El Catoblepas · número 214 · enero-marzo 2026 · página 5

Del antisionismo, el esoterismo y la imposibilidad
Gustavo D. Perednik
Las posiciones impregnadas de judeofobia caen en la irracionalidad, con frecuencia apoyadas en lo esotérico

Las reflexiones que siguen abren y cierran con sendas citas de eximios creadores, muy diferentes: Woody Allen y Jorge Luis Borges. Sugiero que ambas reflejan el modo de argumentar del antisionismo. La primera es una escena marginal de una comedia negra, en la que Dolly se entera de un terrorífico rumor sobre su esposo. Cuando le aconsejan escuchar la versión del marido, responde airada: “¿Su versión? ¿El que mata a su familia tiene una versión?”.
Así suelen descalificar al Estado judío, entre otros, la ONU y una buena parte de la izquierda y de la prensa europea. Primero tildan a Israel de “genocida” y luego silencian el mentís a la calumnia, bajo el tácito pretexto de que “el genocida no tiene derecho a una versión”. Sirva de ejemplo el teatro boloñés TPO, que anuló (27/1/26) un recital de rock debido a la negativa de la banda Earth a cantar bajo la insignia que incita a la destrucción de Israel.
Por toda reacción, las autoridades de TPO cancelaron. Poco antes del inicio del espectáculo, anunciaron desde el abanderado escenario que reintegrarían el dinero a la audiencia, a la que instigaron a canturrear “Palestina libre”. Luego confirmaron su peculiar cordura al explicar que “Debemos enfrentar a los reyes del mundo que hacen la guerra en este mundo maldito”.
A los fanáticos del TPO se les escapó la posibilidad de un calmo diálogo sobre el derecho que asiste a un artista de no asociarse con mensajes políticos, y prefirieron desechar todo acuerdo decoroso con los músicos. Anulación inmediata, y punto.
El fundador de Earth (1989) se disculpó en Instagram: “El TPO colocó la política por sobre la música y rescindió nuestro show. La decisión no tiene que ver con nosotros”. Es cierto: tiene que ver con la intolerancia típicamente antisionista, luego esgrimida en un escrito revelador: “Se nos pidió retirar la bandera palestina del escenario. No es una posibilidad para nosotros. Por ello decidimos cancelar el concierto”. Para refrendar el dogmatismo, algunos sectarios saludaron el atropello con diversos argumentos: que es imperioso imponer la judeofobia; que quien se resiste a la imposición es fascista, y que debe lamentarse el “sufrimiento palestino” –curiosamente, el único sufrimiento del mundo que les genera fervorosa empatía. Ninguno de ellos pareciera haberse enterado del genocidio del 7/10. (De paso, notemos que en el mismo momento de la cancelación se conmemoraba el Día del Holocausto, una fecha poco propicia, cuando menos, para ostentar la insignia de los que se aprestan a repetirlo).
La postura del TPO es típica: desconocen el sufrimiento judío y extienden su impávido silencio a miles de ciudadanos inermes acribillados en las calles iraníes durante esos días de conmiseración palestinista. Son igualmente apáticos ante los centenares de miles de masacrados sirios, afganos, cristianos nigerianos, y toda víctima que no les facilite criminalizar a Israel. Según aducen, “enfrentan a los que hacen la guerra en este mundo”, un poético eufemismo para referirse a los judíos. De ahí deriva que, en contraste con su indiferencia ante las verdaderas lacras de este planeta, sus manifestaciones contra el Estado hebreo se caracterizan por un impar paroxismo (Pedro Sánchez llegó al extremo de lamentar no tener armas nucleares para atacar a Israel).
Lo que “no es una posibilidad para ellos” es pensar. Pensar que acaso a Israel le cabe alguna dosis de justicia. Les cuesta siquiera sopesar que el Estado judío es el agredido y que en Gazano se perpetró ningún genocidio ni hambreamiento, del mismo modo en que no hubo en la antigüedad ningún deicidio, ni hay hoy limpieza étnica, ni en el medioevo pozos de agua envenenados, ni complot de los médicos, ni ingestión pascual de sangre de niños, ni reyes del mundo, ni judíos que lo dominen. No se avienen a pensarlo, porque la enfermiza obsesión antisionista que les carcome el raciocinio va permeándolo todo: teatros y estadios, universidades y festivales. Se está convirtiendo en una cabal cultura antisistema, particularmente en España. Y ciertamente no es la primera.
Del New Age al ocultismo nazi
En la década de 1960, una cultura antisistema irrumpió en Estados Unidos que, al agravarse la guerra en Vietnam, devino en revolucionaria. En aras de datarla, vale el segmento histórico entre el magnicidio de John Kennedy y la tormentosa renuncia de Nixon. En retrospectiva, es posible exaltar aquella ola como una explosión de creatividad o bien, por el contrario, denostarla como una resaca de ocio abusivo producto de la bonanza de posguerra. Su onda se expandió a Europa: desde el movimiento hippie hasta los Beatles, al cine de la “Nouvelle vague” y al insurrecto Mayo Francés. Por tratarse de una ideología irracional, necesitaba de un espaldarazo de ocultismo para mantenerse activa. En efecto, la ola atinó a amalgamar en sí al espiritismo, la teosofía, la ovnilogía, y varios best-sellers a tono con ello, tales como Recuerdos del futuro (1968) del suizo Erich von Däniken (muerto hace un mes), quien popularizó el relato de una supuesta incursión extraterrestre que en la antigüedad habría provisto de tecnología a varias civilizaciones. Era una savia subyacente de ideas esotéricas que terminaron por confluir en las creencias de la “Nueva Era”.
No es inapropiado incluir en la corriente de marras aun a Michel Foucault, apologista tanto del estalinismo como del islamismo iraní, al que consideró “la primera gran insurrección contra los sistemas planetarios, la forma más moderna de la rebelión”. Foucault se había lanzado a la fama con su Historia de la locura en la época clásica (1961), que diluye la frontera entre demencia y cordura. Tal bruma se reconoce en la judeofobia, que trastorna aun a las personas más sensatas, desde Voltaire a Fichte y Chomsky.
Si bien más tarde Foucault atenuó la ceguera islamista de sus artículos en el Corriere della Sera, su panegírico de la sanguinaria teocracia estremece, dado que Foucault mismo viajó varias veces al Irán de los ayatolás, los entrevistó, y terminó por glorificar “el nuevo estilo de política islámica… el comienzo de una nueva forma de espiritualidad política para el mundo”.
A los efectos de nuestra tesis, nos detendremos en otro clásico cuyo éxito arrollador perfila esa época: El retorno de los brujos (1960) de Pauwels y Bergier, cuyo título es una sugestiva traducción de Le Matin des Magiciens. También el subtítulo es elocuente: “Introducción al realismo fantástico”. La obra revisa las plataformas políticas que, por alejarse del raciocinio, se despeñan a lo imposible, hacia quimeras de mendacidad inapelable.
El coautor Jacques Bergier nació como Yakov Mijailovich en la efervescente Odesa de 1912. Su autobiografía revela a un niño prodigio que a los cuatro años ya leía en ruso, francés y hebreo. Recibió educación talmúdica, pero lo sedujo más el estudio de la cábala, quizás inspirado en un tío abuelo, rabino jasídico. Atraído más tarde hacia las ciencias, era previsible que su inclinación lo deslizaría a la ciencia ficción. Se graduó en Francia de ingeniero químico, y padeció un año confinado en el campo de concentración de Mauthausen.
En rigor, la mentada traducción “brujos” describe apropiadamente el referido fenómeno al que nos referimos. El libro empieza por la parapsicología, los astronautas antiguos y la conexión entre la alquimia y la física nuclear, para luego desgranar la influencia del ocultismo en la política, mayormente en el nazismo. La segunda de sus tres partes se focaliza en el ocultismo nazi, que a partir de entonces pasó a ser objeto de investigación, y permite entender mejor el germánico estallido de locura.
Para enmarcarlo en términos académicos, señalemos que durante la década previa al nazismo las universidades alemanas convocaban a matemáticos y físicos internacionales. Tal apogeo se marchitó velozmente debido a la subsecuente lava del volcán político: primero expulsaron a los judíos, luego a quienes se opusieran a tales expulsiones, y en general a los extranjeros. El siguiente paso fue prohibir la “ciencia judía”, eminentemente la Teoría de la Relatividad. Engendraron tal vacío de ideas, que debieron llenarlo con las de “científicos” alternativos, tal como el ingeniero Hanns Hörbiger, que había muerto un par de años antes en 1931.
Teorías y disparates
Hörbiger había publicado un libro sobre la “Teoría del Hielo Mundial” (o “Cosmogonía Glaciar”, 1913), según la cual el sol es la única estrella y la Tierra es el único planeta no cubierto de hielo. Según la “teoría”, los destellos que vemos en el cielo son glaciares que reflejan la luminosidad solar, y el universo entero se dirige lentamente hacia el sol y concluirá quemándose. Lo fundamental de semejante cosmogonía fue, para los nazis, que portaba una hendija racista, ya que especulaba sobre una remota Atlántida teutónica, arrasada cuando la Tierra atrajo a la Luna. Al chocar los fragmentos lunares contra nuestro planeta, desencadenan catástrofes climáticas, como la que moldeó las culturas antiguas. Por ejemplo: la mitología nórdica con el concepto de "Ocaso de los Dioses" habría derivado de las inundaciones que devastaron la Atlántida. El retorno de los brujos elabora el desvarío, que incorporé en mi novela Lémej.
El galimatías de Hörbiger no sólo fue leído por Hitler sino que el Reich lo aceptó, especialmente la sociedad Ahnenerbe (“Herencia de los Ancestros”) fundada por Himmler en 1935, desde donde adosaron a la Cosmogonía “conclusiones” sobre la superioridad germánica. La Ahnenerbe, que empleaba a más de cien académicos y científicos, financiaba tales “investigaciones” porque servían justificar la invasión y el genocidio. Tal es la lectura que hace Bergier de los textos nazis, en los que
“Los judíos no son humanos en el sentido real de la palabra. Nacidos por brusca mutación después del hundimiento de la luna terciaria, imitan al hombre y le envidian, pero no pertenecen a la especie. «Están tan alejados de nosotros como las especies animales de la especie humana verdadera», dice literalmente Hitler a Hermann Rauschning, quien descubrió en el Führer una visión todavía más delirante que las de Alfred Rosenberg y los demás teóricos del racismo. «Y no es –precisa Hitler– que llame animal al judío. Éste está mucho más alejado del animal que nosotros». Exterminarlo no es un crimen de lesa humanidad puesto que no forma parte de la humanidad. «Es un ser extraño al orden natural»” (págs. 173-174).
De este modo, el esoterismo es un andamiaje para mantener la postura política demencial que no admite refutaciones.
En un cuento borgeano sobre el 14 de junio de 1940 (Otras inquisiciones, 1952), un germanófilo anuncia la ocupación de París y vaticina una vertiginosa victoria alemana. Borges cavila: “comprendí que él también estaba aterrado... Ser nazi es, a la larga, una imposibilidad mental y moral. El nazismo adolece de irrealidad... Es inhabitable; los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él”. Si hubieran conquistado el mundo, habrían proseguido el combate contra el traidor interno y los desvíos, contra la desobediencia y la deslealtad. Su trama está siempre compuesta de la misma materia aterradora, de ansiar golpear y matar, un goce que nunca concluye la tarea.
En las ideologías que discurren racionalmente, el esoterismo está ausente. No hubo liberalismo ocultista ni teorías glaciares socialdemócratas. Pero las formas agresivas de la judeofobia, como el nazismo y el antisionismo, acuden a lo esotérico o afines para sostener la actitud fanática que ofrece a Israel exclusivamente el suicidio.
El líder supremo de Irán, Alí Jamenei, es miembro del llamado “Equipo Omar para la meditación” cuyo mentor, Mehdi Taeb, enseña que “los judíos están dotados de poderes mágicos, invencibles y hereditarios, y mediante ellos atacan a Irán, inventan el Holocausto, controlan el mundo y las fuerzas naturales”. Este tipo de agresión mereció en pasado la clemencia de Foucault, del mismo modo en que hoy los antisionistas condonan todo ataque contra Israel. Empiezan por alimentar una cultura antisistema que los exime de razonar, y terminan parapetados en la imposibilidad.
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
