y marginales, cualquiera que sea su ideología, son presa de varias patologías de grupo: embriaguez por la retórica, planes grandiosos que nunca se llevan a cabo, luchas internas por nimiedades, fantasías, extremismos, paranoia, y más de una vez comportamiento rayano en la locura. La raíz de estos comportamientos, muy a menudo, es la conciencia de la imposibilidad de llegar al poder, que permite a los miembros dar rienda suelta a su irresponsabilidad y mimar sus propias neurosis en vez de hacer política seria (el poder corrompe, es cierto, pero la falta de poder deschaveta). Eso produce la migración de aquellos miembros dotados de talento y sentido de la realidad; tarde o temprano, se mudan a un partido mayoritario donde pueden hacer política en vez de ser comparsas en psicodramas ajenos. Cuando esos miembros se van, los puestos caen en manos de los miembros restantes, o sea aquellos sin talento o sentido de la realidad. Lo que exacerba los comportamientos rayanos en la locura. Lo que exacerba la migración de los talentosos, en un círculo vicioso.

En España la política había caído bajo la influencia de partidos marginales, con todas sus patologías. Es cierto que ni el PSOE ni el Partido Radical de Lerroux eran marginales, pero debían caer en gracia con esos partidos marginales para alcanzar el poder –y Lerroux fue privado del poder más de una vez por la acción de esos partidos marginales{13}. El partido Radical había perdido mucho prestigio, y siguió perdiéndolo durante la República. En cuanto al PSOE, estaba cegado por el sueño apocalíptico de la Revolución, y así perdió su oportunidad de convertirse en heredero de los grandes partidos de la Restauración.

Con estos datos es posible decir que los partidos vigentes no solo no podían aportar soluciones, sino que creaban nuevos problemas y exacerbaban los existentes. Rechazarlos era rechazar su fracaso, una actitud eminentemente racional.

La atracción del fascismo, en su contexto

Primo de Rivera admiró a Mussolini. También lo hicieron millares de sus contemporáneos. La Italia fascista era admirada casi universalmente, y ese encandilamiento incluye nombres muy ilustres, cuya trayectoria posterior se mostró libre de sospechas{14}. Por ejemplo, Eamon de Valera, cuyo comportamiento en el poder fue democrático, prometía en 1929 hacer por Irlanda lo que Mussolini había hecho por Italia{15}. En cuanto a aquellos que no compartían la admiración casi universal por Mussolini, la triste realidad es que para la mayoría de ellos esa inmunidad a su atractivo se debía más al hechizo de la revolución comunista que a una profunda fe democrática{16}. El auge de la admiración por el fascismo italiano ocurre en la primera mitad de los 30, y sólo mas tarde sería esta admiración engullida y suplantada por la admiración hacia al nazismo{17}.

Esta admiración no era sinónimo de admiración por el nazismo. En la primera mitad de los treinta se podía hacer fuertes distingos entre ambos. El racismo no era parte de la doctrina original del fascismo –en Italia vivían muchos judíos alemanes refugiados, como el conductor de orquesta Bruno Walter. De acuerdo a varios estudios, incluyendo a Hannah Arendt, el terror que se experimentaba en Alemania era desconocido en Italia. Hay un abismo de diferencia entre enviar a opositores a Dachau y otros campos de concentración, y enviarlos al «exilio interior» que practicaba Mussolini –del cual dejó testimonio Carlo Levi en su Cristo se detuvo en Eboli– el mismo abismo que entre las matanzas indiscriminadas de Hitler y las escasas condenas a muerte en Italia. Además, en el terreno internacional, Mussolini había obligado a Hitler a retroceder de Austria en 1934, y urgía a Inglaterra y Francia que actuasen y pusiesen freno a la ambición de Hitler.

Prácticas ahora llamadas «fascistas» como la eugenesia forzosa, el racismo institucionalizado, y la prédica del exterminio de los «pueblos inferiores», no solo no ocurrían en Italia, sino que tenían su origen en los democráticos EEUU. En los EEUU se esterilizaban ciudadanos juzgados «incapaces» por orden judicial y se restringían los derechos de los ciudadanos de piel oscura en los estados sureños hasta el punto de impedirles beber de las misma fuentes o usar los mismos retretes que los ciudadanos de piel blanca. En cuanto al genocidio, durante el siglo XIX se predicó el exterminio de las tribus indias que tenían la desgracia de ocupar tierras que los colonos blancos codiciaban. Cuando los nazis llevaron a cabo esas prácticas no estaban actuando como «fascistas» sino imitando un modelo democrático, aunque superándolo con eficiencia germana.

La Italia fascista parecía ser un país tranquilo, con un módico de prosperidad y progreso, aparentemente libre del caos que padecían otros países europeos{18}. No es sorprendente entonces, que, como tantos otros, Primo de Rivera se encandilase. A diferencia de la mayoría de ellos, no vivió lo bastante para poder retractarse. Como dice muy bien Martínez Val, si Churchill con su mayor edad, experiencia, y extensiva información pudo admirar a Mussolini, por qué pedir más de un hombre de 27 años como era Ramiro Ledesma Ramos cuando publica La Conquista del Estado, o uno de 30, como Primo de Rivera, cuando funda la Falange Española?{19}

El problema de la democracia y la posición de Primo de Rivera

Colapso de la democracia

La moda del vocablo «totalitario», el rechazo de los partidos políticos, y la atracción por el fascismo eran solo síntomas de un fenómeno generalizado por toda Europa: el colapso de la democracia liberal.

Este colapso es el fenómeno que define la política europea de entonces, no, como se dice generalmente, el auge del fascismo (o de los fascismos). Las democracias sufrieron masivos colapsos en los veinte y los treinta, pero en sólo dos casos (Italia y Alemania) este colapso fue en beneficio de lo que se llama «fascismos», el resto se hizo en beneficio de dictaduras militares, regias, o personales, a las cuales llamarlas fascistas despoja al término de cualquier significado que pueda tener{20}. Estudiar el fenómeno de este colapso enfocando en el fascismo, es como estudiar la etiología de la infección oportunística de un enfermo de SIDA. Esta infección puede tener características muy interesantes, y puede ser fatal para el enfermo, pero cuando se escriba la partida de defunción, la causa de la muerte se reportará el SIDA, que permitió que esa infección se desarrollase y causase sus estragos.

Las vulnerabilidades de la democracia, y su potencial fracaso

La democracia es un régimen eminentemente deseable, del que disfrutamos. Eso no significa que esté libre de vulnerabilidades y fracasos, y que a veces no pueda afrontar problemas, algunos muy serios{21}. El español reconoce la diferencia entre los verbos «ser» y «estar», y un estudio de los estados patológicos de la democracia debe ser encuadrado bajo el verbo «estar», describiendo una situación temporal, sin afectar aquellas características cubiertas por el verbo «ser». No se discute aquí el modelo teórico de la democracia, sino el hecho de que en ciertos tiempos, bajo condiciones determinadas, la democracia entra en crisis.

Ninguna sociedad es inmune a que la democracia entre en crisis. Los EEUU se ofrecen como modelo de democracia, y su Constitución se propone como modélica. Sin embargo, nota John Lukacs, esta Constitución, con todas sus bondades falló en 1860, y el resultado de este fracaso fue la sangrienta Guerra Civil.{22}

Circunstancias del colapso de la democracia en Europa en los veinte y los treinta

En los años de entreguerras la democracia mostraba fuertes patologías que impedían su funcionamiento. Estas patologías eran tan pronunciadas que es imposible acusar de tendencias totalitarias o autoritarias a quien –como Primo de Rivera– rechazase la democracia como sistema político{23}. Hacerlo es el equivalente de acusar de tecnofobia a alguien que se rehusa a abordar un avión pilotado por los Tres Chiflados.

Prueba de ello se encuentra en los relatos de lo que sucedía en esas democracias fallidas. En Yugoslavia, los diputados preferían asesinarse mutuamente en el Parlamento a pasar leyes{24}. En Polonia el Parlamento (Sjem) era odiado en todo el país por su manifiesta incapacidad{25}. En Austria, la situación política interrumpida por Dollfus era una farsa que sería desopilante si no fuese por el desgobierno que causaba{26}. En Italia, dadas las condiciones, si no era inevitable que Mussolini llegase al poder, sí era inevitable que alguna forma de gobierno autoritario sustituyese la democracia inoperante{27}.

Estas situaciones se pueden describir con el término acuñado por Alexander J. Groth, «democracia en bancarrota», quién la usa para describir el colapso del sistema político en los EEUU antes de estallar la Guerra Civil. Una bancarrota del sistema político ocurre cuando los órganos de gobierno están paralizados y van a la deriva, presa de toda clase de conflictos. Entretanto, la población se polariza en campos irreconciliables, con un número menguante de neutrales o indiferentes –una característica de esta polarización extrema es que nadie puede aceptar que un oponente sea una persona de buena voluntad. Los partidos políticos, encargados de encauzar el debate e impedir la polarización, son presa de fragmentación, volatilidad e incoherencia, y solo pueden agravar la situación. Los políticos profesionales no se dan cuenta de la gravedad de la situación, y si lo hacen, no tienen idea de cómo resolverla –sólo piensan en seguir aplicando los viejos métodos y soluciones, a pesar de que pueden ver que ya no tienen efecto.{28}

Cuando se llega a ese extremo, Groth opina que el sistema no puede más salvarse tal como es. La única solución es crear nuevas instituciones y reclutar nuevos dirigentes para imponer un nuevo sistema político. Un sistema que puede o no ser democrático, que puede ser mejor o peor que el anterior, pero que no puede ser el mismo. Esto fue lo que hizo Lincoln en los EEUU, y fue así que se salvó la democracia.

Colapso de las democracias. Caso de España

Esta bancarrota, asevera Groth, ha ocurrido más de una vez, y volverá a ocurrir. Más específicamente, entre los casos de bancarrota del sistema político, cita a España en los años 30. Sería difícil convencerlo de que está equivocado.

Si se compara la democracia de los 30 con la Dictadura anterior, se creería de que alguien había montado una perversa demostración de que las dictaduras son superiores a las democracias.{29} Bajo la Dictadura se disfrutaba de paz interior; bajo la democracia había atentados anarquistas, intentos de insurrección, desórdenes en las calles, y el completamente innecesario y brutal incendio de iglesias, conventos, aulas, y bibliotecas. Bajo la Dictadura se mantenía el orden sin brutalidad; bajo la democracia había muertos y heridos en confrontaciones con la policía, para culminar en la tragedia de Casas Viejas{30}. Bajo la Dictadura se había disfrutado de prosperidad y mejoras del nivel de vida, bajo la democracia la miseria crecía, tal como se desgrana del aumento de las muertes por hambre. Bajo la Dictadura existía una tregua social y los socialistas se incorporaban pacíficamente a las tareas de gobierno; bajo la democracia había enfrentamiento, guerra de clases y el eterno sueño apocalíptico de la Revolución.

No es sorprendente entonces que muchos dejasen de creer en la democracia, y que la temiesen, pensando que llevaba al país al abismo. Entre ellos se contaba Primo de Rivera.

Primo de Rivera y su posición frente a una democracia en crisis

Conocido el contexto en que Primo de Rivera actuó y reflexionó, hay que elucidar hasta que punto su análisis reflejaba la realidad. Otras cuestiones –cuales eran las fuentes de su pensamiento, cual su teoría general de la historia– si esta derivaba de Spengler, o de Berdayev{31}, o cuantos elementos místicos y románticos hay en su retórica son –a pesar de su valía en otros contextos– irrelevantes para este estudio. Lo que se quiere averiguar es cuan acertada era su descripción de los fenómenos políticos que presenciaba, y hasta que punto su propuesta –una vez despojada del ropaje coyuntural de un lenguaje poético-místico– se podría llamar una opción sensata.

Existencia de una crisis fundamental

Primo de Rivera creía que había una crisis política muy seria y que esa crisis se debía a un cambio radical de las condiciones sociales –y a la inhabilidad de las instituciones y la maquinaria política de ajustarse a la nueva realidad. Esto se desgrana de su comentario sobre Cambó, a quien describe como un político egregio, con mucho de admirar, pero cuya política –efectiva en el pasado– se había vuelto inservible en las nuevas condiciones{32}. Dada esta crisis, y sus causas, el creía que no tenia sentido apuntalar un sistema político que no podía resolver la crisis –que lo que había que hacer era reemplazarlo por uno que se ajustase a los nuevos valores y expectativas de la sociedad.

Alexander J. Groth nota, de acuerdo con Chalmers Johnson{33}, que cuando una sociedad ha experimentado cambios muy profundos, y sus instituciones no reflejan esa nueva realidad, el desfase entre las instituciones y los valores causa extrema inestabilidad –una situación cuyo desenlace muchas veces es violento. Groth estudia el caso específico de los EEUU antes de la Guerra Civil. Cuando la Constitución de los EEUU fue escrita los estados del Sur eran los mas ricos y mas poblados, así que la Constitución reflejaba los valores y anhelos de la clase dirigente sureña. En la mitad del siglo diecinueve los estados del Norte superaron con creces en riqueza y población a los del Sur. Los estados del Norte buscaron imponer sus propios valores y anhelos, mientras que los del Sur no se resignaban a perder poder e influencia, o a aceptar los valores del Norte. Las instituciones, tal como eran, no pudieron remediar la confrontación, y así se llegó a la quiebra de la convivencia democrática y a la guerra civil{34}.

Un desfase similar ocurrió en la Europa de los veinte y los treinta. La democracia liberal del siglo diecinueve dependía, tal como explica John Lucaks{35}, de una rígida jerarquía social que aseguraba la pasividad de las clases inferiores y su docilidad hacia las clases dirigentes. Cómo consecuencia de la Primera Guerra se produjo una gran movilidad social que debilitó a las jerarquías. Como consecuencia, muchos que habían aceptado ser conducidos sin chistar quisieron participar activamente en la política. Los partidos políticos, que hubiesen debido encauzarlos en la política eran incapaces de hacerlo porque seguían en mano de dirigentes que provenían de los sectores privilegiados de la sociedad, y ellos creían que los miembros de las clases inferiores debían seguir mostrando la deferencia que les caracterizaba antes de la guerra. El resultado fue que su participación masiva en la política ocurriría fuera de los partidos tradicionales, en movimientos de masas. Es así que la destrucción del sistema parlamentario dependió de la mayor participación de sectores que hasta entonces habían permanecido fuera de la lucha electoral. Tanto Arendt{36} como Stamps{37} lo confirman.

La imposibilidad de salvar la democracia parlamentaria tal como existía

Hemos de examinar aquí la crítica de Stanley Payne de que Primo de Rivera debería haber apuntalado la democracia, no contribuir a echarla abajo{38}. Esta crítica presupone que semejante apuntalamiento era posible, y que la mejor manera de hacerlo era apoyar el sistema parlamentario, ambas presuposiciones siendo mas que dudosas. Primo de Rivera ya había comentado que, dada la magnitud de la crisis, hacer lo que aconseja Payne era aplicar unos «parches técnicos» que no podrían resolver la situación{39}. Para un ejemplo del resultado que se podría esperar del uso de «parches técnicos» hay que leer la descripción de Groth, de cómo toda la panoplia de ellos fue usada en los EEUU, y cuán inútiles fueron para impedir la guerra civil{40}.

Ya se ha notado que Groth está convencido que cuando una crisis toca a las estructuras básicas –tal cómo ocurría en Europa en los 20 y los 30 (cómo juzgaba acertadamente Primo de Rivera)– no es posible salvar el sistema político existente –sea democrático o no– sin un cambio fundamental. Tomando prestada una metáfora suya, cuando el Titanic choca con el témpano, no hay que pensar en arreglos sino en botes salvavidas{41}. Cuando una crisis de tan gran profundidad sucede, la única manera que la democracia puede sobrevivir es re-creándola en una forma que conjugue con la nueva realidad. Una re-creación que tiende a ocurrir en forma violenta, tal cómo en el caso de los EEUU, pero si se tiene suerte, de forma relativamente incruenta, tal como hizo De Gaulle al fundar la Quinta República.

Descripción de los síntomas de la crisis

Primo de Rivera tenía razón al creer que el sistema pasaba por una crisis fundamental. Fue testigo de ella, y muchos de los juicios que aparentemente critican a la democracia, son, en realidad descripciones de los síntomas. Es instructivo comparar sus comentarios sobre la situación con lo que dice Normal Le Vaun Stamps respecto al colapso de las democracias europeas en los 20 y 30 en su libro magistral «Why Democracies Fail»

La democracias próximas al colapso y a ser reemplazadas por un régimen autoritario –dice Stamps– muestran los siguientes síntomas: impotencia ejecutiva, sectarismo político que impide la convivencia pacífica, polarización ideológica que convierte a cualquier desacuerdo en una cuestión de principios –y que considera toda transigencia como traición, conciencia de falta de justicia social– y búsqueda de ella de cualquier manera, y la falta de fe y esperanza en el futuro.

Estas condiciones se refuerzan mutuamente. La polarización ideológica y el sectarismo político son caras de la misma moneda. El sentido de falta de justicia social alimenta la polarización ideológica. El sectarismo político puede impedir que se gobierne. La incapacidad del gobierno impide responder a demandas de justicia social, aunque se desee. La situación que se crea destruye la fe y la esperanza, y sin éstas no hay aliciente para cambiar los comportamientos que están llevando al desastre.

Este círculo vicioso termina sólo cuando el gobierno es derrocado, y sustituido por un régimen dictatorial que es aceptado y hasta recibido con alegría por la población. Esto no es de sorprender. En la opinión de Stamps, el pueblo no desea gobernar sino ser bien gobernado, y exige resultados de sus gobernantes. Si los gobernantes surgidos de la democracia no pueden producir esos resultados, es lógico que sean removidos de sus cargos.

Es lo que sucedió en Polonia, Yugoslavia, Austria, e Italia. Los diputados a los Parlamentos procedían de elecciones democráticas, pero es muy dudoso que quienes los votaron lo hiciesen para que se paralizara el gobierno, o que se no se dictasen leyes de necesidad apremiante. Que ese fuese el resultado de su libre elección debió convencerles que debería haber una manera mejor de conseguir gobernantes capaces, aunque no surgiesen de votaciones.

Esos síntomas descritos por Stamps están presentes en los escritos de Primo de Rivera como temas recurrentes en su argumentación, o como comentarios al margen que no se discuten por creer que son obvios. Es así que describe más de una vez la impotencia del gobierno para resolver cuestiones apremiantes, ya sea con comentarios burlones o con angustia{42}, y que nota como el acerbado sectarismo político destruía la convivencia{43}, de hecho, su hostilidad hacia los partidos políticos se basaba en ese sectarismo político –en lo que de nuevo coincide con Stamps.

La polarización ideológica era una tragedia para él, una tragedia que describe con la metáfora de tuertos de uno y otro ojo, y llega a llamarla una mutilación del alma. Quería superar la polarización ideológica, y para resolverla trató de crear una síntesis que no destruyera ningún bando, sino que conjugara lo mejor de cada uno.{44}

Es bien conocida su preocupación por la justicia social, pero no se ha notado lo suficiente cómo deplora que su ausencia destruye la convivencia{45}. Más de una vez insiste que se debe devolver a España fe y esperanza en el futuro{46}, y su rechazo al liberalismo se debe a que no había podido crear esa fe.

Obstáculos prácticos para salvar la democracia tal como era

Es difícil compartir la creencia de Payne de que la democracia podía salvarse internamente. El mismo aporta evidencia de que no era posible. Apuntalar al sistema democrático era mantener el Parlamento y los partidos. El Parlamento se hacía tristemente célebre por su inoperancia, y causaba parálisis gubernamental, lo que traía desencanto y pérdida de esperanza a la población. Los partidos políticos aportaban sectarismo y polarización ideológica. Ambos exacerbaban los síntomas de la crisis. Confiar en los mismos elementos que creaban o agudizaban la crisis para rescatar de ella sería como intentar apagar un incendio echándole gasolina.

Los prohombres de los partidos no podían resolver la crisis. Payne mismo lo ha dicho{47}. El mismo testifica de su sectarismo en otra ocasión discutiendo a Primo de Rivera{48}. Si los dirigentes eran, según su propia opinión, incompetentes o sectarios, como podrían resolver nada? Payne aquí olvida lo que innumerables cortometrajes de los Tres Chiflados nos enseñaron en nuestra infancia, que nada confiado a personas incompetentes puede tener buen fin

Se puede especular sobre la posibilidad de que Lerroux y Gil Robles pudiesen establecer un gobierno estable. Pero leyendo la crónica de Moa, se ve cómo las innumerables triquiñuelas de los otros partidos negó el poder a Lerroux una y otra vez. La situación mejoró algo, es cierto, durante el «bienio conservador», pero la inestabilidad básica no mejoró, ya que un gobierno duraba meses o semanas –nada impedía que los partidos con más arraigo y con más integrantes estuviesen a la merced de los partidos marginales.

El sistema estaba en quiebra, y nada lo demuestra más que la preponderancia de personajes altamente incompetentes. Se puede alegar que la incompetencia de los individuos no pone en entredicho el sistema en sí. Pero este alegato tiene un fallo. Un avión puede ser una máquina excelente a pesar de tener la desgracia de ser pilotado por los Tres Chiflados. Pero un avión no elige a sus pilotos, mientras que la democracia se basa en la libertad de elegir a los gobernantes. La metáfora no debe hacerse con un avión sino con una aerolínea, que es la que elige a los pilotos. Una aerolínea que confía sus aviones a los Tres Chiflados no puede sobrevivir.{49}

La democracia herida de muerte por la ausencia del «espacio público»

Había una razón fundamental que impedía que la democracia se salvase. No existía un acuerdo fundamental para salvarla, simplemente porque no existía, ni podía existir un acuerdo para éste o cualquier otro fin. Para llegar a un acuerdo era preciso que existiese –y no existía entonces– lo que Jeffrey Prager define como «espacio público.»

Prager define este «espacio público» como el lugar metafórico donde los participantes en una democracia pueden comunicarse entre sí, pueden intentar persuadir a sus adversarios, y donde aceptan de que ellos mismos puedan ser persuadidos. Es allí donde se determinan los significados para los hechos políticos, y donde se define el orden trascendente de la política. Sin este «espacio público», en juicio de Prager, la democracia no puede sobrevivir y la guerra civil es muchas veces el resultado.{50}

Ese «espacio público» no existía en España. Eso se demuestra cotejando las declaraciones de Margarita Nelken pidiendo olas de sangre y de fuego{51} y las declaraciones de Melquíades Alvarez en el Parlamento en que pedía se siguiese el ejemplo de la represión de la Comuna de París, con sus fusilamientos en masa{52}. Cuando el lenguaje del exterminio se usa en los debates políticos, es muy dudoso que los participantes tengan intención de persuadir a sus adversarios o de aceptar ser persuadidos. Un pueblo en semejantes condiciones no necesita elecciones, por libres que sean, sino «cascos azules» de la UN y alambre de púa que separen a los contrincantes, y eviten que se masacren mutuamente.

Primo de Rivera era bien consciente de la necesidad de ese «espacio público», que el llamaba convivencia{53} (es de notar su actitud –inusual entonces– de no aceptar que sus seguidores gritasen «Muera» o «Abajo»{54}). Sus propuestas para el nuevo sistema político que buscaba imponer se centran en la habilidad de re-crear ese «espacio público» sin el cual la democracia no puede sobrevivir.

Re-creación del sistema político

Primo de Rivera pretendió cambiar el sistema político por otro, buscando la estabilidad y la re-creación del «espacio publico», o convivencia. Discutió más de una vez qué bases quería darle a ese nuevo sistema. Queda averiguar hasta que punto esas bases no sólo promueven la existencia del »espacio público» sino cuán compatibles son con la democracia.

La Unidad

La unidad era un tema constante en las palabras de Primo de Rivera, desde de sus primeros tanteos políticos{55}, más tarde al sentar los puntos iniciales de la Falange{56}, y en forma continua los años siguientes{57}. Es más, su entusiasmo por el fascismo era coyuntural, basado en la creencia que éste promovía esa unidad que él juzgaba indispensable.{58}

La unidad implicaba un interés general –de la Patria– superior a los intereses particulares o de grupo. Esto lo dijo ya desde el principio, en Discurso de la Comedia{59}, en los Puntos Iniciales{60}, y en el discurso de fundación de la Falange de la JONS{61}. La tarea más importante de un régimen político es conseguir subordinar los intereses y deseos particulares al bien de la Patria, o «bien común», para lo que usa la metáfora de un barco, indicando que mantener éste a flote es indispensable para la salvación de todos{62}. Su censura, tanto a las derechas como las izquierdas, es precisamente por no haberlo hecho{63}.

Si se toma en consideración la necesidad de restaurar el «espacio público» hay que reconocer que crear esa unidad es idéntico a restaurar éste. Es solo en medida de que los participantes en la discusión pueden reconocer que los contrarios tienen un interés superior en común que pueden buscar convencerlos, y aceptar ser convencidos por ellos. Es mucho más fácil transigir en los intereses particulares cuando se tiene conciencia de que hay un bien superior que debe satisfacerse primero. Es así que se restablece el diálogo y se vuelve a creer en la buena fe del contrario.

En cuanto a su compatibilidad con la democracia, podemos consultar la opinión de Stamps y Prager. Según Stamps, el colapso de la democracia se debe precisamente a la falta de esa unidad y a la incapacidad de los partidos políticos para conseguirla{64}. Prager –basándose en el caso de Irlanda– dice lo mismo{65}. Lo que repite el Profesor John O'Carroll en su estudio sobre Eamon de Valera{66}.

En cuanto a la noción de subordinar los intereses particulares al interés general, ésa es la tarea básica de toda democracia, de acuerdo a Stamps. Es preciso que se ponga el interés común, no meramente el interés de la mayoría, sobre los intereses discrepantes de los grupos{67}. Prager considera que la existencia de un interés común superior a los intereses particulares o de grupo es imprescindible para conseguir la estabilidad política{68}, sin la cual la democracia es meramente un intervalo caótico entre despotismos.

Impedir el abuso del poder de las mayorías

Primo de Rivera atacaba la democracia tal como él la experimentó por permitir que la mayoría abusase de su poder sobre las minorías –un abuso basado en la creencia de que la mayoría tenía derecho a hacer cuanto se le ocurriese, y que todo lo que podía hacer la minoría era aguantar en silencio{69}.

Este es un problema real y constante en las democracias. Definir a la democracia como gobierno por la mayoría, abre la puerta para toda clase de abusos contra las minorías, sean estas políticas, religiosas o étnicas, hasta los peores extremos{70}. Es por eso que Fareed Zakaria ha acuñado el término «democracias iliberales» para describir situaciones donde la proclamación de la democracia, definida como preponderancia de la mayoría, trae el resultado de negar derechos básicos a las minorías{71}.

No hay duda de que el abuso de poder de la mayoría destruye la convivencia política, el «espacio público» de Prager. Por qué intentar convencer a un integrante de la minoría cuando es posible obligarle a obedecer? Qué necesidad hay de escuchar sus argumentos? Y para la minoría, que sentido tiene intentar convencer a quien no quiere escuchar? En esas condiciones falta la seguridad psicológica de saber que, por mucha acritud que exista, hay límites que no se sobrepasan, y que el ser derrotado no acarrea una catástrofe personal. Un debate fructífero no puede existir en esa condición de violencia latente.

Dado que poner freno al poder sin límite de la mayoría es necesario para la convivencia política, hay un obstáculo para declararlo compatible con la democracia. Si se ve en la «Voluntad General» de Rousseau a la base de la democracia, entonces este poner freno es antitético a ella. Pero es posible postular una base diferente para la democracia que sea compatible con los límites al poder de la mayoría.

Primo de Rivera no escondía su inquina hacia Rousseau, y hacia su doctrina «nefasta» de la Voluntad General. La razón para esta inquina era la creencia que esta teoría legitimaba toda clase de abusos de poder contra un individuo, sin recurso posible, sin siquiera el consuelo de quejarse o sentirse injustamente perseguido{72}. Primo de Rivera no era el único que rechazaba a Rousseau por esta razón. Albert Camus también condena a la Voluntad General como a un ídolo sanguinario, y ve en ella la raíz del totalitarismo{73}. Proudhon, en el siglo XIX, excorió a Rousseau por «hacer la tiranía aceptable al hacerla provenir del pueblo»{74}. Más recientemente, Conor Cruise O'Brien confesará a Isaiah Berlin que «cuando un hombre alaba a Rousseau sé que ese hombre es mi enemigo», y Berlin concurre en ese juicio{75}.

Frente a Rousseau encontramos la figura de Edmund Burke –quién en su larga carrera luchó contra los abusos de autoridad, fuesen sus víctimas los colonos americanos, los católicos irlandeses, o los habitantes de la India. Para Stamps –quien mantiene que la democracia sufre grave daño cuando la mayoría abusa del poder{76}– es Burke, con su sentido de los límites y su respeto de la experiencia y la tradición, quien provee una tradición política más sólida que la de Rousseau para fundamentar la democracia{77}. La democracia en los países anglosajones tiene precisamente su fundamento en la tradición política de Burke, y esta democracia ha mostrado ser más sólida y sufrir menos convulsiones que la democracia fundada sobre la idea de la «Voluntad General».

No se encuentra a primera vista mucha huella de Burke en Primo de Rivera. Este no lo nombra en sus escritos. Sin embargo hay curiosas coincidencias entre ambos, como si hubiesen llegado independientemente a la misma conclusión. Una coincidencia notable es el rechazo airado de Primo de Rivera a lo que él llamaba «experimentación» por los políticos sobre el pueblo{78}. Esta actitud es típicamente burkeana, ya que Burke rechazó violentamente a la Revolución Francesa precisamente por que juzgó que los políticos de ésta experimentaban sobre el pueblo francés con construcciones puramente teóricas, llevados por una arrogancia que no podía imaginar que estuviesen equivocados, y a la que no le importaba el sufrimiento que sus ensayos causaban a los experimentados{79}. El estudio de otras coincidencias entre Primo de Rivera y Burke, y tal vez la ruta por la cual las nociones burkeanas pudieron haber alcanzado a Primo de Rivera, quedarían para futuros estudios.

Si se acepta una tradición política diferente a la de Rousseau como base de la democracia, entonces el poner límite al poder de las mayoría no sólo conduce a una convivencia, un «espacio público», más sólida, sino que es un baluarte contra la inestabilidad política que barrió más de una democracia que no tomó esa precaución.

El respeto a la tradición

Una pieza fundamental del pensamiento de Primo de Rivera era que se respetase las pautas tradicionales y se las usase como base e inspiración al establecer las instituciones{80}. Esto le hizo blanco de críticas para quienes respetar la tradición es sinónimo de abrazar el absolutismo y el oscurantismo («culpable del atraso de siglos» según va la retórica). Sin embargo, el respeto a las pautas tradicionales promueve el espacio público, y es más que compatible con la democracia.

Intuitivamente se comprende que un régimen cuya actuación irrita a los valores mas profundos de los ciudadanos no puede contar con su consentimiento o cooperación. Un régimen despótico puede sobrevivir mediante el uso de la fuerza bruta, pero un régimen que depende del consentimiento de los gobernados caerá por falta del apoyo necesario. Esta irritación de los ciudadanos daña la convivencia política, pues les impide creer en la buena fe de quienes no piensan como ellos, y el debate no puede convertirse en un verdadero diálogo.

Stamps atribuye gran parte de la culpa del fracaso de las democracias a la inestabilidad causada por la falta de respeto a las tradiciones{81}, y considera que ese respeto es imprescindible para la estabilidad de las democracias. Prager, basándose en el caso de Irlanda, comparte ese juicio{82}.

Al pedir que se respetase las tradiciones, Primo de Rivera abogaba por un elemento que reforzaba el espacio público y que se juzga imprescindible para la democracia.

La necesidad de una base ética sólida

Primo de Rivera rechazaba el liberalismo por lo que veía como su falta de valores éticos. En sus propias palabras, el liberalismo no cree en nada; aún cuando su propia existencia esta en juego, no toma partido, y deja que el sistema decida si vive o muere{83}. Esto priva a la población de una fe en principios comunes, o de una esperanza sólida en el futuro{84}.

La falta de una fe y esperanza común milita contra la convivencia, el espacio público, ya que psicológicamente una visión de una meta común, y la creencia de que es posible alcanzarla hace mas fácil transar sobre cuestiones que se juzgan secundarias. Por eso no sorprende que Stamps, independientemente, juzgue de forma igualmente severa al liberalismo, ya que éste debilita a la democracia al no poseer valores éticos firmes{85}, valores éticos que son imprescindibles para la democracia{86}.

Siguiendo el razonamiento de Stamps, encontramos que los valores éticos que él juzga esenciales deben apoyarse en la cosmovisión cristiana –la misma cosmovisión cristiana que propugna Primo de Rivera en sus Puntos Iniciales{87}. La cosmovisión cristiana es inherentemente democrática, según Stamps porque ella tiene el dogma de la dignidad intrínseca de cada persona{88}. Eso no implica un Estado confesional, sino un Estado imbuido por la ética cristiana{89}, un distingo que también hace Primo de Rivera{90}.

Propuestas coyunturales

Primo de Rivera, además de definir las bases teóricas de un sistema estable, afrontó dos cuestiones coyunturales: la participación ciudadana sin partidos políticos, y la búsqueda de justicia social rechazando los planteos del marxismo. Ambos cuestiones están estrechamente relacionadas con la búsqueda de la convivencia y la estabilidad democrática.

Participación política sin partidos políticos

Esta propuesta de Primo de Rivera es. probablemente, la más controversial, la que se usa frecuentemente como prueba de su propósito anti-democrático. Sus críticos se mantienen firmes en este planteo, aún a pesar de la evidencia de que los partidos políticos entonces eran un peligro para la convivencia política, el «espacio público»

Se ha notado que cuando Primo de Rivera dice «que desaparezcan los partidos políticos» ya habían desaparecido los partidos Liberal y Conservador; la vida política era dominada en gran parte por partidos marginales con toda clase de patologías. Una analogía con esta situación sería cómo si en los EEUU desapareciesen lo partidos Republicano y Demócrata, y el proceso político quedase en las manos de varias coaliciones entre el partido de la Reforma (de Perot), los Verdes, los Libertarios, los Trotskystas, los Anarquistas, el partido de la Prohibición, y el grupo de Lyndon LaRouche{91}. Stanley Payne podría meditar cual sería la situación en los EEUU si Lyndon LaRouche fuese un legislador, o un político que fuese necesario aplacar antes de pasar leyes. En esas condiciones es muy posible que él mismo llegase a abogar que se aboliesen los partidos políticos y que se buscase dirigentes en la sociedad civil o en funcionarios municipales de conocida competencia.

Esto no sería muy diferente a la propuesta de Primo de Rivera de basar la política en «la familia, el municipio, y el sindicato». Tanto la familia como el sindicato forman parte de la sociedad civil, a la que se alaba hoy día como fuente de democracia{92}. En lo que respecta al municipio, Alexis de Tocqueville describió a las deliberaciones municipales como una escuela de democracia, y tal es así que él atribuye la robustez de la democracia en América a la independencia de sus municipios{93}. Stamps también cree en su valor como escuela de democracia, y atribuye la solidez de la democracia anglosajona al largo aprendizaje en autogobierno que se llevó a cabo desde la Edad Media a nivel municipal. Para Stamps, establecer una democracia sin este aprendizaje previo es crear un «experimento prematuro» que tendrá triste fin{94}.

En vista de estos factores, se puede afirmar que el rechazo a los partidos políticos es una propuesta coyuntural, justificada por los acontecimientos, que no esta reñida con la democracia, y que propiamente aplicada podría haber proporcionado a ésta una base sólida.

La búsqueda de la justicia social en un esquema no-marxista

Se ha notado siempre el interés que Primo de Rivera mostraba en la justicia social –el debate centrándose en su sinceridad al respecto. No se ha notado tanto el hecho de que para él, si bien la justicia social es un bien en sí{95}, también la valúa porque su ausencia pone en peligro la convivencia política –el «espacio público»{96}. De esta preocupación por la convivencia política viene gran parte de su rechazo al marxismo; la teoría de la lucha de clases atenta precisamente contra la convivencia política{97}. Así nota como la teoría marxista niega la humanidad común de sus oponentes, cómo, en vez de ver semejantes, seres humanos con quien dialogar, ve en ellos sólo miembros de una clase social a la que combatir{98}.

Este rechazo a un intento de justicia social que niega la convivencia lo lleva a enunciar una teoría de un socialismo justo y necesario en sus comienzos, pero desvirtuado por el marxismo{99}. La traición que habría cometido el marxismo habría sido de tomar un anhelo justificado de justicia y convertirlo en un deseo de venganza{100}.

Es de notar que esta idea de la desvirtuación de un anhelo solidario de justicia en su opuesto, llevado a cabo por resentimientos, falta de mesura, y deseo de venganza, es el tema de «El Hombre Rebelde» de Albert Camus. Camus usa precisamente esta distinción entre la justicia y el resentimiento para mostrar la diferencia entre la rebelión –limitada, dirigida a cuestiones específicas, y capaz de ver al adversario como ser humano– de la revolución que, al no reconocer límites éticos, se vuelve pronto tiránica{101}. Esta es una coincidencia curiosa, ya que es poco probable que Camus, dadas sus simpatías políticas, leyese a Primo de Rivera. A lo más, puede haber recogido la idea de tercera mano a través de los anarquistas españoles exiliados en Francia, con quienes tenía contacto extensivo.

El esquema marxista es enemigo de el espacio público, en la medida que proclama la inutilidad de querer convencer a integrantes de diferentes clases sociales, ya que los intereses de clase impiden que los contendientes acepten los puntos de vista contrario. Por eso, no es sorprendente que Stamps esté de acuerdo con Primo de Rivera. Según Stamps, la justicia social es imprescindible para la supervivencia de la democracia{102}, y la cosmovisión cristiana es la que permite intentar buscarla{103}. El marxismo, por el contrario, destruye las bases de la convivencia que hace posible la democracia{104}, y ha resultado en traer más de una dictadura{105}.

Conclusiones sobre el planteamiento de Primo de Rivera

Lo que decía Primo de Rivera, una vez que se despoja su lenguaje de retórica, misticismo, y frases altisonantes, es muy simple: los mecanismos políticos que se usaban para afrontara problemas no funcionaban más; la situación había hecho crisis y el sistema no tenía arreglo –su colapso amenazaba al país entero; era preciso reemplazar el sistema fallido por uno que funcionase; este reemplazo llegaría por la vía violenta, pero existía la posibilidad de reemplazarlo de manera pacífica– una vía pacífica que él expresaba con la figura retórica de «echar un puente a la invasión de los bárbaros»{106}

Se ha mostrado evidencia de que tanto el diagnóstico como el pronóstico estaban acertados, y que Primo de Rivera había identificado los síntomas de la crisis. En cuanto a las bases sobre las que Primo de Rivera quería edificar el nuevo sistema político, es notable la coincidencia con Stamps. El académico americano, un hombre maduro, con la oportunidad de reflexionar en tranquilidad y de profundizar su pensamiento, dice básicamente que sin los elementos que propugna Primo de Rivera, la democracia es imposible. Es posible que Primo de Rivera fuese un enemigo de la democracia, pero si siendo enemigo le ofrece los medios de sobrevivir, cabría preguntarse que haría de ser amigo...

Hay que creerle cuando, en el juicio que le condenó a muerte dice «en este sentido no soy demócrata»{107}. Dice allí que no es bastante proclamar la democracia, sino que hay que crear las condiciones que la hagan una realidad. Lo mismo que dijo, en palabras diferentes, allá en 1931, cuando en el Círculo Mercantil diserta sobre la forma y el contenido de la democracia{108}. Por desgracia, las figuras de su retórica (pasada de moda estos días) oscurecen un enfoque es que básicamente moderado y reformista, como ha bien visto Angel Sánchez Marín{109}, y uno con lo que muchos de sus críticos comulgarían si la retórica no les cegase (Su retórica a veces esconde que algunas de sus observaciones son perogrulladas, como aquello de que «estamos todos en el mismo barco»{110} –claro que si eso hubiese sido una perogrullada entonces, no hubiese habido guerra civil).

Primo de Rivera fracasó en su empeño, lo que no debe sorprendernos. Primo de Rivera era un hombre de treinta años, sin experiencia, que se abocaba a su primera aventura política –como Sánchez Marín hace notar. Considerando sus circunstancias personales y su falta de recursos, hubiese sido sorprendente que llevase a cabo su propósito. En cierta manera, es casi ridículo creer que un abogado de treinta años pudiese resolver los problemas de España –tal vez casi tan ridículo como la idea de que la salvación de Alemania pudiese llegar de la mano de un coronel de retaguardia con un ojo y media mano. Pero como Stauffenberg mismo dijo, cuando los generales no hacen nada, los coroneles tienen que actuar...{111}

Pero la incapacidad personal de Primo de Rivera de llevar a cabo su propósito no significa que éste estuviese equivocado o que los medios que quería emplear fuesen descabellados. Dadas las circunstancias personales que influyeron en su fracaso, habría que preguntarse si ese propósito hubiese podido llevarse a cabo por diferentes personas en mejores circunstancias. Para ello es instructivo el caso de Irlanda.

Irlanda –caso singular– no estudiado como corresponde

La historia reciente de Irlanda ha sido en gran parte olvidada por los politólogos de hoy. Jeffrey Prager atribuye este olvido a la poca importancia de ésta en los grandes conflictos contemporáneos, y a que su historia reciente ha sido excesivamente sosegada. Sin embargo, es precisamente esta historia sosegada que hace a Irlanda tan digna de estudio, según Prager.

Irlanda es como el perro de Sherlock Holmes, cuya extraña conducta había sido no haber hecho nada. Irlanda es una ex-colonia, y de acuerdo a dolorosa experiencia con naciones recientemente independizadas, debería haber caído en un despotismo brutal, o en guerras civiles interminables –con una mínima posibilidad de conservar la democracia como forma de gobierno{112} Irlanda evitó ese destino, y afianzó una democracia sólida, y lo hizo en la Europa de los veinte y los treinta, cuando democracia tras democracia se desplomaba.

Un innato optimismo nos lleva a creer que porqué encontramos ciertas situaciones agradables, que ellas constituyen la norma, y que las situaciones de las que desaprobamos son anormales, y perversiones de un ideal. Esto esta reñido con la estadística, ya que hay muchísimas más maneras de hacer las cosas mal que de hacerlas bien. Es por eso que estudiar las causas del fracaso de la democracia –tal como ocurrió en España– es mucho menos instructivo que estudiar las causas de su éxito –tal como ocurrió en Irlanda. Cómo ocurrió que un país con muchos factores en contra nunca conoció una dictadura, cómo, desde sus comienzos, el gobierno irlandés se comprometió a proteger los derechos de los ciudadanos, aún de los opositores, y como se forjó allí un orden democrático que resultó uno de los mas estables de Europa.

Este éxito se hubiese juzgado imposible en la Europa de entreguerras. Irlanda era una nueva democracia, y las nuevas democracias tienen poca esperanza de vida. Irlanda era pobre y atrasada. La tradición de autogobierno era escasa, pero la tradición de violencia política no iba a la zaga de ninguna otra. Una fuerte división ideológica completaba un panorama desolador. No había fracturas étnicas, religiosas o lingüísticas, es cierto, (los protestantes no estaban en condiciones de levantarse en armas), pero la división ideológica era profunda y podía fácilmente desembocar en lucha armada{113}.

Prager explica esta división en la existencia de dos culturas, o dos tradiciones. La primera, la que él llama la Ilustración Irlandesa, era la de las clases acomodadas de las ciudades. Esta cultura concebía a Irlanda como una nación moderna y urbana –con un modelo europeo basado en el parlamentarismo y con libertad de cultos. Un modelo que presuponía una elite urbana que digiriese el país y reemplazase la vieja orientación cultural católica con una apertura a la cultura universal. En España esta tradición correspondería al ideal liberal y liberal-conservador, que también compartían los republicanos.

La segunda tradición cultural, era la de la mayoría de la población rural –Prager la denomina la tradición Gaélico-Romántica. Era una tradición que rechazaba tajantemente la modernidad –que, en su opinión, atacaba los valores tradicionales. Su ideal era pre-industrial, con una visión de comunidades rurales que tenían a la Iglesia Católica como el centro de su vida social. Esta tradición rechazaba la idea de una «elite» política rectora, desconfiaba del parlamentarismo, y prefería el uso de la violencia para conseguir sus fines. Su equivalente en España sería el carlismo, pero un carlismo que no se había dado por vencido y que tenía la capacidad de los anarquistas para causar graves disturbios.

Las visiones de ambas culturas eran más que incompatibles, eran opuestos diamétricamente. Unos querían abrazan la modernidad, otros expulsarla. Unos querían una Irlanda liberal y cosmopolita, otros la querían tradicional, cerrada a las corrupciones extranjeras. Unos querían un gobierno parlamentario, otros rechazaban esa forma de gobierno. Lo único que tenían en común era su antipatía al gobierno británico. Una vez expulsados los ingleses, no había nada que impidiese que las dos tradiciones se enfrentasen armas en la mano.

La breve guerra civil desencadenada inmediatamente después de la independencia no zanjó estas diferencias. El gobierno, perteneciente a la tradición de la Ilustración, pudo dominar la rebelión, y fundar instituciones, pero las masas gaélico-románticas no aceptaba ni a éstas ni al gobierno. El gobierno no era legítimo para ellas, y estaban al acecho de una oportunidad para continuar la lucha violenta contra la modernidad. El gobierno de Irlanda, podía tener el poder, según Prager, pero no la autoridad moral que le otorgase legitimidad{114} –estaba en bancarrota simbólica. No era un mal gobierno –de hecho había tenido varios éxitos sólidos y podía evocar respeto– pero no podía crear admiración ni identificación con su política. Fracasó en el intento de cerrar la división cultural entre las dos tradiciones, y esto impidió que se desarrollase un «espacio público» efectivo.

La tarea de cerrar la división cultural y afianzar el espacio público recaería en Eamon de Valera y a su partido, el Fianna Fail.

Fianna Fail re-crea el «espacio público»

Fianna Fail integró al quehacer político las grandes masas rurales que miraban al experimento de democracia liberal con desconfianza y hostilidad. Al tener al Fianna Fail como su representante esas masas por fin participaron activamente en la política y otorgaron su confianza a dirigentes surgidos de las urnas. La confianza que los votantes ponían en Fianna Fail se basaba, más que nada, en su capacidad de armonizar cosmovisiones opuestas y de hacer de puente entre las «dos Irlandas». A través del Fianna Fail la tradición de la Ilustración Irlandesa tuvo que aceptar las pautas culturales gaélico-románticas a cambio de que respetasen las instituciones de la democracia liberal. Igualmente, la tradición Gaélico-Romántica tuvo que aceptar las instituciones democráticas a cambio de que se respetase y promoviese sus pautas culturales.{115}

Es de notar que los miembros del Fianna Fail compartían plenamente las pautas culturales gaélico-románticas. De ellas derivaban teorías políticas que se oponían a la visión liberal del Estado –para ellos era obvio que el Estado debía tener un propósito o misión fundamental{116}. La idea de una neutralidad ética del Estado les era repugnante. El Estado debía obedecer y propiciar las pautas morales –centradas en el Catolicismo{117}. Este sentido de misión no era mera retórica electoral, sino una convicción profunda de los miembros del Fianna Fail{118}.

Fianna Fail también reconoció las preocupaciones cotidianas de las masas gaélico-románticas. Comprendió que para ellas las cuestiones locales eran de muchísima más importancia que las nacionales y las internacionales, y se basó en este entendimiento al descentralizar la política. El partido tenía una base extensa de figuras locales, conocidas personalmente por los votantes, cuya misión, una vez elegidos, era abogar por los intereses de sus vecinos y constituyentes en el Dail (Parlamento). A cambio, su deber respecto al Fianna Fail era votar religiosamente en favor de cuanto dictase la plana mayor en cuestiones nacionales e internacionales{119}.

El Fianna Fail también buscó mejorar las condiciones materiales del electorado. En las palabras de Sean Lemass, »Muéstreles que la Independencia Nacional significa ventajas concretas para la gente común y no sólo un paraíso para idealistas, y se vendrán a nosotros»{120}. Una vez en el gobierno, el Fianna Fail llevó a cabo un principio de industrialización, emprendió obras publicas, y expandió los servicios sociales (aunque en su retórica podía oponerse a ello).

El Fianna Fail, al apoyar las pautas culturales de la mayoría gaélico-romántica y al prestar atención a sus preocupaciones cotidianas afianzó la democracia. No hubo una victoria incondicional de la democracia sobre una alternativa pre-democrática, sino que la democracia acomodó y conjugó los valores de su adversario con los propios. Fue sólo mediante este acomodo mutuo que la democracia pudo sobrevivir.

Consideraciones sobre el Fianna Fail

El Fianna Fail creó en Irlanda los pre-supuestos que Stamps prescribe para la supervivencia de la democracia: Sentido de la unidad, respeto a la tradición, límite al poder de la mayoría, creencia en una misión y en una ética fundamental, preocupación por los intereses materiales de la población, y refuerzo de las estructuras locales para que la democracia surgiese «de abajo». El resultado está a la vista: una férrea estabilidad política que aún dura.

El Fianna Fail es hoy en día una entidad política respetable, cuyos dirigentes son hombres sobrios y serios. Esto hace olvidar sus orígenes violentos, anti-parlamentarios y cuasi-fascistas. El Fianna Fail se fundó por una escisión del ala irreductible del Sinn Fein, el lado perdedor de la breve guerra civil. Su co-fundador, Sean Lemass, lo describió como «levemente constitucional». Sus miembros fundadores, en su gran mayoría, eran ex-terroristas del IRA, que buscaban cómo hacer política sin rifles ni dinamita. Despreciaban al Dail (Parlamento) tanto de palabra como de hecho –ya que sus miembros rehusaron a entrar en él, después de ser elegidos, por lo que llamaban una cuestión de principios (el juramento de fidelidad al rey de Inglaterra).

Prager indica que fue ese rechazo al parlamentarismo que le permitió al Fianna Fail ganarse la confianza de las masas desafectas –y que fue esa confianza que permitió hacer aceptar las instituciones democráticas a las masas{121}–, pero también es cierto, dice Prager, que esto no fue debido a un calculo frío, sino que los mismos dirigentes del Fianna Fail se fueron convenciendo gradualmente, junto a sus votantes.{122}

El Fianna Fail era un partido fuertemente nacionalista, con una jefatura carismática, y que poseía una retórica y coreografía emocionales que exaltaban a la Patria (personificada como «Cathleen ni Houlihan» o «Shan Van Vocht») y aquellos que habían muerto mártires por ella. Dadas esas características, es sorprendente que no se haya intentado homologarlo con el fascismo.

Fascismo y Fianna Fail

Stanley Payne, en su monumental estudio sobre el Fascismo{123} dedica sólo un párrafo a Irlanda, y en él se limita a los patéticos «camisas azules» de O'Duffy –probablemente los fascistas más despistados de Europa{124}. Es sorprendente que no fijase más su interés en el Fianna Fail («Guerreros del Destino» en español), un movimiento de masas cuya plana mayor se componía de ex-terroristas, que organizaba concentraciones masivas donde centenares de personas vitoreaban, a la luz de las antorchas, a su jefe carismático (de Valera), y que una vez conquistado el poder impuso el título de «Taioseach» (traducción literal, «Caudillo») para el jefe de gobierno. Por su parte, el historiador irlandés Joseph T. Lee admite que el Fianna Fail fue los más parecido al fascismo que tuvo Irlanda –aunque evita en clasificarlo como fascismo en sí{125}.

Es curiosa esta omisión de Payne. Si se sigue su propia definición de lo que es el fascismo, se encuentran muchos, si no todos de ellos, elementos definitorios en el Fianna Fail. Ideológicamente el Fianna Fail era anti-liberal, ya que rechazaba los valores de la Ilustración; era anti-conservador, identificando al conservadurismo con la ocupación inglesa; no era marcadamente anti-marxista porque los marxistas no eran rivales políticos de cuidar{126}.

Cuando llegó al poder creó un modelo de Estado nacionalista con un fuerte componente autoritario. Reorganizó y reguló la economía, tratando de integrar los intereses de las diferentes clases. Su política exterior fue agresiva (enfrentándose a Inglaterra), y dio cuerpo a un credo idealista y voluntarista, viendo la política como un servicio o una vocación.

La violencia política era moneda corriente para los miembros fundadores del Fianna Fail{127}. Su jefatura era altamente carismática, y vitoreada en concentraciones masivas{128}. En cuanto a la militarización de las relaciones políticas, la exaltación de la juventud, y el hincapié en la masculinidad, eran de esperar de una organización formada por jóvenes excombatientes{129}.

El Fianna Fail tenía una retórica y coreografía propias. Se ha comentado que el simbolismo tiene un lugar crucial en el fenómeno fascista{130}. Lo que se ha comentado menos es que este simbolismo, así como la retórica y la coreografía, es una herencia del nacionalismo del siglo XIX –cabe recordar que antes que existiesen las «camisas negras» de Mussolini existieron las «camisas rojas» de Garibaldi{131}. El Fianna Fail también fue heredero de simbolismo, retórica y coreografía del nacionalismo anterior, sólo que en su caso la memoria era reciente. Los últimos exponentes de ese nacionalismo romántico decimonónico, Patrick Pearse, Joseph Plunkett, Thomas McDonnagh y Thomas Clarke, habían sido tratados personalmente por la plana mayor del Fianna Fail. No eran láminas de algún libro de historia sino personas con quienes habían tratado, admirado, discrepado, y luchado.

Pearse, un educador y poeta, había planeado la Rebelión de Pascua como un ritual de sacrificio humano, en una mezcla retórica de elementos paganos y cristianos{132}. Después de su muerte, él y sus secuaces fueron incorporados al martirologio nacionalista, junto a otros mártires anteriores como Robert Emmet y Wolfe Tone. Todos ellos fueron objetos de culto para el Fianna Fail, un culto repleto de retórica de sacrificio y exaltación romántica de Irlanda. Es de notar que Pearse, Plunkett y McDonnagh usaban sus poemas con el fin expreso de crear una mística de sacrificio y renacer político{133}.

Un estudio de la retórica nacionalista romántica irlandesa, junto a descripciones de los funerales de los «mártires de la causa» lleva a sospechar que en Irlanda se encontraba el original de la retórica y la simbología usada más tarde por el fascismo{134}. Es sorprendente en ese respecto la actitud de Ian Gibson en su estudio sobre José Antonio{135}. Es extraño que puede leer discursos en los funerales de los caídos sin recordar que la obra maestra de ese particular género literario fue dicha por Michael Collins en 1917 en el funeral de Ashe. Siendo irlandés de nacimiento, debió recordar que en esa ocasión Collins ordenó a su escolta que hiciese varias salvas al aire, para añadir, inmediatamente: «No hay más que decir. Las salvas que habéis oído son el único discurso que debe hacerse en la tumba de un Feniano.»{136}

Considerando estos factores, se puede postular que el Fianna Fail estaba más cerca del fascismo de lo que se supone hoy en día, y corresponde ver cual era su relación con éste.

Movimientos de regeneración nacional

Puede que Payne no preste atención al Fianna Fail porque cree que la democracia y el fascismo son incompatibles, y se ha establecido que el Fianna Fail afianzó la democracia. De ser así, cayó en la tentación de aplicar juicios morales a la taxonomía. Tal como un botánico que observase que la belladona es venenosa y la patata nutritiva, y de allí juzgase que no tienen nada en común{137}.

Hay una confusión taxonómica cuando se trata de definir al fascismo. Se lo ha clasificado como género en vez de verlo como una especie dentro de un género extendido. Sería como si en zoología se clasificase a los leopardos como género, en vez de una especie del género de los felinos, y después se debatiese interminablemente si los tigres son leopardos o no, si los leones lo son, si los linces...

El fascismo es una especie dentro del género de los movimientos de regeneración nacional –no un género aparte. Los movimientos de regeneración nacional surgen cuando hay una crisis, en un intento de solucionarla, tienden a mostrar las siguientes características:

  1. Patriotismo/nacionalismo con una fuerte carga emotiva.
  2. Jefatura carismática.
  3. Rechazo tanto del liberalismo clásico como del marxismo.
  4. Partidos virtualmente únicos (los otros partidos no son proscritos, pero se vuelven decorativos, como en México).
  5. La tendencia a aglomerar la población en un todo, superando las divisiones internas.
  6. La intención de desarrollar la riqueza interna para beneficio de la población.
  7. La creencia que su país tenía una misión trascendente en el mundo.
  8. Una doctrina no muy coherente, que servía para atraer gentes muy dispares y a mantenerlas en el redil

Ejemplos de estos movimientos de regeneración nacional son el Gaullismo en Francia, el Peronismo en Argentina, el Socialimo de Senghor en Senegal, el PRI en México, el MNR en Bolivia, el Mapai de Israel, y el Partido del Congreso en India. Estos movimientos son más o menos democráticos (a veces menos que más), más o menos autoritarios, y más o menos efectivos (a veces menos que más), pero todos ellos surgen para cumplir una misión: mantener los distintos grupos en un estado de tolerancia mutua, preservar la paz interna, y edificar un orden político estable.

Tanto el fascismo como el mucho más peligroso nazismo fueron ejemplos de estos movimientos –pero no los únicos. Tal vez sea posible definir como fascismos a aquellos movimientos de regeneración nacional que no conducen a la democracia. Qué nombre dar a aquellos movimientos que sí conducen a ella está todavía por determinarse.

La actuación del Fianna Fail muestra que un movimiento de regeneración nacional puede estar cerca del fascismo, y aún así tener una actuación altamente positiva, y beneficiosa para la democracia. El parentesco con el fascismo no es una causa de condena moral, sino una clasificación taxonómica. Como advierte el Evangelio, es por los frutos que se los conocerán, no por las raíces{138}.

Primo de Rivera bajo el prisma irlandés

Primo de Rivera y Eamon de Valera, un paralelo insospechado

No hay huellas de la experiencia irlandesa en los escritos de Primo de Rivera. Esto no es sorprendente dada su anglofilia –en los medios en los que el se movía, Mussolini tenía mucha mejor reputación que Eamon de Valera– a quien se veía como a un fanático del molde de Robespierre.

A pesar de eso hay detalles sugestivos entre Primo de Rivera y Eamon de Valera. Unos son triviales, aunque evocativos –Primo de Rivera hablando de «unidad de destino» y de Valera fundando los «Guerreros del Destino»–. Hay otros mas sustanciales, como la afición a la matemática que tenían en común –de Valera, antiguo profesor de matemáticas, que distraía su ocio leyendo sobre teoría matemática{139} y Primo de Rivera entusiasmándose por Kelsen debido al rigor matemático de su teoría{140}. Lo que sí es sustancial son las referencias sin ambages que Eamon de Valera hace a Santo Tomás de Aquino y al «bien común», un tema sobre el que también discurría Primo de Rivera. También lo es que una de las frases más célebres de Eamon de Valera era un rechazo total de la teoría de la Voluntad General: «El pueblo no tiene derecho a hacer el Mal.»

Lo más sustancial es la contradicción interna de Primo de Rivera que señaló Ledesma Ramos{141}, porque Eamon de Valera vivió esa misma contradicción. Era un jefe de hombres de acción que prefería los modos suaves y parlamentarios (un dicho favorito de él es «hay una manera constitucional de hacer esto»). Aún en las concentraciones de masas a la luz de las antorchas prefería ofrecer argumentos razonados a llamados emocionales –conservando hasta el fin de su vida su modo profesoral– aunque podía tocar las cuerdas sentimentales con gran eficacia cuando era necesario. Como Primo de Rivera, tenía una inclinación hacia lo racional y abstracto (nada sorprendente en un matemático) y un temperamento cortés, mientras que sus secuaces usaban una retórica tremendista. Como Primo de Rivera aceptaba la violencia en teoría, y como Primo de Rivera, la frenaba en la práctica.

Cabe agregar que de Valera navegó esa contradicción suya con éxito, y que el resultado fue la creación de una democracia estable en Irlanda.

El propósito: el éxito irlandés y el fracaso de Primo de Rivera

El propósito de Primo de Rivera era afianzar la democracia sobre bases sólidas, tal como había dicho de Valera que quería hacer{142} (y tal como lo había cumplido). Primo de Rivera intentó conjugar visiones opuestas y atraerse a masas desafectas cuyo rechazo del juego político destruía la estabilidad. Como hizo de Valera, Primo de Rivera pedía una descentralización de la política que devolviese control local a las comunidades y así sirviese de educación para el autogobierno. De Valera llevó a cabo la descentralización política necesaria para la estabilidad. Primo de Rivera ofreció mejorar la situación material de las masas yendo en contra de la ortodoxia económica liberal. De Valera fue en contra de la ortodoxia económica liberal para mejorar en lo posible la situación material de las masas. Primo de Rivera invocó una misión trascendente para el Estado y la Patria. De Valera invocó una misión trascendente en términos de gran lirismo. Primo de Rivera no rehuyó el aura anti-sistema, con la esperanza de atraerse las masas. De Valera aceptó ese aura, y atrajo así las masas para reconciliarlas con la democracia parlamentaria.

El fracaso de Primo de Rivera no estaba implícito en su propuesta. Su fracaso se debió a su juventud, inexperiencia y falta de prestigio necesario{143}. La falta del prestigio fue, probablemente, el factor decisivo. Prager menciona que el Fianna Fail no fue el único partido que buscó la integración de las «dos Irlandas». Estos esfuerzos fracasaron por dos razones; la primera, porque partían de la tradición de la Ilustración Irlandesa, y por eso no podían ganarse la confianza de las masas gaélico-románticas; la segunda, porque les faltaba una figura con el carisma y prestigio de De Valera{144}.

Primo de Rivera sufrió de ese lastre. Aristócrata por nacimiento, no podía conseguir que las masas confiasen en él (el mote de «señorito» lo acompañó hasta su muerte, y después). No tenía el inmenso prestigio de un De Gaulle o un de Valera. Para muchos de sus oyentes era sólo «el hijo de Don Miguel». Él conocía la existencia de este lastre, y por eso, como cuenta Moa{145}, buscaba un líder de masas que pudiese hacer lo que él encontraba imposible –fuese ese líder Prieto, Pestaña, o Gil Robles, y por eso en 1936 puso tantas esperanzas desmedidas en Azaña.

Conclusión

Primo de Rivera comprendió la naturaleza de la crisis, notó sus síntomas, comprendió sus causas, y ofreció para remediarlo una solución que, aplicada en un otro lugar, un lugar que se podría llamar un polvorín, resultó en una democracia sólida. Él fue incapaz de aplicar esa solución por cuestiones coyunturales fuera de su control.

En la guerra civil hubo protagonistas, hubo víctimas, hubo criminales, y hubo ángeles de caridad. Primo de Rivera fue su antagonista, quien buscó evitarla con los pocos medios que tenía. Fracasó, y ese fracaso hizo de él una figura trágica, en el rol clásico de Casandra. Como Casandra pudo vaticinar la catástrofe y trató de alertar a sus compatriotas para que hiciesen lo posible para evitarla. Como Casandra no fue escuchado, y sólo pudo presenciar, impotente, cómo el desastre anticipado descendía sobre todos ellos.

El contexto en que actuó es muy diferente del actual. Pero no lo será siempre. Sabemos que ningún régimen, ninguna democracia es inmune a entrar en crisis cuando se dan las condiciones necesarias. En el futuro, cercano o lejano, la democracia entrará en crisis. Cómo se resolverá esta crisis, cuán prevenidos estarán quienes lo presencien, no podemos saberlo. Sólo podemos estudiar ahora, en tiempos tranquilos, y dejar enseñanzas para generaciones futuras que necesitarán el conocimiento que les podamos entregar. Y esperar que ese conocimiento sea de provecho, y que no vuelvan a sufrir el destino de Casandra aquellos que buscan restablecer la convivencia política para evitar la catástrofe.

Notas

{1} Este sería un alegato típico de que se juzgue a Primo de Rivera en su contexto:

«En el pensamiento de José Antonio, la Democracia suena por lo común como la fórmula política en que se expresa la concepción liberal del Estado. Cualquiera otra acepción revalorizada no está de suyo en pugna con el dictamen de José Antonio, por la sencilla razón de que no ha sido considerada por él.» Adolfo Muñoz Alonso, Un Pensador para un Pueblo, 32ª ed., Editorial Almena, Madrid 1979, pág. 125.

{2} «Prueba de la naturaleza no-totalitaria de la dictadura Fascista es el número, sorprendentemente pequeño, de las sentencias –y su comparativa suavidad– dictadas por ofensas políticas. Durante los años particularmente activos de 1926 a 1932, los tribunales especiales por ofensas políticas pronunciaron 7 sentencias de muerte, 257 sentencias de 10 ó más años de reclusión, 1360 sentencias de menos de diez años y muchas sentencias de exilio; además, 12,000 acusados fueron sobreseídos, un procedimiento inconcebible bajo las condiciones de terror Nazi o bolchevique.» Hannah Arendt, The origins of totalitarism, A Harvest Book, Harcourt Inc., San Diego, Nueva York, Londres 1986, págs. 308-309 nota 11.

{3} Según Arrese, Primo de Rivera dejó de usar el vocablo «totalitario» a fines de 1934 por dar pasto a confusión sobre el vocablo. (El Estado totalitario en el pensamiento de José Antonio, Ediciones de la Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1945, pág. 64.)

{4} Dos ejemplos muestran este significado:

«Venimos a luchar para que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes.» Jose Antonio Primo de Rivera, Discurso de la Comedia, Obras Completas (OC), Vicesecretaría de Educación Popular de FET y de las JONS, Madrid 1945.

«–Usted oculta una solución... –No, La quiere usted? Ahí está: hay que sustituir al Estado destruido por otro. –Cuál? –Una de dos. O el Estado socialista que imponga la revolución hasta ahora triunfante, o un Estado 'totalitario' que logre la paz interna y el optimismo nacional, haciendo suyos los intereses de todos.» Luis Méndez Domínguez, Un hombre un partido, Blanco y negro, 11 noviembre 1934, recopilado en OC.

{5} «La solución práctica inmediata es la abolición de los partidos políticos. La lucha de los partidos, tal como existía en la Tercera República, es intolerable; el partido único, que por otra parte es su conclusión, constituye el grado extremo del mal; no queda otra posibilidad que una vida pública sin partidos.» Simone Weil, Raíces del existir, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1954, pág. 43.

{6} Me guío en esto por el estudio de Hans Mommsen, Alternatives to Hitler; German Resistance Under the Third Reich, Princeton University Press, Oxford 2000, donde se detallan las diferentes propuestas de Von Moltke, Goerdeler, Popitz, von Hassell, Leber, Leuschner, et al. (Los postulados del nacionalsindicalismo no hubiesen estado fuera de lugar en las deliberaciones del círculo de Kreisau.) Muy valioso también es el libro de Peter Hoffman, The History of the German Resistance 1933-1945, The MIT Press, Cambridge 1977.

{7} «Nuestra máquina de partidos ya había empezado a dar un olor a podrido que había adquirido en pequeños cafés y oscuros cuartos traseros. Ni siquiera podía ofrecer la excusa que era fuerte, porque al primer soplo de despotismo se vino abajo como un castillo de naipes. Atrapados en doctrinas que ellos sabían estaban pasadas de moda, de programas que hace mucho habían abandonado como jalones hacia política práctica, los grandes partidos servían como un falsificado centro de convocación para hombres quienes, sobre los grandes problemas del momento –como se demostró en Munich– tenían puntos de vista opuestos. Se declaraban estar contra otros partidos cuyos miembros, en realidad, tenían las mismas opiniones que ellos. Muy a menudo no podían siquiera decidir quien detentaría el poder. Solo servían como trampolines para hábiles trepadores que pasaban el tiempo echándose los unos a los otros del pináculo de la estructura política.» Marc Bloch, Strange Defeat; A Statement of Evidence Written in 1940, W. W. Norton and Co., Nueva York-Londres 1968, pág. 157.

{8} La argumentación que sigue se apoya mayormente en los estudios de Norman Le Vaun Stamps. Stamps, aunque su nombre no es conocido fuera del ámbito académico de la ciencia política, en él es considerado como una fuente autoritativa para muchos temas relacionados con la democracia. El profesor Alexander J. Groth, autor del artículo sobre «Democracia» en la Encyclopedia del World Book, encuentra la obra de Stamps de gran valor para sus propios estudios. El interés académico de Stamps se centraba en los principios fundamentales del gobierno constitucional y las asunciones, tanto conscientes como subconscientes que existen en las democracias. A lo largo de su carrera académica buscó ir más allá de las características superficiales de las instituciones políticas, y tratar de encontrar las razones profundas de los comportamientos políticos. Aparte de enseñar ciencia política en la prestigiosas Universidad de Rutgers y publicar en revistas de su especialidad, en 1942 ayudó a llevar a cabo la investigación que usaría la Convención Constitucional de Missouri de ese año.

{9} «Los partidos totalitarios existentes han crecido en el sistema de partidos democrático y han simplemente acentuado características que ya se existían en el sistema de partidos antes de que subiesen al poder.» Normal L. Stamps, Why Democracies Fail: a critical evaluation of the causes for modern dictatorship, University of Notre Dame Press, 1957, pág. 65.

{10} «El resultado fue una transformación de la idea de lo que es un partido y el papel que debe representar en la comunidad. En vez de discutir problemas o situaciones específicas y sus posibles soluciones, sirviendo así para educar al electorado, los partidos buscaban controlar y dominar. En vez de apelar a la razón para afrontar problemas concretos, trataron de convertirse en filósofos sobre el significado de la vida, y moldear la vida de acuerdo a sus filosofías. En vez de servir de órganos para un debate mesurado de opiniones, se consideraban como ejércitos preparándose para un conflicto cuya naturaleza era de guerra civil. Esto era particularmente cierto de los partidos Marxistas, pero era cierto también de otros partidos.» Stamps, ob. cit., pág. 67.

{11} [Los partidos] «podían tratar de engullir la vida de sus miembros, dándoles sindicatos del partido, clubs deportivos del partido, métodos de educación del partido, y generalmente un aparato del partido para todos los detalles de la vida. Se encontraba esa tendencia aún en Inglaterra, pero donde llego a su límite fue en la Alemania de Weimar. Allí se manifestó el genio alemán para la organización, no sólo en las cabeceras de partido –nacionales, regionales, de distrito, o de precinto, con las secciones del partido teniendo reuniones periódicas y con cursos educacionales constantes– sino también en miles de organizaciones afiliadas. Un miembro cualquiera de un partido podía así transcurrir toda su vida personal, y gran parte de su vida profesional dentro de ese partido. Por ejemplo, un trabajador socialista podía hacer sus compras en una cooperativa Social Demócrata, mandar sus hijos a una escuela Social Demócrata, pertenecer a un sindicato Social Demócrata, y ser miembro de una sociedad de entierros, un club deportivo, y circulo de lecturas Social Demócrata. Además el leería, por supuesto, los periódicos del partido en los cuales las noticias detrimentales para el partido serían suprimidas, o modificadas en dirección contraria.» Stamps, ob. cit., pág. 67.

{12} No se ha elaborado como fuese debido la importancia que tuvo la desintegración de los partidos Liberal y Conservador. Por ejemplo, sólo se encuentran, en medio de las extensas descripciones que hace Moa de situación política, más que breves menciones sobre esta desaparición.

{13} Véase Los Personajes de la República vistos por ellos mismos, de Pío Moa (Ediciones Encuentro, Madrid 2000) para un panorama de las maniobras que negaban consistentemente el poder a Lerroux.

{14} «Pregunta: ¿No cree que era mucho más perdonable encandilarse con Mussolini que con Stalin? Respuesta: Desde luego eso fue lo que les pasó –por una temporada tan sólo– a Gandhi y a Churchill. Mussolini apelaba a detener la barbarie, mientras que Stalin era la encarnación de la barbarie, pero la elección entre ambos era terrible. Como dijo Anders, como para dividir las fuerzas en dos y combatir en ambas direcciones.» Extracto del diálogo digital de Cesar Vidal, 18 de enero 2005 entre las 17:00 y 18:00 horas.

{15} Según el diario Irish Independent del 16 de Septiembre de 1929 Eamon de Valera dijo: «Fianna Fail puede hacer por Irlanda lo que el Fascismo ha hecho por Italia.» Referido en Fianna Fail and Irish Labour; 1926 to the present, por Kieran Allen, Pluto Press, Chicago IL 1997, pág. 34.

{16} Un ejemplo de lo que era demasiado a menudo el antifascismo se puede encontrar en el libro del periodista americano John Gunther, Inside Europe (Harper & Brothers, Nueva York & Londres 1936). Gunther es mordaz con la corrupción fascista, y muestra su indignación con la brutalidad nazi, pero pierde todo sentido crítico cuando entra en Rusia, y pone un barniz optimista en los sufrimientos del pueblo ruso. Cuando Gunther escribe esto, lo peor del nacionalsocialismo estaba en el futuro (la Noche de Cristal no ocurriría hasta 1938), mientras que los comunistas ya habían exterminado los kulaks.

{17} John Lukacs, Democracy and Populism: Fear and Hartred, Yale University Press, New Haven & Londres 2005, págs. 120-121. John Lukacs mantiene aquí (y en otras obras) que el nazismo fue llamado fascismo por orden de Stalin, porque Stalin no quería que se usase el término «nacional socialismo». Este cambio en nomenclatura se debía a que Stalin abrazaba su propia variedad de socialismo nacionalista –abandonando las pretensiones internacionalistas del socialismo original.

{18} «Con eficiencia considerable, mejoró la burocracia publica, y organizó las obras públicas –nuevos caminos, escuelas, hospitales, irrigación, edificios públicos, &c.– lo que ayudó a levantar el nivel de vida en las ciudades. Pero su debilidad por poner dinero público en planes vistosos mientras que ignoraba problemas económicos fundamentales resultó en que la agricultura continuase siendo primitiva. La corrupción siguió floreciendo, pero consiguió llegar a un acuerdo entre el Estado y la Iglesia, y tuvo cierto éxito en erradicar la Mafia. Si no hubiese sido por la guerra de Abisinia y su alianza con Hitler, muchos italianos hoy en día recordarían al gobierno de Mussolini como una época dorada de su historia.» Richard Lamb, Mussolini as Diplomat: Il Duce's Italy on the World Stage, Fromm International, Nueva York 1999, págs. 1-2.

{19} José María Martínez Val, Por qué no fue posible la Falange, Dopesa, Madrid 1975, pág. 61.

{20} «El auge del fascismo y la caída de las democracias entre las dos guerras no son sinónimos. Actualmente, usar los casos de victoria fascista como base para generalizar sobre la quiebra de la democracia lleva a muchos errores. Si miramos más allá de los casos de Italia y Alemania al conjunto de las democracias de entreguerras con triste fin, podemos encontrar respuestas a nuestras preguntas iniciales. Aprendemos así que el apoyo popular para los partidos abiertamente anti-democráticos varió mucho en las democracias que se vinieron abajo, y que los ciudadanos jugaron un rol más periferal en el desmantelamiento de la democracia que los casos fascistas nos hacen creer. También aprendemos que los fracasos económicos no predicen consistentemente ni el decline de la democracia, ni crecimiento del apoyo anti-democrático entre la gente común.» Nancy Bermeo, Politics Department Princeton University, Getting Mad or Going Mad? Citizens, Scarcity and the Breakdown of Democracy in Interwar Europe.
http://www.democ.uci.edu/publications/papersseriespre2001/bermeo.htm

{21} Sobre las vulnerabilidades y limitaciones de la democracia, véase el magistral libro de Alexander J. Groth, Democracies Against Hitler: Myth, Reality and Prologue, Ashgate, Aldershot-Brookfield 1999. Este relato escalofriante muestra hasta qué punto las democracias no podían hacer frente a Hitler, y que su salvación se debió al hecho fortuito de que Hitler invadió a Rusia.

{22} «Debemos reconocer también que la Constitución Americana, con todos sus celebrados éxitos singulares, se vino abajo en 1861. Después de una década de tira y afloja, se evidenció incapaz de impedir la quiebra de la república y la guerra civil», Lukacs, ob. cit., pág. 10.

{23} Dos citas aquí muestran su actitud hacia un sistema político que había dejado de funcionar:

«Los últimos partidarios de la democracia, fracasada y en crisis, procuran, con la mala intención que es de suponer y en defensa de reductos agrietados, llevar el confusionismo al pensamiento de las gentes.» El Fascio no es un régimen esporádico, en El Fascio, 16 marzo 1933, recogido en OC.

«Poco más que esperar y observar, para ir señalando, cada vez que sea oportuno, la incapacidad del Parlamento para rehacer España.» Reportaje de Luis Méndez Domínguez, Un hombre un partido, en Blanco y Negro, 11 noviembre 1934, recogido en OC.

{24} «...El rey Alejandro de Yugoslavia estableció una dictadura personal en 1929 después que el país sufrió una quiebra completa de gobierno democrático. Entre 1918 y 1928 hubo 23 gobiernos. Después de diez años de la independencia, las diferentes regiones todavía vivían bajo las leyes de sus nacionalidades originales porque ningún gobierno había estado en el poder con suficiente tiempo para dar un esquema de codificación de las leyes. Después que un diputado serbio asesinó al jefe del Partido Campesino Croata en plena Asamblea, el rey no pudo encontrar a nadie que quisiese formar un gobierno, y por tres meses Yugoslavia no tuvo ningún gobierno. Por fin el rey resolvió el problema declarándose a sí mismo dictador y disolviendo los partidos existentes...», Stamps, ob. cit., pág. 21.

{25} «...El resultado fue que el Parlamento polaco (Sejm) consistió de treinta grupos diversos y apasionados, todos buscando ventajas propias inmediatas. Los diputados pasaban la mayor parte de su tiempo echándose la culpa mutuamente, derrocando ministerios, y en largas negociaciones que permitían formar nuevas coaliciones. Alrededor de Mayo de 1926 había habido dieciséis gabinetes, y en consecuencia ningún gobierno había estado en el poder lo bastante como para poder enfrentarse a la crisis financiera u ofrecer resultados prácticos. Leyes útiles eran rechazadas frecuentemente por la Legislatura, no por sus méritos, sino como resultado de oposición partidista. En pocas palabras, el país estaba frente a un atolladero perpetuo, y no le faltaba justificación a Pidsulksi cuando dijo que el Sejm era odiado y despreciado por todo el país. En Mayo de 1926, Pidsulski marchó a Varsovia con tres regimientos...» Stamps, ob. cit., pág. 24.

{26} «El 4 de marzo de 1913 el Consejo Nacional básicamente se autosuspendió indefinidamente cuando tanto el Presidente de la Cámara como ambos VicePresidentes renunciaron en medio de una discusión agitada sobre un decreto de amnistía para los huelguistas en los ferrocarriles del Estado. El decreto fue derrotado por una votación de 81 a 80. Pero el Presidente, que era Social-Demócrata, [que por ser Presidente] no podía participar en el voto, renunció a su cargo. Su sucesor, el Primer Vice-Presidente era un Socialista Cristiano, y en esas circunstancias la oposición ganaba un voto y el gobierno perdía uno. El también renunció a su cargo. El segundo Vicepresidente, un Pan-Germanista y miembro de la oposición, comprendió que al no poder votar él, el gobierno otra vez ganaba la mayoría por un voto. Así que él también renuncio. No había ninguna provisión en la constitución que cubriese una situación semejante, así que el resultado fue que el Parlamento quedó incapacitado. De acuerdo a la ley, el Parlamento no podía volverse a reunir, porque sólo podía hacerlo si uno de esos tres oficiales pedía la reunión, y los tres habían renunciado. El 7 de marzo el Canciller Dollfuss anunció que aunque el Parlamento había quedado incapacitado, el poder ejecutivo no lo había sido. El Presidente Miklas entonces le entregó poderes de emergencia a Dollfuss, y él entonces gobernó por decreto...», Stamps, ob. cit., pág. 31.

{27} «En Italia el país se enfrentaba con graves dificultades económicas. Había paro creciente, una dislocación económica causada por la guerra, un malestar inquietante no sólo en los obreros, sino en los veteranos que retornaban a su casa para descubrir que no tenían trabajo y que sus sacrificios habían sido para el beneficio de los especuladores. Los socialistas que se habían opuesto a la guerra se beneficiaron del desengaño general que se experimentó en los tratados de paz y en el fracaso de Italia para conseguir las colonias que esperaba. Aunque el costo de vida seguía subiendo, los patronos buscaron reducir los salarios en la teoría que los costos de la mano de obra habían subido en la guerra más allá de su valor. El gobierno, aparentemente debido las divisiones sucesivas en el sistema de partidos, no podía ponerse de acuerdo en una política consistente, fuese la que fuese...», Stamps, ob. cit., pág. 35.

{28} «Es cierto que hay una extensa variedad de causas, materiales o culturales, por las que una democracia fracasa, pero los síntomas a menudo siguen cierto modelo. Hay considerable volumen de tensión, desasosiego, y alboroto. Cuando el sistema sufre de polarización patológica, los derechos procedurales de la democracia se usan –paradójicamente– para dañar ese sistema. Los derechos de libertad de expresión, petición, reunión, y asociación, junto con las garantías legales corrientes de seguridad individual y de proceso legal, tienden a dar por resultado demostraciones tumultuosas y serios desgarros infligidos a la vida cotidiana de la comunidad. Hay abundantes rumores sobre complots y contra-complots. Puede haber motines, terrorismo, asesinatos, atentados, e incendios. Dada la magnitud de estos comportamientos, se presencia la incapacidad de las autoridades legítimas para proteger la vida, integridad física, o propiedad de los ciudadanos. Se presencian desordenes en las calles que no son reprimidos, toma de propiedades, o destrucción de tierras, edificios, u otras inmuebles. Se impide el acceso a los servicios públicos, sea para trabajar, recrearse, comerciar, o cualquier otro propósito. Todo esto, a su vez promueve un atmósfera de caos e inseguridad.» Alexander J. Groth, Lincoln, authoritarian savior, University Press of America, Lanham-Nueva York-Londres 1996, pág. 220.

{29} Sobre el tema, se debe notar que en 1930 Churchill escribió un prólogo al libro Dictatorship on Trial, de Otto Forst de Battaglia, en cuyo prólogo Churchill opinaba que el autoritarismo era la forma de gobierno del futuro. Lukacs, ob. cit., pág. 109.

{30} Sobre Casas Viejas, en el Parlamento se diría que «eso no lo hizo nunca Don Alfonso de Borbón» (Moa, Los personajes, págs. 271-272). En cuanto a la falta de brutalidad de la dictadura, está el testimonio de Largo Caballero sobre la Guerra Civil: «durante la dictadura, la Guardia Civil se comportó rectamente con los obreros y campesinos», mientras que Azaña confiesa «Desde que ha venido la República, la Guardia Civil ha vuelto a ser brutal.» (Moa, ob. cit., pág. 245.) Moa también hace un panorama de los logros de la dictadura (págs. 115-116), y uno del deterioro bajo la República (pág. 241).

{31} El tema de las influencias de Berdaieff y Spengler se encuentra muy bien descrito en Las Gafas de Jose Antonio, de Adriano Gómez Molina, Actas, Madrid 2003, págs. 255-263.

{32} «Entre nosotros la vida parlamentaria se desenvolvió siempre con aire palurdo. Dos o tres excepciones pueden señalarse entre la zafiedad de unos ejemplares políticos para quienes el vestirse con levita ya era, por lo desacostumbrado, un acto que se realizaba con empaque grotesco. Una de esas dos o tres excepciones, y sin duda la mas relevante, es el Sr. Cambó. Su conferencia en el cine Goya fue una delicia evocativa, como los sombreros de la reina Mary de Inglaterra. Estos sombreros, como la elegancia polémica del señor Cambó, recuerdan aquellos años gratos que precedieron al 14; aquellos años en que el cinematógrafo aún no había destronado al teatro, ni el automóvil competía con Les Grands Express Européens. Pero que le vamos a hacer, si desde entonces han ocurrido cosas como la guerra europea, la revolución rusa, la marcha sobre Roma, y el triunfo de Hitler! Sería de desear que nada de eso hubiese venido a agitar una atmósfera que ya se siente un tanto discorde con los sombreros de la reina Mary.» 1931-1935, en Arriba, nº 5, 18 abril 1935. Recogido en OC.

{33} Groth, Lincoln..., pág. 17. El libro al que se refiere Groth es Revolutionary Change, de Chalmers Johnson (Little, Brown, and Company, Boston 1966). El primer capítulo (págs. 1-26) cubre el tema del cambio fundamental de la sociedad al que las instituciones no se adaptaron.

{34} «Una guerra civil, en cualquier país, en cualquier momento, representa la quiebra de acuerdos fundamentales, que son compartidos por todos los miembros de la sociedad.» Jeffrey Prager, Building Democracy in Ireland: Political Order and Cultural Integration in a Newly Independent Nation, Cambridge University Press, Nueva York 1986, pág. 27.

{35} Lukacs, ob. cit., págs. 106-109.

{36} «El éxito de los movimientos totalitarios significó el fin de dos ilusiones de los países democráticos en general, y de las naciones europeas y su sistema de partidos en particular. El primero era que el pueblo, en su mayoría había tomado parte activa en el gobierno, y que cada individuo simpatizaba o con un partido o con otro. Por el contrario, los movimientos mostraron que las masas políticamente neutras e indiferentes podían fácilmente ser la mayoría en un país democrático, y por ende, que una democracia podía funcionar de acuerdo a las reglas que sólo reconoce una minoría. La segunda ilusión democrática destruida por los movimientos totalitarios era que las masas indiferentes a la política no tenían importancia, que eran realmente neutras y sólo constituían un escenario atrasado e inarticulado en la vida política de la nación. Ahora ponían en claro lo que ningún órgano de la opinión pública había podido mostrar, o sea que los gobiernos democráticos habían dependido tanto de la aprobación silenciosa y tolerancia de las secciones indiferentes e inarticuladas como de las instituciones y organizaciones articuladas y visibles de la nación.» Arendt, ob. cit., pág. 312.

{37} «Los que no tenían interés en votar, los que generalmente creían que era 'inútil' participar en la política y que generalmente expresaban falta de interés en los asuntos públicos, de alguna manera fueron estimulados a votar por los nazis y convertirlos en un movimiento de masas.» Stamps, ob. cit., pág. 83.

{38} Este juicio es el que fundamenta la posición «anti» en su porción de Jose Antonio Primo de Rivera Cara y Cruz, Ediciones B, Barcelona 2003, donde Enrique de Aguinaga adopta la posición «pro».

{39} «Cuando el mundo se desquicia, no se puede remediar con parches técnicos: necesita todo un nuevo orden.» España y la Barbarie, Teatro Calderón de Valladolid, 3 de marzo de 1935, OC.

{40} «Los líderes intentaron continuar las políticas democráticas de años anteriores. Traer a todos bajo la misma carpa, si era posible. Si no lo era, proveer desahogos, tal cómo nuevos partidos, para que representasen diferentes matices de la opinión pública. Transar con los mas ruidosos, que hacían las reclamaciones mas amenazantes... Pretender que un conflicto fundamental no existía y tal vez así desaparecería. Proveer alguna distracción. Dar empleos públicos. Y sobre todo, continuar con el viejo juego político funcionando mediante el proceso convencional de elecciones y asambleas legislativas, aunque éstas solo sirviesen para poner frente a frente a antagonistas armados.» Groth, Lincoln..., págs. 18-19.

{41} Esta metáfora aparece en otro contexto en Groth, Democracies against Hitler, pero describe muy bien la situación. Cabe agregar, expandiendo la metáfora, que cuando se toma recurso a botes salvavidas, no hay que preguntar cómo comparan a un buque de línea, sea en estructura, sea en tecnología, sea en velocidad, o sea en comodidad para los pasajeros y tripulantes. Lo único que hay que preguntar es si flotan o no.

{42} Como ejemplo, véanse estos extractos: «En cuanto esta noche intentará poner en claro si las Cortes van a reunirse más o menos pronto, si van a hacer las paces más o menos pronto los grupos que hasta ha poco fueron amigos; en cuando me deleitara y quisiera deleitaros con eso, estoy seguro que desaprovecharíamos una de las ocasiones en que nos reunimos por las cosas trágicas y apremiantes que nos angustian...» «El Estado español no existe en ninguna de sus instituciones m&aacu