El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 189 · otoño 2019 · página 13
Libros

Lucrecio según Caravias

Martín López Corredoira

Reseña del libro de Carmelo Caravias Aguilar, El triunfo de Lucrecio (Ediciones Alymar, Madrid 2018)

cubierta

Admirable reconstrucción de la vida del gran poeta y pensador epicúreo del s. I a. de C. Dado lo poco que se conoce del autor del De rerum natura a través de fuentes fidedignas, es más que probable que muchos de los elementos de la novela histórica sean inventados, aunque con una notable verosimilitud, demostrando Caravias un alto grado de conocimiento de la historia de la época, de las costumbres y acontecimientos de la época romana preimperial. Bien ilustradas quedan las intrigas de lucha por el poder, y cómo en la república, al igual que en las actuales democracias, los altos cargos políticos se consiguen gastando grandes sumas de dinero en propaganda para convencer al electorado, o a través de tejemanejes que el pueblo no ve.

Hay algunos elementos y expresiones lingüísticas que suenan demasiado modernos; el autor se jacta de descubrir en la sociedad en que vivió Lucrecio un sorprendente paralelismo con nuestra sociedad actual, y bien es cierto que la influencia de la cultura romana en nuestras actuales costumbres es enorme, pero se respira también cierta contaminación sobre ciertos usos y modos de pensar o hablar que son más propios de nuestros contemporáneos y que no se entienden bien en la mente de un romano de hace 21 siglos. También, en el aspecto tecnológico, la sociedad romana era bastante avanzada, más de lo que pudiéramos pensar si no conocemos sus desarrollos, pero me parece que Caravias se pasa de frenada en algunos casos, por ejemplo cuando menciona el uso de lentes en tubos para observar el firmamento (telescopio) (cap. 16).

La belleza de los pensamientos del sabio-poeta salpican también las páginas de la novela. Para Lucrecio según Caravias, “ser epicúreo es una vivencia personal e intransferible, es una comunión de la inteligencia humana con el medio natural que la ha hecho posible; no podemos organizar asociaciones, ni hacer listas, ni tener templos, ni mucho menos que nadie firme ni haga nada como un rito de iniciación. Nuestro templo es la naturaleza y nuestro credo la razón y la libertad” (cap. 6); “qué infeliz creerá que él sea una criatura única o especial, más importante para la Naturaleza creadora que las briznas de hierba que arrastra el viento” (cap. 23), “no hay dioses, no hay vida después de la muerte, no somos importantes, nadie nos observa, no hay intencionalidad, somos tan abundantes que a nadie interesamos, no somos significativos mas que para nosotros mismos y, para colmo, todo lo que nos han contado es mentira. Por eso, deseo daros a conocer estas desagradables nuevas en verso, para haceros más dulce la amarga verdad con la miel de la poesía… He seguido la dura senda de la sabiduría, ¡y éste ha sido mi gran Triumphus!”.

También hay en la novela una notable disertación sobre la naturaleza del amor sexual, ilustrada con las múltiples correrías de un Lucrecio bisexual (para deleite de los ideólogos de género actuales defensores del orgullo LGTB) contrastado con un fino sentido observador sobre el juego amoroso en cuanto que juego de poder [para disgusto de los actuales ideólogos de género defensores de la virtud femenina, que no dudarían en calificar de misóginas las palabras de Lucrecio según Caravias “¡Malditas mujeres, todas son unas lupae, taimadas y posesivas y dominadoras! Todo el día con afeites e intrigas para traer a su lecho al varón y humillarnos finalmente por nuestro deseo incontrolable. Nos quieren dirigir en todo momento con sus encantos y, si no accedes a sus caprichos, nos retiran sus favores. (…) y si no les proporcionas el nivel de vida social que exigen para no ser menos que sus vecinas, morros y abstinencia vaginal” (cap. 15)].

Por más que es conocido lo avanzado del pensamiento de Lucrecio con respecto a la época en que vivía, no deja de sorprender en esta novela encontrarse con un Lucrecio hablando del atomismo que inspiraría la física moderna, o de ideas similares a la evolución y selección natural de Darwin, del principio de inercia de Galileo (“Es verdad que en el aire ó en el agua // aceleran los cuerpos su caída // según su pesadez, porque las aguas // y el fluido del aire a todo cuerpo // le ofrecen una distinta resistencia: // ceden paso más fácil a los más graves, // Mas no sucede así en el vacío; // (…) // No puede, pues la materia más pesada // caer encima de la más ligera”), o el origen de las enfermedades infecciosas al estilo de Pasteur (“Te explicaré ahora cuál es la causa de las enfermedades, de dónde viene tan de súbita esta fuerza maligna de esparcir la muerte entre hombres y rebaños. En primer lugar mostré más arriba que hay gérmenes de numerosas sustancias que nos dan vida y, al contrario, es innegable que vuelan por el aire muchos gérmenes de enfermedad y de muerte”). Si bien el sabio-poeta no aporta demostraciones científicas a sus conjeturas en verso, desde luego resulta de una intuición apabullante. El triunfo de Lucrecio es haber conseguido impresionar con la belleza de sus versos a tantos amantes de la filosofía natural que han vivido muchos siglos después.

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