El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 213 · octubre-diciembre 2025 · página 5
Voz judía también hay

Filosofía del 7 de Octubre

Gustavo D. Perednik

Análisis del paralelo entre dos puntos de inflexión en la historia judía moderna


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Víctimas de los pogromos en Rusia y víctimas del 7/10

En la historia mundial, se requiere una perspectiva de muchos años para calificar a ciertos sucesos de bisagras, para reconocer eventos que clausuran etapas o fecundan una nueva conciencia sobre el destino humano. Por ejemplo, el Terror jacobino de 1793, epítome del fracaso del racionalismo Occidental. O bien la Shoá, un siglo y medio después, puede considerarse como el nadir moral de la humanidad, o el despeñe del Romanticismo a su fruto pútrido y postrero. Sobre el segundo ejemplo, cabe agregar que el rol del Holocausto como punto de inflexión para la filosofía de la historia, fue erosionado durante el reciente bienio, debido al resurgir global de la judeofobia que vuelve a culpabilizar a los judíos por los crímenes que contra ellos se cometen.

En las historias nacionales, más focalizadas, la calificación de acontecimientos como determinantes puede demandar menos tiempo. Más específicamente, en la historia judía, el 7 de octubre de 2023 ya se perfila como bisagra histórica. No sólo por la invasión genocida de Hamás y su despliegue de violencia sin parangón, sino por la concomitante campaña global para deslegitimar a la víctima. La ola judeofóbica no fue una reacción por acciones cualesquiera del Estado hebreo, ya que sobrevino raudamente apenas perpetrado el genocidio. Durante los desmanes antisionistas en los campus universitarios, las masas estudiantiles no reaccionaban; vociferaron antes de que el ejército israelí siquiera atinara a efectuar su operativo de autodefensa. Más que una protesta, se generó un espaldarazo al terrorismo islámico; un aplauso al sadismo. En otras palabras: la invasión devastadora a las seis aldeas colectivas (kibutz) que lindan con Gaza, por un lado, y por el otro, la agitación en numerosas ciudades y universidades de Occidente, fueron una sola y única irrupción, un mismo desenfreno general contra el judío, orquestada bajo tretas y consignas elocuentemente homogéneas. 

El caldo de cultivo de la agresión había sido la latente judeofobia, cebada por un adoctrinamiento que terminó encendiendo los rancios mitos sobre un judío maligno y peligroso, mitos que hoy se reeditan en calumnias de genocidio y hambreamiento. Tales patrañas socavan al judío de los países que se defiende de terroristas que promueven abiertamente un nuevo Holocausto.

Hace unas semanas, y obviando la evidencia que lo desmiente, el arzobispo de York Stephen Cottrell acusó a Israel (18-11-25) “de cometer actos genocidas”. La expresión, más dilatada que el mero “genocidio”, consigue abarcar, a la medida de cada gusto y postura, una vasta gama de acciones. El eclesiástico tampoco se privó de repetir las soflamas “apartheid” y “limpieza étnica”, a fin de sostener el adefesio que envuelve a Israel. Remedó el discurso del sacerdote nicaragüense Miguel D’Escoto, en 2008 desde el podio de las Naciones Unidas: “no permitiremos que Israel crucifique a los palestinos”. El ardid radica en elegir una voz precisa para perpetuar el vetusto prejuicio.

Es ilustrativo trazar un paralelo entre el 7/10 y otro momento trascendental de la historia judía moderna: el 15/4/1881. Ambos sellaron un giro cardinal, primeramente en los hechos. En la Pascua de 1881, en la ciudad ucraniana de Elizabethgrad{1}, hordas armadas se lanzaron a mansalva a arrasar a la comunidad israelita, indefensa y desprevenida, y así se inició la era de los pogromos: una larga serie de desmanes judeofóbicos bajo la égida del zar Alejandro III. La tormenta se detuvo en 1884 y se reinició arrasando a 166 aldeas y a miles de hogares. El pretexto fue que “los judíos” habían consumado, un mes antes, el regicidio del “Zar Libertador”. En pretendida “respuesta” se perpetraron pogromos que durante cuatro décadas, y en tres olas de furor creciente, causaron decenas de miles de muertos e innumerables mutilados y heridos.

Como en el 7/10 de casi un siglo y medio más tarde, el terror se descargó inesperadamente contra la población civil, por medio de violaciones, incendios, asesinatos y ultraje. Hasta aquí el parecido histórico, aunque el símil entre las dos fechas invita a un análisis filosófico.

 
La muerte de una ilusión

Desde la perspectiva de la filosofía de la historia, ambos sucesos fueron efecto de un causal exógeno, y provocaron una nueva conciencia en la víctima. Por un lado, asestaron un violento manotazo que procuraba detener la creciente aceptación del judío en el entorno; por el otro, desmoronaron en una buena parte de los judíos una larga y vana quimera. 

El malogrado Alejandro II había abierto la sociedad rusa, cautivando a muchos intelectuales y estudiantes judíos hacia la tendencia asimilacionista que a la sazón venía importándose de Occidente. Muchos judíos rusos devinieron en periodistas, artistas, abogados, novelistas, compositores; sobresalieron en la vida económica y política. La prensa y literatura judías florecieron, especialmente en hebreo y en ídish; también en ruso. Lev Levanda exhortaba a “despertar bajo el cetro de Alejandro II”, en cuyo honor Zvi Dainov publicó una homilía.

Bruscamente, los pogromos deshicieron esos sueños. No habría armoniosa integración a la sociedad; la Emancipación de los judíos resultaba utópica. Nunca obtendrían verdadera igualdad de derechos, y la rampante judeofobia les impediría la convivencia. Una ideología fue vapuleada por el sacudón: la Hascalá, el Iluminismo hebraico continuador de la Ilustración, que probaba haber sido un autoinfligido espejismo. La dolorosa desilusión empujó a los iluministas a abrazar el sionismo. Los pogromos se sucedían de aldea en aldea, y de capital en capital: el peor de ese año fue el de Kiev (26/4/1881). El de Kishinev (6/4/1903), el más sanguinario hasta ese momento, inspiró al máximo poeta hebreo de marras, Jaim Najman Bialik, a escribir versos trágicamente clásicos:

Si vas a la ciudad del exterminio, / contémplala, y palpa con tus manos
vigas y muros amontonados / y la sangre coagulada de los niños.
De acacias respiras un aroma / que exhala hedor de primavera.
El sol y el asesino están afuera;  / del estiércol de cerdo, muerte asoma.
Somos una débil minoría, / verdugo, ¡hacha el cuello!
Mi corazón es puro desconsuelo / y toda la tierra es horca mía.
¡Emerja ya la justicia por mi gente! / y no después de mi estertor.
Ni Satán sabe vengarse por / la sangre de un niñito inocente
.{2}

En retrospectiva, la enorme frustración fue un mal necesario: los judíos, desesperados, asumían las riendas de su propio destino y se disponían a reconstruir su propia tierra ancestral. De las tinieblas, emergía el sionismo realizador. Uno de sus pioneros, Jaím Hisin, confesaba: “Los recientes pogromos han despertado con violencia a los complacientes judíos de sus dulces sueños. Hasta hoy, mi origen no me interesaba”. 

En Europa Occidental, el sopor se prolongó una década más. Los judíos continuaron mayormente aferrados a que jamás los defraudaría el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Hasta que los defraudó con un nuevo sacudimiento histórico: el Caso Dreyfus, que conmocionó a Francia durante doce años bajo el grito de “Muerte a los judíos”. Tampoco aquí se trató de una reacción, en este caso por la inaudita acusación contra el único militar judío quien, para colmo, estaba patentemente desvinculado de sus raíces. Más que reacción fue, como en Rusia, y como el 7/10, la explosión del odio latente.

 
La nacionalización en la actualidad

Una gran diferencia entre el 15/4/1881 y el 7/10/2023 es que, mientras en el primero se atacaba a los judíos como individuos, para cercenar su marcha hacia la igualdad de derechos, en el 7/10/23 se arremetió contra la nación, truncando el avance del Estado judío hacia la paz con todos sus vecinos.

Para entenderlo, ayudará el término “nacionalización” con el que hemos venido describiendo eldeslizamiento del blanco del odio antijudío hacia la nación judía. Es decir: en lugar de apuntar contra el individuo judío, contra su religión o su comunidad, la vieja animadversión pasó a descargarse principalmente contra el Estado de Israel. Nos hemos explayado sobre cómo ocurre el proceso de nacionalización en varios mitos de la judeofobia: en el libelo de sangre, el deicidio y el dominio mundial.

En términos generales, la nacionalización de la judeofobia consiste en deshumanizar al Estado judío, del mismo modo en que obró contra los judíos por milenios. Para ofrecer dos ejemplos recientes: el gerente del restaurante vigués Mimassa expulsó del local (9/7/2025) a varios comensales por ser israelíes, y el cantante Chris Martin espetó (31/8/25) a dos asistentes israelíes en el estadio londinense de Wembley que “las trataría como seres humanos”. Los dos casos, aparentemente inocuos pero manifiestamente impunes, no requieren de explicaciones. Aclarado el concepto de nacionalización, veamos cómo el 7 de octubre de 2023se nacionalizaron los dos mentados aspectos: el freno a la igualdad de los judíos y el derrumbe de una ilusión.

A fines de septiembre de 2023, era inminente un acuerdo de paz entre Arabia Saudí e Israel, tal como había dado a entender a la cadena Fox el príncipe regente, Mohamed Ben Salman (21/9/23). Dicho acuerdo habría pavimentado el camino para muchos más, en el contexto de los “Acuerdos de Abraham” (15/9/2020). El fin del estado de guerra habría resultado en la integración del Estado judío a la región, y en el rezago de los ayatolás a los márgenes de la historia. Por ende, Irán instigó a su agente el Hamás para que consumara el plan del terror. Esta secuencia de los hechos se explicita en las cartas de Yihia Sinwar, el entonces cabecilla de Hamás y proyectista del 7/10, quien fue ajusticiado un año después.

Puede entenderse que, del mismo modo en que los pogromos expresaron el rechazo de la Rusia zarista ante la posibilidad de Emancipación de los judíos, el 7/10 expresó el rechazo  islamista ante la posibilidad de la integración del Estado hebreo. En ambos casos, se golpeaba al judío para detener el progreso

 
Cuatro nacionalizaciones adicionales

En Gaza, Hamás es un tentáculo de Irán en el Medio Oriente, es un tramo de la soga en derredor del Estado judío con la que se tramaba ahogarlo: Hizbolá en el Líbano, los Assad en Siria, los hutíes en el Yemen, los islamistas chiítas desde Iraq, y el propio Irán. En distintas medidas, todos ellos fueron derrotados en los dos años de la Guerra del Renacer, como se la denomina en Israel. Al ver desbaratado su designio, los ayatolás aceleraron su programa atómico y 20.000 misiles balísticos prestos para “borrar a Israel del mapa” (un objetivo que nacionaliza la previa amenaza nazi de exterminio). Israel neutralizó el peligro por medio de la operación “Pueblo como león” (13-24/6/25) que neutralizó la capacidad nuclear iraní.

Otros tres rasgos de la judeofobia también se nacionalizaron: la mentada desilusión, la sinergia negativa, y el auto-odio, los tres extrapolados al Estado de Israel.

A partir del 7/10, el desengaño no resultó, como en el caso europeo, de no poder integrarse a la sociedad circundante, sino de la imposibilidad de un eventual Estado palestino que aspire a convivir en paz. Como hemos explicado, la raison d’être del palestinismo siempre fue, y es, la destrucción del Estado judío, con ausencia de todo objetivo constructor. La incitación a un Estado palestino, lejos de acercar una solución, constituye el núcleo del problema. La barbarie del 7/10 goza de abrumadora aprobación entre los palestinos, a pesar de que ha desenmascarado la esencia del único Estado palestino de la historia: el que en la práctica existió durante dieciocho años en Gaza, del 12/9/2005 al 28/10/2023, es decir: desde que Israel evacuó unilateralmente hasta el último milímetro del territorio, hasta que comenzó la operación militar hebrea en Gaza propiamente dicha. Ese Estado palestino había dedicado todas sus energías y la interminable ayuda internacional a montar una bomba social de resentimiento y militarización que estalló el 7/10.

La sinergia de la judeofobia es el encarnizamiento contra la presencia judía en cada resquicio social: el Derecho, el periodismo, el comercio, la academia, todo. El nazismo llevó esa supuesta omnipresencia de lo judío a un nivel de obsesión psicopática, e inventó una suerte de cosmología que alertaba sobre el peligro de la “raza judía” en el pensamiento, la ciencia, el arte, e incluso el “ajedrez judío”. De modo similar, a partir del 7/10, el palestinismo se lanzó a invadirlo todo para expulsar a Israel de campeonatos deportivos, festivales de cine, cátedras universitarias, etc. En sus palabras, se proponían “globalizar la intifada”.

Finalmente, el proceso de nacionalización también abarcó al llamado “auto-odio judío”, es decir la judeofobia ejercida por una pequeña y peculiar minoría. En estos dos años, llamaron la atención entregas de premios en las que cineastas de ascendencia judía abusaron del escenario para insultar a Israel{3}, sino también israelíes que no trepidaron en demonizar a su país, por medio de tergiversar la legítima autodefensa contra el terrorismo islamista para presentarla como una cruzada de matanzas y hambreamiento. El historiador Avi Shlaim (n. 1945), por ejemplo, daba la bienvenida a “la implosión del sionismo” y el veneno del auto-odio israelí nacionalizaba al viejo auto-odio judío. Hace cien años, el periodista austriaco Arthur Trebitsch imploraba a la “Alemania aria” que lo liberase de su judeidad y matara a todos. Hoy en día, hay israelíes que emprenden “la liberación” sumándose a la devastación islamista. 

En retrospectiva, ni el 15/4/1882 ni el 7/10/2023 produjeron estrictamente novedades, ya que se habían producido “pogromos tempranos” antes del de Elizabethgrad (como en Odessa hace dos siglos), y también hubo terrorismo palestino durante un siglo. Pero las dos fechas analizadas fueron puntos de inflexión. La primera puso en movimiento al sionismopráctico y realizador. La segunda despertó un visible patriotismo entre los jóvenes israelíes, que combatieron durante dos años con un heroísmo ejemplar. Por sobre toda novedad, el 7/10 también puso de relieve, una vez más, la sinonimia entre antisionismo y judeofobia.

——

{1} Hoy Kropivnitski, en honor al dramaturgo.

{2} Versión en español del autor publicada en Sabra, novela histórica en coautoría con Marcos Aguinis, Penguin Random House, Buenos Aires, 2014.

{3} Ejemplos de 2024-2025: el Oscar al inglés Jonathan Glazer, el Martín Fierro al argentino Norman Briski, y el Emmy a la estadounidense Hannah Einbinder.


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