El Catoblepas · número 215 · abril-junio 2026 · página 5

La cerilla que liberó Palestina
Gustavo D. Perednik
Valoración de los combatientes que liberaron Éretz Israel
El futbolista Lamine Yamal (18), en su vasta y lozana ignorancia, no tiene noción de qué fue el Holocausto, el más brutal genocidio de la historia, y por ello instiga a repetirlo al ondear la bandera del terrorismo palestino (13/5/26). Tampoco sabe de la invasión genocida del Hamás (7/10/23) representada en esa bandera: una Shoá en miniatura perpetrada por quienes juran que habrán de reincidir hasta exterminar el pequeño Estado judío. Yamal cree estar oponiéndose a una injusticia, la única de entre miles que provoca fervorosas empatías. Su imberbe arrebato se enmarca en el alud de la actual cultura antisistema que todo lo embadurna: el antisionismo.
En la antípoda, se yergue el soldado israelí Ezra Yajin (98), ochenta años más anciano y sabio. El más longevo de los reservistas, encarna una resiliente batalla para atajar a los que, en cada generación, se lanzan a destruir a los judíos.
Nacido en la orilla opuesta del Mediterráneo, en lo que hoy conforma Tel Aviv, Yajin tenía 15 años de edad (1943) cuando se alistó como voluntario en uno de los tres grupos que combatían al imperio británico: el Leji (siglas de “Combatientes por la libertad de Israel”). Junto a su compañero Alexander Rubowitz, tenían como cometido pegar proclamas en las paredes de Jerusalén.
Rubowitz fue secuestrado a los 17 años por oficiales ingleses, torturado y muerto (6/5/47). Una placa honra su memoria en la esquina del secuestro, a partir del cual su amigo Ezra Yajin adoptó el alias de “El nakám” que alude a “vengador”. Así se titula también su autobiografía. (Quien escribe estas líneas, desde hace una década diserta anualmente junto a Ezra Yajinen una ceremonia en el monte Herzl). Yajin es la cara del Israel que no se rinde, consciente de que no hay alternativa.
Yamal personifica lo contrario: la Europa que se inunda de islamismo y reaviva su judeofobia endémica; la Europa miope y suicida que financia el adoctrinamiento de odio contra el judío de los países, y que se apresura en tal medida en condenar los “crímenes de Israel”, que no ve que tales crímenes no existen. Salvo, claro, en la ONU; en El País y The Guardian y la BBC, el Süddeutsche Zeitung y Le Monde, los medios que desinforman con el resultado de que, cada vez que se habla de los judíos, se injuria. La última “información”, sin prueba alguna, fue del New York Times: “Israel entrena a perros para que violen a los palestinos” (11/5). En el medioevo habría alertado sobre israelitas destripando ritualmente a párvulos cristianos.
La usina principal del barullo moral es una izquierda que hasta hace poco defendía a rajatabla al chavismo y al castrismo, y antes al estalinismo y a Pol Pot, e incluso al nazismo durante el bienio del Pacto Ribbentrop-Mólotov (23/8/39-22/6/41).Hoy en día, su aquiescencia es para con los ayatolás que decapitan, flagelan y amputan, y que asesinan por decenas de miles a los iraníes que claman por sus derechos.
El representante de los ayatolás fue condecorado por el papa (12/5), quien se disculpó unos días después por el rol de la Iglesia en la esclavitud (25/5). Nunca por su rol en engendrar la judeofobia y haber transformado al judío en objeto de persecución y escarnio con la doctrina del supersesionismo: la misión sagrada de suplantar a los judíos, hoy también encomendada al palestinismo.
Tal entorno estimula la agresión de jóvenes como Yamal y, peor aún, azuza a los palestinos a seguir matando, financiándoles la maquinaria de terrorismo y asegurándoles de antemano el perdón de la ralea de Pedro Sánchez, solidaria con la brutalidad de “los oprimidos”. Reservan las condenas exclusivamente al ubicuo culpable. Así acaba de proceder la Unión Europea (11/5), en cuanto se le presentó la posibilidad de volver a la carga por el cambio de gobierno en Hungría, y arremetió contra los “colonos israelíes” que osan habitar su país.
Durante la ocupación nazi de Europa, 37 judíos palestinos (recuérdese que hace apenas algunas décadas, “palestinos” eran los judíos de Sion) se arrojaron en paracaídas para intentar salvar a sus hermanos del genocidio. Entre ellos, la poetisa hebrea Hanna Szenes, capturada, torturada, y asesinada a la edad de 23 años. Un par de sus breves baladas hebreas siguen vigentes en el Israel de hoy. Escribió, al penetrar en territorio enemigo, «Feliz la cerilla» (2/5/44):
Feliz la cerilla que al consumirse encendió llamas.
Feliz la llama que ardió en lo recóndito de los corazones.
Felices los corazones que supieron cesar con dignidad...
Feliz la cerilla que al consumirse encendió llamas.

Ezra Yajin con Gustavo Perednik
La Rebelión hebrea
Tres meses antes de aquellos versos, una cerilla se encendió cuando otro de los tres grupos combatientes anunció (1/2/44) la insurrección contra el imperio británico. El Étzel (o Irgún), siglas de Organización Militar Nacional, comandado por Menajem Beguin e integrado por menos de mil jóvenes con exiguo armamento, se vio impelido a una lucha desesperada contra el Mandato de Palestina. Explicaba en la pancarta difundida en todo el país:
[El gobierno colonial inglés] impone la política del Libro Blanco, a pesar de la traición de los árabes y de la lealtad de los judíos; a pesar de nuestro masivo alistamiento en el ejército británico; a pesar del alto el fuego y de la matanza del pueblo judío en Europa...Los hechos son simples y horribles. Durante los últimos cuatro años de guerra hemos perdido millones de los mejores de nuestro pueblo, y otros millones siguen en peligro de aniquilación. Y Éretz Israel fue sellada por el régimen británico abocado a destruir la última esperanza de nuestro pueblo.
Años como 1944 no abundan en la milenaria y trágica historia judía, desolador y carente de piedad para con los masacrados. Lo había presagiado un lustro antes, cuando faltaban sólo unos días para el estallido de la guerra mundial, Jaim Weizmann, presidente de la Organización Sionista. Con la voz entrecortada por las lágrimas, así clausuró en Ginebra el 21º Congreso del movimiento: “Mi único ruego es que nos reencontremos con vida”. Tal reencuentro no ocurrió debido a la asimetría en la guerra. Mientras para los aliados salvar a los judíos fue una cuestión secundaria, para el Reich alemán, exterminarlos fue una cuestión primordial.
Weizmann (más tarde primer presidente de Israel) imploraba durante la Shoá, y en 1943 desde el Square Gardens de Nueva York: “El mundo ya no puede aducir que los datos siniestros son desconocidos o que no estén confirmados. En este momento, las expresiones de simpatía sin actos concretos, son una burla hueca en los oídos de los que mueren. Las democracias tienen un claro deber”. Nadie asumió ese deber, mucho menos el gobierno británico, gélido al concluir la guerra. Cuando el presidente Harry Truman le urgió emitir cien mil permisos de inmigración inmediatos (31/8/46) porque “ningún otro tema es tan importante para quienes han conocido los horrores de los campos de concentración durante el Holocausto", la respuesta de Londres fue que “en los campos europeos hay muchas víctimas de Hitler, no sólo judíos”, y las flotillas de Albión procedieron a hundir en altamar los barcos de los desahuciados.
Para los judíos, la única vía fue la resistencia armada, eslabonada en un acervo de rebeliones contra el despojo de Éretz Israel por parte de la veintena de imperios ávidos de conquistarla. En la antigüedad, los hebreos se habían levantado contra el Imperio Griego (los macabeos, 165 aec) y varias veces contra el Romano: la Gran Rebelión (66-73, que concluyó con la destrucción del segundo Estado judío en el 70); la de Bar Kojba (132-135, a partir de la cual el emperador Adriano acuñó el nombre imperial “Palestina”), y las dos en Galilea (Zipori, 351-352, y Tiberíades, 613).
A diferencia de las antiguas rebeliones, la moderna triunfó, y consiguió expulsar a los opresores inglesesde Palestina. A pesar de que los judíos les habían ayudado a desalojar a los otomanos (una epopeya que narramos en la novela “Sabra”), Gran Bretaña desconoció su promesa de un Hogar Nacional judío y se dedicó a obstaculizarlo. Contra esta perfidia estalló la última rebelión anti-imperial, cuando Beguin proclamó La Rebelión (así tituló sus memorias de combate, de 1951, traducidas a varios idiomas; en 1977 fue electo Primer Ministro).
El bautismo de fuego (12/1/44) consistió en ataques simultáneos a las oficinas británicas de inmigración en las tres ciudades principales: Jerusalén, Tel Aviv y Haifa. Por ser nocturnos, no produjeron bajas, pero un par de días después dos oficiales británicos fueron muertos cuando arrestaban a jóvenes judíos que colgaban carteles en Haifa.
El grupo combatiente mayoritario, la Haganá, se sumó a la Rebelión (1/10/44), y los tres grupos combinados (Haganá, Étzel y Leji) conformaron el Movimiento Hebreo de Resistencia (1945-1946), núcleo de lo que al poco tiempo devino en el actual Ejército de Defensa de Israel. En el cuatrienio que se extiende desde la proclamación de la Rebelión hasta la destitución del régimen mandatario británico (1944-1948), el Étzel concretó más de cien operativos que obligaron a Londres a renunciar a Palestina y trasladar la cuestión a las Naciones Unidas.
De cómo el sionismo independizó Palestina
Una vez derrotado el nazismo, las cinco acciones más representativas del Étzel contra los británicos fueron, en orden cronológico:
• el ataque a la cúpula militar en el Hotel King David (22/7/46),
• la bomba en la embajada en Roma (31/10/46),
• el azotamiento de tres oficiales (29/12/46),
• la irrupción en la cárcel de Acco (Acre, 4/5/1947), y su corolario:
• el Caso de los sargentos (29/7/47).
Asimismo, hubo notables operativos por parte del movimiento unificado que tipificaron la guerra anti-imperial:
• El hundimiento de dos buques que patrullaban contra los inmigrantes judíos (31/10/45);
• Ciento cincuenta explosiones simultáneas contra la red ferroviaria (1/11/45);
• La destrucción de veinte aviones en tres aeródromos (25/2/46); y
• La destrucción de una decena de puentes a fin de aislar a Palestina (16/6/46).
La primera gran reacción británica contra la Rebelión consistió en la Operación Agatha (29/6/46) durante la que se impuso el toque de queda para facilitar que unos 20000 soldados arrestaran a 2700 judíos (y mataran a cuatro) a lo largo del país. Durante la redada, algunos soldados británicos gritaban “Heil Hitler”. En respuesta, el Étzel atacó el mentado Hotel King David, cobrando 92 vidas. El mote de “terrorista” para esta acción responde a una campaña deslegitimadora. Se trataba de un legítimo blanco militar en plena guerra de liberación. El terrorismo es la violencia indiscriminada contra la población civil para someterla al miedo, y se distingue por celebrar la muerte de civiles inocentes, cuantos más, mejor. Esta caracterización no condice con el embate contra la comandancia militar de un imperio colonial conquistador, mucho menos cuando, como en este caso, se había alertado de la inminencia del ataque para que pudieran abandonar el edificio.
La aclaración vale también para el ataque a la representación británica en Roma, desde donde el imperio impedía la emigración de los refugiados del nazismo. El operativo fue conducido por el jefe de inteligencia del Étzel, Eli Tavín, quien en 1985 lo detalló al autor de este artículo.
Dos meses después, el incidente de los azotes impuso un cambio en la política imperial. Los británicos apresaron a tres combatientes hebreos por el asalto a un banco. Uno de ellos, Benjamín Kimchi, fue sentenciado a 18 años de prisión e igual número de latigazos. El Étzel publicó una advertencia de que no toleraría el castigo degradante, y que si se producía, en represalia azotaría a oficiales ingleses. Así ocurrió (28/12/46), y se puso punto final a la práctica británica de azotar.
Los dos episodios finales apuraron la retirada del imperio. 34 miembros del Étzel asaltaron la cárcel en Acco y liberaron a 41 prisioneros. Tres de ellos (Meir Nakar, Avshalom Haviv y Jacob Weiss) fueron recapturados y condenados a muerte (12/6/47). En esos días, el Leji atacaba posiciones británicas en represalia por el referido asesinato del joven Rubowitz, por lo que se habían extremado las medidas de seguridad y fue difícil para el Étzel detener a dos sargentos ingleses (28/7/47). Pese a ello, y a las advertencias de que se los ajusticiaría, al otro día los tres judíos fueron ahorcados, y trece horas después el Étzel colgó a los sargentos (Mervyn Paice y Clifford Martin). Este desenlace rubricó la decisión del Primer Ministro Clement Attlee de evacuar sus vapuleadas tropas, y simultáneamente desató en Londres una ola de judeofobia ,con cementerios judíos profanados y pintadas de esvásticas. Precisamente, la constante vulnerabilidad de los judíos subrayó una vez más la necesidad de que se declararan independientes en su tierra. La desvinculación formal de Gran Bretaña se consumó después del establecimiento del Comité Especial para Palestina (UNSCOP, 15/5/47) que recomendó poner fin al Mandato. La liberación de Palestina, lograda el 14/5/48, es un capítulo trascendental de la historia moderna, del que suele soslayarse el protagonismo de la Rebelión hebrea y de la victoriosa lucha del sionismo. De modo similar, no se valoran los esfuerzos del Israel renacido para mantenerla libre del imperio islamista.
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
