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El Catoblepas, número 134, abril 2013
  El Catoblepasnúmero 134 • abril 2013 • página 12
Libros

El materialismo filosófico llega a China

Iker Izquierdo

Breve reseña de la traducción al chino del libro de Gustavo Bueno
España no es un mito (Universidad de Nankín 2012, 243 págs.)

Gustavo Bueno, España no es un mito (portada de la edición china) Este año 2013 comenzaba con una noticia importante y exótica para el materialismo filosófico: el libro de Gustavo Bueno, España no es un mito, era por fin publicado en China de mano de la editorial de la Universidad de Nankín y traducido por uno de los miembros de su departamento de estudios hispánicos, Antonio Zhang Weijie.

La traducción fue anunciada hace tres años pero hasta enero de 2013 no pudimos verla en formato libro. Ahora, tras una primera lectura, se puede hacer un breve comentario sobre la traducción y la edición, aunque habrá que esperar mucho más tiempo, me temo, para comprobar cual sea su repercusión, si finalmente la tiene.

La edición

El libro está publicado en tapa blanda con solapas, en las que no aparece ninguna información sobre el autor. En la parte superior de la portada hay una breve franja roja que indica que este libro pertenece a la serie «Ver España - 看西班牙», de la cual esta es la primera publicación. Esta serie está enmarcada dentro de una colección que la Universidad de Nankín está preparando sobre varios de los países más importantes del mundo. Cada país corresponde a una serie, y en ésta encontraremos obras que ofrecen una visión general del país según los distintos autores. Si la primera obra de la serie «Ver España» es de Gustavo Bueno, uno no puede dejar de preguntarse cuáles serán las otras obras que la acompañen dentro de la serie. Podemos echarnos a temblar.

Siguiendo con los aspectos técnicos, comprobamos que todos los capítulos del libro original han sido respetados: introducción, cuerpo (formado por los siete capítulos en forma de preguntas) y el epílogo con la interpretación del Quijote, siendo este último lo que llevó a Antonio Zhang hasta el libro.

En la edición china se ha prescindido del glosario de términos filosóficos que suele acompañar a casi todos los libros de Gustavo Bueno, pero que el traductor, de acuerdo con el editor, decidió no incluir por dos razones que me facilitó él mismo:

1. Algunos términos del glosario no aparecían en el cuerpo del libro (algo que en esta primera lectura no he tenido tiempo de comprobar),

2. Muchos de los términos están definidos del propio texto en el que son utilizados.

De estos aspectos «formales» podríamos decir que quizás hubiese sido deseable una breve presentación del autor, ya sea en la solapa, ya sea en forma de breve en las primeras páginas. Quizás un prólogo del traductor sea mucho pedir, pero por pedir que no quede. Quizás en una segunda edición (que esperemos que la tenga) se podría incluir esta presentación y también el glosario, pues a pesar de las objeciones a su inclusión, algunas dificultades de traducción pudiesen quedar paliadas o aclaradas con el glosario.

Propósito inicial de esta reseña (después abandonado)

Cuando me propuse escribir esta reseña pretendí imaginar qué podía pensar el lector chino al leer esta obra: pronto me di cuenta de que esta tarea suponía una serie de problemas que me sobrepasaban.

En primer lugar, se imponen mis propias limitaciones. Hará apenas un año que mis habilidades lingüísticas en chino alcanzaron un grado suficientemente óptimo como para empezar a leer con cierta soltura y durante este periodo de tiempo mis lecturas se han limitado a obras generales de historia de China. Además, mi trabajo como traductor me ha dirigido hacia temáticas relacionadas con la política del día a día, la historia local divulgativa y la traducción técnica de medicamentos, tecnología, &c. Pronto me di cuenta de que la lectura del libro de Bueno en chino me exigía un mayor conocimiento del vocabulario filosófico chino de la actualidad, algo que en caso de querer ser subsanado hubiese retrasado este comentario ad infinitum.

Por otra parte está la cuestión de la recepción del libro entre los chinos, lo cual también requiere dejar pasar un cierto tiempo para comprobar la influencia real que haya tenido, en forma de críticas o comentarios que haya suscitado. A día de hoy, mis búsquedas por internet de estos comentarios han sido infructuosas, lo que quiere decir que, o aún no se escrito ningún comentario o que yo no soy capaz de encontrarlo por mi poca habilidad o por encontrarse publicados en vegetal, cuyo acceso me es realmente difícil desde mi residencia en Formosa.

Otro de los problemas es identificar en manos de qué tipo de lector puede caer el libro. Por temática es muy posible que la obra caiga en manos de profesores de literatura española y, quizás, de algún alumno de esta carrera. Sin embargo, a pesar de que este es un libro sobre España, no podemos decir que sea un libro de historia, de política, de economía o de sociología, ni de análisis literario o antropológico. El libro de Bueno es eminentemente filosófico por la naturaleza de las cuestiones que trata. Son las ideas que precisamente pululan entre esas ciencias positivas que hemos mencionado: esencia, unidad, identidad, nación, cultura, &c. Por ello, el lector interesado en España, incluso el hispanista chino, seguramente se lleve una sorpresa al comenzar la lectura de este libro. Seguramente el hispanista chino esté muy familiarizado con los personajes, lugares y épocas de la historia de España pero probablemente lo pase mal a la hora de abordar la argumentación filosófica, cuya rigurosidad Bueno no puede sacrificar a una supuesta «claridad expositiva», expresión que la mayor parte de las veces solo esconde una vergonzante vaguedad o ausencia de rigor.

Con todo esto quiero decir que el destino del libro en China puede ser muy distinto si, por ejemplo, cae en manos de un profesor de filosofía o de ciencias políticas, que lo ponga de moda entre los cuadros del PCCh, como está de moda entre ellos leer a Tocqueville; que si cae en manos de un lector medio con un interés moderado por España y que probablemente dejará el libro a las pocas páginas, como le ocurrió a una amiga China periodista. Me dijo literalmente: «no estoy preparada para leer este libro.»

La traducción

Y es que encontrarse en las primeras páginas con términos como existencia, esencia, dialéctica, entonación apelativa, &c., puede echar atrás hasta al más ávido lector si su formación no es filosófica o si no tiene un gran interés y conocimiento de España. En este punto hay que agradecer al traductor, Antonio Zhang (que ha tenido un buen diccionario y otras obras de Bueno a mano), el gran esfuerzo que ha realizado en esta traducción, nada sencilla, precisamente por la naturaleza filosófica del mismo y por la cantidad de referencias históricas que el lector no español o no familiarizado con la historia de España, más o menos a fondo, encontrará difícil de asimilar. De ahí que algunas de estas referencias históricas que se utilizan para ejemplificar un argumento hayan sido suprimidas en la versión china, y donde no ha sido posible, pues se hubiese dejado sin apuntalar un argumento o una interpretación, el traductor ha optado por añadir notas al pie presentando un personaje o un hecho histórico. Los personajes más desconocidos por los lectores chinos como Azaña, Maeztu, Pi-Margall, Alfonso II o Jovellanos vienen acompañados de su correspondiente nota el pie, mientras que otros como Colón o Goya son suficientemente conocidos como para prescindir de aclaraciones.

En este sentido, otra de las dificultades de la traducción de estos nombres es la falta de consenso sobre su transliteración por su poca frecuencia en los textos chinos. Por ejemplo, Lincoln es un personaje histórico occidental continuamente citado y por ello tiene conseguida una transliteración china consensuada desde hace tiempo. No así los Reyes Católicos, cuya importancia histórica acaso sea mayor que la de Lincoln en la historia universal, pero obviamente esta diferencia no hace sino reflejar la actual correlación de fuerzas que «gobiernan» el mundo. Incluso en un país como China, rival de EEUU (o quizás precisamente por eso), el espacio que se dedica en sus librerías y bibliotecas a este país es infinitamente superior al que se dedica a España, que normalmente suele ser una anécdota en la estantería dedicada a Historia de Europa.

Otro aspecto de la traducción es el de los términos filosóficos, que supongo es el que más interesa a los más cercanos al materialismo filosófico. Hay que decir que yo compartía la misma curiosidad al comienzo de la lectura pero pronto me di cuenta de que muchos términos tienen una correlación bien delimitada en chino, quizás fruto de un siglo de intensa actividad traductora en China. Normalmente, cuando se habla de las primeras traducciones de obras occidentales en China siempre se hace referencia a la literatura, como si ésta fuese la traducción por excelencia, pero no apenas se hace referencia, a nivel general, a las traducciones de obras filosóficas o científicas, que obviamente las hubo y las hay, y muy abundantes.

La primera facultad de filosofía con un currículum de filosofía occidental se fundó en la Universidad de Pekín, que primero fue Universidad Imperial, a principios del siglos XX. Desde aquel primer esfuerzo las traducciones de filosofía occidental en China son muy habituales. No es raro encontrarnos en las librerías chinas con varias ediciones de la Crítica de la Razon Pura de Kant o la República de Platón. Incluso encontrarán a Gracián, Unamuno y Ortega, con lo que hay que avisar de que Gustavo Bueno no es el primer filósofo español traducido al chino.

Por todo ello, el profesor chino de filosofía no tendrá demasiados problemas en entender los términos, pues está familiarizado con ellos. Sin embargo, no lo estará con la geometría de las ideas que ofrece el materialismo filosófico, que sí le serán casi totalmente nuevas. De aquí, tal y como están expuestas en el libro, estas son las ideas que más pueden llamar la atención de este lector:

Nación

El término nación en chino se dice mínzú 民族, un neologismo que, como muchos en chino, es prestado del japonés. Este término arrastró y arrastra la misma confusión del término original, máxime cuando mínzú se utiliza sobre todo en su acepción de nación étnica, que es la segunda modulación de la idea de nación que ofrece Gustavo Bueno: las naciones que describe César en La Guerra de las Galias, las gentes de Santo Tomás, &c. Hoy día, cuando en China se habla de mínzú se hace referencia sobre todo a las razas o etnias, concretamente a las 56 etnias reconocidas en el estado chino: Min, Yao, Uigur, Tibetana, Coreana, Yue, Manchú, Mongol o, por supuesto, la etnia Han. Así, nos encontramos en Pekín con la Universidad de Minorías Étnicas Mínzú Dxué 民族大学 o que «minoría étnica» se dice en chino shao mínzú 少民族, literalmente «pocas etnias».

Aunque mínzútambién posee en chino la acepción de nación política, cuando un chino piensa en mínzú normalmente suele pensar en una nación étnica, mientras que cuando quiere referirse a la nación política seguramente eche mano del término guójiā 国家 (país), formado por las palabras guó (reino) y jiā (hogar, casa, familia), pero que también hace referencia al Estado como organización política compleja, con lo que la confusión es aún mayor.

Por todo esto el análisis y la clasificación de la idea de nación del profesor Bueno, si ya es luminosa para un español, también lo será para un chino. Para ello el traductor utiliza la misma estructura y «apellida» el término nación según sus acepciones: nación biológica shēngwū mínzú 生物民族, nación étnica zúqún mínzú 族群民族, nación histórica lshi mínzú 历史民族 y nación política zhngzh mínzú 政治民族. La labor crítica, es decir, clasificatoria, en la mejor tradición platónica que realiza Bueno se traslada al chino gracias sobre todo a la modernización acelerada que esta lengua sufrió a lo largo de todo el siglo XX, y que vino a consolidar cambios que venían produciéndose durante varios siglos en la lengua hablada, que se fue diferenciando de manera radical de la lengua escrita o lengua clásica. Una de las ventajas de la traducción de Antonio Zhang es que el chino escrito de China continental carece del manierismo y afectación que caracteriza al estilo literario de Taiwán y Hong Kong, con lo que la traducción gana en claridad y se acerca un poco más al estilo sobrio y directo de Gustavo Bueno.

Cultura

El análisis del mito de la cultura ocupa un lugar destacado en el materialismo filosófico, como corresponde a uno de los mitos más pregnantes de nuestro tiempo. El término moderno de «cultura» se dice en chino wénhu 文化 cuya traducción literal podría ser escriturización o proceso de impregnación de la escritura. El término wén 文 es uno de los más antiguos en chino y viene a significar escritura en un sentido muy amplio, hasta el punto de que se llegó a utilizar muchas veces en el sentido de facultad que poseería el pueblo chino con respecto a los bárbaros exteriores que carecían de escritura. Por ello, cuando el término «cultura» fue introducido por los occidentales fue relativamente fácil para los chinos adoptar el concepto y que se popularizara hasta el punto de ser tan ubicuo en el lenguaje chino como en el nuestro.

No obstante, en el lenguaje hablado, el término wénhu no parece alcanzar de manera tan habitual lo que Gustavo Bueno ha denominado como «cultura circunscrita» (es decir, todas aquellas actividades que quedan bajo la administración de un ministerio de cultura), aunque puede que comience a alcanzar este status en Taiwán y China, a medida que estas sociedades comienzan a cambiar su modelo económico hacia una economía de servicios. El caso más claro es el de Formosa, que instituyó por primera vez en su historia un ministerio de cultura en mayo de 2012.

Por otra parte, wénhu suele utilizarse, en el lenguaje hablado, en un contexto más cercano a la etnología o las costumbres de un pueblo, y también al contexto religioso. Los periódicos en China o Taiwán no incorporan un suplemento cultural ni tienen una sección de cultura tan definida como en la prensa europea. Por ejemplo, cuando en China se piensa en cultura española no se suele hacer referencia a la literatura, música o arquitectura, sino a los toros, la danza, la religión o costumbres pintorescas como la de echar la siesta. Aún así, preguntados por la literatura, el cine o pintura todos convendrán en que es «cultura». Por tanto podemos decir que el mito de la cultura cumple el mismo papel en el mundo chino. Así, su trituración por parte de Gustavo Bueno ha de causar la misma impresión en un lector versado y que probablemente se crea «culto». Quizás la diferente raíz lingüística, cultur/wén, y el concepto técnico o categorial que actúa como primer analogado (agricultura/escritura) sean distintos y el análisis de este punto concreto pueda resultar ajeno al lector chino pero la idea o el mito funcionan igualmente a toda máquina en China y en Occidente.

El año pasado, durante la presentación de los planes de su ministerio a la plana mayor del Kuomintang, la ministra de cultura de Taiwán, Lung Ying-tai –una conocida escritora–, pidió a los asistentes que definiesen la cultura. El secretario del grupo parlamentario del Kuomintang en el Yuan Legislativo, Wu Yu-sheng, respondió: un modo de vida. Por su parte, el presidente Ma Ying-jeou dijo: Una palabra: vida. Entonces, la ministra, con ese tono pedante con el que suele torturarnos, tomó la palabra y se puso a definir el wénhu: la cultura es la maraña de fibras de seda que mantiene unida una sociedad. En fin, parece evidente que la ministra y sus compañeros necesitan un curso acelerado de materialismo filosófico.

Otras cuestiones relacionadas

Sin duda, las otras cuestiones analizadas por Bueno en su libro pueden interesar y sorprender al lector chino, pero lo que sobre todo sorprenderá será su pegazón a la realidad. La filosofía china clásica adolece de un sustancialismo radical en algunas de sus escuelas y normalmente, cuando el lector occidental lee por ejemplo el Daodejing no sabe realmente qué está leyendo. Con Confucio ocurre algo parecido, por mucho que en las Analectas se acumulen muchas «anécdotas» de la vida cotidiana, y que hacen bascular a esta doctrina entre la metafísica más difusa y cursi, y la casuística y el pensamiento puramente pragmático.

Por el contrario, si algo caracteriza a la filosofía de Bueno es su trabazón con la realidad directa e histórica. Cuando Bueno habla de la esencia no dice vaguedades al estilo de Zhuangzi o Laozi, sino que ejemplifica y aplica su arsenal crítico a la materia sobre la que se está tratando. El lector chino, al igual que el lector español agradecerá esta forma de filosofar que es esencial al materialismo filosófico.

Por otra parte, también las ideas de imperio (que en este libro se da por supuesta) y la ideas de Europa son de utilidad para un chino, que se encuentra inmerso en una sociedad política que aspira al cetro mundial. Probablemente un vietnamita o un coreano no vería estas cuestiones de la misma manera dado su papel secundario en la historia universal.

Final

Hechas estas consideraciones sólo nos queda esperar a que un golpe de suerte ponga el libro de Bueno en manos del lector adecuado, que afloren las críticas y comentarios en los medios de comunicación y académicos, y que pronto tengamos que pedirle a Antonio Zhang que traduzca otros libros de Bueno, o que estudiantes chinos se acerquen a Oviedo para estudiar español y aprender la noble doctrina materialista.

 

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