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El Catoblepas, número 174, agosto 2016
  El Catoblepasnúmero 174 • agosto 2016 • página 67
Artículos

El deseo filosófico de Gustavo Bueno

Rubén Álvarez Arias

Podría decirse que su deseo era tan inconmensurable como la realidad misma a la que estaba ligado.

La vida es un curso perecedero, que el cuerpo abre y cierra, sin más. Cuando el cuerpo muere, la vida, simplemente, termina. Tal es así que los griegos nombran «mortales» a los hombres y a los dioses «inmortales». Es ésta una línea primigenia, un límite a partir del cual podemos trazar otros, los siguientes, sin abandonar la escala del cuerpo, hasta ir conformando el mundo. Y sin embargo, no llegamos a ella porque se nos ofrezca como una herencia clásica, ni como una evidencia o un principio axiomático, ni como un dogma o artículo de fe. Cuando afirmamos que la vida es corpórea o no es, descartamos la contraria, el espiritualismo, y nos negamos a abandonar el cuerpo, a separar la vida de él. Tal es el compromiso inicial y dialéctico del materialismo.

A principios de agosto, Gustavo Bueno falleció en su casa familiar de Niembro junto a Carmen Sánchez (apenas dos días más tarde). Tras más de sesenta años casados, los esposos dieron así una última expresión a la completa unión de sus vidas. Y aunque él siempre animó a tomarse desenlaces necesarios como éste sin dejarse llevar por la tristeza, evitando el temor y toda esperanza, tal como prescribe la fortaleza estoica, yo no estoy seguro de que tales deseos puedan cumplirse. Aun así, intentaré corresponder de alguna manera a su enseñanza y a la amistad de los familiares y discípulos que me han invitado a participar en su homenaje.

Gustavo Bueno fue filósofo. Seguramente esto no sea decir gran cosa. Siendo España una sociedad política del ámbito de difusión griego, donde prendió el cristianismo católico como en ninguna otra, un estado que alcanzó el grado de desarrollo capitalista, no podría existir sin elevarnos a la condición de ciudadanos, personas y consumidores. Para lograrlo es imprescindible dotarnos de alguna imagen, canción, mito u opinión sobre los asuntos más diversos, por mínima que sea, que oriente nuestros esfuerzos por «persevar en el ser», como diría Benito Espinosa, y nos coordine en alguna medida. La indiferencia hacia los productos que colman el mercado, el trato nulo con otras personas o la suspensión de todo juicio ante los asuntos públicos conformaría un individuo de grado cero, un auténtico «idiota» incapaz de vivir él mismo y de ser útil al país, que de multiplicarse, además, resultaría letal. Ese conjunto de referencias, tópicos y mitos que moldean a los españoles componen una reserva común de estimaciones, una «Weltanschauung» o «cosmovisión» disponible para cualquiera.

Así que puede que en esa España de opiniones fáciles Gustavo Bueno ocupara el papel de simple «polemista», como algunos se han encargado de escribir; es decir, en su peor versión, una «persona aficionada a las polémicas», discusiones e incluso alborotos. Pero esa visión desvirtúa completamente a la filosofía. Primero porque la rebaja a mera «erística» (en el sentido en el que Platón acuñó el término), a una pelea verbal cuyo fin es salirse con la suya en cualquier ocasión, defendiendo incluso lo indefendible. Después porque oculta los conflictos reales en los que estamos envueltos en una armonía fingida y a quien los descubre, lo tacha de «polemista».

La calificación, como muchas otras, es injustificada. Como un tábano socrático, Gustavo Bueno cumplió sobradamente su cometido de filósofo y puso en entredicho las fórmulas ramplonas con las que los expertos, sofistas, eruditos y no tanto se manejan, dirigen a la opinión pública y gobiernan el país. Lo hizo, claro está, saltándose por completo las convenciones que el gremio de filósofos ha ido paulatinamente adoptando para acomodarse a las funciones ideológicas de la democracia, convertida ya en un gran fetiche. De haberse desvinculado de las corrientes sociales y procesos presentes, evitando mancharse las manos en los problemas que nos acucian, de haber buscado en la sabiduría o en el conocimiento puro una salvación a todas luces delirante, habría incurrido en una forma de gnosis. De haberse dedicado a la repetición de los filosofemas que han ido siendo incorporados a la tradición histórica de la Filosofía, de haberse limitado al estudio y transmisión de textos, su tarea habría acabado en simple doxografía. Gustavo Bueno dio en el clavo con sus distinciones, y «es propio de la filosofía hacer distinciones», cuenta Aristóteles. Pero siempre que tuvo ocasión demostró además hasta qué punto eran ciertas y se las tomaba en serio. Lo hizo por ejemplo, en las escaleras del Campus del Milán de la Universidad de Oviedo, después de que la Facultad de Filosofía le mostrara la puerta de atrás. Ante las protestas de los alumnos y tras ser invitado a hablar, nos dirigió a la multitud reunida allí su lección final, nada menos que sobre la descomposición de la filosofía académica a manos de burócratas. Hoy, después de años de reformas educativas, apenas quedan unos restos de la misma en las Enseñanzas Medias y en la Universidad, ejercida por cuenta y riesgo de profesores diseminados. El experto consultado asiduamente por diversos partidos políticos para realizar las siguientes reformas señala a un porvenir aún más oscuro para la filosofía académica dentro de la enseñanza reglada.

Estos profesores, dentro y fuera de las oleadas que fueron incorporándose al materialismo filosófico, y muchísimas otras personas miran ahora al lugar dejado por Gustavo Bueno. El referente ha desaparecido, es cierto. Pero queda la obra, el sistema, el materialismo filosófico: el producto de una vida pasada en el taller, junto con muchos otros, dedicada laboriosamente a labrar a mano, a escribir y a dar expresión de su deseo, es decir, del esfuerzo consciente de su alma y su cuerpo por «perseverar en el ser», según Espinosa{i}. Ese esfuerzo, ese rigor, ese empeño le hacía, pienso yo, abordar cada problema con un planteamiento ontológicamente general que necesariamente choca. De hecho, creo que podría decirse que su deseo era tan inconmensurable como la realidad misma a la que estaba ligado. Porque su racionalismo crítico o clasificatorio se articula, rebasando los estrechos límites mundanos de la ontología especial y sobre la consideración de la pluralidad infinita de realidad, hacia la destrucción de cualquier forma de hipóstasis, incluida la sustancialización metafísica del sujeto racional. No sólo las realidades finitas del mundo están llamadas a destruirse o a transformarse en otras, sino que los sujetos estamos llamados, por así decir, a racionalizar por nuestra cuenta una y otra vez la multiplicidad de lo real. Frente a perspectivas particulares, finitas y necesariamente metafísicas, en la medida en que sustancializan el Mundo o alguno de los géneros o partes del mismo, el materialismo filosófico, pienso yo, está constituido sobre la base de que es ilusorio cualquier intento de clausurar completamente la realidad hasta darla por agotada. De ahí, como ha señalado Javier Pérez Jara{ii}, que la filosofía crítica y negativa del materialismo, el conocimiento duramente arañado de las cosas particulares desemboque no ya en Dios, como en la constatación nada escéptica de una docta ignorancia.

Poco más debo decir. Comenzaba este escrito recordando el carácter mortal de los humanos. Es de esperar que la filosofía de Gustavo Bueno, inscrita en su titánica obra, así como los efectos de su vida en nosotros perduren y le den en España y entre los hispanoamericanos eso que los griegos llamaban «kléos»: la fama inmortal.

Rubén Álvarez Arias
Gijón, a 1 de septiembre de 2016.

{i} Estas cuestiones han sido tratadas convenientemente por Peña, Vidal I. (1972): La ontología materialista de Espinosa (p. 387) En Archivum: Revista de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo

{ii} Pérez Jara, Javier (2008): El Ego Trascendental como Ego Lógico en el materialismo filosófico. En El Catoblepas, nš 80, octubre

 

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