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El Catoblepas, número 97, marzo 2010
  El Catoblepasnúmero 97 • marzo 2010 • página 17
Cine

El fundamento luterano de la obediencia en dos películas del cine alemán: El Experimento y La Ola

José Antonio Santiago Sánchez

De como el voluntarismo de la libre conciencia sin contenido termina en la adoración y temor por partes iguales respecto al poder y la doctrina

El ExperimentoLa Ola

En este artículo se propone establecer una semejanza material entre dos películas del cine alemán contemporáneo: La Ola y El Experimento. Y se trata de hacerlo a partir de la conocida defensa luterana de la obediencia del cristiano, así como de su fundamento psicoanalítico, según el cual, la realidad del ser humano se forma en una sempiterna paradoja entre la determinación de la Gracia, el Estado o, en definitiva, lo exterior, frente a la irreductible libertad interior de la conciencia.

Los filmes que nos ocupan, a saber, La Ola (Die Welle, Denis Gansel, Alemania 2008) y El Experimento (Das Experiment, Oliver Hirschbiegel, Alemania 2001) han conseguido un lugar destacado dentro del cada vez más pujante cine alemán, el cual ha estado recluido durante décadas, desde los estertores del Neuer Deutscher Film a finales de los años ochenta del pasado siglo, en una más que discutida discreción.

Se trata de dos películas que han participado en varios y prestigiosos festivales de cine internacional y que han obtenido un gran éxito de crítica y público, no solo en Alemania, sino también fuera de sus fronteras. Comencemos por presentar brevemente cada uno de ellos, para posteriormente establecer su comparación y análisis a la luz de las coordenadas luteranas antes mencionadas.

El Experimento narra la historia real de un grupo de personas que se ofrecen para formar parte de una investigación científica sobre la obediencia. En dicha investigación, los participantes se dividirán en dos grupos al azar: unos serán carceleros y otros reclusos. A medida que el experimento se va desarrollando, los actores participantes van asumiendo de tal modo sus roles, que finalmente la situación se desborda, provocando una sublevación real de los presos frente a los reclusos.

La película se inspira en una novela que en 1999 el escritor italiano Mario Giordano, publicó con el título de La Caja Negra. El propio autor, de hecho, participó en la elaboración del guión del film. Dicha novela a su vez evoca los hechos reales que sucedieron en base a un experimento realizado en una prisión simulada en los sótanos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Stanford en los EEUU, liderado por el psicólogo social Philiph Zimbardo, en el que se pretendía estudiar las respuestas humanas a la cautividad y a la obediencia, en particular a las circunstancias reales de la vida en prisión y los efectos de los roles sociales impuestos en la conducta. Los acontecimientos datan del año 1971, aunque los resultados no fueron publicados por Zimbardo y sus colaboradores hasta bien entrado 1974.

Se comenzó reclutando voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión que los participantes sabían que era ficticia. Al cabo de una semana, sin embargo, el experimento se les fue pronto de las manos, debido a la pérdida de control de los roles por parte de los participantes y fue cancelado al cabo de poco más de una semana. Dicha investigación fue ampliamente criticada por su falta de ética y considerada poco rigurosa según la exigencia del método científico. Los críticos incluyen a Erich Fromm, el famoso autor de El miedo a la libertad que cuestionó si se podrían generalizar los resultados del experimento.

No obstante, el experimento de la cárcel de Standford, no es novedoso. Se remonta a otro anterior, realizado por el profesor Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) y resumido en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view (Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental). El fin de la prueba era medir la buena voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad, aún cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.

Los experimentos comenzaron en julio de 1961, tres meses después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi. El fundamento de la defensa de Eichmann fue el hecho de que él «solo cumplía órdenes». Su testimonio fue recogido por Hannah Arendt, corresponsal del The New Yorker a Israel, la cual posteriormente haría célebre y polémico el término «banalidad del mal», dando a entender que la mayoría de los ejecutores nazis no eran más que seres humanos normales que obedecieron sin cuestionar a una gran y racional maquinaria burocrática.{1} Es por ello que Milgram idearía estos experimentos para comprobar si, en efecto, los resultados de la obediencia en el ser humano podían conllevar tales consecuencias. Sin embargo, dejando a un lado las más que posibles conexiones de Lutero con el nazismo, nosotros nos preguntamos si esta atadura psicológica a la obediencia que muestran ambos filmes no corresponde a un modo de ser propio del luteranismo alemán adoptado durante siglos en Alemania, país del que proceden ambas cintas.

A pesar de las múltiples críticas que se vertieron al respecto de los experimentos de Milgram y el posterior de Zimbardo, y que se describían como aterradores en sus implicaciones acerca del peligro que amenazaba «el lado oscuro de la naturaleza humana», los investigadores declararon su satisfacción en el análisis de los resultados, los cuales, según señala Zimbardo, en su publicación sobre el experimento de Standford (Reflections on the Stanford Prison Experiment: Genesis, Transformations, Consequences), «nos debe obligar a replantearnos nuestra concepción autónoma, racional y monolítica que tenemos del sujeto.»

* * *

El filme La Ola narra la historia del profesor Rainer Wenger (interpretado por el actor alemán Jürgen Vogel) y su proyecto semanal en una clase de educación secundaria, en la cual Wenger enseña a sus alumnos el tema de la autocracia como forma de gobierno. A ese respecto, los jóvenes estudiantes se muestran escépticos ante la idea de que pudiera volver una dictadura como la del Tercer Reich en la Alemania contemporánea, ya que no encuentran peligro de que el nacionalsocialismo vuelva a hacerse con el poder, pues la sociedad civil ya habría tomado una auténtica «conciencia democrática». Así las cosas, el profesor Wenger –que en principio instó a que le asignaran el tema de la anarquía– decide empezar el taller sobre la autocracia de no muy buen grado a partir de un experimento en el que demostrar a sus alumnos lo fácil que sería manipular a las masas. El hecho es que en el transcurso de muy pocas semanas consigue que cada día los alumnos siguieran una nueva regla, hasta lograr, por ejemplo, que todos ellos entrasen a su aula e inmediatamente, se sentaran con actitud atenta y con la espalda bien recta, resueltos a iniciar la clase. El interés por la forma según la cual se ejecutaban esas clases creció, haciendo que jóvenes de otros cursos se cambiaran de taller hasta que el aula de Wenger se hizo un curso numeroso, y su grupo inicial desbordó las paredes del aula, derivando en fanatismo. Dicho grupo llega incluso al extremo de inventar un saludo y a vestirse de camisa blanca. El popular curso se decidió llamar «La Ola», y a medida que pasaban los días, «La Ola» comenzaba a hacerse notar mediante actos de vandalismo, todo a espaldas del profesor Wenger, que acaba perdiendo el control de la situación y es detenido por la policía por inculcar malas doctrinas, así como por ser responsable de la muerte de un alumno disidente al que Tim, el miembro más fanático de La Ola, asesina.

La Ola está asimismo basada en la novela homónima de Todd Strasser, Morton Rhue (1981), inspirada a su vez en otro experimento realizado en los EEUU en el año 1967 por un profesor de un instituto de Palo Alto (California), llamado Ron Jones, en el cual el personaje de Wenger se inspira, y cuyos resultados publicara en un libro titulado precisamente La Tercera Ola. En él, Jones expone cómo convence a sus alumnos de que la democracia enfatiza el individualismo, haciendo hincapié en ello a través de su lema: «Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo.»

¿Resulta acaso mera coincidencia que en el plazo de pocos años en un mismo país como Alemania se sucedan dos filmes tan semejantes? ¿Se debe acaso a una mera razón de éxito de público? ¿Tal vez a su, más o menos evidente, apelación a la comprensión del nazismo? Sin embargo otros filmes de habla alemana como la recientemente premiada en Cannes La cinta blanca (M. Haneke, Austria, 2009), tocan el tema de una forma muy parecida. Nosotros pensamos que, con todo y con independencia del peso que estas razones pudieran tener (y que se ve reflejado en el éxito de otras películas alemanas similares como Antikörper, del año 2005), la fascinación que el planteamiento de ambas películas ha producido en Alemania responde a una preponderancia del luteranismo psicologista en su cultura, muy propio de las sociedades reformadas como Alemania o los EEUU, país este en el que los experimentos sociales tuvieron lugar realmente, y que sirvieron, como hemos dicho, de base para ambos filmes.

La base inicial de la que podría partirse para establecer el paralelismo entre ambas películas sería el más que interés desplegado respecto de la maleabilidad psicológica del ser humano. Se trata de un intento que parece poner en evidencia el hecho de que la conciencia y, por ende, el comportamiento de un individuo puede ser moldeado fácil y unidimensionalmente por acción de un medio entorno adoctrinador. Según esta lección, buenas personas pueden ser inducidas, seducidas o iniciadas a un comportamiento que las convierta en malas personas en lo que el propio Zimbardo, responsable –como hemos indicado más arriba– del experimento de Standford, denomina «situaciones totales» (total situations) que pueden transformar la naturaleza humana de forma que pongan seriamente en tela de juicio el sentido que tenemos de la estabilidad y la consistencia del individuo, su carácter y moralidad. En opinión de Zimbardo, esto es lo que ocurrió, por ejemplo, en los campos de concentración del III Reich alemán, o, más recientemente, en las atrocidades cometidas en Bosnia, Kosovo, Ruanda y Burundi, entre otras. Ello sucede sobre todo en el flagrante caso de personajes como el del guardia Berus (Justus von Dohnany) en El Experimento o Tim (Friedrich Lau) en el caso de La Ola, los cuales se representan como los más pacíficos y mansos participantes, pero que finalmente terminan asumiendo su papel del modo más radical, hasta desentrañar la verdadera personalidad que tenían oculta, el verdadero «demonio interior».

En esta misma línea, el profesor Zimbardo, en un libro titulado El efecto Lucifer o El porqué de la maldad (Barcelona, Paidos, 2008) resume toda esta mezcla de fascinación y miedo a partes iguales que, al parecer, evidencian los países de tradición reformista por el peligro que, a través de un poder exterior y manipulador, puede conllevar un cambio radical de la conciencia individual, convirtiendo al sujeto en alguien «absolutamente desconocido para sí mismo». Se trata, por tanto, de una supuesta llamada a preguntarse «quiénes somos». La misma llamada, casi histérica, que Lutero, «incansable hostigador de sí mismo»{2} al decir de Heiko Obermann, se hacía, y que nunca llegaba a su fin, pero que, sin embargo, constituía para el Reformador la verdadera vida interior del auténtico creyente: la incansable pregunta por el sí mismo ante la poderosa e insondable Autoridad que resulta más alabada y temida por cuanto más absurda y escondida se manifestaba. Tal vez resulte este mismo hostigamiento la causa de la fascinación y respeto casi religioso a partes iguales que el luteranismo sentía por la autoridad, así como la subsecuente obediencia práctica a esta. Solo de este modo, la fe luterana podía rendir su status y ponerse a prueba del mismo modo a como lo hacía ante la Gracia. «Y me hundo en mí mismo y no me toco», dicen unos versos de Octavio Paz.{3}

En efecto, la concepción luterana de la autoridad civil o religiosa, más que auspiciada por el miedo totalitario a anular las voluntades individuales en una Voluntad General o Voluntad Suprema (cuya línea tampoco parece en absoluto descartable dada la más que razonada filiación nazi a Lutero{4}) se sustentaría hoy día más bien en la idea democrática según la cual, al igual que ocurre con la Gracia Predestinante, todos los individuos, sean o no delincuentes y, por tanto, con independencia de su responsabilidad civil, tienen derecho a participar en el sistema social, esto es, a ser salvados. Y es justamente por ello, por lo que se precisaría –según Lutero– un gobierno civil fuerte. Al prescindir de la mediación eclesiástica, Lutero secularizó la libertad voluntarista de la Gracia en la conciencia, y asimismo, la infalible gobernabilidad de la Misma en el Estado, todo ello dentro del conjunto del plan salvífico.

Por ello, decimos, el neurótico prurito protestante –extendido y popularizado posteriormente en la cultura occidental– por alcanzar un auténtico libre arbitrio debajo de todos los roles y todas las máscaras del yo antes de que lo hiciera el psicoanálisis, resulta justamente la razón misma por la que el propio Lutero exhortaba a obedecer a la autoridad civil y ser fiel a la obediencia del poder, pues ante él, como ante la Gracia santificante, el individuo predestinado solo puede dudar angustiosamente de la autenticidad interior, de su grandeza y bondad, horro de sus soteriológicamente inocuas acciones. De este modo, el ominoso mensaje de Freud vino a confirmar lo que ya Lutero había anticipado. Esta sería la base de la permanente y angustiosa duda luterana ante un Pecado irremisible que condena permanentemente al sujeto, y en cuya condena, justamente el sujeto busca la certeza de su salvación sin recabar en las consecuencias de sus acciones. Se trata de la misma duda, tratada en tantos filmes –no precisamente elaborados en países de tradición católica– por la que el sujeto se encuentra siempre tentado hacia el Mal (el Pecado luterano) y la Caída de su condición, provocándole una neurosis que desembocaría en lo que Freud llamaría una pulsión transgresora de las normas.

De aquí resulta, en parte, la fascinación de la psicología elaborada y desarrollada por los pedagogos, educadores orientadores y formadores de grupos que copan las instituciones, centros educativos y empresas públicas o privadas. Se trata de expertos en psicología de grupos, los cuales pueden hacer cambiar la perspectiva que sobre sí mismo podría tener el sujeto y ayudarle a «conocerse a sí mismo» frente a sus asombrosas reacciones en situaciones extrañas, en las que el individuo mostraría su «cara oculta». Ello, por tanto, permitiría iluminar la conciencia del individuo, haciéndole ver lo fácilmente que caería presa de un poder manipulador o dictatorial, y lo expuesto psicológicamente que estaría. En este sentido, el señor Wenger de La Ola, él mismo caracterizado en el filme como un progresista profesor de pasado okupa, es capaz de convertirse, a través de su «doctrina para la ciudadanía» en el líder espiritual de todo un movimiento social desbordado, habiendo hecho aflorar lo más oscuro de la personalidad de cada uno de sus alumnos y por ello, erigiéndose en responsable de todo el ominoso entramado. De la responsabilidad de los alumnos que siguen ciegamente sus órdenes, así como de los presos mentecatos de El Experimento que se toman a vida o muerte el desempeño de una labor por la que irían a cobrar doscientos dólares –tal y como confesaron ellos mismos– no se dice nada en los filmes. Nada sobre la responsabilidad de los que libremente obraron así.

Sin embargo, es esta misma ausencia de responsabilidad mediante las obras externas la que fundamenta esta, digamos, «esclavitud» luterana a la libertad de conciencia. No en vano, la psicología (término introducido por el escolástico protestante Rudolf Göckel hacia 1590) ha resultado el mayor y más eficaz instrumento de control social de los individuos en el capitalismo occidental. Su radio de acción, como hemos dicho, se encuentra por doquier, desde la publicidad hasta los recientemente descubiertos métodos de voluntarismo motivacional que los entrenadores de la Liga española de fútbol utilizan con sus pupilos para ganar partidos. Bajo estas prerrogativas se encuentra la base de todas las teorías psico-pedagógicas del «enriquecimiento personal», el «descubrimiento de sí», pero también de la agonía de un yo insaciable de voluntad que desea descubrirse introspectivamente, –sola fides– sin caer en la hipocresía e instrumentalización doctrinaria y dogmática de las obras exteriores, ni tampoco en la firmeza –base de la virtud intelectualista de Spinoza– forjada a base de la acción responsable.

Y sin embargo, desde estas mismas coordenadas psicologistas, parece explicarse también la caída humana en los totalitarismos, como sucede en el caso del psicoanálisis de Eric Fromm o el pensamiento de de Martin Heidegger, cuyo «miedo a la libertad» por un lado e «inautenticidad» por otro convierten a la Sociedad y la Cultura en fuerzas poderosas para moldear al hombre, como si estas no se hubieran constituido como un proceso consciente y responsable de sus acciones mismas, y no una dimensión demonizada y ajena a la propia realidad conductualmente responsable del sujeto.

Por otro lado, en ambos filmes subyace la tan troquelada moraleja humanista, de evidente tendencia Reformada y kantiana, de que el individuo constituye una joya en sí mismo de inmenso valor. Dicha consigna se ha extendido en el mapa de las ideas socioculturales y políticas de nuestra Europa actual. De este modo, el sujeto no puede convertirse en un medio para adoctrinar o manipular, sino que él mismo se constituye como un fin en sí mismo, en virtud de su dignidad e irreductible libertad de su conciencia.

A consecuencia de todo ello, la racionalidad de la acción en la que se confiaba durante la época ilustrada se tornó dramáticamente, después de la Primera Guerra Mundial, en unas oscuras e irracionales conductas, tendencias supuestamente arraigadas –en coherencia– en la conciencia del hombre occidental. Esta presunta y súbita «explosión de irracionalidad», cuyas expresiones habrían abarcado todos los aspectos de la cultura, se manifestó en el campo político con lo que Eric Fromm popularizó –tal y como ya hemos mencionado– con el término «miedo a la libertad». Es aquí donde el psicoanálisis se revela como un insustituible instrumento para sondear los procesos profundos que han llevado a esta aparente paradoja. El análisis de Fromm confirmaría entonces sobre el plano psicológico lo que El Experimento y La Ola parecen mostrarnos con un mensaje tan comercial como apocalíptico y demonizador: que el fascismo, esa expresión política del «miedo a la libertad», no sería un fenómeno accidental de un momento o de un país determinado, sino que se constituiría como la manifestación de una crisis profunda que abarcaría los cimientos mismos de nuestra civilización.

Desde este punto de vista protestante, el individuo lucharía agónicamente en busca de su autenticidad, perdiendo el miedo a la libertad, y enfrentándose al horror de la caída en la inhumanidad, que no sería más que el miedo a un sí mismo tan insondable como el Deus absconditus de Lutero. Un horror similar al que el Reformador alemán experimentaba en sus accesos místicos por la consumación final en las llamas de un Infierno ya predestinado. A este respecto los versos que el muy reformado poeta John Milton en su Paraíso Perdido toman pleno significado: «la mente es su propia morada y por sí sola / puede hacer del cielo un infierno y del infierno un cielo» (I, 254-5) ya que en definitiva, dirá Milton más adelante: «yo mismo soy Infierno, y, en el más profundo abismo, un abismo profundo, ampliamente abierto, amenaza devorarme; en comparación con el Infierno que sufro es parecido al Cielo» (IV, 75-8)

Todo ello parece pivotar sobre una misma paradoja en la que el agónico existencialismo psicologista de Lutero se basaba: el pánico protestante por no adoctrinar y ser adoctrinados en nuestra conciencia, y por ello, «rendirla» siempre libre como en un perpetuo «día de reflexión». Se trata de un fantasma que recorre Europa, el de la lucha por la libertad de conciencia. Según este nuevo fantasma –de clara influencia Reformada como decimos– las democracias europeas solo podrían subsistir si se logra un fortalecimiento y una expansión de la personalidad de los individuos, que los haga dueños de una voluntad y un pensamiento auténticamente propios.

En este sentido, si bien Lutero no se caracterizó por ser un humanista, su teoría del libre examen podría tomarse como un emblema del antropocentrismo teológico, según el cual el ser humano es un Dios en la Tierra, y ha sido creado a su imagen y semejanza. El voluntarismo divino propio de la Reforma pasa a ser espejado en la conciencia interior de cada creyente (que no practicante). En este sentido, la derivación pietista posterior –muy influente en la formación de Kant– resulta muy importante, pues frente a la dicotomía entre el prurito a la letra bíblica y a la voluntad subjetiva en la que la Reforma post-luterana se había abocado, autores como Spener, Zinzendorf y Arnold{5} ponen el énfasis en esta última, estableciendo toda una corriente humanista que basa en un plano sentimentalista y fideísta la inviolabilidad casi sagrada de la naturaleza humana. Se trata de la misma corriente, cuyos presupuestos consideran los experimentos de carácter skinneriano como el de Milgram una prueba de la deshumanización, así como un insulto a la dignidad humana. De ahí el temor, y por consiguiente el odio, a la caja de Skinner, la Caja Negra, novela de la que, como hemos dicho, el filme El Experimento está inspirado. Tanto esta como La Ola, coinciden en su advertencia sobre las terribles consecuencias a que podrían conducir fenómenos como el totalitarismo o la experimentación psicosocial con personas sin límites ético-valorativos capaces de abocar a los demás hacia el Mal. Estas cajas son, según este beato humanismo neo-protestante y kantiano, las prisiones de El Experimento, pero asimismo las aulas de La Ola donde pueden estar escondidos esos malvados doctrinarios que pueden –con mala voluntad y malas artes– hacer caer las mentes de nuestros hijos y ciudadanos en un lado oscuro de sí mismos que ni siquiera ellos conocían.

Y sin embargo, volvamos a la firmeza spinozista y a la lección que Platón nos imparte a través de la figura del voluntarista e inmaduro Alcibíades{6} al cual Sócrates le insta a conocerse a sí mismo antes de sumergirse sin retorno en la vida pública de un modo harto distinto al modo voluntarista, psicologista y agónico de Lutero.

Así lo exponen las magníficas palabras de Epicteto, que tomamos prestadas de un artículo reciente de Fernando Rodríguez Genovés en estas mismas páginas. Con ellas terminamos{7}:

¿Acudo al maestro como el que acude al oráculo, dispuesto a obedecer? ¿O también yo voy a la escuela lleno de imbecilidad sólo a aprender la historia y a conocer los libros que antes no conocía y a explicárselos a otros si se tercia?» [...]
Y vosotros, hombres, curaos primero las úlceras, detened las diarreas, serenad la mente, traedla a la escuela sin distracciones, y comprenderás cuánta fuerza tiene la razón.» (Epicteto, Disertaciones, II, 21, 8-23).

Notas

{1} Vid. Gustavo Perednik, «Sapiencia psicológica a partir de Eichmann», en El Catoblepas, 52 (2006), http://nodulo.org/ec/2006/n052p05.htm.

{2} H. Obermann, Lutero. Un hombre entre Dios y el diablo, Alianza, Madrid 1992, pág. 34.

{3} Octavio Paz, Obra poética 1935-1998, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona 2004, pág. 70.

{4} Vid. Leoncio González Hevia, «El régimen nazi y su germanismo protestante», en El Catoblepas, 33 (2004), http://nodulo.org/ec/2004/n033p20.htm.

{5} Vid. A. Ginzo, Protestantismo y filosofía, Servicio de Publicaciones de la UAH, Madrid 2000.

{6} Vid. Fernando Rodríguez Genovés, «La lección de Alcibíades», en El Catoblepas, 42 (2005). http://nodulo.org/ec/2005/n042p07.htm

{7} Fernando Rodríguez Genovés, «Cuidado con la política», en El Catoblepas, 96 (2010). http://nodulo.org/ec/2010/n096p07.htm

 

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